• 4 marzo, 2022 a las 6:15 pm ver respuesta

    Voy contigo, Olek (Enlace a la Publicación en Facebook. De Celso Barrutia)

    Oxana no conseguía quitarse el frío de las manos, aunque no le molestaba el dolor, sólo necesitaba que le respondieran en el momento preciso. Cuánto pesaba aquel fusil ¿Cómo podían correr los soldados con él? Aquí les espero con el último aliento de vida, entre las ruinas del único hogar que conocimos. Qué rápido habían pasado estos 79 años.

    – Llenamos esta casa de vida con nuestros hijos, y aquí permaneceremos los dos juntos, mi amor – susurró mirando a los ojos inertes de su marido.

    A Olek le había sorprendido la muerte levantándose de su mecedora, a él y al joven voluntario que iba casa por casa asegurándose de que todos habían bajado al refugio - ¿Cómo demonios se llamaba aquel chico? Estaba segura de que era del barrio, pero no se atrevía a mirarle a la cara, le daba miedo conocerlo como a otros tantos jóvenes voluntarios de la defensa civil a los que desde pequeños había preparado meriendas y celebrado cumpleaños.

    Muy delgado para ser el hijo de los pasteleros, ¿llevaría el uniforme manchado de azúcar como cuando era niño? Nunca consiguió ir limpio al colegio. La pastelería ya sólo es una sombra negra en la fachada.

    Demasiado alto para ser el hijo del ingeniero… que llorón era ese niño, tan menudo y tan llorón. Sólo conseguía recordarlo llorando: porque se había caído, porque le había ladrado un perro, porque había perdido la pelota… ahora estaría llorando asustado en una trinchera, armado con un kalako, esperando tembloroso a enfrentarse a su destino. Ojalá tenga al menos la oportunidad de disparar antes de que lo mate una bomba. Hay personas que sabes que no van a sobrevivir a esto: tú lo sabes y ellas lo saben. Mujeres u hombres, valientes o cobardes hasta ese día, aceptan su destino, dejan atrás su vida y la entregan al deber.

    Que puta es la guerra, Olek

    De repente, unos siete soldados aparecen por la calle. Un pelotón con algunas bajas. Agachados, avanzan a saltos, cobijándose: de la furgoneta quemada del panadero al Volkswagen aplastado del arquitecto, ahora tras ese coche híbrido al que le robaron las baterías para el refugio… ahora detrás de los maceteros… por turnos, cada uno de ellos levanta la cabeza para otear – como suricatos, piensa divertida - hace un par de días veía sentada en su sofá un documental de suricatos en National Geographic.

    - Olek, estos son nuestros valientes, desplegándose para emboscar a los rusos – Quiso gritarles unas palabras de ánimo, pero temió delatarlos. Se habían parado a unos 15 metros, en el parque infantil, formando un pequeño círculo. Los colores alegres del tobogán y los columpios contrastan con las ruinas y los uniformes pardos. En el centro, uno de ellos lloraba amargamente, otro intentaba consolarlo y el resto permanecía en silencio, asustados, casi los veía temblar desde allí. De la guerrera de uno parecía asomar un pañuelo de mujer, ¿sería de su madre o de su novia? Otro frotaba nervioso lo que parecía una cruz, como si su amuleto solo rechazara las balas mientras que lo mantuviera reluciente.

    No escuchaba qué decían. Desde la explosión sólo oía un pitido continuo, así que imaginó las palabras de ánimo del tipo grandote al más joven, que intentaba contenerse, pero aún hacía pucheros ¿qué les habría pasado? Estos niños deberían estar jugando a la Play en su casa, abrazando a sus padres o pensando en si ganarán el partido de fútbol del sábado…

    – Olek, cómo me gustaría salir de este escondite y abrazarlos como si fueran nuestros propios hijos y decirles que todo va a salir bien… seguro que entre todo este caos tú habrías encontrado cómo hacerles una buena sopa.

    Hasta que uno de los soldados se gira, y decepcionada, distingue en su manga la bandera tricolor rusa, y no la cinta amarilla de los ucranianos.

    ¿ya no eran niños asustados?, ¿ya no tenían padres?, ¿ya no tendrían que estar jugando a la Play? Ahora eran demonios asesinos. Demonios tan asesinos y despiadados que lloran acojonados llamando a sus madres…

    – Que puta es la guerra, Olek – repite apretando los dientes.

    El primer disparo lo dirigió a propósito al cuerpo del más grande, tenía pinta de ser el que cuidaba de los demás. Cayó fulminado delante del llorón, que sólo levantó la vista. Ni intentó ponerse a cubierto, en su mirada reunió la última entereza que le quedaba, esperando que su final fuera rápido.

    Oxana disparó sin piedad, ya no le quedaba: los hijos de Rusia caerán antes que los hijos de Ucrania. Dos jóvenes rusos por la vida de una vieja kievita es un buen saldo. Voy contigo Olek, estoy cansada de esto.

    Gloria a Ucrania.