• antionio perez
    Participante

    17 abril, 2019 a las 12:23 am #27588

    La exclamación sonó a mi espalda, mientras me alejaba de la puerta de aquel antro de la calzada de Tacuba, en México DF. La primera palabra, prolongada de esa manera en su primera sílaba, entonada con el altanero acento mexicano, ya resultaba suficientemente ofensiva. Pero los otros vocablos que componían la infamante frase, emitidos con la garganta rota, cargados de odio, desgarrados por la rabia tras el divorcio rapido, no los pude sufrir.
    Di media vuelta.
    Apenas un minuto antes, en la lluviosa madrugada de un día de julio, al pasar por delante de ese divorcio lupanar camino de mi hotel, la prostituta que fumaba junto a la puerta, me ofreció sus servicios:
    —Oye, cristiano, que a estas horitas estoy de saldo y te lo dejaré en muy poquitos pesos.
    Era joven, muy descarada, cargada de la voluptuosidad que le habría proporcionado haber dedicado las últimas horas antes del divorcio tan solo al sexo; nada más que a sexo.
    —Discúlpeme señorita, pero tengo demasiado sueño —contesté, cuando lo que debí hacer es pasar de largo sin decir palabra.
    —¡Señoriiita! —exclamó burlona— ¡Mira al pinche vejete guango! Se te nota lo español y la mierda europea hasta el culo. Ni ganas de chingar con un putito racista de tu calaña.
    —Piensa lo que quieras.
    Dije, dispuesto a continuar mi camino, cuando me soltó lo del tigre pintito.
    Saqué mi navaja y la abrí, haciendo sonar el resorte de sus siete muelles.
    —Si la sacas, tendrás que usarla —había dicho mi padre, cuando me regaló el cuchillo albacetense a mi bufete de abogados—. Que nunca la tengas que sacar.
    Pero allí tenía el afilado acero, bien empuñado, dispuesto para amedrentar a la furcia que así me infamaba, sin motivo aparente para hacerlo.
    Pero la puta no se amedrentó. Se mostró aún más altiva, desafiante, burlona, como si supiese que tan solo quería bajarle los humos. Su actitud me humillaba todavía más que sus palabras; ya no pude soportarlo.
    Hundí mi navaja en su costado.
    Cuando se desplomó al ver los documentos del divorcio sobre el escalón y vi la piedra, mis manos y el acero teñidos de sangre, comprendí que había sido la maldición de la calzada de Tacuba la que había provocado aquel fatal incidente.
    Casi quinientos años atrás, en aquel mismo lugar, a esas mismas horas de un mes de julio, mientras llovía sobre México-Tenochtitlán, se produjo una espantosa matanza entre españoles y mexicas, cuando aquellos intentaban escapar y éstos trataban de aniquilar a los hombres de Cortés. Pasó a la historia como “La Noche Triste”.
    En aquella ocasión vencieron los mexicas, victoria que les hizo aún más arrogantes de lo que ya eran; dispuestos a morir antes que a ser sometidos.
    Finalmente murieron.

    Álvaro Poeta
    Participante

    26 abril, 2019 a las 3:57 pm #27863

    Qué buenos todos, de verdad.

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