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  • Zenda
    Moderador

    30 octubre, 2017 a las 8:51 am #10567

    “El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo”, recuerda Arturo Pérez-Reverte. “Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos -en aquel tiempo eso era normalísimo-, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña. Yo no era un alumno fácil, por otra parte”.

    Puedes leer el artículo completo en este enlace:

    https://www.zendalibros.com/el-poteras-y-su-enemigo/ 

    roberto nadaud
    Participante

    30 octubre, 2017 a las 5:35 pm #10571

    del corazón, como siempre.

    Raquel Jiménez
    Participante

    31 octubre, 2017 a las 3:28 pm #10584

    Fantástico el momento interrogatorio. Me gustan mucho estos artículos que rescatan episodios de la niñez. No debió ser fácil ser niño en aquella época, no lo es realmente en ninguna.

    Sandy Torres
    Participante

    3 noviembre, 2017 a las 9:01 pm #10657

    Cercano, real, simpático.

    Me encantan sus historias.

    Existe una tesis doctoral de la palabra “cojones” que me volvió loca de risa el día que la leí.

    Arturo Pérez-Reverte no tiene igual.

    Gran hombre.

    : )

    Georges Rurba
    Participante

    4 noviembre, 2017 a las 11:26 am #10671

    Como siempre, con maestría de ambientación, tiempo y pulso narrativo.

    Alfonso
    Participante

    10 noviembre, 2017 a las 5:43 pm #10961

    Una gran historia. Gracias a Don Arturo por hacernos pasar tan buenos momentos.

    Pablo de Diego
    Participante

    12 noviembre, 2017 a las 10:25 pm #11260

    Qué bueno. Según leía se me iba marcando esa sonrisa lobuna de la que habla a veces en sus novelas, recordando mis propias vivencias con maestros franquistas de la época, colegio nacional en vez de religioso, aunque poco importa la diferencia. Sin llegar a esos extremos de valentía (o temeridad) de su relato, en mi caso, de todos los profesores que repartían hostias como panes, recuerdo especialmente por la puesta en escena, al bigardo alcarreño “Don” José María, maestro de Geografía, para mí un Goliath de casi metro noventa, repeinado con brillantina, dientes y dedos amarillos por los Ducados, que según tenía a media clase con el culo en pompa, y antes de medirnos las posaderas con una recia regla de madera de más de medio metro soltaba: ” … si a mí me duele más que a vosotros … el día de mañana me lo vais a agradecer …”. Han pasado casi cincuenta años y todavía no he encontrado el momento de agradecérselo.

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