• Enrique Vila
    Participante

    4 abril, 2020 a las 11:42 pm ver respuesta

    Enrique Vila el 4 de abril, 2020 a las 23:37

    https://www.facebook.com/enrique.vilasoler/posts/10218163431816773

    Hecho:

    EL PIRATA ROBERTS (Bendito insomnio)

     

    Bendito insomnio. Parecía superado pero sólo esperaba la oportunidad de atormentarme. Caía rendido en cama tras un vacío y aciago día dedicado a las noticias sobre la puñetera pandemia. Cogía el sueño con la misma facilidad que, horas después, se abrían los ojos sin darme tregua. La caja de orfidal en el cajón de la mesilla me tentaba, ya costó lo suyo dejarlo el año pasado. Próximo reto el tabaco, no necesitaba más vicios y el whiskie de malta ni pensarlo.

    Ahí estaba, frente a la ventana, sentado cigarro en mano y Aberlour – dos dedos – sobre la mesita junto al último libro. Las 4 a.m. y la calle desierta ni animaba a leer, ni a más que dar caladas y sorbos, y mirar hipnotizado la quietud de la avenida a la que daba mi ventana. Una calle ancha en cuesta a 500 mts. del Hospital General. Subida al Monte Picayo le llamábamos los sábados de madrugada sin un duro y haciendo eses. Jodida juventud pasada.

    La luz de portería, justo enfrente, se encendió. Un hombre, de mi estatura, separaba una loseta de pared y se quedaba en ropa interior vistiéndose de nuevo con pantalones y camisa verde, mascarilla y guantes. Se caló la chaqueta y tomó camino, cuesta arriba, hasta que quedó fuera de vista. Sanitario, pensé, de los que daban lo mejor de sí para que el resto observáramos desde intranquilas atalayas. Pura envidia. Alguien que hacía algo por nosotros sin limitarse a mirar y esperar que la tormenta pasara. No como yo, prejubilado a los 55, sueldo íntegro y tiempo para aburrirme sin saber cómo ayudar. Apuré otro vaso, dos cigarrillos y me acosté sabiendo que pasaría otra noche en vela.

    El día siguiente fue una repetición. Levantarse pronto, desayunar, leer sin ganas, aburrirse viendo series y noticias, falsas o no, en el móvil, preparar algo de comer y esperar mejores noticias que no llegaban. La noche, un calco. A la misma hora estaba pendiente de portería y hombre. Ahí estábamos los dos y nuestra rutina. Y al siguiente, y el siguiente del siguiente y toda la semana. Ocho días después quise que supiera que no estaba sólo, que alguien le admiraba y encendí la luz cuando salía de su portal para saludarle desde mi ventana.

    Miró sobresaltado, sorprendido en su secreto, pero al verme en la ventana, vaso en mano y cigarro en otra, levantó su derecha y el índice a los labios pidiendo discreción. Hice lo mismo, levanté la mano del pitillo y le aseguré silencio agachando la cabeza, aceptando. Se marchó, como siempre, y yo a intentar, sin éxito, dormir.

    Pedía que la noche llegara para saludarle; quería transmitirle algo más que un gesto silencioso, imposible entonces. Me conformaba con el saludo silente que cambiábamos, algo es algo, me decía. Aquello se convirtió en el momento del día – de la noche – tanto que me tenía pendiente cavilando sobre su profesión, motivo de vestirse a hurtadillas y todo lo que mi ociosa mente imaginaba.

    Una noche, no recuerdo cuál, me saludó pero distinto. No sé qué, pero sentía la diferencia como un extraño ruido del coche. El consciente no lo percibía, el subconsciente, siempre alerta, lo tenía claro. Se alejó con paso lento, inseguro, y poco después, rodilla en tierra, le costaba levantarse. Miró hacia mi ventana y aunque negaba con la cabeza bajé corriendo los dos pisos y la desierta avenida sin cuidado del inexistente tráfico. Rogó en vano que me alejara, levantó la mano pidiendo soledad pero ni podía, ni quería, obedecerle. Le levanté mientras recogía su tarjeta. Mario Solera Pérez, celador.

    Respiraba con dificultad y lo llevé a mi casa contra su deseo y solté el teléfono con que iba a pedir ayuda ante su mirada. Sentado, con su uniforme verde bajo el chaquetón, confesó. No era Mario, ni era su identificación. Vivía con su anciana madre de ochenta y ocho años a quien le quedaba, diagnosticado, poco recorrido. Jubilado de la Administración por una lesión respiratoria agravada por la edad, pasaba los días vegetando y mirando el reloj sin nada interesante que hacer cuando Mario, su pareja, celador del hospital se había infectado del jodido covid19, llevándoselo por delante sin remedio ni velatorio. Aburrido de ser inservible, de no estar en trinchera, se decidió. No podía vestirse en casa, demasiadas preguntas, pero acudía a diario al hospital bajo una identidad que nadie comprobaba y era feliz de aportar, de ayudar. Luego volvía, desinfectaba todo y lo escondía tras la loseta del rellano. Así llevaba tres semanas, tiempo suficiente para que el bicho se hubiera adueñado de sus pulmones y salud. Parecía contento y todo.

    Medio adormilado lo llevé a la cama y tuve envidia de su profundo sueño. Lo vi claro. La hora siguiente estuve esparciendo agua con lejía por su ropa, mascarilla y guantes, y me vestí con ellas decidido a dar sentido a mi vida. Nervioso, acudí a la zona de urgencias del hospital, nadie se extrañó. Recibía órdenes de trabajo que hacía lo mejor que podía imitando a mis compañeros. Hasta cuando me despedí de ellos llevaba la máscara puesta y nadie me reconoció.

    Cuando llegué a casa, el supuesto Mario estaba despierto, débil y ojeroso, pero me vio llegar con sus ropas y falsa identificación y sólo me pidió que me cuidara mucho antes de cruzar la calle y girarse en el portal y enviándome una sonrisa que acompañó con el dedo pulgar hacia arriba.

    Hace dos días que a la misma hora que salgo una persona en batín me saluda cuando me dirijo al Hospital desde la acera de enfrente, otro insomne. Me sigue con la mirada y me recuerda mucho a alguien.

    No sé cuánto aguantaré ni me importa, pero sí que jamás he dormido mejor.

    Enrique Vila

     

    Enrique Vila
    Participante

    4 abril, 2020 a las 11:37 pm ver respuesta

    Zenda el 3 de abril, 2020 a las 09:56


    Nuestros héroes, por Augusto Ferrer-Dalmau.

    Cuenta una historia heroica. Una historia actual, contemporánea, que puede ser real o ficticia, que puede protagonizar una persona  o un grupo de personas que estén enfrentándose al coronavirus. Cuenta una historia, publícala y participa en nuestro nuevo concurso, que comienza este viernes, 3 de abril y termina el lunes 13 de este mismo mes y que está dotado con 3.000 euros en premios.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    El jurado, que elegirá un ganador y un finalista, valorará la calidad literaria y la originalidad de los textos. El primer premio está dotado con 1.000 €. Los diez ganadores del segundo premio recibirán 200 € cada uno.

    1) Las historias deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: Del viernes 3 de abril de 2020 a las 12:00, al lunes 13 de abril de 2020 a las 23:59. El miércoles 15 de abril publicaremos en Zenda una selección con las 30 historias que optan a los premios. El viernes 17 de abril de 2020 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 y de los 10 ganadores del segundo premio de 200 euros.

    De entre los textos publicados en el plazo indicado, un jurado, formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez, elegirá un ganador y diez finalistas. El jurado valorará la calidad literaria y la originalidad de los textos.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #NuestrosHéroes en las redes sociales.

    El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. La dotación para los diez ganadores del segundo premio es de 200 € en metálico. (3.000 €, en total).

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

    https://www.facebook.com/enrique.vilasoler/posts/10218163431816773