• 29 enero, 2021 a las 1:13 am ver respuesta

    Este es mi relato, se encuentra publicado en mi pagina de Faccebook MARCIAL YUCRA VERGARA. Gracias..!!

    MI MAESTRO DE LENGUAJE

    Huanuni, centro minero en la región altiplánica de Bolivia, bastión de la minería nacionalizada desde 1952, bajo el régimen de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) se permitió subir los niveles de bienestar de los trabajadores mineros y sus familias, mejorando la salud, la educación, las actividades culturales, deportivas y sociales. Fue grande el efecto multiplicador que en las décadas del sesenta y sobre todo del setenta, llegó a albergar a más de treinta y dos mil habitantes, solamente en el pueblo, por eso se le consideró la “Capital del estaño boliviano”. En ese contexto, se constituyó en un destino atractivo para los maestros titulados y también egresados de la prestigiosa normal de Sucre, que en buena cantidad se fueron prácticamente a vivir en Huanuni.

    En ese entonces, yo había dejado la escuela del sistema básico, para pasar al sexto grado, denominado “primero intermedio”, en un establecimiento educativo recién fundado, el Colegio Venezuela. Estaban asignados un maestro para cada materia, quienes rotaban por los cursos de sexto, séptimo y octavo grado; tanto era el alumnado de los adolescentes que existía otro turno, el Colegio Guido Villagomez, con sus propios maestros claro. Ahí conocí a mi maestro de lenguaje, que no era agraciado ni tampoco ordinario; pero sí era alegre y dinámico, contundente y didáctico en su modo de enseñar. Para descargar su rabia, solía apretar ligeramente los cachetes de sus alumnos amonestando: “por qué no te esfuerzas por aprender, badulaque…” Por eso le apodaban el “profesor badulaque”.  Fue hermano menor de un famoso escritor boliviano, lo supe cuando ya estudiaba en la universidad en la ciudad de Sucre.

    Recuerdo que realizó un concurso de composición literaria dedicado a las madres (27 de mayo en el calendario boliviano), con todos los cursos del sexto grado, del cual resulté ganador y me premiaron con unos cinco libros de aritmética, lenguaje e historia, los cuales los tuve celosamente cuidados y guardados. Desde entonces me incliné por la literatura y dejé las matemáticas que cuando niño me gustaba, dejé de ser el “calculín” para mis amigos y mi familia.

    Ese mismo año, en el mes de Septiembre, un educador y dos jóvenes, llegaron para tomar un examen de conocimientos generales, pruebas lúdicas y test psicológico para la obtención de una “beca estudio” en un colegio internado de Fe y Alegría de la ciudad de Cochabamba. Estaba entre los seleccionados para la prueba por mis altas notas en las materias de lenguaje, matemáticas, ciencias y sociales. Precisamente salía de la clase de lenguaje para ese cometido, ya en la puerta me dijo: “Tú puedes…” y pronunció mi nombre y, lo sentí como una despedida… Al cabo de tres meses, efectivamente me marchaba a la ciudad de Cochabamba, a estudiar en ese nuevo colegio hasta lograr el bachillerato…

    Años después estudié economía en la ciudad de Sucre, obligado por ciertas circunstancias de la vida… ¡Bella ciudad!, singularmente estudiantil para culminar este emprendimiento académico. Lástima que no pudo ser literatura, como yo quería… Un día cuando me dirigía en el minibús hacia la terminal de buses, vi a mi maestro de lenguaje en la calle, viejecito ya con un bastón en la mano, caminando dificultosamente. Era él, con sus patillas gruesas, su tez blanca y sus cabellos negros; aunque todo era ya distinto, lo vi así como en sus mejores años. Claro que me hallaba sumamente sorprendido, pero no pude bajar del minibús y saludarlo, no pude por la prisa que tenía… Además todo fue en un santiamén.

    Sin embargo, a instancias de mi ingratitud, me propuse a buscarlo. Un profesor como él, aunque jubilado ahora, debía tener su casa… Pensé y pensé incansablemente, pregunté a los catedráticos, a mis compañeros universitarios oriundos de Sucre y a los vecinos de cualquier parte, y nada… Me pesaba el remordimiento. Se dice que la esperanza es lo último que se pierde…; entonces acudí a la guía telefónica. Sabía el nombre y el apellido paterno, pero no el materno. Tiempo era lo que no faltaba, rebusqué hasta quedar con tres posibilidades. Suerte que a la primera pude hallar su morada. Ansioso como estaba, toqué el timbre y también toqué la puerta. Me atendió una señora, que resultó ser la hija de mi profesor,  me fui al grano y le dije que era su alumno de lenguaje en Huanuni, al instante se conmovió por mi visita. Pero, siempre los peros que se entrometen, me dijo que estaba enfermo, internado en el hospital de la Caja Nacional.

    Ni corto ni perezoso, me fui al hospital, me dijeron que se hallaba en el área de oncología. ¡Terrible, es para los que padecen de cáncer!. Por suerte era horario de visita y estaba permitido visitarlo. Cuando ingresé a la sala, lo encontré despierto postrado en la cama, me siguió con la mirada desconfiada, como para las personas extrañas. Lo mismo sintió el señor que permanecía a su lado, que por los rasgos parecía ser su hijo. Solo atiné a decirle: “Como está profesor…”, me miró fijamente, con los segundos que perecen eternos y, con una leve sonrisa me contestó: “¿Trajiste la composición para el día de los maestros?” Yo también sonreí y le dije: “Si maestro, lo hice…” y lo entregué en sus temblorosas manos… Después conversamos amenamente, recordando lo que fue Huanuni…