• 12 noviembre, 2018 a las 2:29 am #25056

     

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    12 noviembre, 2018 a las 2:47 am #25057

    Ma. Santa Rodríguez Alviso el 12 de noviembre, 2018 a las 02:29

     

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    Comparto mi texto con el que participo

    MI PRIMER DOS DE NOVIEMBRE

    Escucho pasos en el techo, murmullos, el olor a flores cada más fuerte, debe ser dos de noviembre. Sí, ya recuerdo, mi abuela siempre pone un altar en su casa, dice que es una fecha en la que todos los seres amados de la familia que han fallecido estarán de visita por la noche.

    En el altar pone racimos de flor de cempasúchil, calabaza y camote cocidos con piloncillo y canela, platillos con la comida favorita de algunos de los visitantes, y un cirio para cada uno de ellos junto a su fotografía.

    Así se acostumbra aquí en México, en la escuela desde preescolar hacemos actividades al respecto, ahora estoy en prepa y me quiero comer el mundo cuando salgo de parranda con mis amigos.

    Escucho llantos silenciosos, son de mi mamá, mi papá, mi hermano y veo a mi abuela que enciende un cirio que está junto a una fotografía mía en su altar.

     

     

    Enviado a las 11 de nov 19:15 hrs. hora del centro de México.

    12 noviembre, 2018 a las 5:01 am #25067

    Día de muertos en Tilcara.

    Íbamos a Tilcara, un pequeño pueblo jujeño, a abrazarnos con la América indígena. A Tilca, flor y cara, cuero, a casi dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, alto, demasiado alto para un hipertenso, demasiada chicha y demasiado cordero, en un pueblo donde todos los días sale el sol. A sentir el olor de sus acacias, sus molles y sus sauces. A ver sus vicuñas y guanacos,  a contemplar anonadados el vuelo del cóndor. A vivir, por unos días, en una casa de adobe, tan sencilla como generosa, con sus tamales y sus humitas, para disfrutar con su gente, tan distinta a la gente de la ciudad. Ya conocíamos la fiesta de Semana Santa con sus ermitas de flores. Ya habíamos vivido el carnaval en sus calles de tierra, donde todos nos uníamos, en medio de la fiesta, bailando, bebiendo, desenterrando al diablo, para volverlo a enterrar, para volverlo a quemar, intentando enterrar el mal en todos y cada uno de nosotros. Habíamos cumplido con las ofrendas a la Madre Tierra, a la Pachamama, y le habíamos dado alcohol, cigarrillos y hojas de coca, pero, la muy engañera, esta vez no nos iba a responder.   En el flujo y reflujo del tiempo, donde se cruzan pasado, presente y futuro, tengo la inmensa convicción de que la vida es irónica. Fuimos a ver la ceremonia de la muerte, a homenajear a nuestros muertos, aquí como en México, y nos vinimos con la muerte encima. Vos y yo, aquí, en la encrucijada de este presente. Inmersa ahora en el sopor del recuerdo, rodeada de ceremonias antiguas, entre la ciudad y la montaña; en las ceremonias de la muerte, caminando hacia la propia muerte, a ese país conocido y a la vez extraño el de los muertos. A la fiesta de las almitas bajando gozosas a recibir nuestro homenaje.  La última semana de octubre llegamos a preparar las ofrendas, masas de harina y agua, escaleras para bajar y subir del cielo, ángeles para acompañar a las almitas, racimos de frutas  y ramilletes de flores, cruces de harina, grasa y agua, y guirnaldas, para las almitas de los muertos, para bajar y subir del cielo. Aquí, en México o donde sea.  Tortas y roscas, ofrendas y más ofrendas, empanadas de cayote y alfajores de dulce, todo, todo para el día de las almitas, para bajar y subir del cielo. Y las comidas que les gustaban a los muertos, la cerveza y el vino. El pan para que ellos comiesen y nosotros comiésemos. Y rezamos por ellos y los recordamos, e hicimos un altar de ofrendas en la casa de barro, e hicieron altares en las casas de barro de todo Tilcara.  Y el horno de barro era un incendio inmenso, un fuego inmenso, repleto de masas. Y el cordero asado para compartir, nosotros, todos, con las almitas.  Los rezos por la noche, en vela, de lugar en lugar, para compartir con nuestras almas y las almitas de todos. Todos habíamos trabajado, para la fiesta haciendo flores de papel  para reparar lo que alguna vez no le dijimos al muertito, para volver a demostrarle nuestro cariño; para repartir, como en un ceremonial bíblico, los panes entre todos. Para ofrendar a la Madre Tierra, a la Pachamama. Limpiando todos los restos porque puede quedar alguna almita por ahí que venga a reclamar. Enterrando todo, todo, para que ninguna almita sabandija se quiera llevar a otro. Y comimos, y bebimos y cantamos. Nos volvimos a bautizar en un ritual pagano, para enterrar todo, grandes y chicos, almas vivas y almas muertas.

    Al fin la noche, el aliento de la oscuridad acompañando nuestro sueño. A las cinco de la mañana te enderezaste en la cama para preguntarme dónde estábamos, con los ojos entrecerrados de sueño, dónde estamos, me preguntaste, una, dos, tres veces. El sueño y volver a despertarte, con el dónde estamos, estoy perdido, no sé dónde estamos. El sol siempre brilla en Tilcara, el sol calienta a esta hora, ya es mediodía, el sol aplasta. La ambulancia que grita más de lo que yo podría gritar, gritándote para que no te mueras. Para que ninguna almita sabandija pueda llevarte, para que te quedes, aquí, conmigo, en esta vida.  Cada vez hace más calor, más calor. Unos gotones inmensos de lluvia caen sobre la tierra  para acompañar mi llanto, para que aquí, en América, México o la Argentina,  la naturaleza siga siendo más fuerte que el hombre.

    El crepúsculo ha caído suavemente, un intervalo entre la noche y el día, un intervalo entre la vida y la muerte. La angustia ha cesado por la inconsciencia que acompaña a la noche, por pensar, ingenuamente, por soñar que las noches volverán a ser como antes. En ese silencio y esa quietud los dioses nos han abandonado, ni la Pachamama ni Huiracocha nos acompañan. Y yo, que casi no he llorado, tan dura como el adoquín ante los gotones de agua, siento dos olas imperceptibles sobre las pupilas, pulverizando mi silencio, rodeada de esas criaturas caricaturescas,  mientras me doy cuenta que vivíamos en el paraíso y  estábamos ciegos para verlo. Respiro la oscuridad; comparto tu miedo al dolor y la muerte, esa muerte que nos iguala a todos. Desde el silencio entrecortado aparecen las Catrinas riéndose a carcajadas de nosotros. Y divago sobre cuando estés sano, dónde podremos irnos, adónde viajar, por dónde escapar. Te veo mirarme. Te miro la piel. Esa piel surcada por tantos vientos y lluvias. Y allí, en tu boca ahora casi seca, las invisibles huellas de besos y mordiscos. Mientras poco a poco no te escucho respirar y sé que te has ido.

    Por eso vuelvo cada año a Tilcara en el día de muertos con flores para adornar tu tumba,  para sentir de nuevo tu respiración sobre mi cuello, riéndome a carcajadas cuando con tu aliento apagas las velas, compartiendo un vino, para celebrar  nuevamente la vida aunque algunos tontos crean que te has ido.

    Magdalena Aliau

    https://www.facebook.com//mariamagdalen

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    estefania villeda
    Participante

    28 noviembre, 2018 a las 1:59 pm #25100

    Que bonito, mi primer dos de noviembre lo leí en mi viaje a España, y siempre que llega esa fecha, la recuerdo.

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