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Concurso sueños de gloria. #SueñosdeGloria Volver a soñar Subo al coche, un día más, como tantos otros, arranco y salgo a la autopista, la música muy alta, mis dientes muy apretados, grito como no había gritado nunca y lloro como jamás lo volveré a hacer, me quedo ciego de cansancio, me duele absolutamente todo y desde entonces solo recuerdo la sensación del acelerador sometiéndose a mi voluntad, aprieto y aprieto, sin importarme nada, esta vez estoy decidido, de una forma u otra mañana no iré a trabajar, no puedo, no quiero, no lo haré, sigo acelerando, gritando, llorando. Me encuentro ya cerca de la salida que me lleva a mi casa, volando literalmente sobre el asfalto, desesperado y sin saber cómo he llegado a esto, ¿porque lo permito?, nadie me ha enseñado ni me ha avisado de que la vida podía ser así, de que hay gente así, de que los sueños no se cumplen, ¿para qué me esfuerzo tanto? ¿Para quién? La salida, bajo la música, de repente me encuentro lúcido, sereno, veo la carretera, la salida, y veo el muro que las separa. Acelero de nuevo, a fondo, mi pie está apunto de salirse por debajo del coche, cruzo media línea continua y me quedo en el centro de la carretera, vuelven las lágrimas, los gritos, vuelve la rabia y el dolor, miro el muró y noto como me llama, como me grita, así que voy hacia él. Doy un volantazo en el último segundo, soy cobarde hasta para eso, no puedo hacerlo ¿soy débil por no lograrlo, o fuerte? Realmente no se ni quien soy, ni que soy, unos me dicen que no valgo para nada, otros que tengo talento, ¿y yo? ¿Qué opino de mi mismo? Me hago estas preguntas como si fuera otra persona sentada a mi lado, la persona que ha tirado de mi volante para que no me mate, me pregunta: ¿de qué tienes miedo?, ¿Qué quieres?, ¿Qué vas a hacer ahora?, ¿Qué estás pensando imbécil?, ¿Cuál es tu sueño?, No sé qué responderle. Estoy llegando a mi casa, mi cabeza está hecha un lio, aparco y abro la puerta del patio, subo los cuatro pisos de escaleras mientras las preguntas dan vueltas por todo mi cuerpo, desde las manos hasta los pies. Meto la llave y entro sin hacer ruido, me siento en el borde de la cama, sin encender la luz, encorvado, como si mi cuerpo pesara una tonelada, me giro veo una sombra tumbada, es mi esposa, duerme tranquilamente, oigo su respiración, noto su olor y me calma, sigo mirándola y sonrió, ¿De que tienes miedo? De perderla, si la pierdo lo pierdo todo, tengo miedo de no ser suficiente para ella, de no poder hacerla feliz. ¿Qué quieres? Vivir tranquilo, con ella, quiero tener un futuro, ¿Qué vas a hacer ahora? Supongo que me acostaré, y mañana volveré a ir a trabajar, hay que pagar facturas. ¿Qué estás pensando imbécil? No lo sé, solo estoy harto de todo, de pequeño soñé con ser muchas cosas, tenía muchas ganas, ahora todo eso está muy borroso, ¿Cuál es tu sueño? Ser escritor, quiero escribir, solo escribir. Noto una mano en mi hombro, la otra me seca las lágrimas, me besa y apoya su cabeza en mi mejilla, me dice que me quiere y yo me derrumbo. ¿Qué he estado a punto de hacer? Le digo que también la quiero, me levanto de la cama, respiro hondo y me estiro, enciendo el ordenador, y empiezo a escribir. En blog: https://www.libroadictos.com/articulos/volver-a-sonar/

Participo en el concurso #SueñosdeGloria con el microrrelato: "En la gloria" que enlazo a continuación:  http://ponmeunagua.blogspot.com/2021/06/en-la-gloria.html

<p style="text-align: center;">Este es el enlace en facebook</p> <p style="text-align: center;">https://www.facebook.com/hashtag/sue%C3%B1osdegloria?__gid__=1326663437524916</p> <p style="text-align: center;">Hola, aquí les dejo uno de mis Textos</p> <p style="text-align: center;">https://lacalvarialiteratura.blogspot.com/2021/06/suenosdegloria.html</p> <p style="text-align: center;">EL ÚLTIMO ADIÓS</p> <p style="text-align: center;"> Por Gilberto García Mercado </p> En el autobús fue donde contemplé a Fermina Cáceres. Llevaba el cabello sobre los hombros y en su mirada parecía descansar definitivamente el amor. Fue la primera y última vez que la vi. Aunque hablaba despacio y con moderación parecía que la venía escuchando desde hacía años. Al menos así me lo pareció. Me sedujo su figura delgada, sus dientes blanquísimos y el olor a sándalo que despedía su cuerpo con cada movimiento que hacía para acompañar sus palabras, en el sillón de al lado. Mientras duró el viaje, entendí, que la joven venía a la capital en busca de un mejor destino, de un universo en donde ella tuviera grandes posibilidades de triunfar. «Quiero estudiar modelaje», me dijo abriendo desmesuradamente sus ojos negros, «Desde pequeña, ha sido mi más grande obsesión». La joven podía tener unos veinte años. Además de bella y bien plantada, a través de su voz pude adivinar un apego exquisito por la cultura, se notaba en la chiquilla un sendero en donde la luz brillaba con singular perpetuidad. «Debe de ser un ángel extraviado en estas latitudes», me dije abandonándome en las aguas turbias del amor. Ella habló de todo, de libros, de cultura general, de civilizaciones, de Francia, de los alemanes, de los griegos, en el autobús la mayoría de sus ocupantes eran estudiantes que retornaban a Cartagena de Indias a retomar sus estudios en escuelas y universidades. Con la euforia propia de la edad anhelaba que Fermina Cáceres se dignara pedir el número de mi móvil y no me condenara al fracaso de una relación truncada por no solicitar un bendito número de celular. Y no era porque el hombre, por su condición de individuo forjado por Dios no tomara la delantera de amablemente y cortés solicitar el número telefónico de una mujer, es que el momento no daba ocasión porque ante mí, como melodía celestial se hallaba hablando Fermina Cáceres. Otra voz no podía acallar la solemnidad del momento por mucho que alguien quisiera refutar o celebrar sus palabras... Volví en mí, recuperé la lucidez de mi vida cuando la chiquilla pidió al conductor que la dejara en algún lugar de la Avenida Pedro de Heredia. El cielo se insinuaba diáfano y la mañana de hinojos se inclinaba ante febrero. Fermina Cáceres descendió del vehículo, sentí como si una parte de mi se me desprendiera con su partida. La vi abordar un taxi y perderse para siempre por las calles de la urbe en medio de la canícula  abrasante de la mañana de febrero. En ningún momento de su recorrido, la hermosa joven se dignó mirar hacia atrás y alzar el brazo despidiéndose de los jóvenes del autobús a quienes desde ese instante ella condenaba para siempre. De ese hecho circunstancial sobreviven los recuerdos. Es como si la mente preparara en todo tiempo o lugar, una fisura exclusiva para Fermina Cáceres. La busqué como loco por toda la ciudad, me engañé creyendo ver en otros cuerpos esculturales la figura de la mujer. Hasta contraté a un investigador privado para que diera con el paradero de Fermina. El pobre tipo dijo que renunciaba ante la negativa de los resultados y mi obsesión enfermiza por localizar a la mujer. «! No existe!», exclamó el detective, «¡Fermina solo vive en su cabeza!». Al final se aprende a convivir con esas imágenes por siempre. Hasta creo que disfruto soñando con las escenas del pasado cuando tomo el autobús de regreso a la ciudad. Sí, se suben muchas chiquillas encantadoras como Fermina Cáceres, pero su conversación no es la misma, se halla exenta de sus sueños, de querer ser modelo contra viento y marea. No se qué habrá sido de ella en todos estos años. He querido exorcizar las escenas del ayer para que la imagen de la mujer sea relegada al olvido. A veces tomo el autobús y me siento al lado de una anciana que con gran donaire y amabilidad me sonríe con dulzura. ―¿Y adónde se dirige mi señora?―aventuro la frase. ―Voy a una conferencia sobre modas―reitera la dama. No creo que sea casualidad que tenga a Fermina Cáceres después de tantos años a mi lado. La miro de soslayo tratando de descubrir en sus facciones solemnes la figura menuda y grácil de la chiquilla de antes. ―¿Es usted por casualidad Fermina Cáceres?―pregunto. ―Sí―manifiesta la anciana―¿Me conoces de algo? ―He escuchado hablar de usted… ―Tengo una escuela de modelaje y hoy hacen un homenaje a mi vida y obra―manifiesta la mujer. Y es como si la estuviera viendo cuarenta años después. Me dice que tiene algunas entradas para el evento y que le agradaría mucho verme entre los invitados. Se esfuerza en que acepte la invitación, habla con propiedad, me toma de la mano y la pone a la altura de su corazón. «¡Por favor, ven a la celebración!», exclama angustiada la dama. El autobús se detiene en la parada, yo desciendo imperturbable mientras la mujer balbucea un, «llámame, cariño». La ciudad es otra en octubre, tal parece que la lluvia de la mañana hubiera transformado los rostros austeros y miserables. Mientras avanzo no me digno mirar atrás, en casa me esperan mi mujer y mis hijos.

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El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir tanto a la madre como a Elisa. Ese pie que no baila, no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención. Un día, en una comida familiar, la abuela preguntaba a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Unos contestaron, yo quiero ser bombero, yo quiero ser doctora, yo maestra. Al llegar el turno de Elisa, ella respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quién ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón. Magnolia Tango bailarina de rumba, salsa, merengue y Cha-chá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores. En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado con telas a lunares, piñas y mangos colgando. Terminado el espectáculo un auto la esperaba a la salida del antro lujoso, con la entrada neón, anunciando el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, las mismas sensaciones que ocultaba, bajando los ojos con sumisión. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia, luciendo carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual y escondiendo su pie pequeño, para que no se lo viera. Muy a propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus múltiples acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Un día era Luis, otro Carlos, al día siguiente habría otro con un auto más bonito, más grande. Los perfumes de sus conquistas serían distintos: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería. Elisa regresaba de ese mundo technicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Sus ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, la cuál desmentía lastimeramente sus sueños de Gloria, piernas antagónicas, disimiles, tan diferentes como ella misma y su familia. Evadía en sus viajes espectaculares, ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con un pie pequeñísimo, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas posibles: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros que veían ese pequeñísimo pie, al cual no encontraban explicación. Puede que no sea de ella, sino no de una hermana gemela, que la lleva dentro, y de la que solo asoma ese pie tan diferente. En los cientos de discursos que tuvo que escuchar, había de todo. Unos creían que era un castigo, otros que era un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, con insignias alusivas a la maldita niña deforme. La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios de múltiples colores, tocados con plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo cree que soy yo la que me muevo, porque ese pie suyo lo escondo, no dejo que lo vea nadie. Pero es ella la que se suelta a bailar. La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no, ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, enl lo oscuro. Gira y gira. Con ese pequeño pie, se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “la pollera colorá…”