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Actualización al enlace. Me dijeron que no funciona, y aunque desde anooche estoy tratando de incluir el nuevo, y el relato, por algún motivo no se actualizan los cambios. https://www.instagram.com/p/Ci8OMcrrVjJ/

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a great regret

dejo mi aporte como retribución a su obra #javiermarías https://www.instagram.com/p/Ci9QbjCu4Zf/

Mi participación (999 palabras, relato: https://www.instagram.com/p/Ci8hKIiMtpi/?utm_source=ig_web_copy_link [Copio aquí el texto por si fuera incómodo leerlo en Instagram:] Subió hasta el tercer piso saltando escalones de dos en dos. El ascensor, antiguo, de rejilla, le había parecido pobre vehículo para sus emociones. Mientras recuperaba el aliento, encontró iluminado por una ventana que quedaba a su derecha el timbre que buscaba. Le sorprendió, en un edificio tan antiguo y elegante, que fuera del tipo usual, de plástico y semejante a los interruptores de luz más normales. Relamió las iniciales, tan admiradas: “J.M.”. Al ver tan cerca su objetivo le invadieron cosquilleos y sudores fríos Trató de no pensar demasiado y avanzó hacia la puerta. Se apoyó en el marco y respiró hondo. Todo aquello: las averiguaciones, el atuendo tan pensado, el estudio detallado de los horarios, la mentira a la portera, … Todos los preparativos y los pasos previos culminaban en ese instante, la empresa le había llevado horas. La inversión era grande y ya iba a saber en qué quedaba, cuál era la retribución de tanta y laboriosa molestia. Notó que el corazón le latía muy deprisa. Trató de dominarse y no ceder ante la ansiedad. Pensó que debía arreglarse un poco, todo en aquel edificio eran nobles arcos, dorados y parqué: se enderezó, se metió la camisa y se secó las manos contra los bolsillos traseros del pantalón y después de mirar fijamente una elaborada mirilla que había en la hoja izquierda de la puerta, se decidió a llamar de una vez. Pero en el momento en que su dedo rozaba ya el interruptor del timbre, oyó descorrerse el mecanismo de la cerradura y se echó a un lado, con el corazón en un puño. Dio la espada a la puerta y perdió su mirada en el juego de luces y sombras desplegado sobre las escaleras por entre las rejas del ascensor. Notaba sus mejillas ardiendo por el rubor. Llevaba ya un rato con la mirada clavada en las motas de polvo que flotaban en un halo entre los barrotes que sostenían la barandilla cuando cayó en la cuenta de que nadie había salido por la puerta. No habían sonado pasos ni notaba presencia alguna con él en el descansillo. ¿Y si le hubiera oído llegar y le hubiera observado por la mirilla, tan elaborada, mientras él se preparaba para pulsar el timbre y hubiera abierto para ver qué hacía aquel gordo descomunal frente a su puerta y ahora le estuviera mirando desde el umbral, con la espalda apoyada en el marco y los brazos cruzados, esperando a que dejara el fingimiento, aparentando azar? Resolvió bajar las escaleras y mirar a través de la reja del ascensor a ver si había alguien en la puerta, pero no llegó ni a pisar el primer escalón, sino que se volvió inmediatamente. En el umbral, con la puerta abierta de par en par, no había nadie. “Han abierto, pero no han salido. Puede que haya olvidado algo dentro y por eso ha vuelto dentro. En cualquier caso, no ha sido por mí”. Sopesó las nuevas posibilidades. Podía fingir un encuentro fortuito y trabar conversación mientras bajaban a la calle. Se quedó quieto, junto a la barandilla, escuchando atento a la espera de algún ruido que le avisara de la salida inmediata del escritor. “¿Cuánto puede durar una conversación así? ¿Dos minutos? ¿Tres? ¿Será suficiente? No, mejor revelarle a las claras qué hago aquí”. Pero ¿qué hacía ahí? ¿Qué esperaba que pasara una vez se pusieran a hablar? ¿Qué quería conseguir? “Ánimos probablemente, una opinión que me validara, un consejo, una promesa de publicación… Algo saldrá, aún no sé qué es lo que me conviene, pero el sí lo sabrá”. ¿E iba a atenderlo sin más? Estaría harto de recibir a escritores bisoños necesitados de recomendaciones, y probablemente la mayoría tendría el libro ya escrito, incluso varios y algún premio. Toda la situación le pareció estúpida y él un ingenuo. Si quería escribir que currara, aquello no era sino un intento de atajo. Dejó de pensar por un momento, ensimismado, hasta que reparó en aquel cuadro color dorado junto a la puerta abierta, fijos sus ojos sobre las iniciales, garabateadas con un rotulador de color negro: “J.M.”. “Jesús María”. Fue la primera vez que pensó en el nombre fuera de una portada, una columna de opinión o una entrevista con ocasión del lanzamiento de un nuevo título y por vez primera lo pensó como un nombre cualquiera y no el nombre de Jesús María. Le sonó a nombre de torero beato o cantante monaguillo. Parecía un chiste. “Es una persona cualquiera”. Al pensarlo así se sintió seguro, acertaría con las preguntas, las que le soltaran la lengua, y no necesitaba más para resultar agradable a cualquier hombre entrado en edad –porque era eso solamente: un hombre–. Pleno de confianza se volvió a encaminar a la puerta, atento al momento en que  apareciese la figura pequeña y fofa del escritor. Buscándola, fue asomándose poco a poco, hasta que ya casi veía a través de una segunda puerta, también abierta, y dentro de la casa. Sin darse cuenta franqueó el primer marco. Ansiaba el encuentro y el inicio de la conversación, no veía por qué debía seguir esperando a aquel tipo, porqué tardaba, e impaciente, sin reparar en ello ni darle importancia ni comprender del todo lo que hacía, pasó al recibidor. A su lado un montón de libros llegaba casi hasta el techo. Siguiendo la luz llegó a la única habitación iluminada, las demás oscurecidas para conjurar el frescor, tan esquivo las tardes de verano en Madrid. Se trataba de un despacho, rebosante de libros la mesa, la estantería detrás y un expositor giratorio que quedaba a su derecha, junto a la ventana. Oyó un leve crujido a su espalda y se volvió justo para ver una sombra fantasmal desaparecer por el recibidor. La cordillera de libros se oscureció y las puertas se cerraron sonoramente, despidiendo al autor. Se había quedado solo, con los soldaditos de plomo y las fotografías literarias, también los cuadros y, entronizada, la máquina de escribir.