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  • Maite Alejo
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:27 pm #6242

    Zenda escribió el 23 Junio, 2017 a las 11:59 am:

    ¡Hola!

    Esta es mi participación:

    https://www.facebook.com/maitealejo.maitealejo/posts/10213852898061178

    ¡Suerte a todos!

     

    2 julio, 2017 a las 9:29 pm #6243

    Saludos.

    GOE
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:34 pm #6244

    GOE escribió el 2 Julio, 2017 a las 9:19 pm:

    Hola, mi relato lleva por título ¿Por qué? y está en http://www.facebook.com/el.ol.395 <p class=”MsoNormal”><span style=”font-size: 12.0pt; line-height: 115%; font-family: ‘Arial’,’sans-serif’;”> ¿POR QUÉ?</span></p> <p class=”MsoNormal” style=”text-align: justify;”><span style=”font-size: 12.0pt; line-height: 115%; font-family: ‘Arial’,’sans-serif’;”>Cuando era casi un niño y mi bandera era la inocencia, pusieron entre mis manos un fusil. Me agarré a él con la fuerza que imprime la cobardía. No sabía entonces de rencores tan profundos ni de odios irreversibles. Me colocaron en un bando definido e intraspasable cuando yo solo sabía de pandillas. Fui arrastrado a una realidad suprema y dañina que destrozaba cuerpos y hería almas. Mis miedos anteriores, leves y efímeros, se hicieron pequeños y fueron fulminados por un temor inmenso y devastador. La muerte, tan lejana, hacía acto de presencia hasta convertirse en una constante. Mi mente transformó esa muerte en un juego. Los soldados caídos en combate se levantarían después y volverían a sus casas con la llamada de sus madres. La sangre de las ropas, de los rostros, era tinta roja, y los lamentos eran las onomatopeyas de nuestras tardes de juegos por las calles del pueblo. Las armas eran palos de madera que solo herían al aire y esa guerra, que se llevó mi juventud, la imaginé como la batalla con los chicos del pueblo de al lado al que, esa tarde, habíamos vencido y lo proclamábamos con orgullo al llegar a casa. </span></p> <p class=”MsoNormal” style=”text-align: justify;”><span style=”font-size: 12.0pt; line-height: 115%; font-family: ‘Arial’,’sans-serif’;”>Hoy, con casi cien años a mis espaldas, sostengo entre mis manos el bastón que me acompaña en mi caminar pausado y sereno y al que me agarro con la misma fuerza con la que un día me así a un fusil. </span></p>

    http://www.facebook.com/el.ol.395

    Camilla Toraasen
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:37 pm #6245

    https://relatate7.blogspot.com.es/2017/07/labios-compartidos.html

    Mi historia para el concurso. #historiasconorgullo

    Ana María Abal Lareu
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:46 pm #6248

    ¡¡¡Priiiiuuu!
    https://blogcendero.wordpress.com/2017/07/02/e-commerce/

     

    #historiasconorgullo

    Enrique J. De la Cruz
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:49 pm #6249

    Mi última historia: Señoritas, suerte a todos!

    Rut Fartos
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:49 pm #6250

    Mi aportación:

    Secretos

     

    Victoria Iglesias
    Participante

    2 julio, 2017 a las 9:51 pm #6251

    Victoria Iglesias @viglesiasphoto

    “La esquina del sofá” #Historiasconorgullo

    http://victoriaiglesiasfoto.blogspot.com/2017/07/la-esquina-del-sofa.html

    En mi blog Apuntes

    ( No sé si se quedó registrada anteriormente)

    Victoria Iglesias
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:00 pm #6252

    Victoria Iglesias @viglesiasphoto

    2ªhistoria: “Una capa roja” #Historiasconorgullo

    http://victoriaiglesiasfoto.blogspot.com/2017/07/una-capa-roja-historiasconorgullo.html

    (Mi última entrada en mi blog Apuntes)

    2 julio, 2017 a las 10:01 pm #6253

    Aquí dejo mi participación.

    QUERIDO HERMANORecuerdo cuando fui a verle hace cuatro o cinco años, a nuestro tito, el hombre más sabio del mundo. Su…

    Publicado por Antonio Vidal en Domingo, 2 de julio de 2017

    Un saludo.

    Iván Gallo
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:12 pm #6254

    Aquí mi cuento “Orgullo bajo el puente” para #HistoriasConOrgullo :

    http://quetepuedodecirhoy.blogspot.cl/2017/07/orgullo-bajo-el-puente.html

    Manuel Peinado
    Participante
    miguel angel ortega
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:16 pm #6256

    Mi historia con orgullo: La comunión

     

    https://www.miguelangelortega.es/2017/07/02/la-comuni%C3%B3n/

    Lourdes Andrés
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:22 pm #6257

    Soy Lourdes Andrés y para el concurso Historia con orgullo en Senda he escrito el relato: Los bonobos y los silencios de Sofía. Está en mi blog Locaporti, en el link: http://fudetua.blogspot.com.es

    Aquí el texto:

    Los bonobos y los silencios de Sofía

    Por la mañana estuvo en el hospital. La noche anterior, a Rafa le habían dado una paliza cuando volvía a su casa. Sofía estuvo un rato con él. Nunca había visto alguien tan magullado. Ella y sus amigos trataron de convencerlo que avisara a su familia; pero, Rafa no quería preocuparlos.

     

    A Sofía no le gustaban las comidas familiares. Sin embargo, por un breve momento, le hizo ilusión. Había ocurrido algo distinto esa semana. Otra invitación, una que había desviado su mirada y la había sacado de su acotado mundo. En una cena con amigos había conocido un grupo de profesionales que dedicaban tiempo ad honorem a una pequeña fundación. En pocos días, había visto realidades diversas. Había conocido niños con sida, los había visto jugar y reírse, aparentemente, ajenos a su condición. Las pequeñas miserias de Sofía se habían desvanecido. Le dieron ganas de contar su mañana en el hospital y su experiencia en la Fundación.

     

    O quizá no. Con su familia, Sofía era más de escuchar.

     

    Estaba el factor supervivencia. Las invitaciones de la semana la habían salvado de las pocas opciones que le dejaba su bancarrota. Su rutina alimenticia de los últimos días se reducía a aceite de oliva, atún, pan, leche y café, y así sería hasta que le pagaran en unos días más. Rasguñón y ella compartirían amistosa y abnegadamente leche y atún, hasta que llegaran refuerzos. Pobre gato. No había aterrizado en el mejor hogar y aún teniendo la ventana abierta, cada vez que salía, volvía.  Y encima, le regalaba ronroneos a su quebrada dueña.

     

    Cuando su madrastra la llamó, Sofía aceptó.

     

    Ya conocía el menú: chismes, prejuicios, ensalada, carne y patatas.

     

    Esa tarde en la fundación sus pecas y su pelo rojizo habían atraído a Valentina, que la había convertido en su público cautivo. La niña era divertida, cariñosa y le mostraba todas sus peripecias. Nunca había sido voluntaria y le parecía que ese fútil acto de generosidad se le devolvía como un boomerang. Regalar una tarde le había henchido los pulmones de aire nuevo y la llenaba de orgullo.

     

    Esa mañana en el hospital, el mundo le había mostrado su lado más cruel en el adolorido rostro de su amigo. Trataba de animarlo. Le decía que el hecho de que estuviera bebido y volviera a su casa de noche, solo, por un mal barrio, no le daba derecho a nadie a pegarle. Rafa no era responsable de lo que le había ocurrido. Los delincuentes eran otros. Sofía había acompañado a Rafa por sus confusos estados de ánimo, de culpa, euforia, profunda tristeza, hasta llegar a su fina ironía, algo que ya le era más propio.

     

    Durante la comida, el padre de Sofía habló primero de tenis, como era habitual, de la mansión que había comprado su amigo Hugo, eso era nuevo, y después de la actualidad. Eran muy de comentar las noticias. Habló sobre el hijo de un banquero que salió del armario a lo grande y en portadas de revistas. No sólo admitió su homosexualidad sino que dijo que tenía sida hacía años y se había tratado en Estados Unidos. Para Sofía no era novedad, era un secreto a voces. Su padre dijo que él no se sentaría nunca al lado de alguien que tuviera sida. En ese instante, ella dejó los cubiertos en el plato. Una audiencia receptiva hubiese notado ese leve gesto de contrariedad. Su padre continuó con el discurso de que ser gay era antinatura.

     

    Qué podía decir Sofía. Que venía del hospital porque a un amigo que salía de una discoteca gay le habían zurrado tan fuerte que había quedado tirado en el suelo inconsciente y se había despertado en una habitación blanca, aséptica, completamente desorientado. Que la llamaron a ella porque fue al primero de sus contactos que encontraron. O que el editor de su primer trabajo, con quién compartió manzanas, bebidas, chocolates, textos y madrugones, había muerto de sida, años atrás, cuando se hablaba del tema como algo ajeno a Uruguay. Pocos podían darse el lujo de pagarse un buen tratamiento y menos aún recibirlo en Estados Unidos.

     

    Qué le iba a decir.

     

    Había conocido a sus abuelos, sabía de dónde venía. Es cierto que, a veces, sentía vergüenza por ese hombre que era su padre, pero también aprecio y gratitud. En ocasiones, incluso, admiración. Empezando por lo básico, debía agradecer la comida de hoy. Si no estaría compartiendo leche y atún con Rasguñón. Sofía reconocía que sus estudios, sus viajes, su amor a la literatura y al cine, se lo había brindado su familia. Todo lo cual había contribuido a que ella tuviese una mente abierta. Sabía que sus padres le habían dado lo que consideraban mejor. Su padre era de una generación y un entorno que se iniciaba en el sexo con putas y para los que tener amantes era símbolo de estatus. Debía entender, por ejemplo, que su madre se enamorara de un sueco y los dejara solos en Montevideo. Su limitado mundo uruguayo le quedaba pequeño y provinciano. Las opciones que vio su madre si se quedaba significaban aceptar la doble vida que su ambiente le ofrecía o separarse y descender de su categoría social.

     

    Pensaba que debía renunciar a ciertas expectativas respecto a sus padres y apreciar lo recibido. Esa sociedad que detestaba era la que la había moldeado.

     

    Después de comer volvería al hospital. El fuerte golpe en la cabeza le había provocado a Rafa un traumatismo craneal. Ella y un ex novio de él, abogado, tenían los papeles con ordenes de no resucitar. Rafa había dejado todo por escrito.

     

    Después de un largo silencio, Sofía dijo: “los bonobos, papá. Son un tipo de chimpancé que se relaciona sexualmente tanto con machos como con hembras. Así que tan antinatura no es”. Sacó unas risas a su padre, el tema quedó zanjado y se despidió.

     

    Lourdes Andrés
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:23 pm #6258

    Lourdes Andrés escribió el 2 Julio, 2017 a las 10:22 pm:

    Soy Lourdes Andrés y para el concurso Historia con orgullo en Senda he escrito el relato: Los bonobos y los silencios de Sofía. Está en mi blog Locaporti, en el link: http://fudetua.blogspot.com.es Aquí el texto: Los bonobos y los silencios de Sofía Por la mañana estuvo en el hospital. La noche anterior, a Rafa le habían dado una paliza cuando volvía a su casa. Sofía estuvo un rato con él. Nunca había visto alguien tan magullado. Ella y sus amigos trataron de convencerlo que avisara a su familia; pero, Rafa no quería preocuparlos. A Sofía no le gustaban las comidas familiares. Sin embargo, por un breve momento, le hizo ilusión. Había ocurrido algo distinto esa semana. Otra invitación, una que había desviado su mirada y la había sacado de su acotado mundo. En una cena con amigos había conocido un grupo de profesionales que dedicaban tiempo ad honorem a una pequeña fundación. En pocos días, había visto realidades diversas. Había conocido niños con sida, los había visto jugar y reírse, aparentemente, ajenos a su condición. Las pequeñas miserias de Sofía se habían desvanecido. Le dieron ganas de contar su mañana en el hospital y su experiencia en la Fundación. O quizá no. Con su familia, Sofía era más de escuchar. Estaba el factor supervivencia. Las invitaciones de la semana la habían salvado de las pocas opciones que le dejaba su bancarrota. Su rutina alimenticia de los últimos días se reducía a aceite de oliva, atún, pan, leche y café, y así sería hasta que le pagaran en unos días más. Rasguñón y ella compartirían amistosa y abnegadamente leche y atún, hasta que llegaran refuerzos. Pobre gato. No había aterrizado en el mejor hogar y aún teniendo la ventana abierta, cada vez que salía, volvía. Y encima, le regalaba ronroneos a su quebrada dueña. Cuando su madrastra la llamó, Sofía aceptó. Ya conocía el menú: chismes, prejuicios, ensalada, carne y patatas. Esa tarde en la fundación sus pecas y su pelo rojizo habían atraído a Valentina, que la había convertido en su público cautivo. La niña era divertida, cariñosa y le mostraba todas sus peripecias. Nunca había sido voluntaria y le parecía que ese fútil acto de generosidad se le devolvía como un boomerang. Regalar una tarde le había henchido los pulmones de aire nuevo y la llenaba de orgullo. Esa mañana en el hospital, el mundo le había mostrado su lado más cruel en el adolorido rostro de su amigo. Trataba de animarlo. Le decía que el hecho de que estuviera bebido y volviera a su casa de noche, solo, por un mal barrio, no le daba derecho a nadie a pegarle. Rafa no era responsable de lo que le había ocurrido. Los delincuentes eran otros. Sofía había acompañado a Rafa por sus confusos estados de ánimo, de culpa, euforia, profunda tristeza, hasta llegar a su fina ironía, algo que ya le era más propio. Durante la comida, el padre de Sofía habló primero de tenis, como era habitual, de la mansión que había comprado su amigo Hugo, eso era nuevo, y después de la actualidad. Eran muy de comentar las noticias. Habló sobre el hijo de un banquero que salió del armario a lo grande y en portadas de revistas. No sólo admitió su homosexualidad sino que dijo que tenía sida hacía años y se había tratado en Estados Unidos. Para Sofía no era novedad, era un secreto a voces. Su padre dijo que él no se sentaría nunca al lado de alguien que tuviera sida. En ese instante, ella dejó los cubiertos en el plato. Una audiencia receptiva hubiese notado ese leve gesto de contrariedad. Su padre continuó con el discurso de que ser gay era antinatura. Qué podía decir Sofía. Que venía del hospital porque a un amigo que salía de una discoteca gay le habían zurrado tan fuerte que había quedado tirado en el suelo inconsciente y se había despertado en una habitación blanca, aséptica, completamente desorientado. Que la llamaron a ella porque fue al primero de sus contactos que encontraron. O que el editor de su primer trabajo, con quién compartió manzanas, bebidas, chocolates, textos y madrugones, había muerto de sida, años atrás, cuando se hablaba del tema como algo ajeno a Uruguay. Pocos podían darse el lujo de pagarse un buen tratamiento y menos aún recibirlo en Estados Unidos. Qué le iba a decir. Había conocido a sus abuelos, sabía de dónde venía. Es cierto que, a veces, sentía vergüenza por ese hombre que era su padre, pero también aprecio y gratitud. En ocasiones, incluso, admiración. Empezando por lo básico, debía agradecer la comida de hoy. Si no estaría compartiendo leche y atún con Rasguñón. Sofía reconocía que sus estudios, sus viajes, su amor a la literatura y al cine, se lo había brindado su familia. Todo lo cual había contribuido a que ella tuviese una mente abierta. Sabía que sus padres le habían dado lo que consideraban mejor. Su padre era de una generación y un entorno que se iniciaba en el sexo con putas y para los que tener amantes era símbolo de estatus. Debía entender, por ejemplo, que su madre se enamorara de un sueco y los dejara solos en Montevideo. Su limitado mundo uruguayo le quedaba pequeño y provinciano. Las opciones que vio su madre si se quedaba significaban aceptar la doble vida que su ambiente le ofrecía o separarse y descender de su categoría social. Pensaba que debía renunciar a ciertas expectativas respecto a sus padres y apreciar lo recibido. Esa sociedad que detestaba era la que la había moldeado. Después de comer volvería al hospital. El fuerte golpe en la cabeza le había provocado a Rafa un traumatismo craneal. Ella y un ex novio de él, abogado, tenían los papeles con ordenes de no resucitar. Rafa había dejado todo por escrito. Después de un largo silencio, Sofía dijo: “los bonobos, papá. Son un tipo de chimpancé que se relaciona sexualmente tanto con machos como con hembras. Así que tan antinatura no es”. Sacó unas risas a su padre, el tema quedó zanjado y se despidió.

     

    Alejgina Jano
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:33 pm #6259

    Enlace para el concurso Historias con orgullo.

    Texto: Alfabeto imposible

    http://alejginajano.blogspot.com.ar/

     

     

    2 julio, 2017 a las 10:37 pm #6261

    Buenas tardes:

    Aquí les envío mi pequeño cuento, muchas gracias:

    https://www.facebook.com/profile.php?id=100007063897647

     

    Saludos

     

    Atentamente

     

    Juan

     

    Itziar Uriarte
    Participante

    2 julio, 2017 a las 10:41 pm #6262

    Quiero daros las gracias por fomentar la escritura de esta manera, además de tratar un tema tan importante del que se debe hablar, escribir y gritar. Para mí, participar ha sido la forma de desnudarme un poquito. ¡Gracias, gracias, gracias!

    https://www.facebook.com/purpusurs/posts/10212376272057099

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