• Ana Maria Sebastian
    Participante

    30 mayo, 2022 a las 12:00 am ver respuesta

    Este es mi relato:

     

    #HistoriasdelCamino #Iberdrola #Zenda
    LA CONSAGRACIÓN DE LA CATEDRAL
    La Catedral de Santiago fue consagrada solemnemente el 21 de abril de 1211. En esos días la ciudad era un hervidero de gente. La nueva muralla aglutinaba a las pequeñas parroquias periféricas y a los distintos oficios artesanales que asistían a los peregrinos y daban nombre a sus calles.
    Al noreste, por la puerta Francígena, la afluencia de peregrinos era incesante, y allí se establecían los gremios, hospitales y demás espacios de acogida.
    En cambio, al sureste, se desarrollaban las actividades mercantiles, fundamentalmente en la puerta de Mazarelos, por donde según el Codex Calixtinus entraba el precioso "licor de Baco", el Ribeiro para los festejos.
    En las proximidades de la Catedral, se habían formado plazas donde la población se reunía con fines religiosos, municipales o políticos. A poniente todavía podía verse la explanada donde se instalaron los canteros que trabajaron en las obras del templo.
    Un amplísimo séquito había acompañado al Rey Alfonso IX, que asistiría a la ceremonia junto a su hijo el Príncipe Fernando, su hermano Sancho y los principales magnates del reino, entre los que yo me encontraba.
    Mi nombre es Rodrigo Ordóñez, el Mayordomo Real. Mi noble linaje presuponía mi tendencia al bien para vigilar el ceremonial de la corte y las etiquetas palaciegas. También para administrar el Patrimonio Real, supervisando las importantes donaciones hechas por el Rey para la Consagración.
    Alfonso IX, el Rey Peregrino, sentía especial devoción por Santiago de Compostela. Aquí dio sus primeros pasos como monarca con apenas 17 años cuando asistió al sepelio de su padre el Rey Fernando II en enero de 1188, cuyos restos reposaban en la Catedral. Fernando II había sido el verdadero mecenas del Maestro Mateo, a quién asignó un sueldo vitalicio como arquitecto y escultor. Mateo adaptó la Catedral a los nuevos tiempos, la hizo más espaciosa y luminosa y aún más bella. Pero sobre todo, la salvó del derrumbe.
    El excesivo desnivel a poniente amenazaba la estabilidad del templo, pero el maestro contrarrestó el empuje del edificio construyendo la cripta, el pórtico y las torres a modo de contrafuerte.
    Desde los tiempos del obispo Gelmírez, las reliquias del apóstol habían quedado inaccesibles al culto al levantar el Altar Mayor sobre la perpendicular del sepulcro. Una “confessio” en el presbiterio permitía a los peregrinos orar, pero siempre tras una reja. Esto sumía a los peregrinos en el desconsuelo al no poder ni siquiera tocar el mausoléo apostólico tras el largo viaje realizado.
    Durante la Consagración, se iba a colocar en el Altar Mayor una estatua de piedra, una imagen sedente del apóstol obra del Maestro, que permitiría a los peregrinos abrazar al Santo y sentir su consuelo.
    La ceremonia sería oficiada por la máxima autoridad eclesiástica, Pedro Muñiz, el Arzobispo de Santiago. Se oían extraños rumores sobre su persona, pues le apodaban “el brujo”. Además, estarían presentes los obispos de las nueve Diócesis más importantes del Reino: Orense, Lugo, Mondoñedo, Évora, Lisboa…
    Todos ellos firmarían el Acta de Consagración, donde quedaría constancia documental de la fecha, el Obispo oficiante y todos sus asistentes.
    Conforme al rito romano, todos los invitados darían tres vueltas al exterior del templo con cánticos y oraciones antes de acceder al interior de la Catedral. No era casual la sujección al número tres que se reproduce en ella: nueve torres, nueve capillas en el ábside, 63 columnas y vidrieras, 72 Canónigos, tres pórticos…y la Trinidad coronando el pórtico central.
    Una vez en el interior, habría solemnes procesiones por todo el templo, porque además era la festividad del Jueves Santo. Doce cruces de piedra colocadas ante las doce puertas menores que tenía la Catedral, evocarían a la Jerusalén Celeste, la ciudad de Dios. Todas tenían grabadas en sus ángulos el Sol, la Luna y las letras Alfa y Omega. También tenían grabadas en latín consignas espirituales referidas a la Cruz como señal del cristiano y otros datos conmemorativos. Una por una serían debidamente ungidas mientras se cantaba y se inciensaban. Todo estaba dispuesto para la gran ceremonia, incluido el mobiliario litúrgico: frontales de altar, lámparas argénteas, cruces…
    Como cada día de madrugada antes del amanecer, las campanas del refectorio del Monasterio de Antealtares anunciaron los maitines. La oración marcaba los ritmos de cada jornada, y hoy sería más fecunda e inspiradora. Los monjes, que dormían vestidos, se colocaron presurosos la cogulla y el escapulario y los zapatos de cuero. Los primeros pensamientos del día debían volcarse en Dios, dando sentido a este temprano oficio, como decía el Salmo 119.
    Lenta y sumisamente, con la cabeza inclinada y los hombros hacia delante como indicaba la Regla, se dirigieron al coro para entonar las primeras alabanzas. Con la Salve, imploraron la protección de la Virgen.
    Acudí temprano a la engalanada Catedral. Una fuente con leones y cuatro caños, como los ríos del Paraíso, me recordó el ritual purificador del agua para limpiar cuerpo y alma. Muchos peregrinos aplacaban su sed y realizaban actos de contrición ante la portada norte. Abierta día y noche, los peregrinos se arremolinaban ya esperando la Comunión en el Altar de Maitines para las misas tempranas. Cientos de personas yacían en el suelo en mil posturas diferentes. Unos dormían, otros rezaban, otros simplemente reposaban exhaustos pero conmovidos.
    Los vigías del triforio impedirían las violencias que en ocasiones profanaron el templo por derramamiento de sangre y evitarían que los peregrinos se abandonasen al vino y otros placeres mundanos. Hoy hará falta mucho incienso, pensaba.
    La devoción que percibí en aquellas gentes desaseadas, que habían sobrevivido a peligros, enfermedades, robos, abusos y engaños, fue una cura de humildad para mi cómoda Fé.
    El brillo del oro y el azul lapislázuli del pórtico me deslumbraron, contemplaba la Divinidad. Entonces comprendí que Santiago era el anfitrión que recibe en Majestad a quien entra en la casa de Dios, el protector y conductor de almas hacia la Gloria Final.
    Comprendí que Santiago no era el final del Camino, sino el principio de una nueva Vida.

    Ana Maria Sebastian
    Participante

    29 mayo, 2022 a las 11:59 pm ver respuesta

    #HistoriasdelCamino #Iberdrola #Zenda
    LA CONSAGRACIÓN DE LA CATEDRAL
    La Catedral de Santiago fue consagrada solemnemente el 21 de abril de 1211. En esos días la ciudad era un hervidero de gente. La nueva muralla aglutinaba a las pequeñas parroquias periféricas y a los distintos oficios artesanales que asistían a los peregrinos y daban nombre a sus calles.
    Al noreste, por la puerta Francígena, la afluencia de peregrinos era incesante, y allí se establecían los gremios, hospitales y demás espacios de acogida.
    En cambio, al sureste, se desarrollaban las actividades mercantiles, fundamentalmente en la puerta de Mazarelos, por donde según el Codex Calixtinus entraba el precioso "licor de Baco", el Ribeiro para los festejos.
    En las proximidades de la Catedral, se habían formado plazas donde la población se reunía con fines religiosos, municipales o políticos. A poniente todavía podía verse la explanada donde se instalaron los canteros que trabajaron en las obras del templo.
    Un amplísimo séquito había acompañado al Rey Alfonso IX, que asistiría a la ceremonia junto a su hijo el Príncipe Fernando, su hermano Sancho y los principales magnates del reino, entre los que yo me encontraba.
    Mi nombre es Rodrigo Ordóñez, el Mayordomo Real. Mi noble linaje presuponía mi tendencia al bien para vigilar el ceremonial de la corte y las etiquetas palaciegas. También para administrar el Patrimonio Real, supervisando las importantes donaciones hechas por el Rey para la Consagración.
    Alfonso IX, el Rey Peregrino, sentía especial devoción por Santiago de Compostela. Aquí dio sus primeros pasos como monarca con apenas 17 años cuando asistió al sepelio de su padre el Rey Fernando II en enero de 1188, cuyos restos reposaban en la Catedral. Fernando II había sido el verdadero mecenas del Maestro Mateo, a quién asignó un sueldo vitalicio como arquitecto y escultor. Mateo adaptó la Catedral a los nuevos tiempos, la hizo más espaciosa y luminosa y aún más bella. Pero sobre todo, la salvó del derrumbe.
    El excesivo desnivel a poniente amenazaba la estabilidad del templo, pero el maestro contrarrestó el empuje del edificio construyendo la cripta, el pórtico y las torres a modo de contrafuerte.
    Desde los tiempos del obispo Gelmírez, las reliquias del apóstol habían quedado inaccesibles al culto al levantar el Altar Mayor sobre la perpendicular del sepulcro. Una “confessio” en el presbiterio permitía a los peregrinos orar, pero siempre tras una reja. Esto sumía a los peregrinos en el desconsuelo al no poder ni siquiera tocar el mausoléo apostólico tras el largo viaje realizado.
    Durante la Consagración, se iba a colocar en el Altar Mayor una estatua de piedra, una imagen sedente del apóstol obra del Maestro, que permitiría a los peregrinos abrazar al Santo y sentir su consuelo.
    La ceremonia sería oficiada por la máxima autoridad eclesiástica, Pedro Muñiz, el Arzobispo de Santiago. Se oían extraños rumores sobre su persona, pues le apodaban “el brujo”. Además, estarían presentes los obispos de las nueve Diócesis más importantes del Reino: Orense, Lugo, Mondoñedo, Évora, Lisboa…
    Todos ellos firmarían el Acta de Consagración, donde quedaría constancia documental de la fecha, el Obispo oficiante y todos sus asistentes.
    Conforme al rito romano, todos los invitados darían tres vueltas al exterior del templo con cánticos y oraciones antes de acceder al interior de la Catedral. No era casual la sujección al número tres que se reproduce en ella: nueve torres, nueve capillas en el ábside, 63 columnas y vidrieras, 72 Canónigos, tres pórticos…y la Trinidad coronando el pórtico central.
    Una vez en el interior, habría solemnes procesiones por todo el templo, porque además era la festividad del Jueves Santo. Doce cruces de piedra colocadas ante las doce puertas menores que tenía la Catedral, evocarían a la Jerusalén Celeste, la ciudad de Dios. Todas tenían grabadas en sus ángulos el Sol, la Luna y las letras Alfa y Omega. También tenían grabadas en latín consignas espirituales referidas a la Cruz como señal del cristiano y otros datos conmemorativos. Una por una serían debidamente ungidas mientras se cantaba y se inciensaban. Todo estaba dispuesto para la gran ceremonia, incluido el mobiliario litúrgico: frontales de altar, lámparas argénteas, cruces…
    Como cada día de madrugada antes del amanecer, las campanas del refectorio del Monasterio de Antealtares anunciaron los maitines. La oración marcaba los ritmos de cada jornada, y hoy sería más fecunda e inspiradora. Los monjes, que dormían vestidos, se colocaron presurosos la cogulla y el escapulario y los zapatos de cuero. Los primeros pensamientos del día debían volcarse en Dios, dando sentido a este temprano oficio, como decía el Salmo 119.
    Lenta y sumisamente, con la cabeza inclinada y los hombros hacia delante como indicaba la Regla, se dirigieron al coro para entonar las primeras alabanzas. Con la Salve, imploraron la protección de la Virgen.
    Acudí temprano a la engalanada Catedral. Una fuente con leones y cuatro caños, como los ríos del Paraíso, me recordó el ritual purificador del agua para limpiar cuerpo y alma. Muchos peregrinos aplacaban su sed y realizaban actos de contrición ante la portada norte. Abierta día y noche, los peregrinos se arremolinaban ya esperando la Comunión en el Altar de Maitines para las misas tempranas. Cientos de personas yacían en el suelo en mil posturas diferentes. Unos dormían, otros rezaban, otros simplemente reposaban exhaustos pero conmovidos.
    Los vigías del triforio impedirían las violencias que en ocasiones profanaron el templo por derramamiento de sangre y evitarían que los peregrinos se abandonasen al vino y otros placeres mundanos. Hoy hará falta mucho incienso, pensaba.
    La devoción que percibí en aquellas gentes desaseadas, que habían sobrevivido a peligros, enfermedades, robos, abusos y engaños, fue una cura de humildad para mi cómoda Fé.
    El brillo del oro y el azul lapislázuli del pórtico me deslumbraron, contemplaba la Divinidad. Entonces comprendí que Santiago era el anfitrión que recibe en Majestad a quien entra en la casa de Dios, el protector y conductor de almas hacia la Gloria Final.
    Comprendí que Santiago no era el final del Camino, sino el principio de una nueva Vida.