• 9 junio, 2017 a las 11:20 pm ver respuesta

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    9 junio, 2017 a las 11:11 pm ver respuesta


    Debido a mi desconocimiento para mandar url dejo el texto aquí. Debajo del texto mi dirección de facebook. Muchas gracias por fomentar esta hermosa actividad.







    Lejana


     


     


    Cuando quiero acomodarle el cabello Anabel me rechaza con el hombro. Estamos acostados. Afuera comienza a amanecer. Yo imagino el sol, asomando. Es agosto, y corre viento.


     Me levanto para ir al baño. Sobre el costado de la bañera aún está la pequeña tableta de cartón con dos imperceptibles líneas rojas. Abro la canilla y el agua sale helada. Es un alivio cuando cae en la nuca.  En la cocina el aire todavía está viciado. Sobre la mesa hay vasos y botellas de vino.


    Anabel se levanta y cruza hacia el comedor en bombacha y corpiño. Se pone una camiseta del suelo. Dice algo que no entiendo. Ana, digo, y mi voz es un lamento. Se dirige a la heladera. Me dejo caer en el sillón. Ella me observa mientras toma agua.


    ¿Sabés?, dice, me ilusioné con esa cabaña. Y me mira desde la cocina. Yo escucho cómo late mi corazón. No sé si podré aceptar lo que ocurrirá. ¿Con cuál? pregunto, aunque sé de qué está hablando. Se acerca y se sienta frente a mí. Toma un cigarrillo, lo enciende y acomoda los pies desnudos en el sillón. Da una pitada larga y lo deja. Se levanta para correr la cortina. Una luz muerta cae pesada sobre la habitación. El hilo de humo azul sube hacia el techo. Cruzaste un límite, dice. Mataste la confianza, Gustavo.


    -Ana…


     Mi voz es como ese hilito de humo que ahora envuelve la lámpara apagada.


    -Sí –dice abrazándose las piernas, acurrucada e indefensa. Y yo me siento morir un poco.


    Con Anabel nos conocimos de niños. O mejor dicho: yo era un niño de doce años, y ella una señorita de catorce. Ese verano las familias iban a  la playa, por las noches cocinaban rabas y tomaban vino blanco. Luego su padre hizo lo que cada tanto: irse de la ciudad. A mis quince nos volvimos a encontrar. Yo entonces era un joven desgarbado y tímido, así que debió ser ella quien, con la excusa de darme un calmante para mi dolor de muelas, me arrinconó en la cocina y me besó. Desde entonces no nos separamos.


    —La mataste —repite—. Rompiste el pacto que teníamos.              


    —No digas eso, Ana —suplico—. Yo te amo.


    —Sos un caradura, Gustavo. Al menos tené dignidad.


    —Ana —digo casi para mí. Hundo la mirada en el piso. No sé qué decir.


    —Ayer hablé con mi hermano. Hay vacantes en el hospital de allá. Me voy.


    —No digas eso, Anabel. No digas estupideces.


    —Nunca en toda mi vida hablé más en serio —dice con una mirada tan muerta como la luz que entra por la ventana—. Nunca.


     


    Anabel tiene los ojos marrones; el cabello, que le llega a los hombros, es colorado y negro; las caderas anchas y la espalda, perfecta. Hace una semana subió a su bicicleta y tomó la calle principal, hasta la rotonda. Allí estaba el auto estacionado. Siguió hasta la esquina. Luego volvió por la otra vereda. Se detuvo frente a la puerta del edificio. Dijo: me temblaban las manos, ¿sabes? El corazón me latía más fuerte. Entonces me apoyé en un poste. ¿Sabés lo que es estar parada, sola, a las dos de la mañana, sin saber qué hacer? No. No tenés ni la más puta idea. Después dijo: me acuerdo que tenía la garganta seca. Tomé con más fuerza el candado y la cadena.


     


    El pasillo estaba oscuro. Anabel vio una escalera curva con escalones de piedra blanca, y subió. Había luz al final, en el último departamento. Al acercarse oyó el sordo eco de voces, como risas. ¿Sabés qué sentí?, me dijo. ¿Querés saber lo que sentí en ese momento, antes de golpear? Sentí que no valía nada.


    Entonces hubo silencio. Luego la llave giró. Cuando Mónica abrió la puerta Anabel me vio salir de la habitación, en calzoncillos. ¡Hijo de puta!, gritó. ¡Hijo de puta! Revoleó el candado y dejó un hueco en la pared. ¡Calmate Anabel!, alcancé a decir.


     


    Ahora, en bombacha y remera, sentada en el sillón, mirando a través de la ventana, la veo tan sola y tan real y tan única, que sé que si se va me muero.


     —Ana —le digo—. Ana, escuchame. No te vayas. Dejate de joder. Por favor, te lo ruego.


    Pero no me deja entrar. En estos días, en ocasiones me ha mirado con verdadero odio. A veces parecía lástima. Entonces yo creía percibir algún resquicio. Echada en el sillón que compramos cuando nos mudamos, el puto sillón que ella misma eligió, la siento absolutamente lejana.


    Desde el balcón el cielo se ve amarillo. Suena el teléfono y Anabel atiende. Hace algunos años fuimos al mar. Era otoño y caminamos por la playa. Cuando llegamos a unas rocas donde el agua rompía sin fuerza, trepamos y prometimos, antes que nada, respetarnos para siempre.


    Anabel tenía el pelo más largo que ahora.


    Cuelga el tubo y enciende otro cigarrillo. Se queda parada, de espaldas al balcón, mirándome. La luz resalta su figura y yo, sentado en el sillón, asumo toda la culpa. Sé lo que va a pasar. Cuando apenas dice: me llamó… la interrumpo de manera súbita.


     —Ana. Por favor, te lo suplico.


    Entonces la abrazo y mi mano derecha acaricia y protege su vientre.


     —Ana…


    Anabel lleva su mano tibia hacia la mía y la acaricia, inconsciente. Luego la retira casi con violencia.


     —Hablé con mi hermano. El lunes tengo una entrevista en el servicio de obstetricia del hospital de allá.


    El sol entra cálido por la ventana. Por detrás de los hombros de Anabel se levantan árboles sin hojas.


    —¿Qué vas a hacer sola? —le pregunto—. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué van a hacer?


    —Alguien me va a ayudar —responde, y se encierra en el baño.


     Desde el pasillo escucho el agua, que cae.


     


     

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    19 abril, 2017 a las 5:38 pm ver respuesta

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    Ahí dejo la dirección. Muchas gracias. Y mucha suerte para todos.