• 7 julio, 2022 a las 11:33 am ver respuesta

    Cómo siempre, imposible colgarlo de la manera ortodoxa, error,error,error...Lo pego a mano como en otras ocasiones y os mando el enlace por twitter (al pegar el enlace igualmente me da Error). En fin, feliz verano gatuno...

     

    Ulises
    #HistoriasdeAnimales


    —¿Diga?

    —Soy Rose.

    —Te dije que no me llamaras, ¿qué tripa se te ha roto?

    —Es que se ha escapado.

    —¿Que se ha escapado?…,¡quién puñetas se ha escapado! Son las cuatro de la mañana, a esta hora no se escapa nadie.

    —El gato, nuestro gato se ha escapado.

    —Estará preñando a alguna desgraciada, si lo hubieras castrado, cualquier día se muere de sífilis, o peor aún, se le cae el pito a cachos.

    —(Entre risas) No digas eso, es mi única compañía.

    —Bueno, también está Jack&Daniels.

    —Eres un gilipollas.

    —Sí, soy un gilipollas por cogerte el teléfono.

    —Te echo de menos, cabrón.

    Silencio prolongado, incómodo. Se puede escuchar el sonido de la lluvia contra las ventanas.

    —Me estuve tocando, sabes.

    Se repite el silencio.

    —Pensar que este coñito pelón podía ser sólo tuyo.

    —Qué esperas, que se me empalme, estás loca, joder.

    —Sí, loca por ti, cabronazo,…, umm, me encantaría metérmela entera en la boca, hasta la garganta…

    —Stop, por favor, no quiero volver a pasar por esto, un beso de buenas noches y hasta siem…

    —No, por favor, Billy, escúchame…

    Billy no cuelga por milésimas de segundo.

    —No te das cuenta de que estás perdida, necesitas ayuda, si ni siquiera puedes hacerte cargo de Billy.

    Rose llora. Tiene el rimmel corrido y los ojos como dos farolas.

    —Lo sé, lo sé, Billy, necesito tiempo, rutina y todas esas mierdas, pero sobre todo te necesito a ti.

    —Debes serenarte, así no consigues nada, duerme la mona, consigue trabajo, yo que sé, así no puedo vivir, vivir contigo es no vivir, prefiero mi celibato actual.

    —Dime, dónde está Billy.

    —Sabes que está con mi madre, por favor, deja de darme coba, y sobre todo no montes el numerito de las lágrimas y los besos si decides visitarle, sería lo peor para él, piensa en alguien que no seas tú alguna vez.

    Rose sigue llorando, intenta reprimirlo sin éxito. Afuera llueve con fuerza.

    —Bueno, ya está, ¿para eso me tenías que llamar a las cuatro de la mañana?

    —¡Eres un hijo de puta sin alma!

    Tira el auricular contra la pared, y solloza tapándose la cara con las manos. De la comisura de su boca desciende perlado un hilillo tembloroso de baba. Billy cuelga al oír el estrépito, su cara es de cansancio. Mira el reloj y vuelve a acostarse, luego se arropa y cierra los ojos. Entretanto algo ocurre en la ventana de la habitación de Rose. Un gato orondo con cara satisfecha cruza el umbral. Está empapado, y va dejando un rastro de humedad. Camina en dirección al regazo de Rose, que no para de llorar. Ulises ha vuelto.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    13 abril, 2022 a las 7:46 pm ver respuesta

    Buenas tardes, como siempre, tengo problemas al colgarlo. Y como siempre, lo pego manual y os paso el enlace de mi blog por twitter (al pegarlo, como de costumbre, me indica Error)

     

    “Los años extraordinarios” (Rodrigo Cortés;Literatura Random House)

    #RecomiendaunLibro

    * Los textos en negrita son extractos literales del libro.

    Era Cela el que decía sentir envidia de Gloria Fuertes, por lo bien que colocaba las palabras en sus poemas. Yo tengo envidia de otro gallego, Rodrigo Cortés, por la misma razón, por lo bien que coloca las palabras en este prodigio que es “Los años extraordinarios”. Cortés es un verdadero hombre del renacimiento, culito inquieto, mente imparable, capaz de emocionarnos hasta la lágrima con su película “El amor en su lugar”, todopoderoso radiofónico y constructor de una “neolengua” (nada Orwelliana), en su florido “Verbolario”. Pero ciñámonos a “Los años extraordinarios”. En él se narra la vida y milagros de Jaime Fanjul, personaje mezquino y ególatra, que más que vivir huye, no se sabe si de sí mismo («Que la vida no consiste en nada. Que la vida no es qué,sino cómo»*). Hombre aventurero y práctico, que tiene la insólita virtud de que casi todo le acaba saliendo bien. Nace en la pétrea y fría Salamanca, ciudad en la que abundan los autos movidos por el pensamiento, a la que acaba llegando el mar por aclamación popular. Pero su objetivo es escapar de una España salvaje y ficticia (o no), donde las repúblicas luchan encarnizadamente con las monarquías, y todo es odio y rencor (esto me suena)… «La guerra de España fue horrible, como la de Osiris y Seth, una guerra fratricida, larga y cruel, que a veces afectaba a gente que no era ni de la familia»… «La guerra duraría seis años, a los que habría que sumar una prórroga por empate»*.La ficción es un buen lugar para hablar de la realidad más dolorosa, la verdad de la mentira y la mentira de la verdad, que diría Pessoa. En su fina ironía y su humor insolente y absurdo la prosa de Cortés nos pueden recordar a la del mejor Jardiel. Ambos son igual de elegantes en el uso del lenguaje. En ambos hay cinismo y rechazo, pero también dolor, un dolor soterrado provocado por la visión de una España mojigata y cainita, similar al que sentiría Unamuno (que también se pasea por las páginas del libro). Otro personaje es la melancolía, que aparece y desaparece, como los fantasmas (de los que hablaremos más adelante), tan gallega como el autor, y tan insondable como la niebla. Una melancolía a la que confiero el rango de personaje, porque se acabará imponiendo en el camino de Fanjul. Y con ello no digo nada y lo digo todo, pero deben leer el libro para entenderlo.

    Fanjul sigue su camino hasta Espuria, flamante y cosmopolita capital del Reino,donde monjas con muy mala leche se emboscan para zurcirte a mamporros cuando menos te lo esperas . Allí conoce el amor y otras suertes. La prosa de Cortés nos sigue embelesando mientras viajamos a través del tiempo y del espacio. En el transcurso aparecen piratas que disparan cañonazos, sí, pero dialécticos, y montan en cólera cuando no consiguen imponer su filosofía preferida, desde Descartes a Spinoza. Por fin consigue arribar a París, allí se convierte en terrorista por un tiempo, y en otra etapa fundará un taller para estropear cosas junto a su hermano Diego (ojo, que estropear no es lo mismo que destruir). Londres asediado por las bombas, un Nueva York precedido por ventiladores gigantes que ayudan a aterrizar a los inmigrantes en la ciudad sin alma. Camboya, que es una desolación (allí le revienta el pié y le vuelve a crecer), todo Oriente Próximo, o su místico paso por el desierto de El Sáhara («El desierto tiene la mística del vacío»*). No nos olvidemos de su estancia en la vecina Portugal, y del perfecto inglés de Sao Bento,«isla gramáticamente exacta»*. Allí, las brujas son enamoradizas, y cuando se levantan la falda, la habitación se llena de mariposas. Una bruja se enamora de él y le cuenta su futuro, hacia el que luego se escapa. Y ahora sí hablamos de los fantasmas, Fanjul los ve desde niño, incluido el de su madre, que nunca le quiso, ni siquiera de fantasma.

    En fin, no sigo, porque los viajes son infinitos, así como el entretenimiento, en una novela amena, sugestiva, llena de vértigo y creatividad. Creo firmemente que el arte es eso, crear mundos atractivos, entretener desde la imaginación, emocionar de un modo misterioso sin que se descubra el mecanismo que mueve la máquina. He aquí el misterio. Esto es lo que ha conseguido Rodrigo con su libro, emocionarnos a veces, provocar nuestra sonrisa estupefacta, otras, hipnotizarnos, siempre, con la música que contiene su escritura. Creando personajes tan preciosos como Zamora, ese anhelo mitad ninfa mitad niña que solo existe en nuestros corazones, o Aban, niño de piel oscura, mezcla entre un espejismo y la arena; haciéndonos soñar con el hilo infinito que teje todas las historias del mundo, como en “Las mil y una noches”.

    Sé que mi crónica tiene demasiados adjetivos. Ha sido inevitable, son objetivos y subjetivos, todos ellos precipitados por el síndrome de Stendhal que me ha invadido al leer y releer esta novela prodigiosa. Bueno, me falta uno, con este me despido…Insuperable.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    15 marzo, 2022 a las 8:21 pm ver respuesta

    Buenas noches. Aquí mi historia y mi abrazo fraternal al pueblo ucraniano, víctima de la barbarie... (Os pego el texto manual, como en otras ocasiones no me deja hacerlo de forma "ortodoxa". Tampoco me deja pegar el enlace de mi blog, así que os lo paso por twitter, gracias)

    OJOS AZULES


    #VocesdeUcrania

     

    Grigorij está sentado en la mesa camilla. Ha dejado de escuchar los fuegos artificiales que han estado sonando todos estos días. Le recuerdan a cuando sirvió en el ejército soviético. Tiene noventa y un años y sus apagados ojos azules han visto muchas cosas. Él se ha mantenido allí, aterido, aunque ha visto desfilar desde su ventana a mucha gente, grande y pequeña. No ha respondido a las llamadas de la puerta ni a las del teléfono, se ha limitado a permanecer petrificado en su sillón, como una tortuga milenaria. Irina, la chica que le arregla la casa y le cocina es la última persona con la que ha hablado. Se despidió después de hacerle una compra gigantesca y cocinarle para varias semanas. Como la gente grande y pequeña que ha visto desde su ventana, Irina se ha marchado con su familia. Grigorij no ha sentido la necesidad de escapar de su casita de las afueras de Kiev, no tiene con quien irse, ni siquiera un perro, y tampoco sabría hacia dónde. Su mujer, Aleksandra, murió hace cinco años, y hace mucho que no sabe nada de Nikolái y Olga, sus hijos. Ese día todo está calmado, y Grigorij siente el impulso irrefrenable de salir a la calle. Ni corto ni perezoso abre la puerta y un sol amarillo inunda sus ojos. Ni siquiera se ha quitado las pantuflas.

    La ciudad es toda escombros, un esqueleto de sí misma, el silencio se mastica, como en una película del oeste. Huele a tierra y a humedad, sólo las ratas y las culebras pueden sentirse a gusto allí. El anciano sigue caminando, se encuentra bien, aunque el aire está lleno de polvo libra a sus pulmones de la sensación de ahogo derivado del encierro de estos días. No hay ni un alma por las calles, pero no le preocupa, necesita desentumecer su cuerpo. Sucede una cosa portentosa, conforme va avanzando su cuerpo es más ligero, como si se librara del peso de los años. Ello le hace pensar en su juventud, incluso en el sexo, tema que ya tenía dormido hace tiempo. Recuerda el campo, la siembra, el amarillo del maíz, y el azul del cielo azul ucraniano. Él trabajó allí a los veinte, y bebió litros de cerveza pura y sin filtrar, y saboreó mermelada tan dulce como el beso de una mujer, y comió caviar tan salado como el sudor de la primera novia. Le asalta el olor del samovar y el del té recién hervido. Sigue andando, sin pensar en nada, sólo sintiendo. Ha recuperado el pelo, y las canas se le han teñido de rubio, como en su juventud. Sus ojos también experimentan un notable cambio, son cada vez más azules. Recuerda cuando trabajó de zapatero en Odesa, sus tiempos de masajista en aquel balneario de Moscú. Las grietas de su cuerpo desaparecen por momentos, así como las llagas de sus piernas o las ampollas de sus trabajadas manos. Nota con placer el renacimiento de los dientes en la oscura cueva de su boca. Incluso aprendió claqué en algún momento de su vida, piensa en un momento de inspiración. Entonces las calles eran alegres, la gente patinaba sobre el hielo, hacía el amor, llenaba las tabernas y había música por todas partes. En un punto del camino divisa una viola desvencijada, la toma,y ¡sí!, rememora los tiempos en el conservatorio Puskhin. Rasga con placer el instrumento y recuerda el bonito cuello de Aleksandra. Como los violines en llamas de la canción de Leonard Cohen sus notas le llevan a sus hijos, Nikolái y Olga, ya casi no se acuerda de ellos, pero con esta nueva vitalidad es como si estuviera acunándolos cuando eran bebés.

    De pronto, ve a lo lejos un bulto. Es el primer humano que se interpone en su camino. Cree delirar, pero no, lo tiene claro, en su nuevo estado de euforia no concibe el error…¡es su mujer!, está joven y guapa, como él. Le grita con entusiasmo:«Aleksandra, querida, ¡estás aquí!, te echaba tanto de menos». Está corriendo descalzo hacia ella, ha perdido las pantuflas. Se acerca cada vez más, como un Quijote enloquecido. Consigue atraparla con sus brazos, la abraza con desesperación…

    Una luz de miel los cubre a los dos y un cielo despejado y más azul que nunca habla por sí solo. Pero el hechizo se rompe. Grigorj intenta cubrir los labios de la que cree su amada, y ésta le repele, y lo inmoviliza. Acto seguido siente un dolor agudo en su brazo izquierdo, y lo peor de todo, vuelve a sentir su cansancio de viejo. Las canas han vuelto a su sitio, los dientes han vuelto a desaparecer, y la sangre que hace un instante fluía como una ola gigante en su vigoroso corazón se ha tornado ahora en un mar muerto. Aleksandra no es Aleksandra, ni siquiera su fantasma, es Ana, soldado del ejército ucraniano, en misión de reconocimiento, a la búsqueda de civiles por la zona. Hay un alto al fuego momentáneo. Es un verdadero milagro que el viejo siga vivo, comentan ya a salvo varios compañeros, mientras beben té. Grigorj está sentado, arropado con una manta marrón a rayas, sus ojos cansados miran al cielo con una mezcla de desorientación y vacío.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

     

     

    29 enero, 2022 a las 1:11 am ver respuesta

    Buenas noches, aquí mi historia:

    Pretérito Imperfecto


    #MaestrosInolvidables

    Don Servando fue mi profesor de lengua. Recuerdo su perfil enjuto, su castaña pronunciada y sus dos ojillos negros. La verdad, parecía una cabra mosqueada. Claro, que nosotros le hacíamos rabiar, como aquella vez en la que dejamos una rana en su silla y casi la aplasta con sus posaderas. Conservo en mi retina su cara de asco. Fuimos injustos, hicimos pagar a toda la clase nuestra fechoría.

    Cada vez que redacto una memoria pienso en él como el culpable de que no falte ningún acento y de que le sobren uves mal puestas o enes antes de pes. Nuestro profesor era un señor austero y malhumorado, pero no era mal tipo. Tenía una ética espartana, ética y estética, como decía un tal Immanuel Kant, del que nos hablaba a nuestros imberbes doce años, cuando teníamos la cabeza llena de dudas, de cromos de fútbol y de vagos instintos sexuales. A nosotros nos parecía que el tal Kant tenía nombre de extremo izquierdo del Bayern de Múnich o del Eintracht de Frankfurt. Aparte de la ortografía, también nos enseñó los tiempos verbales. El pasado, el futuro, el pretérito imperfecto, o el pretérito perfecto de indicativo. Don Servando comparaba estos dos últimos con Caín y Abel. El pretérito imperfecto, Caín, definía la imperfección de la vida, la relatividad del mundo en el que vivíamos, con su cúmulo indeterminado de variantes que confluían en cada acción. En cambio, el pretérito perfecto, Abel, definía un estado tan exacto y cartesiano que no casaba con el mundo caótico en el que vivíamos. Por eso, según su curiosa teoría, Abel murió a manos del envidioso Caín. Nuestro profesor cautivaba a toda la clase con teorías tan sugestivas como ésta. Y es que era un señor muy leído, de los que se llamaban librepensadores. A mi edad creía que era algo así como un poeta, hoy sé exactamente lo que significa. Yo le veía como un Quijote, a la vez soñador y triste, siempre recto y odiador de las injusticias. De alguna manera ese papel que yo le asignaba en mis fantasías lo interpretó trágicamente en la realidad.

    Pienso mucho en él, y en esos años raros. Nunca entendí porqué dejó de dar clases, era nuestro mejor profesor. Tampoco entendí porqué ese secretismo sobre su desaparición, ni las miradas huidizas de los profesores cuando preguntabas, o los pescozones de mi padre diciéndome «calla niño y atiende a la sopa, que se enfría».

    Con los años comprendí el lenguaje secreto de los adultos, y supe lo que significaba la palabra “Represaliado”. También supe del hipócrita y vacío concepto de la “Patria”, y que el sacrosanto “Patriotismo”, no era más que un lugar común al que se agarraban los rencorosos. Un ridículo orgullo de golpe en el pecho que encubría envidias enquistadas. En el camino también se me cruzó la palabra “Integridad”, finalmente apareció la palabra que más dolor me produjo conocer… “Delación”. Nunca se supo quien le denunció, si alguna de las “fuerzas vivas”, o el vecino envidioso de la esquina. El caso es que le separaron del servicio, le quitaron la plaza y ya no pudo enseñar más, a menos que lo hiciera de forma clandestina. Salió del pueblo con lo que pudo. Nadie supo hacia dónde.

    Quiero pensar que dispondría de algún dinero ahorrado, que alguien lo acogería con cariño en alguna parte. Hoy, a mis setenta y cinco años, me he puesto a pensar en él, en su flamante aspecto, en su figura de dandy, en su rictus austero, y le he visto conversar animado en algún punto de Alemania con su idolatrado Immanuel Kant. Hablaban de rectitud, del imperativo categórico, de ética y de estética. Luego he llorado como lo haría un niño de doce años que se da cuenta de repente de que ha perdido para siempre la inocencia.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    3 enero, 2022 a las 10:43 pm ver respuesta

    Segundo cuento. Vuelvo a hacerlo manual, no hay manera.

    Doce uvas
    #cuentosdeNavidad

    La cena fue especial, hubo flan de huevo. Nos dejaron entrar en las celdas hacia las diez y media, no todas las noches ocurría que acabara el año. Cogí mis doce uvas y me metí allí solo a esperar el cambio de año. Era mi primera Nochevieja entre rejas. Estaba solo, sí, Sebastián se había pasado con las cuchillas y por poco se muere el desgraciado. Aquel día estaba asustadísimo, todo estaba lleno de sangre y yo era incapaz de actuar. Me dejé la garganta gritando hasta que alguien acudió a cortar la hemorragia. Ahora está dormido, o quizás sedado, en la UCI. No se enterará de que va a cambiar el año, allí escoltado, y con el goteo de fondo. Todos coincidimos en que terminará matándose tarde o temprano. La misma canción,«debería estar en un psiquiátrico, blablabla» al parecer no hay suficientes plazas para tanto loco. El caso es que mi única compañía eran las cucarachas, algo que me daba paz y a la vez me angustiaba, les tenía fobia desde pequeño.

    Pasó el tiempo suficiente para vaciar mi mente antes de que llegaran las doce campanadas. Encendí la tele y vi a toda esa gente exaltada, con pelucas de colores, gorros de Papá Noel y cuernos de reno, en mitad de la Puerta del Sol. Primero vinieron los cuartos, y noté que estaba realmente concentrado. Mi adrenalina crecía, y ello me hacía sentir un poco estúpido. Llegó la primera campanada y me acordé de mi madre cuando era joven, lucía una sonrisa tan hermosa; la segunda me llevó al campo, allí estaba Thor, mi primer perro, un labrador más bueno que el pan; la tercera uva me puso en los labios la boca de Verónica, la preciosa niña que me dio el primer beso de mi vida…la cuarta campanada se me clavó en el vientre como un punzón, sentí el dolor de mi operación de apendicitis, la quinta y la sexta pasaron desapercibidas. La séptima sonó a llanto, el de mi primer hijo…y la octava uva me recordó el sabor del alcohol. Al instante, vinieron a visitar mi mente los fantasmas de la coca, la heroína y el sexo desquiciado. Con la novena campanada casi no me reconocía, estaba solo en un piso destartalado de Lavapiés lleno de roña y esconchones. Siguieron tocando las campanas, hasta que el último repique explotó en mi cabeza como el estallido de un cráneo roto. Entonces volví a ver mis manos teñidas de sangre.

    Había pasado un año de aquello, y aún quedaba mucho recorrido. De repente me di cuenta de que le tenía mucho miedo a la libertad, tanto como a mirar a los ojos de Ana o a los de mis hijos.

    La algarabía era tremenda, nadie hubiera pensado que eso era una cárcel. «¡Feliz año,hijos de la gran puta!» , « ¡Yo quiero echar un polvo de año nuevo!» , gritaban los reclusos. Saqué la mano y el carcelero me llenó la taza de hojalata con champagne. Me lo bebí, y después me lié a golpear la taza con alegría contra la puerta. Antes de que los guardas me llamaran la atención todos me siguieron. Era una curiosa estampa navideña. Panta, el abuelo de la prisión, que tenía setenta y seis años y se había tirado media vida allí, bendijo a todos y nos rogó que paráramos. De inmediato sonó el «fuera luces» , y la oscuridad lo envolvió todo.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    https://thewaytoinnisfree.wordpress.com/2022/01/03/doce-uvas/

     

    20 diciembre, 2021 a las 1:00 pm ver respuesta

    Adjunto el cuento manualmente, imposible hacerlo de otro modo:

    La extraña pareja
    #cuentosdeNavidad

    Agustín tenía ochenta y cuatro, yo dieciséis. Lo conocí en la navidad de dos mil cinco. Es cuestión de matemáticas, estamos en dos mil veintiuno, y tengo el doble de edad, treinta y dos. El bueno de Agustín habría cumplido un siglo, siempre que su corazón se lo hubiera permitido. Quizás por eso lo recordé, bueno, y también porque pensé qué habría sido de él en este mundo de mascarillas y de geles, era una de las personas más testarudas que he conocido en mi vida…

    — Maldito cabrón, ¡qué haces aquí!, habrás traído el carro. Dos años sin dignarse a venir, hijo de puta…

    —Perdone, pero creo que…

    — No sigas por ahí, te conozco demasiado, quiero que me saques con esta puta silla y me des una vuelta por el barrio, a este paso se me olvidarán los colores.

    Ese día me convertí en su hermano, y tuve que convencerle de que el coche estaba averiado. Le paseé por el barrio. Él me presentaba ufano al vecindario como Julio, así se llamaba su hermano pequeño. Los vecinos no mostraban mucho entusiasmo, todo lo contrario, sus rostros eran más bien de perplejidad o indiferencia.

    Cumplía una pena del Tribunal de menores. Debía prestar servicios para la comunidad, y ello incluía visitas al desmemoriado Agustín. Nunca supe la verdad, no sabía por qué estaba solo, cómo había acabado en esa silla de ruedas, ni siquiera sabía si aún tenía familia, o si la tuvo. Por no saber, no sabía si había sido feliz algún día de su vida. Yo me metamorfoseaba en cada visita. Incluso llegué a convertirme en cura y escucharle en confesión. Le receté dos padres nuestros y tres Ave marías. Otros días me convertía en el fantasma de su padre, o el de otro de sus hermanos, muerto en la guerra. Agustín no era especialmente emotivo, pero cuando intuía el tono vidrioso de sus ojos verdes, intentaba corregir el rumbo de sus pensamientos con algún exabrupto o un chiste malo. Ese juego de cambios de personalidad me hacía sentir como Mortadelo, mi personaje de cómic favorito.

    Un día entré en su habitación. Él estaba en el baño, peinándose para el paseo matinal. Era sobria, desnuda como las paredes de la catedrales románicas que aparecían en mi libro de historia. Existía una perfecta simbiosis entre el pulcro silencio de aquella habitación y el del parco Agustín. Paredes blancas y pocos recuerdos personales. Sobre un armario, dos retratos. Ambos en blanco y negro. En uno de ellos, una señora bastante guapa con el pelo ondulado y oscuro sonreía con ojos alegres. Podría ser su madre, o su mujer, nunca se lo pregunté, ni él me lo explicó. En la otra, dos chavales con el pelo casi rapado. El mayor parecía tener los ojos claros. Siempre pensé que era él. Los ojos del más pequeño eran negros como el carbón, y no sé porqué, estaba convencido de que era su hermano Julio, el único “conocido” de su familia.

    Empecé a plantearme si lograría soportar un año entero con él, pasearle, beber juntos chatos de vino, jugar al tute, o mirar deportes por la tele. Pero bueno, entre paseos, insultos y conversaciones de lo más bizarras fue transcurriendo el tiempo.

    Terminé de cumplir la medida y sin más dejé de verle. Unos años más tarde, no sé muy bien porqué, volví a su casa. Decidí hacerlo en Navidad, era nuestra época especial, el tiempo en el que nos conocimos. Su cara estaba excitada cuando me recibió con sus cariñosos insultos de siempre. No fue la mejor cena de navidad que yo recuerde, aunque sí la más inolvidable. Descorchó una botella de su mejor vino peleón, y abrimos varias latas de sardinas, mejillones y calamares en salsa americana. Incluso su gato se arrimó al percibir un olor tan suculento. Reímos, comimos hasta reventar, y continuamos sumidos en esa cálida complicidad que nos hacía funcionar tan bien, pese a no saber nada el uno del otro. Era una sensación hogareña, extraña pero feliz.

    Cuando nos despedimos en la fría madrugada, ambos con las caras coloradas por el efecto del alcohol, yo le prometí como un cobarde que volvería para verle la próxima navidad. Pero cuando cerró la puerta tras de mí, supe que nunca más volvería a ver a Agustín.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez


    https://thewaytoinnisfree.wordpress.com/2021/12/19/la-extrana-pareja/

     

     

    24 julio, 2021 a las 7:04 pm ver respuesta

    BLANCO Y NEGRO


     

    Cuando te conocí estaba orvallando. También cuando te fuiste. Yo lo vi como una metáfora de lo que experimenté al conocerte. Me calaste poco a poco, hasta que un día, mirándome en el espejo, con el cepillo de dientes en la boca me di cuenta de que mis huesos temblaban por tenerte.

    Apoyado en la baranda, aquí, en la playa de San Lorenzo, viajo de nuevo a aquel día de verano en el que me besaste y corregiste toda mi vida anterior y todos mis recuerdos. Era el año 88, ambos éramos unos enamorados de la novela negra, la de Chandler, la de Hammet, también la de Madrid, Vázquez-Montalbán o Camillieri. Estábamos deseosos por ver cómo funcionaría ese experimento de la semana negra en nuestra España acartonada. Aún quedaban unos años para que vinieran a Gijón los sonidos indies con sus aires de libertad. Por aquel entonces, Madrid era el epicentro cultural y vanguardista, con Almodóvar y sus mujeres al borde de un ataque de nervios, Malasaña, la Vía láctea, y demás jaurías. Tú venías de allí, cubrirías el evento para el País, lo que significaba que te quedarías poco más de una semana en Gijón.

    Nuestro primer contacto fue en la zona de Naval Gijón, todos los periodistas nos escurríamos en busca de las palabras más valiosas. Me quedé prendado de tus ojos, y me acojonó un poco tu gesto serio, mi tendencia entonces y ahora es la sonrisa adánica y algo estúpida. Yo era un crío de ventitantos con poca experiencia vital y profesional. Sin embargo había leído mucho, desde Camus a Simenon pasando por García Márquez y la novela realista francesa, pero mi conocimiento práctico de la vida era nulo. Para eso estabas tú, con tus cuarenta y pico, para enseñarme. Colado como estaba de ti, me dejé llevar.

    De Naval Gijón pasamos a tu cama. Recuerdo tu risa cuando comprobaste que había eyaculado antes casi de tocarte. Eras rubia y experta, me recordabas a Katheleen Turner en “Fuego en el cuerpo”. Si me hubieras pedido que eliminase a alguien, yo lo habría hecho sin rechistar. Así pasamos los días, más desnudos que vestidos. También hablamos de películas, de libros, nos reímos, fumamos, y fornicamos como si no hubiese un mañana. Alcanzamos un pacto, no nos preguntaríamos nada sobre nuestras vidas. Pero la curiosidad rompió el hechizo. Un bolso abierto, una cartera dentro del bolso, y dos hermosas niñas en una foto, junto a un tipo moreno y apuesto hicieron el resto. Pasaban los días, y yo me carcomía pensando en el final. Tú me mirabas con una mezcla de culpabilidad y condescendencia. Debes saber que fuiste mi primer amor, quizás mi único amor, y eso es algo que no se olvida.

    En la despedida me hice el fuerte, me sentía como Sam Spade, faltaba la gabardina. El precioso halcón maltés se me escapaba de las manos rumbo a Madrid. Han pasado los años, y aunque me parece mentira, el dolor se ha callado hoy, lo he ahogado estrangulándolo a base de palabras, les di la vuelta hasta convertirlas en bálsamo. Ahora he subido un peldaño, de periodista he pasado a escritor, y en esta edición de la Semana negra recogeré el premio gordo, han sido años y años de sufrimiento, de alcohol, persianas bajadas, vergüenza y asco por mí mismo. Incluso llegué a viajar de anónimo a Madrid, y seguí tus pasos, y te adoré en la distancia, mientras en mi cabeza flotaban infinidad de ideas raras, raptarte como el Ricky de “Átame”…pero todo quedó en varias cartas descafeinadas llenas de desvaríos y fatuidades en las que te hablaba de novias imaginarias y de mi buena vida. Ni siquiera tuve valor para un encuentro, tampoco quería comprometerte, prefería seguir engañándote y engañándome. Dormía al raso, en el banco de enfrente de tu casa en Antón Martín, y observaba la luz del flexo hasta las tantas de la madrugada. Daba de comer a las palomas, y algún vagabundo me ofrecía un trago de su cartón de vino. Más de un día te perseguí como una sombra en el metro que te llevaba a la redacción.

    Ahora vivo solo con mis gatos, Morgana y Mefistófeles, como el estoico inspector de “El círculo rojo” de Melville, ¡qué película!, la adorabas, ¿te acuerdas? Y escribo, y escribo, con palabras tejo una tela de araña de la que nunca podré salir, un mundo de ficción que me esconde de la sinceridad. En ellas he encontrado un cierto equilibrio. Quieres saber cómo se titula mi última novela, “Blanco y negro”, dos amantes locos por la literatura y por el cine se conocen en la Semana negra, tejen planes delictivos, grandes atracos, viajes exóticos, ríen, follan, lloran… después de una semana de sudor, saliva, carmín y humo de tabaco todo se desvanece en una bruma del verano.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez


     

    21 julio, 2021 a las 11:29 pm ver respuesta

    Caridad


    Todo comenzó como un juego. El abuelo se había quedado sopa, y Guille y Juanín le cubrieron sigilosamente de arena con sus cubos de playa hasta que quedó atrapado. Luego desaparecieron entre risas. Cuando despertó, Eulogio pidió auxilio. Los paseantes le contemplaban con una mezcla de estupor y de piedad.

    —Fíjate lo que le ha pasado a ese hombre, qué desgracia.

    —Desde luego, y tan mayor.

    Había de todo, desde los críos que se mofaban tirándole arena a la cara, hasta los que intentaban consolarle ofreciéndole un trago de sus refrescos. Incluso hubo alguien que le echó alguna moneda. Eulogio se tranquilizó y racionalizó su situación, sabía que tarde o temprano saldría de allí. A mediodía, dos guapas trabajadoras de la Cruz Roja le trajeron el almuerzo. Se relamió, pues estaba hambriento y muerto de sed. Esa misma tarde, contempló la puesta de sol, y se dio cuenta de que esta tesitura no estaba tan mal, algo que confirmó al anochecer, cuando las estrellas dibujaron un increíble lienzo en el cielo.

    No todo eran ventajas. Por las tardes los pellizcos de los cangrejos eran torturantes. Y cuando llegaba la noche eran las gaviotas las que le mortificaban, aunque no se sabe si por piedad o por pena, se apartaban y le dejaban dormir. Sobrevivió gracias a la gente, a su caridad y a su cháchara. No había jornada que no le trajeran ungüentos y cremas,tiritas, agua oxigenada y mercromina para curar sus heridas. Incluso Luis, un jubilado de Valencia, colocó a su espalda una hermosa sombrilla para librarle del sol. Cada dos días, Marta, una de las trabajadoras de la Cruz Roja se ocupaba de su afeitado matinal. Era morena y muy cariñosa, como Pilar, su difunta esposa, cuando tenía su edad. Siempre se despedía con un beso en la mejilla.

    Con el tiempo, todos se acostumbraron a su presencia, le daban los buenos días, le ofrecían sus bocadillos y charlaban amistosamente con él. Algunos le pedían opinión para sus negocios, sus amoríos, y sus proyectos personales. Hasta el punto de que Eulogio acabó convirtiéndose en una especie de oráculo, en un sabio sumergido en la arena. Canjeaba consejos nacidos de su basta experiencia a cambio de frutas, zumos, cervezas, espetos de sardinas o un masaje en la cabeza. Llegó a granjearse tal popularidad, que el alcalde, un tipo orondo con un bigote imponente, le nombró hijo predilecto de la ciudad. Ese día comió caviar y bebió champán. Aprovechó para contarle al alcalde que todos se portaban muy bien con él pero que lo único que quería era salir de allí. Éste le respondió con las evasivas típicas de los políticos. Le dijo que le entendía, que todo eso era una mala pasada, pero que le ayudaría en lo que pudiera. Eulogio no tuvo más remedio que mirarle con resignación, y seguir esperando.

    El día que lo pasó peor fue cuando sus familiares, entre lágrimas, fueron a despedirle a la playa hasta el próximo verano. Entonces, el anciano asumió que ese era su destino, vivir al lado del mar, rodeado de arena, y con la banda sonora de las olas de fondo. Rodeado también de la hospitalidad y la indiferencia de sus semejantes. En ese instante, una sensación extraña cruzó su corazón. No pudo evitar sentirse muy solo en aquella playa.

    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    27 junio, 2021 a las 11:07 pm ver respuesta

    Relámpago

    Llegó al hotel a la hora convenida. No era gran cosa, como siempre.

    —Al menos no hay cucarachas — sonrió con desgana. Se afeitó rápido, como un autómata y descansó antes del combate…

    En sus sueños aparecía su madre, con una inmensa fuente de puré de patatas, y Cassius, su perro querido, le echaba mucho de menos. Luego su cabeza derivó hacia un inmenso cuadrilátero con el suelo ajedrezado. Los púgiles no tenían rostro, aunque uno de los dos tenía su misma piel negra y parecida complexión. La escena le hizo recordar Las Vegas, y aquel combate con “El irlandés”, él podría haber aspirado a la gloria, pero claro, el negocio es el negocio, nunca tuvo carácter para combatir fuera del cuadrilátero.

    Despertó de sopetón, vistió su gastado traje de sarga y se caló su gorro de la suerte. Se ducharía y se pondría el mono de trabajo cuando llegara al estadio. —Vamos, cabronazo —, falta media hora para despegar—. Era Jack, su manager, un perfecto capullo, nada nuevo bajo el sol dentro de su gremio. Le había exprimido desde que era profesional. —Ya sabes, lo de siempre, tantéale, báilale, fuerte al principio, y sobre el cuarto asalto empieza a decaer — replicó Jack. Relámpago asintió casi sin pestañear.

    De pronto, un tipo trajeado y canoso comenzó con la perorata: “Damas y caballeros, esta noche Budweiser les invita a una intensa velada de boxeo…”. Varias chicas ligeras de ropa con miradas apagadas desfilaron sus cuerpos bronceados portando los cartelones de los distintos asaltos. En el séptimo, el guion se cumplió a la perfección. Relámpago volvió a la lona. Cambió el podio por la lona hacía mucho tiempo, el dulce aroma de los laureles por el agrio sabor del suelo. Había que pagar las facturas, la pensión de su exmujer, las botellas de Jack Daniels.

    Volvió al hotel, orinó un líquido amarillento con algún tono púrpura antes de acostarse. Nada preocupante, Jack cuidaba de su cachorro. Cayó rendido en la cama, no tenía fuerzas ni para pensar. Al día siguiente, su avión salía a primera hora. Esa noche no tuvo ningún sueño.


    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

    20 enero, 2021 a las 8:38 pm ver respuesta

    Buenas tardes, casi noches. Mi relato:

    Autorrelato

    7 enero, 2021 a las 1:08 am ver respuesta

    Buenas noches, mi segundo cuento:

    Desde mi ventana

    24 diciembre, 2020 a las 8:01 pm ver respuesta

    Buenas tardes y feliz navidad. Mi cuento:

     

    Los Sustitutos

    18 octubre, 2020 a las 9:14 pm ver respuesta

    Buenas noches, mi segunda historia:  La Cosecha

    17 octubre, 2020 a las 8:14 pm ver respuesta

    Con reverencia absoluta hacia el maestro Míguel Delibes, autor español del que puedo decir sin equivocarme más libros he devorado, os dejo mi historia, un saludo: Ojos tristes

    8 agosto, 2020 a las 7:36 pm ver respuesta

    Buenas tardes, aquí mi segunda historia, viajando con el bolígrafo en la mano, un saludo:

     

    Continuidad de los días

    5 agosto, 2020 a las 7:28 pm ver respuesta

    Buenas tardes y buenos viajes ara tod@s, ahí va el mío...

     

    Mañana

    8 mayo, 2020 a las 7:02 pm ver respuesta

    Buenas tardes, aquí os dejo mi historia, y mi ánimo en momentos tan extraños, ¡salud para todos!

     

    Westerns

    10 abril, 2020 a las 7:31 pm ver respuesta

    Buenas noches, os dejo mi historia, y ¡mucha fuerza, héroes!

     

    https://thewaytoinnisfree.wordpress.com/2020/04/10/deja-vu/

    3 enero, 2020 a las 7:46 pm ver respuesta

    Buenas noches a todos y ¡feliz navidad! (lo que nos queda). Ahí va mi cuento:

     

    Portal de Belén

    14 diciembre, 2019 a las 1:55 pm ver respuesta

    Buenos días, o tardes casi ya. Os envío mi segunda participación, ¡un saludo!:

     

    Catarsis