• 18 octubre, 2020 a las 11:37 pm ver respuesta

    Otro relato para Historias rurales

     

    https://www.facebook.com/photo?fbid=760550281175595&set=a.116596292237667

    LA MÁSCARA

    para el Mtro. Marcelo Torreblanca

    Aquella noche la luna estaba llena y los coyotes andaban enamorando. Yo no podía dormir. Siempre que la luna está grande me quedo pelando los ojos. Hasta eso, ni bebo. Cuanto más, me da por tocar la chirimía, aunque Andrómeda dice que despierto a los chamacos y que las víboras se alebrestan. Pero qué otra cosa voy a hacer. A veces me pongo a tejer sombrero y doy cabezadas hasta que oigo cantar los gallos. La verdad es que lo único que se me antoja es tocar son, como esa noche que le estoy contando.
    Oí toquidos y que pego un brinco. Por el hueco de las tablas vi la cara de Adalberto. Parecía zopilote con la llovizna. Para colmo la luna ya se había tapado, usted sabe, por el mal tiempo de las cabañuelas. Ah, jijo, pásele, mire nomás cómo viene. Pascual, dónde está mi máscara. Primero entre y échele lumbre al cuerpo, si no, mañana lo velamos. Sólo vine por mi máscara, dijo bien serio.
    Yo ni hablar, que se la doy. El necio no quiso meterse. Era una máscara de venado bien pachona. Le sirvió en la fiesta de la Epifanía. No se la des a nadie, me recomendó. Cuando ya no aguante de tomado, fíjate bien que no se la vayan a llevar. Agárrala tú, porque si la pierdo voy a perder mi espíritu.
    Algunos dicen que es cierto que se pierde, por eso cuando bailan se fijan más en la bendita máscara que en los tristes centavos. El caso es que por ai de las cinco de la madrugada, ya que Adalberto se quedó jeteado junto a la vereda cuando acabó la fiesta, le quité la máscara y hasta lo quise traer porque su rancho le quedaba lejos. ¡No, qué va! Que se pone retobón y que me dice lárgate, déjame aquí tirado.
    Y de ai que lo dejo. Atanasio juró que se lo llevaba aunque fuera trepado en el lomo. Así que salí lueguito, si no Andrómeda me espera chillando porque sabe que la noche de Epifanía no tiene para cuando. Hasta le dan ataques y amenaza con largarse allá donde su tata.
    No, si le digo, esta otra noche que veo al viejo. Se llevó su máscara. Dio la media vuelta y agarró el camino viejo de la cañada. Dónde irá este jijo, me quedé pensando. No quiero ni decirle, ni hacérselo largo, pero hoy vinieron de la alcaldía a decir que el martes lo habían visto tirado en el monte cerca del huerto del Señor. Ya se lo estaba acabando la zopilotera. Dijeron que nunca regresó después de la fiesta. Pero yo le juro que lo vi este viernes. ¡Que me parta un rayo si le miento! Al triste de Atanasio nadie lo ha visto.
    No quiero comer; estoy a pura copa. Tengo pasmado el cuajo y el cuero verrugoso de puro susto. Cada vez que me acuerdo me corre un frío por todo el espinazo y rapidito tengo que ir al solar porque las tripas me llevan volando. A veces hasta me dan ganas de tirarme al pozo. De plano no me hallo. Andrómeda dice que me asosiegue, que solamente vino a buscar lo que le faltaba. Lo malo es que yo no sé rezar de adentro, si no, me canso que pediría por su ánima. Antes nada me espantaba ni tantito. Pero ora cómo voy a entender lo que pasó. Crélo, nomás, dice la vieja. Pero no puedo, le juro que yo no puedo. Ver menos
    Editar

    18 octubre, 2020 a las 11:33 pm ver respuesta

    Palurdo

    https://www.facebook.com/photo?fbid=761708914393065&set=a.116596292237667

    Día tras día sucede lo mismo en este pueblo polvoriento. Se sienta en una de las mesas de la biblioteca a rumiar sus pensamientos igual que las ovejas sumisas tragan la pastura que les dan y la procesan lentamente. Igual que las ovejas con la mirada en lontananza, resignadas entre multitud de ovejas compañeras, se sienta entre todo lo que nos rodea: imágenes, ideas, añoranzas, deseo, objetos, palabras, murmullos, silencios.

    Su lectura parece incesante, pero los momentos prolongados en que asienta el libro encima de la mesa para detenerse a escribir también parecen infinitos. Yo la miro de lejos y muerto de ansiedad por acercarme y descubrir de qué está hecha, si de sueños, de carne y hueso, si de la pasión de alguien como yo que la mira y la desea sin imaginar la forma de llegar a ella y cruzar el tiempo, el espacio que la separan.

    Cómo la recuerdo desde hace ya varias semanas, sentada entre nosotros con sus libros, su goma de mascar, sus ojos color cucaracha, y su pelo hirsuto y azabache. Todos los días he venido armando mi discurso, el mismo que pronunciaré cuando tenga una oportunidad. La esperaré a la entrada de la biblioteca. Pero no puedo predecir la hora, y tengo tanto qué leer y qué escribir y qué aprender y qué olvidar.

    ¿Cómo te llamas? No. ¿Y tú qué estudias? Tampoco. Si al menos pudiera descifrar lo que repasan sus ojos, sus ojos que nunca me ven. Tal vez así podría decirle: Nada sabemos acerca de los rituales amorosos de los paquidermos, pero en cambio… ¡Me lleva la tiznada!

    Hoy me atrevo, como nunca, a sentarme en la misma mesa, justo enfrente de ella. Disimuladamente la piso, aunque en realidad fue por accidente (siempre fui tan torpe). Pero ella se limita a retirar su pie sin rasto alguno de perturbación Yo me deshago en disculpas. Jamás repara en mi presencia.

    Voy a ponerle un papelito encima de su libro que diga algo así como Me encantas. Pero parece ser tan distraída. Tal vez esté acostumbrada a que los hombres la persigan como moscas a la miel y ya se hizo experta en espantárselos. Tal vez si pruebo a decir que con gusto podría ayudarla a rumiar cualquier información que no le quede clara. Si, de boca a boca…si pudiera besarla algún día aunque tuviera que esperar. Pero ¿quién me hizo padecer esta timidez tan aterradora? Soy tan pardo en mi exterior; si tan solo ella sospechara cuánta luz me brota desde dentro. Sus ojos canela se iluminarían y al mirarme a mí se me pondría la carne de gallina.

    Hoy tengo que hablarle a costa de lo que sea y si me equivoco ni modo. En eso estoy cuando llega un individuo con la cara picada de viruela, forrado en cuero negro, exhibiendo una sonrisa grotesca. Se acerca y la besa. Ella le dice Te esperaba pasado mañana, y el responde Es que me adelanté, mi reina. Ella le pide Espérame a la entrada, estoy por terminar. El tipo forrado en cuero se aleja. De prisa ella escribe una nota en una hoja de su cuaderno, la arranca y me la entrega, al mismo tiempo que sus ojos de ámbar y su pelo color de noche se desparraman por un instante sobre de mí. Me ahogo, me falta la respiración. Ella me deja.

    La nota dice Tardaste demasiado, mañana regreso. Respiro lentamente y se me sale el corazón del pecho. A partir de este momento ya no tiemblo ni transpiro ni me acosará la duda por la noche. Mañana será el gran día, yo la veré de nuevo y a partir de entonces será solo mía. Pero… ¿y si no regresa?... ¿Y si se queda con el tipo picado de viruela…?

    18 octubre, 2020 a las 12:27 am ver respuesta

    Zenda el 6 de octubre, 2020 a las 10:47

    Escribe una historia rural, ambientada en nuestro tiempo o en cualquier otro tiempo, en el campo, en un pueblo, en la naturaleza, real o ficticia,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso, con el que queremos rendir homenaje a Miguel Delibes, en su centenario.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 18 de octubre.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias rurales deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 6 de octubre de 2020 al domingo 18 de octubre de 2020 a las 23:59. El miércoles 21 de octubre publicaremos en Zenda una selección con las 10 historias que optan a los premios. El viernes 23 de octubre de 2020 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premio de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasrurales en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

     

    Aquí está el enlace con mi relato para Historias Rurales.

    https://www.facebook.com/photo?fbid=760550281175595&set=a.116596292237667

     

    La máscara

    por Zulai Marcela Fuentes

    Al Mtro. Marcelo Torreblanca

     

    Aquella noche la luna estaba llena y los coyotes andaban enamorando. Yo no podía dormir. Siempre que la luna está grande me quedo pelando los ojos. Hasta eso, ni bebo. Cuanto más, me da por tocar la chirimía, aunque Andrómeda dice que despierto a los chamacos y que las víboras se alebrestan. Pero qué otra cosa voy a hacer A veces me pongo a tejer sombrero y doy cabezadas hasta que oigo cantar los gallos. La verdad es que lo único que se me antoja es tocar son, como esa noche que le estoy contando.

    Oí toquidos y que pego un brinco. Por el hueco de las tablas vi la cara de Adalberto. Parecía zopilote con la llovizna. Pa colmo, la luna ya se había tapado, usted sabe, por el mal tiempo de las cabañuelas. Ah, jijo, pásele, mire nomás cómo viene. Pascual, dónde está mi máscara. Primero entre y échele lumbre al cuerpo, si no mañana lo velamos. Sólo vine por mi máscara, dijo bien serio.

    Yo ni hablar, que se la doy. El necio no quiso meterse. Era una máscara de venado bien pachona. Le sirvió en la fiesta de la Epifanía. No se la des a nadie, me recomendó. Cuando ya no aguante de tomado, fíjate bien que no se la vayan a llevar. Agárrala tú, porque si la pierdo voy a perder mi espíritu.

    Algunos dicen que es cierto que se pierde, por eso cuando bailan se fijan más en la bendita máscara que en los tristes centavos. El caso es que por ai de las cinco de la madrugada, ya que Adalberto se quedó jeteado junto a la vereda cuando acabó la fiesta, le quité la máscara y hasta lo quise traer porque su rancho le quedaba lejos. ¡No, qué va! Que se pone retobón y que me dice lárgate, déjame aquí tirado.

    Y de ai que lo dejo. Atanasio juró que se lo llevaba aunque fuera trepado en el lomo. Así que salí lueguito, si no Andrómeda me espera chillando porque sabe que la noche de Epifanía no tiene para cuando. Hasta le dan ataques y amenaza con largarse allá donde su tata.

    No, si le digo, esta otra noche que veo al viejo. Se llevó su máscara. Dio la media vuelta y agarró el camino viejo de la cañada. Dónde irá este jijo, me quedé pensando. No quiero ni decirle, ni hacérselo largo, pero hoy vinieron de la alcaldía a decir que el martes lo habían visto tirado en el monte cerca del huerto del Señor. Ya se lo estaba acabando la zopilotera. Dijeron que nunca regresó después de la fiesta. Pero yo le juro que lo vi este viernes. ¡Que me parta un rayo si le miento! Al triste de Atanasio nadie lo ha visto.

    No quiero comer; estoy a pura copa. Tengo pasmado el cuajo y el cuero verrugoso de puro susto. Cada vez que me acuerdo me corre un frío por todo el espinazo y rapidito tengo que ir al solar porque las tripas me llevan volando. A veces hasta me dan ganas de tirarme al pozo. De plano no me hallo. Andrómeda dice que me asosiegue, que solamente vino a buscar lo que le faltaba. Lo malo es que yo no sé rezar de adentro, si no, me canso que pediría por su ánima. Antes, nada me espantaba ni tantito. Pero ora cómo voy a entender lo que pasó. Crélo, nomás, dice la vieja. Pero no puedo, le juro que yo no puedo.

    Y un segundo texto para Historias Rurales

    Palurdo

    por Zulai Marcela Fuentes

    Día tras día sucede lo mismo en este pueblo polvoriento. Se sienta en una de las mesas de la biblioteca a rumiar sus pensamientos igual que las ovejas sumisas tragan la pastura que les dan y la procesan lentamente. Igual que las ovejas con la mirada en lontananza, resignadas entre multitud de ovejas compañeras, se sienta entre todo lo que nos rodea: imágenes, ideas, añoranzas, deseo, objetos, palabras, murmullos, silencios.

    Su lectura parece incesante, pero los momentos prolongados en que asienta el libro encima de la mesa para detenerse a escribir también parecen infinitos. Yo la miro de lejos y muerto de ansiedad por acercarme y descubrir de qué está hecha, si de sueños, de carne y hueso, si de la pasión de alguien como yo que la mira y la desea sin imaginar la forma de llegar a ella y cruzar el tiempo, el espacio que la separan.

    Cómo la recuerdo desde hace ya varias semanas, sentada entre nosotros con sus libros, su goma de mascar, sus ojos color cucaracha, y su pelo hirsuto y azabache. Todos los días he venido armando mi discurso, el mismo que pronunciaré cuando tenga una oportunidad. La esperaré a la entrada de la biblioteca. Pero no puedo predecir la hora, y tengo tanto qué leer y qué escribir y qué aprender y qué olvidar.

    ¿Cómo te llamas? No. ¿Y tú qué estudias? Tampoco. Si al menos pudiera descifrar lo que repasan sus ojos, sus ojos que nunca me ven. Tal vez así podría decirle: Nada sabemos acerca de los rituales amorosos de los paquidermos, pero en cambio… ¡Me lleva la tiznada!

    Hoy me atrevo, como nunca, a sentarme en la misma mesa, justo enfrente de ella. Disimuladamente la piso, aunque en realidad fue por accidente (siempre fui tan torpe). Pero ella se limita a retirar su pie sin rastro alguno de perturbación Yo me deshago en disculpas. Jamás repara en mi presencia.

    Voy a ponerle un papelito encima de su libro que diga algo así como Me encantas. Pero parece ser tan distraída. Tal vez esté acostumbrada a que los hombres la persigan como moscas a la miel y ya se hizo experta en espantárselos. Tal vez si pruebo a decir que con gusto podría ayudarla a rumiar cualquier información que no le quede clara. Si, de boca a boca…si pudiera besarla algún día aunque tuviera que esperar. Pero ¿Quién me hizo padecer esta timidez tan aterradora? Soy tan pardo en mi exterior; si tan solo ella sospechara cuánta luz me brota desde dentro. Sus ojos canela se iluminarían y al mirarme a mí se me pondría la carne de gallina.

    Hoy tengo que hablarle a costa de lo que sea y si me equivoco ni modo. En eso estoy cuando llega un individuo con la cara picada de viruela, forrado en cuero negro, exhibiendo una sonrisa grotesca. Se acerca y la besa. Ella le dice Te esperaba pasado mañana, y el responde Es que me adelanté, mi reina. Ella le pide Espérame a la entrada, estoy por terminar. El tipo forrado en cuero se aleja. De prisa ella escribe una nota en una hoja de su cuaderno, la arranca y me la entrega, al mismo tiempo que sus ojos de ámbar y su pelo color de noche se desparraman por un instante sobre de mí. Me ahogo, me falta la respiración. Ella me deja.

    La nota dice Tardaste demasiado, mañana regreso. Respiro lentamente y se me sale el corazón del pecho. A partir de este momento ya no tiemblo ni transpiro ni me acosará la duda por la noche. Mañana será el gran día, yo la veré de nuevo y a partir de entonces será solo mía. Pero… ¿y si no regresa?... ¿Y si se queda con el tipo picado de viruela…?