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Agradezco a Zenda la convocatoria a este concurso que demás de estimular la escritura, pone en valor la educación tan necesitada de reconocimiento, al menos en mi país: Argentina. Mi nombre es Irene Beatriz Sachs. Mi relato se titula "Facundo" y está publicado en mi muro de facebook: https://www.facebook.com/profile/100004076220623/search/?q=Facundo https://www.facebook.com/irene.reni.sachs Facundo -Hola ¿te acordás de mí? Parado delante mío un muchacho alto, barba castaña incipiente, pelo cortado estilo escultura de cráneo y teñido con franjas flúor verdes y lilas. Tendría unos 20 o 24 años. Por su actitud serena y cordial no me asustó el abordaje. Me sentí culpable y avergonzada por no reconocerlo. Tampoco quería incomodarlo pero realmente no tenía idea de quién podría ser. - Perdoná pero no soy muy fisonomista - me disculpé. - Soy Facundo. Y se quedó callado, seguro de que así yo sabría quién era. Se produjo un largo e incómodo silencio. Se dio cuenta y siguió – soy Facundo, el de la escuela 23 de Villa Rosa, allá en Pilar, ¿te acordás? El que dibujaba. Ahí sí. Me puedo olvidar de caras y nombres pero muy difícilmente olvide una historia. Él cursaba 2º año de la secundaria pública en un establecimiento más que humilde, olvidado por todos los entes oficiales. Lo recordaba como un muchacho muy tímido. Y además por lo que pasó un día. Era cerca de fin de año y yo estaba en su aula, sentada en uno de los últimos pupitres, observando a la narradora de mi equipo que contaba un cuento. Sin que lo percibiera él me retrató. No se animó a darme el dibujo. Me lo entregó su compañero de banco. -Lo hizo Facundo y te lo regala. Muda por el asombro y la sorpresa me reconocí en los rasgos y en el gesto. Percibí que en ese curso había un muchacho enormemente talentoso y lo comenté con las autoridades de la escuela. Todos lo sabían. Empujada por un fuerte deseo, ahora lo confieso, mío el deseo, empecé  a pergeñar acciones para que ese chico no se desperdiciara concurriendo a una escuela secundaria básica. En cuanto llegué a casa inicié  la búsqueda de una institución pública con orientación en arte cercana a su domicilio. Encontré la Quinquela Martí de Martínez. Era lejos de Villa Rosa pero estaba en la zona. Me contacté con la escuela y logré que le permitieran el pase a 3º a pesar de que a esa altura del ciclo escolar las vacantes estaban cubiertas y que la cooperadora colaborara con dinero para viáticos y materiales. Y entonces pedí entrevistar a la madre. Después de más de dos semanas de la fecha acordada y como haciéndome un favor, vino acompañada de la hija mayor, una jovencita de no más de 20 años, madre de una niñita de 4 y otra de pecho. Sí, ella también sabía que Facundo dibujaba muy bien pero mandarlo a una escuela de tan lejos era imposible. Y además, me dijo, “con el dibujo no se come. Tiene que aprender a trabajar, un oficio, vio? Y… no tengo esos  papeles de él que me pide para inscribirlo. Y…tiempo tampoco y… plata como para ir hasta ahí donde Ud. dice para anotarlo no, no tengo, ¿me entiende?” Sí que entendí. Entendí que era yo la que quería un futuro mejor para el muchacho. Entendí que era yo la que quería hacer algo por él (y quizás, inconscientemente, por mi propio goce). También me di cuenta de las enormes dificultades que tienen algunos pobres. Ellos, de lo que más saben, es de sobrevivir en el día a día y yo de eso, no sabía nada. A Facundo lo perdí de vista. A su dibujo no. - ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?- le pregunté. Estábamos parados frente a frente en la puerta del cementerio. Era el aniversario de la muerte de mis padres y quise viajar hasta Pilar para pasar un rato a solas con ellos y con mis recuerdos. - Cuido el jardín, hago seguridad, ayudo con los carritos que llevan a las visitas hasta las tumbas, de todo un poco. El horario es bueno, estoy cerca de mi casa y puedo estudiar en la nocturna. Y Ud. ¿viene por alguien? En todos estos años me la quise encontrar para estudiar dibujo y mire Ud. justo aquí… En ese momento me olvidé de mis muertos queridos y me interesé por él, por la vida. La vida de un muchacho sensible que ahora sí quería estudiar dibujo y necesitaba una orientación. Y se la di. Claro que se la di. Porque ahora el deseo era de él. Y era tan fuerte como para sortear todas las distancias e inconvenientes y poder ingresar en la Universidad Nacional de las Artes. En recuerdo de un joven que, sin saberlo, hizo que yo me diera cuenta

Agradezco poder participar de este original concurso que, además de estimular la escritura, pone en valor la educación tan necesitada de reconocimiento. Mi nombre es Irene Beatriz Sachs. Mi relato se titula "Por una vida sin etiquetas" y está publicado en mi muro de facebook: https://www.facebook.com/irene.sachs.7/posts/2414927605319757 https://www.facebook.com/irene.reni.sachs Por una vida sin Etiquetas Habían pasado casi 25 años al frente de la cátedra en una universidad pública. Ya finalizando el ciclo lectivo me convocan del departamento de Contaduría y muy livianamente el contador me dice “a fin de año cesás en tu cargo, por añosa”. No me lo informó el decano ni la secretaria académica, niveles jerárquicos académicos superiores quienes jamás observaron alguna de mis clases. Me lo informó el contador. Y entonces pensé (tanto como para consolarme): me despiden para economizar, lo de la edad es una excusa. Enseñaba a futuros y futuras licenciados y licenciadas en psicopedagogía. Mayoritariamente eran docentes de los diferentes niveles de la enseñanza, que además estudiaban. Inicialmente yo daba clases teóricas nocturnas. Duraban dos horas y consistían en conferencias en las que desarrollaba teorías y conceptos complejos. Sustentaba un principio: cuanto más encriptadas las clases mejor. Así se daba cuenta de la profundidad y seriedad de la disciplina. La ciencia es así, creía yo en aquel entonces. Cada  noche entre 150 y 200 estudiantes, tomaban apuntes, grababan mis desarrollos y trataban de entenderlos.  La mayoría se quedaban dormidos sobre sus pupitres. Un tiempo después me anoté en una escuela para aprender la técnica del relato oral. Lo hice por hobbie, como pasatiempo. Jamás imaginé que con el tiempo esa formación se transformaría en otro oficio, en un nuevo proyecto y una herramienta de trabajo. Aprendí que las palabras, según sean dichas, son poderosas y aprendí cómo interesar y cautivar al auditorio. Fue un descubrimiento personal y me animé a aplicarlo durante mis clases en la facultad. Se produjo entonces un cambio profundo. El alumnado, lejos de quedarse dormido, permanecía más allá de la hora de cierre para seguir escuchando con interés lo que tenía que transmitirles. Me di cuenta de ese cambio y de la mejora tangible en la comprensión y asimilación de los contenidos de la materia al corregir parciales, trabajos prácticos o tomar exámenes finales. Y además porque me explicitaban el aprecio y reconocimiento que sentían por mí como docente. Nunca se lo expresé a nadie, pero la verdaderamente agradecida era yo. Por todo lo que yo misma aprendía y por el cariño con el que me recibían y saludaban. Fueron seguramente las razones por las que continué viajando a la universidad durante dos horas, utilizando cuatro medios de trasporte a la ida y otras dos horas y otros cuatro medios de transportes a la noche, de regreso, generalmente viajando apretujada entre montones de pasajeros y de pie. Sólo por esas horas, en las que enseñando y aprendiendo, me sentía feliz, reconocida y valorada. Y porque cuando me preguntaban “¿a qué te dedicás?”, yo podía contestar orgullosa: “soy docente universitaria”. Enseñaba a pensar, a cuestionar el pensamiento hegemónico, las “verdades consagradas”, a profundizar en la subjetividad de cada cual, a revisar lo que se da por “natural”, a no otorgarle al diagnóstico el valor de una sentencia, a sensibilizarse con el padecimiento del otro comprendiendo y analizando las características de cada sujeto y su contexto, a no encasillar ni etiquetar a nadie. El día en que me despedían “por añosa” estaba tomando exámenes finales. Regresé al aula triste, herida, desanimada. Había llegado a la última estación y me obligaban a bajar del tren. Tenía frente a mí a una alumna que me esperaba para rendir. Su examen fue brillante. La felicité, le di la calificación y ella me sorprendió:- Profe; le preparé un regalo- y me entrega un cuadrito pequeño en el que debajo de un dibujo alusivo decía “Por una vida sin etiquetas. Gracias por ayudarme a crecer”. Sin poder contener las lágrimas que pujaban por fluir, le dije –sos la última alumna que voy a evaluar en esta facultad. Me acaban de despedir con el argumento de que por orden del ministerio de educación los docentes añosos deben cesar en sus cargos. Yo necesito creer que es para reemplazarnos por otros más jóvenes y ahorrarse el cargo por antigüedad, que en la mayoría de los casos, es mayor que el sueldo. - Qué ironía ¿no profe?- me contestó- justamente a Ud. que siempre nos enseñó a tomar en consideración todos los aspectos involucrados en la toma de decisiones profesionales sin etiquetamiento alguno, la despiden por añosa y no por su desempeño. Profe, la etiquetaron, Ud. no es añosa, Ud. es la mejor profe que tuve en toda la carrera.    

MI MEJOR MAESTRO Don Estanislao Quiroga fue un maestro de los que dejan huella. Alto, de espaldas anchas y cejas pobladas, imponía respeto y autoridad con su sola presencia. Siempre vestía trajeado, impecable, con gemelos en los puños, que solía tocar con sus gruesos y peludos dedos como sacándoles brillo. Presumido como un Petronio, lucía unos enormes nudos de corbata a lo Kennedy. Su andar era lento y pausado, de pasitos cortos, como Poirot. Hijo de un conde y político republicano, nunca alardeó de pertenecer a una familia acomodada, aunque sí de dominar varios idiomas, montar a caballo, jugar al ajedrez y bailar como un caballero. Se decía orgulloso de haber estudiado en los Jesuitas, lo que según él imprimía carácter y manera de ir por la vida. Sus ojos brillaban al hablar de su hermana, la segunda mujer en entrar en la Real Academia Española. De esmerada formación académica e intelectual, era un hombre culto, muy culto, que nos hacía aprender y recitar los poemas de memoria. Diplomático, escritor y profesor de literatura española en la Universidad de Sofía, había viajado por todo el mundo recalando en la tropical ciudad de Motril, lejos de su húmeda tierra gallega. Se murmuraba que se encontraba “desterrado” en esta ciudad sureña por sus convicciones republicanas y que viajaba a Lisboa con frecuencia, como todo político español afuera del régimen en aquellos días. Soltero y sin pareja reconocida, vivía en un pequeño y coqueto hotel muy céntrico. Recuerdo a don Estanislao como un hombre adusto y muy exigente, tanto en sus asuntos personales como en sus tareas de profesor. Su vida era la Academia de la que era propietario y director. Exasperantemente meticuloso, a veces nos hacía repetir una palabra una y otra vez hasta su perfecta dicción, enfadándose mucho si no pronunciábamos las consonantes trabadas o las inversas. A veces, sus enfados por nuestra supuesta incompetencia o falta de trabajo se traducían en castigos muy acordes con la época. Siempre con dedicación y profesionalidad, cada día, subrayaba personalmente el libro del alumno más aventajado del curso, para que los demás lo copiaran. A veces, cuidadosamente, escribía en los márgenes las definiciones de palabras nuevas o añadía una hoja de su puño y letra, y sabíamos que era lo primero que teníamos que estudiar. En aquellos tiempos, en Motril, no había ningún instituto de enseñanzas medias y había que estudiar mucho para examinarse libre en Granada. Por eso, a modo de refuerzo, nos ponía exámenes de todas las asignaturas, los sábados por la mañana. A lo largo de mi vida he aprendido a valorar los beneficios que en mi educación tuvo su influencia y enseñanza. Aquel profesor tan duro y amante de los poetas despertó en mí la inquietud por la poesía y el conocimiento en general. Desde mi primer día de Academia, pude apreciar la impronta de aquel lugar y la personalidad de quien lo regentaba y guiaba. Los alumnos estábamos en los aledaños del edificio, unos sentados y otros charlando. El murmullo se escuchaba en la encrucijada de calles y había cierto ambiente de muchachada estudiantil. Eran las 7:55 y, de pronto, se hizo un silencio solemne y los alumnos todos se pusieron de pie en actitud respetuosa. Don Estanislao, aparecía calle abajo, erguido, acariciando sus gemelos y saludando a doquier los buenos días. De inmediato entendí que así habría de ser siempre. De aquél profesor, supe que los conceptos del respeto y del saber estar que mis padres me habían inculcado en la vida familiar tenían su aplicación en otros órdenes de la vida. Me enseñó a estudiar con recursos nemotécnicos, a hacer esquemas y resúmenes. Como todo buen maestro, educaba por lo que era, por lo que hacía y por lo que decía. Yo me fijaba en él y, sin ser consciente de ello en esos momentos, aprendía de su corrección al hablar, su manera de expresarse y su sentido del trabajo bien hecho. Cuando llegaba la fecha de los exámenes, don Estanislao, viajaba con nosotros a Granada. Eran dos días intensos en los que nos examinábamos de todas las asignaturas. Siempre nos hacía dar una carrera hasta un banco que hay cerca de la Capilla Real, pues “el que llegaba primero, aprobaba todo”. Era un método para quitarnos la tensión. Y funcionaba. Luego, en el comedor del hotel, seguía nuestra educación de urbanidad. Aquel año, era la primera vez que salía de casa sin mis padres y me creí morir cuando “El Quiroga” me dijo: “sirva usted el agua en los vasos”. Afortunadamente, todo salió perfecto, y yo me sentí crecer. Bajo aquella apariencia de profesor duro e inflexible y de su aura de intelectual distante, había un corazón idealista ahíto y necesitado de afecto. Don Estanislao era ateo y republicano, sin embargo, visitaba a don Juan en Lisboa y admiraba y quería con verdadera devoción a don Salvador, el anciano Arcipreste ya jubilado, impedido y casi ciego. Recuerdo aquel día que nos pidió llevarlo a la Academia en su sillón, a hombros de los alumnos. Don Salvador no cabía de gozo entreabriendo sus ya casi cerrados ojos. Cuando echaron las películas “América América” de Elia Kazan y “Mogambo”, nos dio permiso a los alumnos mayores para ir a verlas. Y cuando los Beatles llegaron a París, trajo el periódico con la noticia a la Academia. En Navidad, cada día, ponía villancicos al entrar y al salir. De él aprendí que no importa la ideología y las creencias de cada uno para respetarnos y relacionarnos con normalidad y cooperativismo. Cuando cerró la academia, pasó verdaderos apuros económicos. Y en su vejez más extrema, muchos de sus antiguos alumnos le ayudaron para que pudiera entrar en una residencia. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando mi padre me dijo henchido de orgullo que don Estanislao le había informado que “era la primera vez que en Granada le felicitaban por las notas de un alumno en los exámenes libres”. FRANCISCO ANTONIO REYES FERNÁNDEZ Mi relato MIMEJOR MAESTRO se encuentra en mi página de facebook: https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=10208324005414986&id=1749819672&__cft__[0]=AZWCrrW4LlHafRSiCsBkF2HbiLUKTUeIaXBzhqhZanxifRHCWB_ozaFnCsqsLrlbASGC17y2zTyR-fU451z1Rh2DqPMEVNOmPg6NOTOzZ2UqGct6QgHn7H8PxfRDjY9OUoI&__tn__=%2CO%2CP-R

At homeschooling 101, our goal is to empowering parents to develop and provide the ideal school set-up for their children right at the comforts of their home. Check Out: Benefits of Homeschooling

Buenos días. Aquí está mi relato, publicado en mi blog personal: http://vidaencutrelandia.blogspot.com/2021/01/mi-mejor-maestro.html Muchísima suerte a todos.