• 4 octubre, 2019 a las 11:33 pm ver respuesta

    ¿Quién es Kuki?

    Kuki tenía muchos años cuando se fue, casi tantos como kilos, que para un gato casi longevo no está nada mal. Su cuenco está vacío y guardado en un armario de la casa, donde quita espacio a otros útiles innecesarios para mi memoria.
    Como una manta gris y blanca de cómicos ojos azules estirada hasta sus límites por parejas que huyen de sus sueños invernales, Kuki portaba por piel casi un nórdico al que no hubieran hecho ascos en tiempos de otra moral o necesidades –que suelen ir de la mano–.
    Sé de él lo que me dejó descubrir durante los catorce años que fui su amigo, y nunca me parecerá suficiente. Lloré cuando dejó dejó de abrazarme para siempre porque, digan lo que digan Él sabía abrazarme como nadie lo hizo hasta esta fecha. Porque hay muchas formas de querer y una de ellas es dar el abrazo silencioso que cubre de calma el ruido que tanto duele al otro. Kuki era de esos.
    Lo conocí siendo él casi nada teniendo yo pocos más de veinte años, tiempo en el que yo cambié bastante más que él.
    Claro que todos tenemos en nuestras cabezas un decálogo sobre comportamientos felinos y que muchos de estos puntos, más o menos, se pueden aplicar a este; pero, como toda norma escrita desde la distancia, como unas descripciones casi pueriles por ser de soslayo; como las descripciones de Antonio Pigafetta en sus diarios de la primera circunnavegación al globo cuando describía a los pingüinos poco más que esos pájaros bobos que se dejaban cazar fácilmente, o los animales fantásticos que describía Darwin sin hacer mención alguna al tipo de alma que ellos albergaban; Kuki se pasaba por unas pelotas que dejó como trofeo a su veterinaria cualquier tipo de afirmación sobre su “modus operanding”, que diría en su momento un buen amigo haciendo propia y “anglosajonizando” esta locución latina.
    Hay pinturas que, aún quedándose a medias, completan más por esa inexactitud misteriosa y paradójicamente exacta que las descripciones tan objetivas de científicos u observadores. Y pudo ser mi amigo una pintura sin terminar de Leonardo, más quieto el primero por dejadez dejándole al segundo su tiempo para pintar, tranquilamente y después, pájaros en movimiento en lo que podrían haber sido la mitad de sus vuelos. Porque unos ojos que actúan como objetivo jamás captan un alma que no se deja fotografiar por las buenas.
    ¿Quién puede observar un gato y afirmar que es así o asa, si no duerme con vosotros?
    Mi amigo no era arisco, lo que pasa es que no le gustaba su nombre; y, claro, quién va a acudir a una llamada si la forma en la que lo hacen te suena a pitorreo y encima no lo hacen desde la cocina, con el chirrido de las bisagras de la puerta de nevera como banda sonora de tus anhelos.
    No es que fuera reacio a las multitudes: no le gustaba la concentración de idiotas en su casa; pero la condescendencia con la que unos le aplaudirían al ir corriendo por una pelotita le provocaba: primero escozor, luego hastío y después un total desdén. Los culpo a todos ellos de su obesidad, por cierto, que si no, habría llegado antes que cualquier otra liebre a una supuesta meta colmada de langostinos. Pelados, eso sí.
    Kuki no era rencoroso. No lo era de ningún modo. ¿Receloso? ¿Y quién no lo es? ¿Acaso vosotros no haríais de vientre sobre el trabajo de fin de carrera, el ordenador de trabajo del padre de uno y dentro del cajón de la ropa interior si os castigasen, sin motivo alguno, sin cambiaros la piedrilla de la caja hasta dejarla inoperable? Vi aquí, y después de varios gritos de desesperanza y una posterior calma, un intento de doma, de instrucción necesaria en pro de una buena avenencia.
    El carácter propio y afable de mi Kuki lo viví yo –y solo yo– cuando cada vez que llegaba a casa me venía a saludar. Cuando dormía en mi cama, cada noche y a intervalos de tres horas, despertándome para abrirle la puerta de la habitación por que él saliera para ver que todo estaba correcto, y, después de cuatro o cinco alaridos, volver a abrirle para volver a la que era su hogar: bajo mantas y siempre entre mis piernas.
    Crecí con él y ambos tuvimos nuestros cambios, y nunca dejamos de querernos, como esos viejos amigos con los que compartes silencios, boca con hocico. Pero a veces, y solo a veces, por miedo en cuánto he podido cambiar yo, me pregunto: ¿cuánto me ha visto cambiar él desde sus estiramientos en las perneras de mis pantalones? Yo ya tenía una barba pretenciosa y despeluchada cuando la suya, siendo apenas un gato que no sabe nada de la vida –y de esos felinos hay pocos– le habría conseguido un papel de figurante en cualquier función de “Cats”.
    Yo cambié de forma de vestir, andar y hablar en estos catorce años, y él siguió viniendo a mi encuentro en un salón situado a estancias opuestas de la cocina en la que rebosaba su cuenco.
    Más de una vez y sobre mi regazo me dejó acariciar su espalda cerca del rabo y yo le miraba incrédulo:
    –Mientras no me llames Kuki –parecía decir su mirada.
    –El mío nunca lo dices –reprochaba yo claramente.
    –Es solo un nombre, no importa –gruñía vivamente cuando ya se había hartado de arrumacos; y daba un bote repentino y desfilaba, como un empachado insaciable, por el pasillo que parecía separar el alma propia e indescifrable del instinto más medido, que conducía a un cuenco lleno en la cocina en la punta más fría de la casa.
    Que nadie me explique el porqué de mi amigo, que hará el ridículo, que él siempre se guardó la mitad de su vuelo y el doble de su alma para que yo lo entendiera.

    #historiasdeanimales