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#maestrosinolvidables https://www.instagram.com/p/CZDeDP7LRgT/?utm_medium=copy_link 8 “El primer verso lo regala dios”, dice un poeta anónimo y si dios, es un soplido en la mano que se alza y escribe un número en el pizarrón - pienso - ¿Será lo que brilla en su nariz aguda de isósceles será su cuerpo lánguido el centro dónde calcular la medida de la tierra? Elena ¿Cuál será la velocidad de la luz en sus palabras y la del intervalo de la última hasta la siguiente? ¿Habrá infinitos más largos que otros? Elena de 3° grado ¿Será creyente sabrá que prédica en una lengua trazada con visiones? ¿Sabrá calcular la fórmula de ésta ilusión cuando solo tenés 8? @patriciabruno_f

No te va  a gustar Ya no me acuerdo de los nombres de mis compañeros de aula ni de sus caras, salvo de Miguelito Sanardi.                                                                                    Corría la década del 60, 1966 para ser preciso, yo tenía 10 años y cursaba 4° grado en la Escuela N° 10, Ejército de los Andes en la localidad de Claypole, un barrio joven del Gran Buenos Aires con muy pocas calles asfaltadas y terrenos baldíos. Cerca de la plaza estaban los colegios: la “10” que era estatal y el “Madre María” que pertenecía a la Iglesia. Mis padres, que no eran muy amigos de los curas, me inscribieron en el del estado.                                                    No tengo recuerdos de mi niñez  temprana salvo el de mi maestra de primer grado. Me viene a la memoria su bondad, la cara pecosa y unos ojos celestes que parecían de vidrio. No recuerdo su nombre. Sí el de Amalia Bonacorsi, mi maestra de “4°”, el de la directora, la Señora Poloni y por supuesto “Miguel Sanardi”.                                                                                                                                                                                                                                                                  Amalia, de muy mal carácter, rendía culto a un viejo axioma: “la letra con sangre entra”. No eran sus clases ejemplo de constructivismo, ni Jean William Fritz Piaget su arquetipo de educador. Nos tenía a mal traer: interminables ejercicios de matemáticas que no alcanzábamos a resolver en los cincuenta minutos de clase y el “incompleto”, en rojo, humillando nuestros cuadernos; dictados sorpresivos que debíamos transcribir en cursiva de regular y uniforme tamaño, y la historia argentina con fechas de batallas, su ubicación geográfica y los nombres de los “padres de la patria”. Las clases de Lengua Española se limitaban a  reglas ortográficas, tiempos verbales, sujeto y predicado, modificador directo, indirecto, complementos. Lingüística pura. Nuestro “yo” creativo se reducía a: redacción tema “La vaca”, “Mi casa”, “La plaza de mi barrio”, etc. Otras veces eran breves y llanas oraciones: La vaca, Mi casa, La plaza, La maestra.                                                                                                                                                                                                                                                                        “La maestra” he aquí el quid de la cuestión, “exagitant rem” en latín, “click” de la cuestión en la línea cibernética actual.  No habían transcurrido quince minutos desde que nos mandó a escribirla cuando en riguroso orden alfabético nos hizo pasar al frente del salón a leer el trabajo. Uno tras otro fuimos leyendo nuestras pequeñas obras: “La maestra es buena”, “La maestra nos enseña”, “La maestra es linda”, “La maestra es inteligente”, breve conjunto de palabras que expresaban un juicio con sentido completo y autonomía, que endulzaba el oído de Amalia.                                                                                               Y llegó el turno de Miguelito. Provocador leyó: “La maestra es una porquería”. La cara de Amalia Bonacorsi paso, en pocos segundos, del blanco teta al rojo ira. Su grito llegó a la dirección del establecimiento. La señora Poloni, una mujer mayor excedida en peso corrió a nuestro salón. La veo abrir la puerta, confundida. Veo a la señorita Amalia vociferando no sé qué cosas y lo veo a Miguel Sanardi con sus diez años mirándonos desafiante, rebelde y una sonrisa que comenzó a dibujarse en su cara sin medir las consecuencias que puede traer una simple oración.

Mi aportación: Maestro Suerte a todos.

Eduardo Negri 4Hcac3he94h punsn mmomoentdo  · Compartido con: Tus amigos Hoy estudiaremos el planeta tierra Los arriesgados limpia domos ya se encuentran en la cúspide de la semiesfera de vidrio templado, triple capa, con sus trajes naranjas que los protegen de la atmosfera marciana, con potentes sopladores van despejando el polvo acumulado por las tormentas, adentro también se acicalan la aulas para el comienzo del período escolar, aspiradoras lavadoras pasan sus brazos robóticos por todas las superficies que puedan conte

Mi segunda participación en el concurso https://laletradepie.com/de-goma/ Muchas gracias