• 18 octubre, 2020 a las 12:52 am ver respuesta

    DE NOCHE EN EL CORRAL

    Con toda la sutileza de la que fue capaz, mi madre le pidió a mi abuela que, a lo largo del mes de verano que mis hermanas y yo pasábamos en el pueblo, nos bañara de vez en cuando. Ella se lo contó a mi abuelo y él, muy ofendido, recorría la casa despotricando contra mi madre y su absurda costumbre de ducharnos todos los días.

    ¿Cómo iban a bañarnos, si ellos mismos no se lavaban salvo el día en que tenían cita con el médico?

    En ese pueblo perdido de la Mancha todavía no había gas ni agua corriente y la vez en que mis abuelos se decidieron a bañarnos, deseé con todas mis fuerzas que no hubieran cedido a la presión.

    En la casa no había cuarto de baño, así que nos colocaron, una a una, en una pila de piedra enorme que había en la cocina y con un pequeño amasijo de cuerdas que hacía las veces de esponja, mi abuela nos pasó por el cuerpo un poco del jabón que ella misma elaboraba con aceite usado, mientras mi abuelo nos echaba por encima tinajas de agua fría de la fuente.

    Protestamos tanto y hubo que montar tal tinglado para acceder a los deseos de mi madre, que, afortunadamente, no les quedaron ganas de volver a hacerlo. Ellos y nosotras llegamos al acuerdo tácito de no volver a mencionar el asunto.

    Si preguntaba, mi abuela le contestaba que, por supuesto, nos había estado bañando, y santas pascuas.

    Para hacer caca teníamos que ir al corral, al otro lado de la calle, donde había gallinas, un caballo y un taburete de madera con un agujero tan grande como para que encajara el culo de mi abuela, pero por el que fácilmente podíamos colarnos nosotras si no ofrecíamos resistencia con los brazos.

    Bajo aquel trono plebeyo se amontonaban las heces de mis abuelos, las de mis hermanas y las mías, y unas moscas verdes y enormes hacían allí su agosto.

    Cada vez que me sentaba en él, a veces bajo un sol insoportable, tenía que darme prisa porque las gallinas me daban miedo y a medida que ganaban confianza, se iban acercando a mí en zigzag y levantando mucho polvo.

    Normalmente no íbamos allí después de ponerse el sol, pero una noche no tuve más remedio que salir de la casa de madrugada para recorrer en camisón los metros que la separaban del corral.

    La visión de las casas y el campanario bajo el cálido foco de la luna llena me produjo una extraña y fascinante sensación, con las cigüeñas inmóviles sobre una de sus patas allá en lo alto y el estruendo de los grillos invisibles chillando con fuerza alrededor.

    Le di la vuelta a la gigantesca llave de hierro que abría el portón del corral y vi durmiendo a las gallinas bajo aquel manto de luz acogedora. Me sorprendió que no estuvieran acostadas y acurrucadas sobre la tierra, sino subidas a las ramas de la higuera, erguidas y quietas como frutos enormes.

    Me encaramé al taburete, y entonces, el ojo plácido del caballo mirándome inmóvil me estremeció. Me recordaba al perfecto ojo de un peluche gigante, y no sabía si estaba despierto o los caballos duermen con los ojos abiertos.

    Me incorporé sin perder de vista al caballo de ojos descomunales y de pronto me asaltó la imagen de la cabeza del tío Felipe con las cuencas vacías, torturado hasta la muerte por los milicianos que durante la guerra se habían instalado en el pueblo.

    ”A Felipe le delataron sus propios primos -decía mi abuela-, todo el mundo lo sabe, y sólo porque a él le había ido en la vida mucho mejor que a ellos”.

    “Que hubieran trabajado tanto como él, no te jode”, apostillaba mi abuelo.

    El pobre apareció en el patio de su casa con los ojos arrancados y los dedos de las manos ensangrentados y sin uñas.

    Esa escena, la de un hombre sacándole los ojos a otro con una cuchara entre alaridos de dolor, y arrancándole las uñas con unos alicates, era la más estremecedora de cuantas imágenes terribles podía imaginar, incluso más insoportable que la de la tía Carmen, que fue enterrada viva porque su familia creyó que estaba muerta y al cabo de los años, cuando abrieron el ataúd para sacar sus huesos, se encontraron el esqueleto en actitud crispada y la tapa llena de arañazos por dentro.

    No puedo concebir desesperación mayor, y no puedo evitar pensar en la pobre tía Carmen, viva en su tumba, cada vez que la orquesta toca en las fiestas de agosto la canción que dice “No estaba muerto, estaba de parranda. No estaba muerto, no, no, estaba tomando cañas” y todos la coreamos divertidos.

    Muchos aprovecharon la coyuntura de la guerra para saldar cuentas con sus vecinos y, según mi abuela, las heridas tan profundas que se causaron unos a otros, mucho más dolorosas que las viejas rencillas, seguían abiertas entre ellos mucho después de terminada la guerra, aunque nadie dijera nada.

    Me incorporé muy despacio, cerré el portón tras de mí y me encaminé hacia la casa con el alma en vilo, sobresaltada por el sonido de mis propios pasos y temiendo que apareciera de pronto alguno de aquellos rojos desalmados, ávidos de sufrimiento ajeno, incapaces de albergar en su corazón ni un ápice de compasión.

    Me acosté sobrecogida, y el recuerdo de los terribles episodios de la guerra, tantas veces escuchados, me impedía conciliar el sueño.

    A la mañana siguiente, cuando salí a la calle, levanté la cabeza para mirar, como siempre, al campanario que se alzaba a pocos metros de la casa, pero el sol en lo alto me cegó. Entonces me acordé de las sombras tan distintas que la luna había proyectado sobre el mismo escenario unas horas antes y me pareció que había estado en otro lugar, en el que la penumbra y el silencio le habían dado a la existencia otra dimensión.

     

    https://twitter.com/BeatrizNogareda/status/1317598962199744518?s=20

    18 octubre, 2020 a las 12:37 am ver respuesta

    Zenda el 6 de octubre, 2020 a las 10:47

    Escribe una historia rural, ambientada en nuestro tiempo o en cualquier otro tiempo, en el campo, en un pueblo, en la naturaleza, real o ficticia,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso, con el que queremos rendir homenaje a Miguel Delibes, en su centenario.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 18 de octubre.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias rurales deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 6 de octubre de 2020 al domingo 18 de octubre de 2020 a las 23:59. El miércoles 21 de octubre publicaremos en Zenda una selección con las 10 historias que optan a los premios. El viernes 23 de octubre de 2020 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premio de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasrurales en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

     

    Mi patio

    Todas las tardes yo encontraba la paz en el silencio de ese patio, cuando el calor era intenso y potenciaba el olor de los nísperos y de mi orín sobre la tierra. Me balanceaba en cuclillas sobre mi charco y con un palo hacía dibujitos en la tierra húmeda mientras tarareaba una canción hasta que se me entumecían las piernas.

    Dibujitos, le llamaba Sylvia a las cosquillas que durante horas nos hacíamos la una a la otra en la espalda después de los deberes. ¿Nos hacemos dibujitos? me decía, y se levantaba por detrás la camiseta.

    Durante la siesta la casa dormía el calor.

    A veces hablábamos y a veces no, pero estábamos juntas y la muerte no existía.

    Cuando no estaba durmiendo, mi madre maldecía la vida y lloraba su decepción por los rincones. Alguna vez salía al patio para tender la ropa, pero nunca percibió que la magia bailaba entre las ramas de los frutales. Ella sólo escuchaba los maullidos desesperados de los gatos en celo que le hacían eco a su pena.

    En el centro del desierto, el patio era nuestro reino. Sylvia y yo, dos hadas azul cielo soñando el futuro entre los nísperos.

    Mientras los gritos envenenaban el aire en la casa, después del ritual del orín, yo me subía al almendro para verla llegar por el camino que bordea el río y la esperaba comiendo almendras verdes. La cáscara inmadura era muy ácida, pero el feto era blando y dulce como el agua. Ése es para mí el sabor del verano. Su música, los alaridos de los pavos reales que a lo lejos acompasaban aquel tiempo infinito como promesas extrañas de un tiempo mejor.

    Bajo un sol radiante espantábamos el temor de estar marcadas para siempre refugiándonos la una en la otra y confiábamos en que saldríamos indemnes cuando consiguiéramos escapar de allí.

    Sin embargo, poco a poco, la idea de la vida que mi madre blandía como una amenaza en la que no queríamos creer consiguió imponerse.

    Despacito, sin apenas darnos cuenta, dejamos de sentirnos poderosas, luminosas, limpias y bellas porque el miedo a la penumbra, siempre acechante, nos venció.

    Dejamos de subirnos a los árboles y, de forma imperceptible, depusimos la alegría.

    Crecimos y el cielo se fue llenando de sombras inquietantes, pero las pocas veces en que nuestras obligaciones nos permitían estar juntas, conseguíamos conjugar la magia de nuevo, y en esos ratos de confidencias y armonía en que ella escuchaba mis penas y provocaba mi risa con sus tonterías mientras me secaba las lágrimas con sus manos, cualquier cosa volvía a ser posible.

    Y de pronto, cuando su existencia seguía siendo imprescindible, Sylvia murió y me dejó aquí sola, en el centro de esta tierra despoblada, mirando anhelante al cielo.

    Desde entonces, hago ver que estoy completa y todos los días lucho sin pausa por un poco de alegría.

    Nunca he vuelto a aquel patio de mi infancia lleno de árboles frutales, pero cuando pienso en Sylvia sé que, en el fondo de mi alma, aunque nadie lo sepa, sigo siendo un hada.

     

    https://twitter.com/BeatrizNogareda/status/1317593923812995072?s=20