• 4 febrero, 2018 a las 11:25 am ver respuesta

    Zenda el 24 de enero, 2018 a las 09:50

    historias de superación en Zenda

    Zenda organiza un nuevo concurso de historias de superación,  con motivo de la celebración de Día Mundial contra el Cáncer. Este concurso, dotado con 3.000 euros, cuenta con un jurado formado por los escritores Espido Freire, Lara Siscar, Paula Izquierdo, Juan Gómez-Jurado, Juan Eslava Galán y Miguel Munárriz.

    El plazo para participar en este concurso patrocinado por Iberdrola, comienza hoy, 24 de enero, a las 12 del mediodía, y termina el domingo 4 de febrero a las doce de la noche; el día que, desde el año 2000, fue instaurado como Día Mundial del Cáncer con el objetivo de aumentar la concienciación y movilizar a la sociedad para avanzar en la prevención y control de esta enfermedad. El martes 6 de febrero publicaremos en Zenda una selección con los 10 relatos que optan a los premios. Y el jueves 8 de febrero se difundirán los nombres del ganador y del finalista.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook o como un tuit en Twitter.

    3) Después, debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar ahí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasdesuperación en Facebook y Twitter.

    En este enlace puedes leer las bases detalladas del concurso. ¡Participa!

    Saludos

    https://www.facebook.com/josecarlos.conesasalguero?ref=bookmarks

    Siempre adelante

    Cada amanecer un nuevo triunfo, otra llegada más a algún lugar con la sonrisa prófuga y esquiva al siempre certero vaivén de la parca acechante. Cómplice al sol estival, tras su primer remojón frente a la costa cartagenera, cobraba vida con el inequívoco olor a mar de la Playa de Levante, su mejor orilla del Mediterráneo.

    Como sabia entendedora de incertidumbres, alegaba sentirse verdad enarbolando, a la par, el realismo de las tristes y su irónica visión de caminante ufana por la existencia merced a la cual, con frecuencia y sin desdén, situaba sobre su espalda al único futuro posible aceptando, con flemática prestancia, el ineludible designio de los tiempos llegados para restar.

    En su ya lento caminar por tan mágico rincón de España, mostraba esa singular determinación sólo inherente a quienes jamás cedieron a las presiones del capricho. Por eso iba y venía, al son de su conciencia, con idéntica firmeza entre éxitos y fracasos deambulando, fiel al austero socaire de la experiencia, con arrogante elegancia frente a la banalidad. No importaba si era gris y opaco el horizonte esbozado en el escenario de su vida, ella conseguía que sus sombras siempre quedaran detrás.

    Arrinconada a su suerte, sin más dilación que la agonía, aún albergaba fuerzas para aplazar su propia rendición evitando claudicar al certero asedio de la maldita enfermedad. Con semejante fecha de caducidad describiendo su finitud en el escalón inmediato, contemplaba con denuedo cada nuevo amanecer desde el púlpito menos laureado del balcón de la templanza. Inmersa ya en tan avanzada decrepitud, coetánea a su aceptado sinvivir, sólo una luz emergía amiga en su frenético rumbo cercano esbozando, al austero dictamen de la resistencia, la única sonrisa de aquel último viaje. El cielo no podía esperar, pero su ejemplar lucha quedaría para la eternidad.

    Y así es como se fue al más allá, tan linda y sencilla como vivió.

    Con mirada ausente busco, ahora ya sin éxito, el anhelo de sus risas entre lejanos aromas del ayer. Creo verla, a cada instante, alegrando el ir y venir del mar otrora testigo de tantos sueños abrazados al amparo de un futuro que nunca llegó. Abrigado de utopías e inmerso el corazón en multitud de enigmáticos recovecos, aún deambulo acobardado por la replaceta de aquel lejano adiós. Dos décadas después sólo yo me reconozco en el opaco ensueño de este maltrecho paraje porteño tan mío y tan nuestro a la vez. Es el mismo que años atrás nos castigó con crueldad aunque ahora el destino le brinde su plácida bendición en forma de luz celestial, de calma pausada a sotavento de extintas tempestades. Confluyen en él nuestro primer y último beso, la puerta al infinito y el final de la esperanza que aún hoy me resisto a aceptar.

    Te fuiste y aquí sólo estamos las olas, el vacío y yo.