• RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    17 julio, 2022 a las 10:30 pm ver respuesta

    https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=pfbid0483yfJinGFADVestVFVvRjui6c4FnkBE5ZR3nsTuxznaSGV41nqGRMpbN8tBZUUfl&id=100000507174059

    Participo en el concurso Historias animales de Zenda con el enlace publicado en mi muro de Facebook Rafael Blasco López.

     

    RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    17 julio, 2022 a las 10:25 pm ver respuesta

    Zenda el 6 de julio, 2022 a las 11:56

    Un animal doméstico. O salvaje. O varios. Una historia contada en primera persona, por el propio animal, o por cualquier otro narrador. Real o ficticia. Actual o de cualquier época. Escribe un relato y participa en el concurso de #historiasdeanimales de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El plazo para participar comienza este miércoles 6 de julio.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con con 2.000 € en premios. El autor del mejor texto ganará un premio de 1.000 euros. Y los de los dos relatos finalistas recibirán 500 euros cada uno

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias de animales deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar desde el miércoles 6 de julio de 2022, a las 12:00, al domingo 24 de julio de 2022 a las 23:59. El miércoles 27 de julio publicaremos en Zenda una selección con las 10 historias que optan a los premios. El viernes 29 de julio de 2022 se difundirán los nombres del ganador y del finalista.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasdeanimales en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

    https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=pfbid0483yfJinGFADVestVFVvRjui6c4FnkBE5ZR3nsTuxznaSGV41nqGRMpbN8tBZUUfl&id=100000507174059

    Participo en el concurso de Zenda Historias animales con el enlace publicado en mi muro de Facebook Rafael Blasco López.

    RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    17 julio, 2022 a las 9:51 pm ver respuesta

     

     

    RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    18 octubre, 2020 a las 9:19 pm ver respuesta

     

    Relato publicado en mi muro de Facebook. Rafael Blasco López.


    El adiós del viento


     


    Arrastra el viento el silencio espeso entre la ausencia permanente de sus calles.
    Movidas por el mismo aire, algunas ventanas dicen adiós como manos de espíritus. Muestran para el recuerdo interiores rústicos, modos de vida ahogados por el exilio hacia un supuesto estilo de vida mejor.
    La energía que tanto costó llegar, se batió en retirada con el mismo goteo sangriento de los vecinos. Desterrados de sus raíces, se marcharon en busca de un nuevo Dorado llamado progreso.
    Algunos muros se desplomaron llorando; lento, agonizando, derrotados por el abandono; lágrimas de piedra y adobe desparramadas que vaticinaban el triste final.
    Antaño un manto verde rodeaba la colina sobre la que emergía feliz la aldea. Triste y vencida la hierba, se rinde ahora lánguida sobre la inmensa marea de grietas que muestra la llegada de la muerte con una palabra, sequía. Ajeno al resto del mundo, no es el lugar el culpable de la escasez de agua, expira dolorido en su último y árido aliento por el cambio climático que el avance “humano” ha provocado.
    Como en la peor ironía, es más fácil hoy importar alimentos de otro continente que seguir cultivando la tierra que pisamos, la misma que nos vio nacer y crecer. Otro joven que se aleja de sus orígenes. Otro anciano que resta días de su vida. Otra puerta que enmudece para siempre. Otro silencio de morada eterno hasta el derrumbe final. Otra estocada por la espalda al lugar y las personas que contribuyeron calando de sudor y esfuerzo gasones y cepas.
    La sentencia está dictada, ejecutada a dedo por un ente invisible que arrasa con las causas provocadas: desertiza, tritura y encarcela en el pasado nombres, viviendas y vidas.
    Poco importa si es el último o el penúltimo. El hombre deja la maleta sobre unos riscos, se gira y mira las casas de su pueblo, puede que por última vez. Los Sardineros, localidad de Requena en la Comunidad Valenciana, una ínfima gota despoblada en España, ¿cuántos puntos diminutos de soledad se han sembrado en el mapa de nuestro país?
    Pletórico de quimeras, el forzado migrante espera alcanzar lo que considera un triunfo, un nivel de vida que le hará enterrar los sueños atrás vividos. No sabe si alegrarse o llorar. Tan solo escucha gemir al viento con un llanto de despedida que se introduce en su mente y desgarra su alma.

    RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    18 octubre, 2020 a las 8:34 pm ver respuesta

     

    Participo con este relato publicado en mi muro de Facebook. Rafael Blasco López.

     

     

     

    Donde mora la felicidad


     

     Una marea infinita de cepas me acompaña en el trayecto de la comarcal trescientos treinta y dos, desde Requena en dirección Albacete.


     En el horizonte, un sol acomodado sobre las montañas saluda, cobija y relaja, con las nubes como fieles aliadas de un azul etéreo que no existe en otra parte del planeta.


     Al terminar una pequeña ascensión que recorro en escasos minutos, el monte ofrece un pasillo triunfal en la carretera. Ya en otra altitud, regresan los viñedos alternados con algún manto de almendros. Un ejército de pinos aparece amenazador a la derecha, agresivo por conquistar a su oponente en una batalla del esfuerzo del hombre contra la naturaleza salvaje.


     Junto a una señal de stop antes de comenzar el declive que nos acerca a la aldea de Los Isidros, nace el camino de mi destino. Tras las últimas manchas de asfalto, ruedo sobre tierra. Se levanta una nube de polvo como si entrara en otra dimensión. Los baches y socavones se suceden tal baliza aduanera que retrasa la entrada al paraíso. Al fondo, una frontera de pinos forma el cartel de bienvenida.


     Hace rato que no escucho  nada. Al pasar junto a los primeros árboles el silencio se adueña de mi mente, ordena tajante mutismo, dibuja una sonrisa en mi rostro.


     Desde el camino nace una senda con algunos brotes de rocas vivas que obligan a reducir la velocidad, jueces ellas de cumplir la primera ley del lugar, calma. Los pilares con ramas forman casi una herradura, cubierta en su base por agujas de pino. Varias mesas de piedra invitan a un festival gastronómico, o tal vez solo a sentarse y no pensar en nada.


     Matas de romero y tomillo cohabitan aromatizando el lugar, me siento en casa y estas son mis macetas libres. Las piñas caídas adornan anárquicas jugando al escondite con los espliegos.


     Los sentidos, secuestrados y maniatados por la tiranía contaminante de la urbe, se despiertan y disparan hasta la catarsis de las endorfinas. El aire puro y limpio penetra en lugares que mis pulmones desconocían. Graba la vista en mi cerebro hasta el último de los rincones, como si fuera esta la elegida visión final de mi vida.


     No hay ruido. No hay gritos. No hay motores agresivos, ni llamadas tecnológicas impertinentes. Tampoco hay disparos del televisor. El silencio me ha transportado a un oasis llamado paz.


     Mi tensión desaparece. La parte negativa de mi alma es arrastrada al fondo de la tierra, liberando a un nuevo yo que expira relajado entre la blandura de la musculatura.


     Alzo la vista, blancas figuras en el cielo me piden que juegue con ellas, acepto y me tumbo a mirarlas sin dejar de adivinar sus formas.


     Como el aire, no se ve la energía que transmite la tierra; se siente, me recarga, borra de un soplo mis dolencias y completa mis baterías gastadas eliminando cualquier rastro de apatía.


     Estoy sin duda en otro espacio, un lugar donde el tiempo es algo ajeno, lejano, una cadena rota de esclavo que solo deja espacio a dos palabras: libre y feliz.


     Coloquialmente llaman al lugar “El Santo”. Dicen que aquí hizo su aparición san Antonio, no me extraña nada, ya que no hay mejor remanso de paz.


     Abandono andando El Santo por el camino que me lleva a las tres filas de casas que allí resisten a duras penas. Salvo tres o cuatro rehabilitadas, otra media docena se desploma dejando caer parte de sus muros de adobe y piedra, la mayoría hacia su interior, tal vez con la intención de no perturbar o estropear el orden del sacro lugar. Algunos tejados aparecen hundidos, o tan inclinados que parece que vayan a caer en cualquier momento. Otras viviendas han sido profanadas y desvencijadas por vulgares saqueadores, dejándolas como el chasis de un ánima en pena. De vez en cuando aparece alguna ventana medio abierta; muestra tímida los restos de sus enseres, su modo de vida del pasado, con un mutismo que abre la mente hacia la duda sobre si mi tiempo moderno es lo más acertado. Sillas de mimbre junto a la chimenea, alguna mesa de madera roída por la polilla sobre la que cae la cal que se descorcha de las paredes, así como la piel abandona el cuerpo de un cadáver.


     Esta aldea en ruinas, seguro que albergó a la gente más dichosa entre numerosos lugares. Quizá La Muela solo sea la lección no aprendida por muchos que abandonan su santo lugar en busca del cómodo progreso; de la vida fácil, de las modernidades que nos vencieron envenenando nuestras mentes de falsa felicidad, por la que luego pagamos por escapar a ratos de ella para ir a otros santos lugares.


     Regreso a mi vehículo tan lento como puedo, buscando en cada piedra, cada leño, la excusa para no marcharme. Emprendo el camino inverso, otra vez la nube de polvo me acompaña, baja el telón del espectáculo de la serenidad.


     Decía el poeta, “al lugar donde has sido feliz, no debieras jamás de volver”. Se equivocaba, cada vez que regreso nada cambia aquí, me sigue atrapando cada rincón del alma. Pienso volver a bañarme de tranquilidad, a sentir el amor al silencio más allá de la carencia de ruido. Regresaré a inundarme de ausencia de mí mismo, a formar parte del viento que limpia mi veneno interior, a ser amigo de las nubes y fundirme con la tierra. Abrazaré esos gigantes y bajo su sombra seguiré soñando que mis raíces son tan profundas como las suyas. Pese a no ser nativo pertenezco al paisaje, pues si algún sueño común persigue el hombre es la felicidad, y ella mora aquí: en La Muela.

    RAFAEL LÓPEZ
    Participante

    3 octubre, 2017 a las 12:47 am ver respuesta

    https://www.facebook.com/notes/rafael-blasco-lopez/recuerdos-cansados-elclubdelospoetasvivos/294772500549653/