• 10 julio, 2022 a las 5:43 am #52236

    Gilberto Garcia Mercado el 16 de mayo, 2022 a las 23:27

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    «ESPÉRAME EN EL CAMINO DE SANTIAGO»



    Por Gilberto García Mercado


    Por la mañana los senderos que llevaban a la vieja escuela se volvían intransitables. El barro y el sedimento se adherían a los zapatos y muchas veces los muchachos tenían que despojarse de las botas. Un cielo denso y oscuro de septiembre parecía precipitarse sobre Los Geranios. No obstante, los cinco amigos seguían el sendero bajo los paraguas, salpicados de cuando en vez por algunas gotitas de lluvia que lograban sortear las fronteras resguardadas por las sombrillas. Natalia, bella y felina, con un cuerpo que reflejaba sus curvas un poco firmes y pronunciadas hacia una carrera en el modelaje, marchaba altiva y, sin mover siquiera un solo músculo de la cara, al frente. Tenía trece años y su cuerpo desplegaba los encantos de quien ya no era una niña. Alonso, el más pequeño del grupo, siempre iba a la retaguardia y, en los cinco años en que le tocó obedecer a Natalia durante aquellas travesías, fue haciendo un registro minucioso y detallado en la memoria de las mejores imágenes y escenas que había contemplado de la chica. Hasta el punto que hoy, ya vuelto hombre y, desde que perdiera el rumbo de la adolescente, se halla esperándola en algún Camino de Santiago.



    —Si en verdad me quieres, espérame en el Camino de Santiago—había profetizado Natalia.



    Y ahora falta un cuarto de hora para las doce de la noche. Si ella cumple la promesa de hace diez años, él tendrá dieciocho años y Natalia veintitrés. Durante el día, en esta parte de Francia, las calles no han dejado de trepidar con las plegarias y la algarabía de los peregrinos. Ellos enfrentan su fe, acaso ensimismados en oraciones y confidencias con el santo discípulo. Otros llevan sus creencias a la flagelación extrema, soportando fuetes y latigazos para ganarse el perdón del apóstol Santiago. Faltan cinco minutos para las doce y aún por esa Calle de Santiago no asoma la figura grácil y esbelta de Natalia.



    —¿Así que estás enamorado de mí? —le dijo ella entre coqueta y sorprendida.



    El camino no era un lodazal porque estábamos en agosto y las calles se derretían por el calor.



    —Sí, desde siempre—manifestó Alonso, trémulo, y arrastrando las palabras—Vives en mi memoria y no sé cómo sacarte de ella.



    —No lo hagas—se echó a reír un poco divertida Natalia—Espérame en el Camino de Santiago a la medianoche. Así sabré si en verdad me quieres.



    En ese momento, Alonso no creyó en las palabras de Natalia. Quizás debía de ser una broma, no solo por la ocasión y las circunstancias de ser unos colegiales, sino porque aún en nuestras mentes ni siquiera conocíamos el bendito Camino de Santiago.



    —Allí te esperaré—manifestó un poco eufórico Alonso—Aunque llueva, truene o relampaguee.



    Desde entonces se la pasó contando las horas y los días, aferrándose a una esperanza incierta, pues Los Geranios era una población perdida en alguna parte del planeta, que, debido a su pobreza, sus habitantes a duras penas y alcanzaban a graduarse de bachiller. Hasta allí llegaba la búsqueda de un conocimiento que solo los preparaba para trabajar la tierra, cuyo destino era seguir la línea genealógica de sus ancestros. No se les estaba permitido conocer los Caminos de Santiago.



    Natalia, luego de la declaración de amor de Alonso, estuvo mirándolo de arriba abajo, como si la silueta del chico no fuera real, sino una simple ilusión propiciada por el calor de agosto. Como pudo y, apartándose de la ilusión de Alonso, se aferró al muchacho y besándolo largamente en los labios, reiteró: «Búscame dentro de diez años en el camino a Santiago».



    Los días entonces transcurrieron sin la silueta de la mujer, marchando por los viejos senderos que conducían a la vieja escuela. El grupo no fue el mismo, aunque un nuevo miembro se vinculara a él. La ausencia de Natalia se evidenciaba a cada momento, nadie hablaba y las sombrillas no amparaban a nadie en un octubre lluvioso. A Alonso lo vimos enflaquecer, se rodeó de un mutismo que asustaba, pues con la abrupta desaparición de Natalia de nuestras vidas, solo atinaba a murmurar, como loco: «La esperaré en el camino de Santiago. Juro que lo haré».



    Si hay algo que satisfizo a Alonso, es que él haya roto la maldición que pesaba sobre Los Geranios. Se graduó con todos los honores y, es el único, junto con Natalia, que no se quedó en el pueblo a continuar los oficios de sus ancestros. Al muchacho se le avizoró en la distancia una nueva perspectiva con una beca que ganó en Francia para estudiar licenciatura en Literatura Universal. No han sido en vano algunos sucesos que han estado presente en su vida desde la partida de Natalia de la población. De alguna u otra forma comienza a creer en el destino, no rechaza de plano, la frase de Natalia que le repercute en la memoria: «Búscame dentro de diez años en el camino a Santiago».



    Ya son casi las doce de la noche y no hay ninguna pista sobre el paradero de la mujer. Ha vivido todos estos años anclado a su recuerdo. La peregrinación de los fieles ya no tiene el fervor ni la intensidad con que se iniciara la romería rumbo hacia el camino de Santiago. El frío, el hambre, y la noche se han confabulado para que la cita con el Apóstol Santiago poco a poco se vaya diluyendo y, por el contrario, se quede enredada en las fachadas de las casas una atmósfera triste y ambigua. Como si nadie viviera en el territorio francés. Y el único que esperara a una mujer fuera Alonso, el de Los Geranios, que pase lo que pase esperará a Natalia, hasta si es posible, la otra vida. El reloj de una catedral cercana deja oír, el tang, tang, de los doce campanazos de la media noche.




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    EL SECRETO DE MELISA



    Por Gilberto García Mercado


    La noticia de que Melisa Cervantes murió lo dejó tan consternado que tuvo que sentarse en un escaño del parque mientras recuperaba el aliento. Se había vuelto costumbre en ese itinerario que Óscar Vargas emprendía por la región, en su condición de vendedor de pólizas de seguro, antes de llegar al hotel que lo albergaría por una semana, conversar con doña Melisa de esto y de aquello. La mujer regentaba un viejo puesto de frutas en el parque. Era ella una señora con una vejez apacible, «de esas en que, en vez de envejecer, rejuveneces», por lo menos así lo percibía Vargas cuando conversaba con ella en el parque.



    —Así que eres como los marineros—dijo la anciana con un brillo singular en sus ojos cafés—Vas dejando un amor en cada puerto.



    —No todo lo que se dice por ahí es verdad—comentó Vargas fingiendo indiferencia—No soy la clase de hombre que va teniendo aventuras por aquí y por allá.



    Esa conversación la tuvo en un agosto árido en que el viento golpeaba el cuerpo con lengüetas de fuego. El reloj de pulso indicaba las dos de la tarde. Y él le había llevado a la anciana unas gaseosas y algunas delicatessen, como hacía casi siempre que viajaba a la población. Se identificaba mucho con la anciana, le recordaba a su madre quien ya no estaba en esta vida y, que fue hasta el final, su soporte para que no naufragara en el mar de los pobres.



    Al parecer Melisa Cervantes no tenía a nadie. Como ocurre en los seres humanos ella también había tenido su oportunidad. Que no la aprovechó, o que el destino le jugara una mala pasada para relegarla finalmente en la esquina de este viejo parque, ya es otra cosa. Con los días, ella le fue narrando su historia, la anciana reía algunas veces y otras se entristecía, como cuando en el argumento se refería a Mauricio Dávila, el amor de su vida. Así que el saber que la mujer ya no estaría para que lo escuchara, una confesión que a Vargas lo volvía frágil y fuerte al mismo tiempo, con el deseo irrestricto de ser un pequeñuelo protegido de mamá, de alguna forma lo hacía sentirse solo.



    —Usted jamás habla de su familia—expresó Vargas una tarde de un recalcitrante verano—Nadie merece estar solo en la vida. Es jodidamente triste.



    —Detente, no me arrepiento de nada. La vida es así, algunos nacen con la felicidad implícita en el cuerpo y, otros a duras penas, logran tener una pequeña porción de ella—agregó la vieja con singular vehemencia.



    Escarbando y escarbando por fin Vargas fue develando los secretos de la vieja. La felicidad Melisa la tomaba de un viejo y descuadernado libro de color negro que ella protegía muy bien de quienes llegaban a su puesto en el parque a comprar sus productos. Al principio pensó que la vieja Melisa debería de ser miembro de alguna secta secreta, por la forma en que cubría el libro con una toalla gris en una caja de cartón, de santería o vudú, menos que ella profesara una fe profunda por el Evangelio de Cristo.



    Lo supo cuando heredero de sus pocas pertenencias, se dirigió al pequeño cuarto y el propietario se las señaló. Fue entonces cuando vio la santa biblia que ella en vida se negara a descubrir. Recordó entonces sus palabras muchas veces edificantes que le devolvían la calma y le hacían comenzar de nuevo: «Haz las cosas con pasión, jamás te detengas si crees que quien dirige tu vida es Dios. Para él no hay nada imposible. Sé que jamás te cansarás». Esa conducta de mujer sabia y humilde chocaba con los anhelos que tenía Óscar Vargas de descubrir por qué ella mantenía la biblia oculta todo el tiempo con una toalla gris.



    «Aunque algunas sectas secretas utilizan la biblia con fines de maldad», sentenció para sí Óscar Vargas.



    Pero eso no eran los senderos de Melisa. En ella había algo misterioso, una paz indescriptible, la extraña mansedumbre de su rostro desarmaba cualquier mal pensamiento y llevaba a la persona a una confrontación consigo misma, al final le daba la razón al interlocutor.



    Cuando el propietario me advirtió, luego de recoger las escasas pertenencias de la difunta, y dijo que no olvidara la biblia, percibí en la frase imperativa del hombre, la acuciosa necesidad de por fin poder develar el misterio de la biblia de Melisa Cervantes.



    Disculpándome en todo momento, dije al propietario que me dejara solo veinte minutos con el espectro de Melisa. El buen hombre accedió con una mueca despectiva en el rostro, y yo volví a lo mío.



    En las páginas de la biblia, como si la rúbrica de los dos fueran arañazos, se hallaban los nombres de Melisa y Mauricio Dávila. No obstante, lo que más le llamó la atención fue la historia de amor que, escrita entre recortes de papeles, se hallaba desplegada y mimetizada en la biblia. En el apocalipsis había un recorte de papel viejo en el que rezaba: «En el instante en que abras la biblia nos encontraremos en el Camino de Santiago. Tuyo. Mauricio Dávila».



     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    11 julio, 2022 a las 8:44 pm #52264

    Gilberto Garcia Mercado el 10 de julio, 2022 a las 05:43

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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    EL SUICIDA Y EL GATO


    Por Gilberto García Mercado

    «Esta será mi última noche en la ciudad de los indolentes», se dijo Mauro Alcázar, mientras se reclinaba en una esquina de la sombría habitación. Afuera llovía y las calles apenas y dejaban ver uno que otro vehículo aventurándose en medio de un universo frágil y a punto de explotar. Los últimos días habían sido dolorosos y frustrantes, era como si todas las cosas malas de este mundo se hubieran confabulado en contra de él.

    El domingo muy de madrugada, su hijo Camilo José había estrellado el auto que él le regalara por su cumpleaños y había perdido la batalla contra la muerte en una sala de cirugía equipada con los mejores aparatos de última generación.

    Y como si eso no fuera poco, recibida la noticia por parte de los médicos del deceso de Camilo José, en ese instante la televisión en la sala de espera informaba de un incendio de terribles proporciones que estaba devorando la Casa de los Alcázar, su casa, y en ella, Soledad su esposa y los chicos, se volvieron cenizas en tan poco tiempo.

    Todo el dolor de este mundo se le sembró a Mauro Alcázar sin misericordia ni contemplación alguna por lo que estaba sufriendo. De un momento a otro, en tan pocos días la vida le había cambiado de una forma terrible, de una familia modelo y cuyos miembros eran muy queridos, ya no quedaba nada, adiós a la sonrisa bonachona de Soledad, adiós a los ojos cafés y tiernos de Camilo José, adiós a la algarabía grata e inocente de los chicos. Adiós a la vieja caserona de los Alcázar, heredada de su madre. En ese momento, la vida de Mauro parecía sacada de una novela, «cualquier semejanza con la realidad será pura coincidencia». A veces creía que dormía, que en cualquier momento despertaría de la pesadilla. Entonces, con gran deleite y satisfacción, se reiría celebrando su congoja. ¡Todo había sido un maldito sueño!

    Ahora, mientras se refugiaba en la habitación que el gobierno le había asignado por su condición de damnificado, repasó algunos episodios de su vida reciente. Lo había tenido todo y de la noche a la mañana, todo se había esfumado: Camilo José, el carro que le había regalado por su cumpleaños, Soledad y los chicos devorados por la conflagración. Algo faltaba para completar el absurdo panorama. Mientras buscaba algún objeto con qué quitarse la vida, lo defraudó lo bien organizado que habían sido las autoridades. No había en esa habitación prestada, cuerda, ni cuchillo alguno con que suicidarse de un tajo y así terminar con su dolor. La corriente eléctrica era inaccesible desde la habitación, los tomacorrientes estaban muy bien protegidos, no existía la posibilidad de llenar la bañera y luego arrojar un cable eléctrico en ella para electrocutarse.

    En el rincón de aquella habitación, Mauro se dijo que moriría de dolor. Se suicidaría, porque haría que el dolor se volviera insoportable. «Qué me duela cada vez más», se dijo, «Me reuniré con Soledad y los chicos».

    Fue así como repasó algunos episodios de su vida, colocó todo el corazón en ello, por cómo los recordaba, que, poco a poco el pecho se le fue oprimiendo, un dolor le apareció en el pecho, se le deslizaba por los brazos y amenazaba con cortarle la respiración. Estaba a punto de dejar este mundo, resignado a la muerte y al dolor, cuando de pronto vio emerger desde la oscuridad al gato negro de su niñez, maullando de una manera muy singular. Tommy ronroneaba y restregaba su cuerpo peludo contra el rostro de Mauro. Al principio no entendió el sortilegio, en ese instante solo le importaba el gato negro, el tierno animal que su padre sacrificara una noche de agosto cuando el felino desgarrara la rodilla de la abuela Amanda porque ella le acarició.

    —No más gatos en casa—exclamó el viejo Augusto encolerizado, luego de matar al animal en el patio—Son un peligro en la familia estos felinos.

    Desde entonces tendría que haber muerto el viejo para que un gato volviera a ser aceptado entre los Alcázar. Mauro entendió la revelación, Tommy saltaba entre los muebles y enseres de la pequeña habitación. Entendió que soñaba, que la pesadilla era eso, un sueño en el que toda su familia había perecido bajo extraños eventos disímiles y tristes. Tommy volvió a maullar. Cuando el hombre despertara, quizás se extrañaría de por qué había dejado la pistola sin seguro y tan cerca de donde la pudieran alcanzar los niños.

    D F. Gallardo
    Participante

    12 julio, 2022 a las 8:18 am #52280

    Gilberto Garcia Mercado el 11 de julio, 2022 a las 20:44

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    EL SUICIDA Y EL GATO


    Por Gilberto García Mercado

    «Esta será mi última noche en la ciudad de los indolentes», se dijo Mauro Alcázar, mientras se reclinaba en una esquina de la sombría habitación. Afuera llovía y las calles apenas y dejaban ver uno que otro vehículo aventurándose en medio de un universo frágil y a punto de explotar. Los últimos días habían sido dolorosos y frustrantes, era como si todas las cosas malas de este mundo se hubieran confabulado en contra de él.

    El domingo muy de madrugada, su hijo Camilo José había estrellado el auto que él le regalara por su cumpleaños y había perdido la batalla contra la muerte en una sala de cirugía equipada con los mejores aparatos de última generación.

    Y como si eso no fuera poco, recibida la noticia por parte de los médicos del deceso de Camilo José, en ese instante la televisión en la sala de espera informaba de un incendio de terribles proporciones que estaba devorando la Casa de los Alcázar, su casa, y en ella, Soledad su esposa y los chicos, se volvieron cenizas en tan poco tiempo.

    Todo el dolor de este mundo se le sembró a Mauro Alcázar sin misericordia ni contemplación alguna por lo que estaba sufriendo. De un momento a otro, en tan pocos días la vida le había cambiado de una forma terrible, de una familia modelo y cuyos miembros eran muy queridos, ya no quedaba nada, adiós a la sonrisa bonachona de Soledad, adiós a los ojos cafés y tiernos de Camilo José, adiós a la algarabía grata e inocente de los chicos. Adiós a la vieja caserona de los Alcázar, heredada de su madre. En ese momento, la vida de Mauro parecía sacada de una novela, «cualquier semejanza con la realidad será pura coincidencia». A veces creía que dormía, que en cualquier momento despertaría de la pesadilla. Entonces, con gran deleite y satisfacción, se reiría celebrando su congoja. ¡Todo había sido un maldito sueño!

    Ahora, mientras se refugiaba en la habitación que el gobierno le había asignado por su condición de damnificado, repasó algunos episodios de su vida reciente. Lo había tenido todo y de la noche a la mañana, todo se había esfumado: Camilo José, el carro que le había regalado por su cumpleaños, Soledad y los chicos devorados por la conflagración. Algo faltaba para completar el absurdo panorama. Mientras buscaba algún objeto con qué quitarse la vida, lo defraudó lo bien organizado que habían sido las autoridades. No había en esa habitación prestada, cuerda, ni cuchillo alguno con que suicidarse de un tajo y así terminar con su dolor. La corriente eléctrica era inaccesible desde la habitación, los tomacorrientes estaban muy bien protegidos, no existía la posibilidad de llenar la bañera y luego arrojar un cable eléctrico en ella para electrocutarse.

    En el rincón de aquella habitación, Mauro se dijo que moriría de dolor. Se suicidaría, porque haría que el dolor se volviera insoportable. «Qué me duela cada vez más», se dijo, «Me reuniré con Soledad y los chicos».

    Fue así como repasó algunos episodios de su vida, colocó todo el corazón en ello, por cómo los recordaba, que, poco a poco el pecho se le fue oprimiendo, un dolor le apareció en el pecho, se le deslizaba por los brazos y amenazaba con cortarle la respiración. Estaba a punto de dejar este mundo, resignado a la muerte y al dolor, cuando de pronto vio emerger desde la oscuridad al gato negro de su niñez, maullando de una manera muy singular. Tommy ronroneaba y restregaba su cuerpo peludo contra el rostro de Mauro. Al principio no entendió el sortilegio, en ese instante solo le importaba el gato negro, el tierno animal que su padre sacrificara una noche de agosto cuando el felino desgarrara la rodilla de la abuela Amanda porque ella le acarició.

    —No más gatos en casa—exclamó el viejo Augusto encolerizado, luego de matar al animal en el patio—Son un peligro en la familia estos felinos.

    Desde entonces tendría que haber muerto el viejo para que un gato volviera a ser aceptado entre los Alcázar. Mauro entendió la revelación, Tommy saltaba entre los muebles y enseres de la pequeña habitación. Entendió que soñaba, que la pesadilla era eso, un sueño en el que toda su familia había perecido bajo extraños eventos disímiles y tristes. Tommy volvió a maullar. Cuando el hombre despertara, quizás se extrañaría de por qué había dejado la pistola sin seguro y tan cerca de donde la pudieran alcanzar los niños.

    "Tienes de plazo desde el miércoles 11 hasta el domingo 29 de mayo de 2022 a las 23:59. El miércoles 1 de junio de 2022 publicaremos en Zenda una selección con los 10 relatos que optan a los premios. El viernes 3 de junio de 2022 se difundirán los nombres del ganador..."

    Esto ya acabó.

    13 julio, 2022 a las 8:06 am #52316

    Zenda el 11 de mayo, 2022 a las 11:01


    Escribe un relato, ficticio o real, ambientado en la ruta jacobea en nuestro tiempo o en cualquier época. El autor del mejor texto ganará un premio de 1.000 euros. Y los autores de los dos finalistas recibirán 500 euros cada uno. Este concurso, patrocinado por Iberdrola, cuenta con un jurado formado por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    1) Tienes de plazo desde el miércoles 11 hasta el domingo 29 de mayo de 2022 a las 23:59. El miércoles 1 de junio de 2022 publicaremos en Zenda una selección con los 10 relatos que optan a los premios. El viernes 3 de junio de 2022 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premios de 500 euros.

    2) El jurado está formado por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    3) El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para los dos finalistas es de 500 €.

    4) Para poder participar en el concurso será necesario escribir un relato, ficticio o real, ambientado en la ruta jacobea en nuestro tiempo o en cualquier época. El jurado valorará la calidad literaria y la originalidad de las historias presentadas. 

    5) Los textos deberán ser originales e inéditos. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    6) Debes publicar tu relato en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #HistoriasdelCamino en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu relato!

    Hola Saludos a Todos.

    Envió Mi primer Relato en concurso, Bendiciones y Suerte a Todos

    Link del relato. Gracias

    https://www.blogger.com/blog/post/edit/preview/433945549072085167/7687831609475845104

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