• 11 noviembre, 2018 a las 4:19 pm #24925

    ¿A DÓNDE VA?

    Por

    Edmundo Bastarrachea Vázquez.

    “26 años por 365 son casi 9,550 días”. Ese era el pensamiento que en su cama  tenía el detective Lucero, quien llevaba todo ese tiempo como topo. Primero leyendo revistas sensacionalistas, después fue cliente de videos de contenido exclusivos y ahora como navegante de la red en la  búsqueda cotidiana de la nota roja, todo  para dar con 52, un asesino serial que cada dos de noviembre mataba a un joven y, como lo había anunciado desde un principio, no dejaría de hacerlo hasta llegar a 52 víctimas en honor al calendario Mexica.

    Hoy es dos de noviembre, Lucero esperaba la llamada donde su Jefa quien le daría razón de la más reciente víctima. Como siempre, justo a las tres de la mañana sonó su celular, lo tomó del buró y escuchó: “52 ya mandó el archivo, revisa tu computadora”. Un puñado de palabras que se han repetido durante 26 años.

    En la cocina de su departamento Lucero se preparó un café, después se asomó por la ventana para ver la calle de López, que parecía escena de una película antigua, gris y silenciosa. Luego fue a su escritorio, encendió el ordenador y ahí estaba el mensaje: VÍCTIMA 26.

    El archivo contenía un video donde se veía un cuarto obscuro, un tapete de plástico negro extendido en el suelo, velas de sebo, incensarios humeantes, flores de cempoalsúchil, espejos de obsidiana y una robusta cruz de San Andrés,  en ella había un joven amarrado que había muerto degollado, la escena era alumbrada por lámparas de fotógrafo. Frente a la víctima se encontraba un hombre desnudo cubierto de cenizas, en la mano derecha  llevaba un cuchillo sucio de sangre, ese era 52, que miraba fijamente a la cámara y decía: “Apenas estoy a la mitad del camino”. Después la imagen se iba a negros.

    El detective compartió el video con Lázaro, un vidente del mercado de Sonora, con el título: “¿QUÉ VES TÚ, QUÉ NO VEO YO?”. Después, Lucero se dedicó a comparar la más reciente escena del crimen con las 25 anteriores.

    Cinco horas pasó Lucero frente al ordenador. Al dar las ocho se vistió con su traje gris, tomó el bastón donde ocultaba un verduguillo. Salió del edifico para abordar un taxi con la orden: “¡Al mercado de Sonora!”.

    Cuando Lucero llegó al mercado había multitudes comprando flores y adornos. El detective se abrió paso entre la multitud, hasta llegar al local de Lázaro, su amigo desde la infancia, quien vestía una túnica blanca y tenía una cabellera canosa:

    “De joven payaso y de viejo maromero. ¿No te da pena ser un jipi a los 60, Lázaro?”

    “Tranquilo, Lucero” -le respondió el vidente. “Hoy puede ser el mejor de tus días. Revisa la imagen del espejo de la derecha”.

    Lucero amplió en su celular el detalle del espejo de obsidiana y se veía el reflejo de la esquina de una caja blanca con roleos azules.

    “Lo viste ¿verdad?” - continuó Lázaro-  “Es una caja de la Pastelería Ideal. Ya tienes otra pista: el 52 vive en el Centro Histórico. Si a eso le sumas que también es fotógrafo, entonces ya sabes dónde buscar”.

    “Sí -contesto el detective-.  Lucero salió rápido del mercado, abordó un taxi al tiempo que le indicaba: “A la Calle de Palma”. El auto dejó a Lucero cerca de El Popular y de ahí comenzó a caminar y a olfatear en busca del aroma del sebo y del copal. Después de varias vueltas a la calle llegó a un local a nivel de piso donde detectó el tufo que buscaba. La cortina metálica estaba cerrada, no había abertura que le permitiera atisbar al interior,  con ayuda del verduguillo hizo un orificio desde donde pudo ver la misma escena del video, con un cambio, el 52 estaba tendido en el suelo en trance o drogado.

    Un grupo de curiosos los espiaba, Lucero sacó su charola y les dijo: “Soy de sanidad hay una fuga de gas”. La gente se fue. El detective mandó por celular la ubicación y un mensaje: CASO RESUELTO. ME VOY A LA BLANQUITA.

    Ya en el restaurante se sentó a pedir media orden de frijoles, bolillos y café, redactó y envió a su  Jefa un resumen de la manera en que  dio con el 52. Casi de inmediato sonaron sirenas, los bomberos comenzaron a cerrar calles y un hombre con aspecto de guarura se sentó a la mesa con Lucero, le dio un sobre pachón de manila mientras le decía: “La Jefa te manda esto para que te desaparezcas un rato largo”.

    “¿Y el caso cómo queda?”. Preguntó Lucero.

    “Como siempre, un triángulo amoroso que acabo mal. Ni modo que pongamos que después de 26 años atrapamos a un asesino porque se le antojaron unas conchitas. Ahora, sal a la luz, deja de ser topo”.

    Lucero salió. Casi 9,500 días después Lucero podría caminar a sus anchas durante el día y la noche. Se encaminó a Madero para llegar a su casa. Pero, justo en el callejón de La Condesa vio a una mujer imitando Angélica María que cantaba: “¿A dónde va nuestro amor? Yo me pregunto y no sé qué contestar por cobardía”.

    Lucero siguió su camino y en el Eje Central esperó a que la eterna luz roja pasara a verde y pensó: “¿A dónde va mi MÉXICO? ¿A dónde va mi ciudad? ¿A dónde se fue aquella señora que vendía tamales rellenos de marido golpeador? ¿A dónde fue el resucitador fallido que estudió derecho en Lecumberri y fue recibido con aplausos por los diputados? ¿A dónde se fue la luchadora que aterrorizaba ancianitas?”

    La luz del semáforo pasó a verde. Lucero volvió sobre sus pasos, tropezó con la gente en dirección al Zócalo, vio el interior del sobre amarillo y dijo para sí: “Tengo que dejar al 52 atrás, necesito escuchar voces, historias de vivos, con esto me alcanza para instalarme en Santo Domingo y volverme Evangelista”.

    FIN

    Rafael Valdés
    Participante

    11 noviembre, 2018 a las 11:34 pm #25028

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