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Buenas tardes, ahí va una historia: EUREKA   Aquel soldado no conocía la lengua griega, pero ni loco hubiera gritado su hallazgo, tampoco ninguna otra cosa, después de irrumpir en aquella habitación: toda la legión conocía las órdenes del general Marcelo. Siracusa ardía a través de la ventana. El viejo volvió la cabeza y observó detenidamente, durante algunos segundos, al guerrero que le impedía la salida. Después se agachó y se sentó en el suelo a la vez que revolvía los pliegues de su túnica. El soldado se sobresaltó y dio un rápido paso lateral, cubriéndose mientras esgrimía el gladius a poca distancia de la cara del anciano. Pero éste se limitó a extraer un pedazo de carboncillo, con el que comenzó a trazar líneas y símbolos en el suelo. –Ponte en pie, anciano: tengo orden de llevarte ante la presencia del cónsul Marco Claudio Marcelo –mientras pronunciaba aquella orden vigilaba la puerta, temeroso de que apareciera algún otro legionario o, peor aún, un oficial: aquel era su trofeo, y esperaba una buena recompensa por su acción. Le tranquilizó comprobar que el estrépito de los edificios al derrumbarse, los alaridos, se escuchaban lejanos. Aquella parte de la ciudad todavía estaba tranquila, y el anciano se había quedado sólo para él. Absorto en sus cálculos, ni siquiera le miraba. Escribió unos cuantos signos más antes de pronunciar en voz baja, hablando como para sí: –¿Cuánta fuerza hubieran necesitado mis catapultas para hundir vuestras galeras con un solo disparo? Pero aquel soldado no comprendía el griego: –¡No discutas! ¡Ponte en pie inmediatamente y camina delante de mí! Entonces sí que le miró, fue apenas un momento. Pareció llegar a una conclusión. Trazó algunas líneas más y después quedó contemplando el resultado, murmurando: –¿Cuántos granos de arena hay en la playa? ¿Cuántas estrellas en el cielo? ¿Cuántas mujeres y niños indefensos pueden morir en un solo día? El soldado tenía prisa. Avanzó hacia el viejo y le agarró el cabello con una mano mientras le colocaba la punta del acero junto a la nuez; –¡Qué me sigas, he dicho! ¡No puedes esperar ayuda! Aun así, no dejaba de girarse para controlar la puerta. El cuerpo del joven al que minutos antes había cercenado el cuello, había resbalado escaleras abajo y ya no podía verlo desde allí dentro. Quizá fuera un asistente del sabio: más que luchar, le parecía que había suplicado clemencia durante los pocos segundos que se habían enfrentado. Retorcido de dolor, el viejo se puso de pie con esfuerzo, muy lentamente. El soldado soltó su cabello y retrocedió un paso, apuntándole con el gladius a la altura del vientre. El viejo, mirándole con los ojos muy abiertos, volvió a preguntar, alzando mucho la voz: –¿Por qué es más larga la distancia entre tu general y yo que la que hay entre mí y tu general? El soldado, temeroso de que le oyeran afuera, se echó hacia adelante para tapar la boca al anciano, pero éste aprovechó el movimiento para abalanzarse sobre él, ensartándose en la hoja. El soldado no comprendía nada cuando retrocedió, retirando la espada ensangrentada del vientre del viejo, que cayó de rodillas. Aún tuvo fuerzas para mirar a los ojos a su matador y decirle, sonriendo malignamente: –Corre, legionario, a contarle esto a tu general…

https://1drv.ms/w/s!Ao4sJNB3FemvgQnuSSZhiEYX09gc

Buenas tardes: Os dejo el primer relato con el que voy a participar en el concurso. http://elcerroperdido.blogspot.com/2021/09/la-paz-de-almazan.html Muchas gracias...