• Alberto Ramos Jarero
    Participante

    14 abril, 2020 a las 10:08 am ver respuesta

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    EL PERDÓN ES PARA LOS HÉROES

    Ahora, en uno de esos hospitales con nombre de algún personaje de dudoso honor, termina un turno de guardia largo e irrenunciable. Son 48 horas de espesa tensión indigerible, como le gusta al dios Cronos. Allí, X, un médico anestesista intervencionista está atendiendo a su último paciente.

    -"Permítame la vida, doctor, se lo ruego..."

    Nadie nace preparado para la muerte, ni se acostumbra a ello. Tras veintitrés años de profesión, y digo bien, de profesión y no de oficio, X se está viendo involuntariamente en la situación más horrible de su carrera. Durante el día de hoy han sido siete los muertos, 39 desde que comenzara esta nueva peste. Así no había forma de sentirse autorrealizado, y menos aún agradecido por el trabajo diario, pero X se había resignado a seguir sacando fuerzas de flaqueza.

     

    Confíen en que continúe guardando el anonimato de nuestro protagonista, preferiría no colocarles en un terrible dilema moral del que como testigos de lo que aquí pueda acaecer tengan que guardar SECRETO DE LECTOR. Un silencio del que no sé si hay figura jurídica que lo recoja y les proteja, por eso mismo no tiento de ponerles en ese aprieto.

    X deja su EPI, todo lo familiar que ahora nos suena, es más fácil de pronunciar que de enfundarse o de quitar... mientras se deshace de él prudentemente, sólo piensa en mirar su móvil. Su novia, profesora del Instituto Confucio, le prometió traducir el contenido de un e-mail en hànzì.

    Al abrir la bandeja de correo, encuentra inmediatamente el e-mail. Clica sobre él y siente una mezcla de confusión y sorpresa por el encabezado del mensaje:

    "Ahí tienes lo que me pediste. Espero que sea una broma, no sé a quién se le ocurre andar mandando por ahí la nota de suicidio o el testamento de alguien que parece importante".

    Se relaja lo que puede, mientras se acerca la ración individual de comida que dispensan después del servicio y su café en vaso reciclable para llevar que siempre toma en soledad.  Antes de continuar, se cerciora de que la puerta del cuartucho esté bien cerrada.

    “Este es es el testamento de un moribundo. Un aquí y un ahora, camino de un parasiempre.

    En esto no ha habido nada de dignidad u honor, solo me limité mayormente a hacer bien mi trabajo y en menor grado a cumplir con la ley.

    Tras semanas de dedicación y estudio de los casos especiales [...],espero que sea de ayuda al mundo mi investigación y mi esfuerzo; aunque no por ello, me gustaría que pusieran mi nombre a tan desgraciado descubrimiento.

    Parece que ya no me quede demasiado para encontrar una salida a un estado tan sofocante. Veo desde aquí el oxímetro y cómo todo a mi alrededor se apaga.

    Ahora que ya no tendrán ocasión de sentenciarme a pena de muerte, puedo decir: Los errores salen más caros a quienes los pagan que a quien los comete.

    Li Wenliang

    7 de febrero 2020, 19:39:02 CET

    Enviado desde Xiaomi”

    Una sensación de extrañeza invade su cabeza, mientras se le pega la mascarilla contra el contorno de su boca en una brusca inhalación. ¿Cómo y por qué había podido llegar ese mensaje hasta él? ¿Quién era él para recibir nada así y qué conexión tenía con el autor? El gobierno chino censuraba todo lo que circulaba por sus redes de telecomunicación de manera exhaustiva. Alguien debería haber hecho un buen trabajo sucio en su tarea de encriptación, jugándose la vida desde dentro del sistema ¿La nota se había escrito a base de Ctrl+C Ctrl+P seriados? ¿era un fragmento o estaba completa? Aún así mantenía un carácter sutil pero contundente para X.

    El texto mínimo agudizaba en él, algo que había permanecido latente y dormido durante este tiempo: Las cosas pueden ir muy mal, le indica su instinto de supervivencia ¿Y por qué ahora?

    -“Esto es eso que llaman héroe. He perdido mi oportunidad” Acaba por decirse sin dar opción a réplica de semejante parangón.

    Mientras se da una escueta ducha en un angosto lavabo, se viste a la par que va cogiendo su ropa de calle y termina por abrirse camino a través de la puerta, con igual esfuerzo que debió suponer la hazaña de El Paso de las Termópilas. Esto está tomando un aire de tragedia griega del que X no se cree merecedor. Desde antes de dedicarse a la medicina, siempre estuvo ahí su vocación. Han sido muchos pacientes, pero...¿el último de este turno debía ser el definitivo que cierre mi carrera? ¿Cómo dedicarse a salvar vidas cuando ni la mía está a salvo? No hay radio de acción fuera de un cuerpo. Sabe que no es imprescindible, y que en su contingencia no había sitio para el honor o la gloria que él tanto anhelaba. Cuántas veces hubiera soñado con eso, otras tantas se lo había negado el destino.

    Al salir de su pensamiento, el ascensor abre las puertas que dan al parking, precipitándose sobre su coche, arranca y sale sin a penas fichar. Ya tiene pensado qué comprar de camino a un hipermercado...lo suficiente como para una larga quincena en su casa de la montaña, esconderse y no volver a su puesto de trabajo más.

    Una vida sin muerte es una vida sin libertad, se va repitiendo a lo largo de su huída mientras ve menguar la ciudad por el retrovisor.