• Juanjo Soriano Lluch
    Participante

    30 diciembre, 2020 a las 1:46 pm ver respuesta

    Zenda el 15 de diciembre, 2020 a las 12:11

    Escribe un cuento navideño, ambientado en esta Navidad tan diferente,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 8 de enero de 2021.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Los cuentos navideños deberán ser originales e inéditos. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 15 de diciembre de 2020 al viernes 8 de enero de 2021 a las 23:59. El lunes 11 de enero publicaremos en Zenda una selección con los 10 cuentos que optan a los premios. El miércoles 13 de enero de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premios de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #unaNavidaddiferente en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu cuento!

    Aquí os narro mi cuento Navideño! Gracias por leerme!

    MASCARILLAS   SALVADORAS

    Después de celebrar la sempiterna y odiosa cena Navideña de empresa (jarana dipsomaníaca), regresé a mi casa con el pompón de Papa Noel doblegado a cuatro patas. Por suerte, conseguí enhebrar la llave en la dinámica cerradura a la enésima vez, no quería permanecer inmóvil. A duras penas me introduje en el sobre de mis sábanas arrugadas que cosquilleaban los pies, como si cientos de gusanos tratasen de buscar mis apetitosos hematíes edulcorados. Los brazos de Morfeo evitaron que la centrifugadora de mi cabeza esparciera por las paredes restos de nutrientes mezclados con alcohol de un módico garrafón.

    El despertador del vecino martilleaba mis oídos, reverberaba un nuevo día,  tocaba salir a trabajar. Me dirigí hacia la estación del metro, apenas transitaba gente por las calles. Descendí por las tripas del suburbano, el andén aguardaba vacío, se abrieron las puertas, el convoy repleto de muchedumbre (a reventar), dándome la espalda. Quedé encerrado en el vagón de cola con la cancela tras de mí. De súbito, se giraron un montón de entes horripilantes impregnados de sangre, con unas enormes mascarillas entre sus gigantescas mandíbulas; lenguas bífidas que se lanzaban contra mi cuello, me atraparon. Fui un blanco fácil. Su aliento era nauseabundo, me desmallé.

    Recobré el conocimiento, no sé cuánto tiempo transcurrió. Enseguida reconocí el lugar, me encontraba en el sótano de la morada de mis papás, atado a una silla. Miré hacia el suelo, y vi asomar mi hígado entre los intestinos. Unos segundos a posteriori, les oí bajar por las escaleras, susurraban…

    —¡Hijo mío! ¡No te asustes!

    Sin darme cuenta, me tenían rodeado, se estaban comiendo parte del órgano.

    —¡Cariño! ¡No te resistas! ¡Sufrirás menos! ¡Déjate llevar, serás más feliz en el nuevo mundo!…

    No entendía nada de lo que me dijeron…

    ¡Ring! ¡Ring! Tintineaba la alarma del piso colindante. Comenzaba otra jornada, había dormido genial, un chute de triptófano en vena me alegraba el día, la sonrisa me llegaba hasta el lóbulo de las orejas. Tuve un sueño bellísimo, bostezaba de placer, mi estado de ánimo era descomunal, me sentía el ser más afortunado de este planeta, cachitos viscosos entre mis dedos…

    Al cabo de un santiamén, me percaté de un sonido familiar. La televisión vociferaba una última noticia: “Por fin tenemos la tan deseada vacuna del coronavirus”,… Me giré hacia un lado de la cama, y vi a mis padres momificados, repletos de lombrices que deambulaban por todos sus orificios; y las únicas que se salvaron, sus mascarillas.

    Juanjo Soriano Lluch
    Participante

    6 mayo, 2020 a las 9:41 pm ver respuesta

    Mi nombre es Juan José Soriano Lluch  @juanjosorilluch  #NuestrosMayores

    Aquí les dejo mi relato sobre mi madre, "un ángel llamado Consuelo"

    Muchas gracias por leerme!

    UN ÁNGEL LLAMADO CONSUELO

    Hace 60 días que le di el último beso a mi madre. Cuando me sonrió con sus ojos celestes —denotaban un no sé qué, que lo decían todo—, la acababa de dejar confinada en su residencia geriátrica…

    Definir a Consuelo es igual que describir a un ángel de mirada dulce, azulada, diáfana, donde se puede divisar el confín del cielo. Unos ojos que transmiten paz y construyen una pasarela que rebosa de cariño a la gente que se cruza en su camino. Una personita que nunca se ha enfadado ni discutido con nadie. Pendiente de su marido y de sus tres hijos, trabajadora hasta la extenuación, con un corazón dadivoso, y un alma que reverbera una luz tan pura y deslumbrante como la sonrisa de un niño o el guiño de un anciano. De carácter optimista, uno de sus sabios consejos que me ilustraba cuando me veía muy agobiado por algo, era preguntarme:
    —¿Te va la vida en ello?
    —Pues no —le negaba con la cabeza.
    Entonces ella me respondía:
    —Hijo, olvídate, si tiene solución, deja de ser un problema, y si no lo tiene, márcate otra meta.

    Gracias a ella, pude ir a la universidad, a costa de que mi madre doblara y deformara sus frágiles huesos, convirtiéndose durante muchos años en la digna señora de la limpieza del instituto en el cual me fragüé.

    Descendiente de humildes agricultores, Consuelo nació en Nules, un pueblecito cercano a Castellón de la Plana. Al igual que tantas familias de este país, y debido a los efectos de la vergonzosa guerra civil, se conocieron mis padres. Jesús tuvo que huir apresuradamente de la sierra de Albarracín, para encontrar cobijo en la aldea de mi madre. Abandonaron a la fuerza la casa del pueblo de Teruel más las pocas tierras que poseían, para poder subsistir. ¡Lo perdieron todo, excepto la vida!

    Contaba Consuelo con 25 años cuando llegaron a Barcelona, donde comenzaron una nueva vida, fatigosa y sufrida, pero con más posibilidades de trabajar y criar a sus futuros hijos.

    Tengo una anécdota sobre cómo se entraba en las colosales ciudades de aquella época. Es posible que lo sepan; allá a finales de los 50, no se podía llegar a la estación de Francia de Barcelona con una maleta a cuadros atada con guitas —como muchas veces hemos visto en las películas de Alfredo Landa—. Debías bajar una o dos estaciones antes para que unos amigos te recogieran y así evitar que te devolvieran a tu destino de origen. Creo que se llamaba emigrar (o migrar).

    Aquella recién estrenada vida en Barcelona, la encandiló. Le fascinaba pasear y ver escaparates; jugar a la petanca, ver películas antiguas, sobre todo, de Antonio Molina. Hacer ganchillo acompañada de amigas, leer; y una de sus mayores cualidades, sin duda, ser modista. Nos hacía ropa a medida para todo el clan. Con el paso del tiempo, emergieron las patologías, y la señora artrosis la eliminó de su plantilla.

    Por desgracia, hace 5 años, una llamada suya me alertó, su voz entrecortada me preocupó en demasía. Fui raudo a su auxilio. Consuelo cambió, ya no era ella; se miraba en el espejo y no veía el mismo reflejo, no se reconocía, estaba en otra dimensión, tenía que aprender de nuevo a encontrar sus raíces. Ese maravilloso ángel desapareció, dejó de volar, se desgarraron sus alas. Una sábana maldita la envolvió con el macabro huésped del señor ictus, y le arrebató todos sus recuerdos, toda su biografía.

    Un millón de veces me he preguntado, qué mal ha hecho mi madre para sufrir esta despiadada enfermedad. Jamás he encontrado alguna respuesta aliviadora; sólo sé que había que vivir con ello, asumirlo, y disfrutar de ella cada día, que para mí, ha sido el mejor regalo.

    A partir de esa dantesca fecha, mi madre necesitaba cada alba visionar un DVD con el resumen de su historia, sus orígenes, su familia, su desconocido
    ángel que la miraba tras el cristal. Ahora tengo el inmenso honor de ser su cicerone, su lazarillo que le menciona cómo es su barrio, sus tiendas, sus vecinos,… Saber de dónde viene. En definitiva, resetear su cerebro y recordar su existencia una vez más.

    Actualmente, puedo asegurar que Consuelo es feliz en su morada, recluida pero bien atendida, aunque la espada de Damocles (de maldito apelativo, covid-19) está al acecho en cada palabra, en cada suspiro, en el aire que respira. Miscelánea extraña donde conviven el amor de los sanitarios y el odio del maléfico virus.

    A pesar de la gravedad del escenario, mi madre tiene la enorme fortuna, de que todas las jornadas habla, juega, y se ríe junto a un montón de majísimos amigos anónimos, que muy posiblemente, olvide en el ocaso de la noche; al día siguiente, ostras, qué gozada, vuelve a conocer más compañeros, y a cogerles cariño.

    ¡Qué bella es la vida, inundando de ternura a nuestros mayores! ¡Qué suerte la mía! Disfruto de una madre peculiar cada amanecer, y viceversa, ella puede deleitarse de su flamante hijo, el hijo más bienaventurado del universo.

    Cuando sonríe Consuelo, hasta las estrellas resplandecen a pleno sol. Con sólo una sonrisa que consigo arrancarle, mi corazón rebosa de alegría y vuelvo a ser el hijo más feliz y soñador del día a día.

    Hace 60 días que le di el último beso a mi madre, y no sé cuándo le podré devolver todos los besos que le debo, ni cuándo la volveré a ver…

    Juanjo Soriano Lluch   @juanjosorilluch  #NuestrosMayores

    Juanjo Soriano Lluch
    Participante

    1 mayo, 2020 a las 8:47 pm ver respuesta

    Diego Manzanares el 27 de abril, 2020 a las 18:16

    Aquí os dejo mi pequeña historia. 'Toda una vida'. https://maradona84.blogspot.com/2020/04/toda-una-vida.html

    Mi nombre es  Juan José Soriano Lluch   @juanjosorilluch #NuestrosMayores

    Aquí les dejo mi relato sobre mi madre: "Un ángel llamado Consuelo"

    Muchas gracias por leerme,

    UN ÁNGEL LLAMADO CONSUELO

    Hace 60 días que le di el último beso a mi madre. Cuando me sonrió con sus ojos celestes —denotaban un no sé qué, que lo decían todo—, la acababa de dejar confinada en su residencia geriátrica…

    Definir a Consuelo es igual que describir a un ángel de mirada dulce, azulada, diáfana, donde se puede divisar el confín del cielo. Unos ojos que transmiten paz y construyen una pasarela que rebosa de cariño a la gente que se cruza en su camino. Una personita que nunca se ha enfadado ni discutido con nadie. Pendiente de su marido y de sus tres hijos, trabajadora hasta la extenuación, con un corazón dadivoso, y un alma que reverbera una luz tan pura y deslumbrante como la sonrisa de un niño o el guiño de un anciano. De carácter optimista, uno de sus sabios consejos que me ilustraba cuando me veía muy agobiado por algo, era preguntarme:

    —¿Te va la vida en ello?
    —Pues no —le negaba con la cabeza—. Entonces ella me respondía:

    —Hijo, olvídate, si tiene solución, deja de ser un problema, y si no lo tiene, márcate otra meta.

    Gracias a ella, pude ir a la universidad, a costa de que mi madre doblara y deformara sus frágiles huesos, convirtiéndose durante muchos años en la digna señora de la limpieza del instituto en el cual me fragüé.

    Descendiente de humildes agricultores, Consuelo nació en Nules, un pueblecito cercano a Castellón de la Plana. Al igual que tantas familias de este país, y debido a los efectos de la vergonzosa guerra civil, se conocieron mis padres. Jesús tuvo que huir apresuradamente de la sierra de Albarracín, para encontrar cobijo en la aldea de mi madre. Abandonaron a la fuerza la casa del pueblo de Teruel más las pocas tierras que poseían, para poder subsistir. ¡Lo perdieron todo, excepto la vida!

    Contaba Consuelo con 25 años cuando llegaron a Barcelona, donde comenzaron una nueva vida, fatigosa y sufrida, pero con más posibilidades de trabajar y criar a sus futuros hijos.

    Tengo una anécdota sobre cómo se entraba en las colosales ciudades de aquella época. Es posible que lo sepan; allá a finales de los 50, no se podía llegar a la estación de Francia de Barcelona con una maleta a cuadros atada con guitas —como muchas veces hemos visto en las películas de Alfredo Landa—. Debías bajar una o dos estaciones antes para que unos amigos te recogieran y así evitar que te devolvieran a tu destino de origen. Creo que se llamaba emigrar (o migrar).

    Aquella recién estrenada vida en Barcelona, la encandiló. Le fascinaba pasear y ver escaparates; jugar a la petanca, ver películas antiguas, sobre todo, de Antonio Molina. Hacer ganchillo acompañada de amigas, leer; y una de sus mayores cualidades, sin duda, ser modista. Nos hacía ropa a medida para todo el clan. Con el paso del tiempo, emergieron las patologías, y la señora artrosis la eliminó de su plantilla.

    Por desgracia, hace 5 años, una llamada suya me alertó, su voz entrecortada me preocupó en demasía. Fui raudo a su auxilio. Consuelo cambió, ya no era ella; se miraba en el espejo y no veía el mismo reflejo, no se reconocía, estaba en otra dimensión, tenía que aprender de nuevo a encontrar sus raíces. Ese maravilloso ángel desapareció, dejó de volar, se desgarraron sus alas. Una sábana maldita la envolvió con el macabro huésped del señor ictus, y le arrebató todos sus recuerdos, toda su biografía.

    Un millón de veces me he preguntado, qué mal ha hecho mi madre para sufrir esta despiadada enfermedad. Jamás he encontrado alguna respuesta aliviadora; sólo sé que había que vivir con ello, asumirlo, y disfrutar de ella cada día, que para mí, ha sido el mejor regalo.

    A partir de esa dantesca fecha, mi madre necesitaba cada alba visionar un DVD con el resumen de su historia, sus orígenes, su familia, su desconocido ángel que la miraba tras el cristal. Ahora tengo el inmenso honor de ser su cicerone, su lazarillo que le menciona cómo es su barrio, sus tiendas, sus vecinos,… Saber de dónde viene. En definitiva, resetear su cerebro y recordar su existencia una vez más.

    Actualmente, puedo asegurar que Consuelo es feliz en su morada, recluida pero bien atendida, aunque la espada de Damocles (de maldito apelativo, covid-19) está al acecho en cada palabra, en cada suspiro, en el aire que respira. Miscelánea extraña donde conviven el amor de los sanitarios y el odio del maléfico virus.

    A pesar de la gravedad del escenario, mi madre tiene la enorme fortuna, de que todas las jornadas habla, juega, y se ríe junto a un montón de majísimos amigos anónimos, que muy posiblemente, olvide en el ocaso de la noche; al día siguiente, ostras, qué gozada, vuelve a conocer más compañeros, y a cogerles cariño.

    ¡Qué bella es la vida, inundando de ternura a nuestros mayores! ¡Qué suerte la mía! Disfruto de una madre peculiar cada amanecer, y viceversa, ella puede deleitarse de su flamante hijo, el hijo más bienaventurado del universo.

    Cuando sonríe Consuelo, hasta las estrellas resplandecen a pleno sol. Con sólo una sonrisa que consigo arrancarle, mi corazón rebosa de alegría y vuelvo a ser el hijo más feliz y soñador del día a día.

    Hace 60 días que le di el último beso a mi madre, y no sé cuándo la volveré a ver…

    Juanjo Soriano Lluch @juanjosorilluch #NuestrosMayores