• Cristian Chico Robles
    Participante

    7 junio, 2018 a las 5:19 pm #19581

    Éramos niños
    e inconscientemente asumíamos la libertad como norma adulta.

    Debatíamos el por qué las nubes,
    atómicamente,
    colapsaban sobre los estercoleros.

    Irradiábamos, pues, plenitud:
    la plenitud del hombre preso.

    Éramos niños, sí,
    crecientes por tumores
    y no por años.

    En nuestra degradación anual,
    dos veces por semana,
    nos reuníamos para amontonarnos unos sobre los otros,
    arrinconar cada alma en cada cuerpo,
    abolir el libre mercado de espíritus.

    Y era,
    cuando el reloj marcaba la confusión de lo obligado y el fetiche,
    el momento de presionar las tumefacciones ajenas.

    Solían ser infecciosas.
    Pero ya nos habíamos acostumbrado
    a no respirar si nos hacíamos sangre.

    Nos acomodábamos en algún sitio dónde no nos tocaran demasiado,
    porque era imposible salir ilesos.
    Porque lejos de la creencia, cuanto menos más tumores.

    Y volvíamos a nuestras casas irreconocibles,
    con un ojo mirando el suelo y otro hacia el futuro,
    suponiendo el sueño de libertad y esquivando las grietas
    a las que, por decreto, acabaríamos pisando.

    -Andrei Burguess

    lorena peralta
    Participante

    20 junio, 2018 a las 5:28 pm #19914

    Cristian Chico Robles el 7 de junio, 2018 a las 17:19

    Éramos niños
    e inconscientemente asumíamos la libertad como norma adulta.

    Debatíamos el por qué las nubes,
    atómicamente,
    colapsaban sobre los estercoleros.

    Irradiábamos, pues, plenitud:
    la plenitud del hombre preso.

    Éramos niños, sí,
    crecientes por tumores
    y no por años.

    En nuestra degradación anual,
    dos veces por semana,
    nos reuníamos para amontonarnos unos sobre los otros,
    arrinconar cada alma en cada cuerpo,
    abolir el libre mercado de espíritus.

    Y era,
    cuando el reloj marcaba la confusión de lo obligado y el fetiche,
    el momento de presionar las tumefacciones ajenas.

    Solían ser infecciosas.
    Pero ya nos habíamos acostumbrado
    a no respirar si nos hacíamos sangre.

    Nos acomodábamos en algún sitio dónde no nos tocaran demasiado,
    porque era imposible salir ilesos.
    Porque lejos de la creencia, cuanto menos más tumores.

    Y volvíamos a nuestras casas irreconocibles,
    con un ojo mirando el suelo y otro hacia el futuro,
    suponiendo el sueño de libertad y esquivando las grietas
    a las que, por decreto, acabaríamos pisando.

    -Andrei Burguess

    Me ha parecido muy dulce y acertado con los sentimientos de la niñez.

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