• Carlos Garzón Guinea
    Participante

    7 enero, 2022 a las 11:20 pm #49420

    El mimo
    Como cada mañana, José Luis se ha despertado con el sonido de su despertador. No acostumbra a apagarlo inmediatamente, pues la melodía es alegre y le provoca una sensación de felicidad. Apura los últimos 5 minutos de descanso y abre la persiana con un delicado movimiento de dedos. Un cielo plomizo que amenaza lluvia le da los buenos días, pero no consigue borrar su sonrisa. Abre la ventana y una ráfaga de viento frío se cuela en el dormitorio, creando un ambiente fresco que le transporta a los veranos de su infancia en las faldas de Sierra Nevada.

    La música sigue sonando mientras se prepara para sus estiramientos matutinos. Se coloca de pie frente a la ventana y comienza a desentumecer sus músculos. Lleva haciendo los mismos ejercicios durante años y siempre fue muy flexible, por lo que alcanza sin esfuerzo todos los puntos de su cuerpo como un verdadero contorsionista. También realiza algunas muecas para trabajar sus músculos faciales. Su mirada al vacío se cruza con la de algunos de sus vecinos, que parecen asombrados con la plasticidad de sus movimientos. Él les lanza un ágil saludo con la mano y sonríe.

    Se dirige a la cocina y enciende la cafetera. Prepara unas tostadas del pan que le trae cada mañana el repartidor de la panadería frente a su apartamento. En pocos minutos, el olor del pan tostado se mezcla con el aroma del café que le regaló uno de sus mejores amigos a su vuelta de Colombia. Le encantaría visitar ese país. Su amigo le contó que la gente es muy feliz y se ríe mucho. Seguro que le iría muy bien allí.

    Vuelve al dormitorio y se dispone a vestirse. No tiene que pensar mucho: unos calcetines de rayas negras y blancas, con la goma ligeramente pasada, un pantalón negro con tirantes, muy ceñido, que ensalza su esbelta figura, y una camiseta ligeramente amarillenta, que en su día fue de color blanco inmaculado. A pesar de ser muy meticuloso con su vestuario de trabajo, hasta el punto de que sus amigos le dicen que su obsesión por la pulcritud y la apariencia es enfermiza, hoy no usará sus mejores galas. El día está gris y no se notará mucho. Además, los ingresos de las últimas semanas no han sido tan buenos como en navidades anteriores, así que prefiere apurar la ropa un poco más.

    Finaliza su preparación colocándose de pie frente al espejo del cuarto de baño. No ha dormido lo suficiente y su rostro le delata. Parece cansado, sus ojos están inyectados en sangre y las bolsas de sus párpados le añaden una edad que no alcanzará hasta dentro de varios lustros. Abre su maletín de pinturas y elige pinceles y brochas para la ocasión. Cuando hay poca luz necesita realzar la luminosidad de su piel, por lo que el blanco debe ser lo más puro posible para lograr un mayor contraste con el perfilador de ojos. Completa el maquillaje con un pincel, dibujando dos lágrimas gruesas de color negro en sus mejillas. Sabe que las lágrimas suelen estar asociadas a la tristeza, pero él las utiliza para hacer reír a los demás. Antes de salir, coge el desgastado sombrero de copa negro del perchero y se lo coloca sobre la cabeza. Como de costumbre, está a punto de olvidar su mascarilla de tela blanca, decorada con el dibujo de una amplia sonrisa.

    Es lunes, y hace pocos minutos se han apagado las últimas luces. Deja atrás el olor de la última hornada de su panadería favorita y enfila la calle para tomar el metro con dirección Puerta del Sol. Cada parada es un enjambre de miradas de curiosidad, aunque está muy acostumbrado a ser observado.

    Sube las escaleras y encuentra la plaza profusamente decorada con elementos navideños. Coloca su banco de madera de 25 centímetros de altura en el suelo, ligeramente apartado del lugar marcado que usa como referencia, hoy cubierto de hielo. Aún quedan restos de la nevada del pasado viernes, que paralizó la ciudad. A él no le importó mucho, pues la mayor parte del tiempo permanece inmóvil, incluso en días como el de hoy en que la temperatura apenas rebasa los cero grados.

    Grupos de viandantes apresurados salen en tropel cada pocos minutos de la boca de metro cercana, ataviados con abultados abrigos y bufandas. José Luis comienza a hacer gestos con las manos para llamar su atención, aunque ninguno de ellos parece reparar en su presencia. Desde que comenzó la pandemia, la gente no sonríe como antes. No lo puede ver, pues sus bocas están cubiertas por trozos de tela y poliéster, pero lo advierte en sus ojos. Juega a imaginar los rasgos ocultos de sus facciones. Aquella mujer debe tener unos labios carnosos y dientes perfectamente blancos. El niño del gorro de lana rojo tiene la cara traviesa y probablemente le falte algún diente. A ese anciano le cuesta mantener quieta la dentadura postiza por el vaivén de su mascarilla.

    Antes de terminar su jornada, José Luis acostumbra a recordar las caras de las personas a las que ha hecho reír ese día. Le motiva para mejorar en su trabajo y volver a casa contento. Sin embargo, puede contar con los dedos las del último año. Le duelen los huesos, ateridos, y aún más el alma. Intenta no venirse abajo. La situación es muy dura para él; el alquiler es caro, el precio de la comida no para de subir y las pocas monedas que recoge cada día no le alcanzan ni siquiera para renovar su vestuario. Pero sabe que, si él no consigue crear esos instantes de desconexión, nadie lo hará. La población también lo está pasando mal, y él solo puede ofrecer breves momentos de alegría a todos aquellos con los que cruza una mirada.

    Lo que la gente desconoce es que las sonrisas de un mimo son infinitas...

    8 enero, 2022 a las 12:29 am #49445

    Buenas noches, amigos de Zenda, dejo el enlace  de mi relato "ALAS".

    Un saludo

     

    https://www.facebook.com/plugins/post.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Frosa.mateosgarcia%2Fposts%2F5476474435702127&show_text=true&width=500

    8 enero, 2022 a las 3:47 am #49472

    https://twitter.com/BerheniceMejia/status/1479590521383358465?t=UlmWx9S_ldA13WJ_ht8WBQ&s=19

    6 marzo, 2022 a las 7:53 am #50285

    Nice

    Suri Vu
    Participante

    9 marzo, 2022 a las 5:56 pm #50321

    Excelente artículo. @hotmail login

    Nilsa Carrasco
    Participante

    11 marzo, 2022 a las 11:38 am #50334

    Carlos Garzón Guinea el 7 de enero, 2022 a las 23:20

    El mimo
    Como cada mañana, José Luis se ha despertado con el sonido de su despertador. No acostumbra a apagarlo inmediatamente, pues la melodía es alegre y le provoca una sensación de felicidad. Apura los últimos 5 minutos de descanso y abre la persiana con un delicado movimiento de dedos. Un cielo plomizo que amenaza lluvia le da los buenos días, pero no consigue borrar su sonrisa. Abre la ventana y una ráfaga de viento frío se cuela en el dormitorio, creando un ambiente fresco que le transporta a los veranos de su infancia en las faldas de Sierra Nevada.

    La música sigue sonando mientras se prepara para sus estiramientos matutinos. Se coloca de pie frente a la ventana y comienza a desentumecer sus músculos. Lleva haciendo los mismos ejercicios durante años y siempre fue muy flexible, por lo que alcanza sin esfuerzo todos los puntos de su cuerpo como un verdadero contorsionista. También realiza algunas muecas para trabajar sus músculos faciales. Su mirada al vacío se cruza con la de algunos de sus vecinos, que parecen asombrados con la plasticidad de sus movimientos. Él les lanza un ágil saludo con la mano y sonríe.

    Se dirige a la cocina y enciende la cafetera. Prepara unas tostadas del pan que le trae cada mañana el repartidor de la panadería frente a su apartamento. En pocos minutos, el olor del pan tostado se mezcla con el aroma del café que le regaló uno de sus mejores amigos a su vuelta de Colombia. Le encantaría visitar ese país. Su amigo le contó que la gente es muy feliz y se ríe mucho. Seguro que le iría muy bien allí.

    Vuelve al dormitorio y se dispone a vestirse. No tiene que pensar mucho: unos calcetines de rayas negras y blancas, con la goma ligeramente pasada, un pantalón negro con tirantes, muy ceñido, que ensalza su esbelta figura, y una camiseta ligeramente amarillenta, que en su día fue de color blanco inmaculado. A pesar de ser muy meticuloso con su vestuario de trabajo, hasta el punto de que sus amigos le dicen que su obsesión por la pulcritud y la apariencia es enfermiza, hoy no usará sus mejores galas. El día está gris y no se notará mucho. Además, los ingresos de las últimas semanas no han sido tan buenos como en navidades anteriores, así que prefiere apurar la ropa un poco más.

    Finaliza su preparación colocándose de pie frente al espejo del cuarto de baño. No ha dormido lo suficiente y su rostro le delata. Parece cansado, sus ojos están inyectados en sangre y las bolsas de sus párpados le añaden una edad que no alcanzará hasta dentro de varios lustros. Abre su maletín de pinturas y elige pinceles y brochas para la ocasión. Cuando hay poca luz necesita realzar la luminosidad de su piel, por lo que el blanco debe ser lo más puro posible para lograr un mayor contraste con el perfilador de ojos. Completa el maquillaje con un pincel, dibujando dos lágrimas gruesas de color negro en sus mejillas. Sabe que las lágrimas suelen estar asociadas a la tristeza, pero él las utiliza para hacer reír a los demás. Antes de salir, coge el desgastado sombrero de copa negro del perchero y se lo coloca sobre la cabeza. Como de costumbre, está a punto de olvidar su mascarilla de tela blanca, decorada con el dibujo de una amplia sonrisa.

    Es lunes, y hace pocos minutos se han apagado las últimas luces. Deja atrás el olor de la última hornada de su panadería favorita y enfila la calle para tomar el metro con dirección Puerta del Sol. Cada parada es un enjambre de miradas de curiosidad, aunque está muy acostumbrado a ser observado.

    Sube las escaleras y encuentra la plaza profusamente decorada con elementos navideños. Coloca su banco de madera de 25 centímetros de altura en el suelo, ligeramente apartado del lugar marcado que usa como referencia, hoy cubierto de hielo. Aún quedan restos de la nevada del pasado viernes, que paralizó la ciudad. A él no le importó mucho, pues la mayor parte del tiempo permanece inmóvil, incluso en días como el de hoy en que la temperatura apenas rebasa los cero grados.

    Grupos de viandantes apresurados salen en tropel cada pocos minutos de la boca de metro cercana, ataviados con abultados abrigos y bufandas. José Luis comienza a hacer gestos con las manos para llamar su atención, aunque ninguno de ellos parece reparar en su presencia. Desde que comenzó la pandemia, la gente no sonríe como antes. No lo puede ver, pues sus bocas están cubiertas por trozos de tela y poliéster, pero lo advierte en sus ojos. Juega a imaginar los rasgos ocultos de sus facciones. Aquella mujer debe tener unos labios carnosos y dientes perfectamente blancos. El niño del gorro de lana rojo tiene la cara traviesa y probablemente le falte algún diente. A ese anciano le cuesta mantener quieta la dentadura postiza por el vaivén de su mascarilla.

    Antes de terminar su jornada, José Luis acostumbra a recordar las caras de las personas a las que ha hecho reír ese día. Le motiva para mejorar en su trabajo y volver a casa contento. Sin embargo, puede contar con los dedos las del último año. Le duelen los huesos, ateridos, y aún más el alma. Intenta no venirse abajo. La situación es muy dura para él; el alquiler es caro, el precio de la comida no para de subir y las pocas monedas que recoge cada día no le alcanzan ni siquiera para renovar su vestuario. Pero sabe que, si él no consigue crear esos instantes de desconexión, nadie lo hará. La población también lo está pasando mal, y él solo puede ofrecer breves momentos de alegría a todos aquellos con los que cruza una mirada.

    Lo que la gente desconoce es que las sonrisas de un mimo son infinitas...

    Me gustaría participar!

    17 marzo, 2022 a las 1:46 pm #50438

    https://foro.zendalibros.com/forums/users/2727/

    Alli registro mi participación con el relato titulado: El Fantasma de Kiev. Saludos a todos.

    17 marzo, 2022 a las 1:49 pm #50439

    https://foro.zendalibros.com/forums/users/2727/

    Alli registro mi participación con el relato: El Fantasma de Kiev.  saludos a todos.

    EL FANTASMA DE KIEV
    Papá! Papá! Exclame al ver a mi padre ingresar por la puerta de la casa, me levante de prisa y corrí emocionado a sus brazos, con la fuerza que le caracteriza me alzo hacía arriba para estrecharme contra su pecho, como expresando que su amor hacia mi era inmarcesible, afirmando con ese gesto, que allá en la guerra, en el frente de batalla, luchaba por mí, por nosotros, por su hogar, por su familia, por todo ese cúmulo de personas y lugares que puebla el corazón y la memoria y se llama patria.
    Vamos papá entra, estarás cansado, descansa le dije, mostrando un antiguo sillón en la pequeña sala para que se sentara. Para luego ir a buscar algo de comida que sobro del desayuno y servirle.
    En ese instante mamá ingreso apresurada, trayendo lo poco que había conseguido en la calle bombardeado por la guerra. Al ver a papá, soltó la bolsa que tenía en la mano y corrió hacia él; papá se levantó y le recibió con los brazos abiertos. Le abrazo fuerte, le dijo que le amaba mucho y que le había extrañado hasta el delirio. Después de servirle una taza de café con unos panes endurecidos, le pregunté como era la guerra, que si no le daba miedo estar allí, porque peleaban.
    Papá me dijo que, la guerra es una brutalidad del ser humano cuando ya no primaba la razón ni la diplomacia, es la extensión de la política internacional por medios bélicos; en esas condiciones, el no mataba a nadie, solo destruía objetivos militares del invasor, al igual que él también era un objetivo militar para el enemigo, que no peleaba porque odiaba al enemigo que tenia al frente, sino porque amaba a la familia que tenia atrás, pues tenia que defenderlos; que era una cuestión de valor y de honor.
    Mientras escuchaba concentrado en lo que explicaba, pude percibir el olor a pólvora y sudor, a humo y fuego en el uniforme militar que vestía.
    Los días y semanas de preocupación por él había terminado, la tranquilidad retorno a casa al tenerlo frente a nosotros; por esos instantes papá, mamá y yo fuimos felices otra vez.
    De pronto papá se levantó y dijo que debería darse un baño para descansar, le dimos la toalla y el jabón para que se aseara. Con su caminada de militar firme y rígido se fue frente a nuestros ojos hacia la ducha, abrió la puerta, ingreso y se cerró.
    Mamá y yo nos dimos un gran abrazo, feliz de tenerlo en casa. Ahora nos protegería a nosotros, deseábamos que la guerra terminara para que papá ya no vaya otra vez.
    De pronto sonó el teléfono, mamá levantó y contestó; al otro lado, el oficial a cargo le dijo que papá había muerto en combate, luchando como un valiente ucraniano, que debía prepararse para recibir el cuerpo de un héroe. Mamá sonrió y le dijo que debe haber un error, que verifiquen bien, que papá esta en casa; no hay ningún error replicó el oficial. Mamá afirmo que llamaría a papá para que el mismo le confirmara que estaba en casa.
    Nos levantamos apresurado y fuimos a buscarle a la ducha. Le llamamos una y otra vez, cada vez con más fuerza, pero al interior nadie contestó, mamá abrió la puerta de prisa, al interior no había nadie. Nos abrazamos consternados, le buscamos por todas partes como locos, con el corazón estremecido de asombro y tristeza, no le encontramos por ningún lugar. Fuimos a ver la taza de café y el pan endurecido que le serví, estaba intacto, no lo había tomado ni un sorbo. Entonces comprendimos que papá vino a despedirse, que vino a traernos la última felicidad aunque sea por un instante. Nos echamos a llorar consternados de dolor.
    #vocesdeucrania.
    Autor: Royce A. Rivera M.

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