• 12 mayo, 2020 a las 2:48 am ver respuesta

    Coplero

     

    Al abrir los ojos después de unos días de ausencia, la vio del otro lado del cristal. Después de que se abriera la puerta, tardó unos minutos en enfocar aquel rostro gastado por el tiempo y en reconocer el gesto de siempre que entrelazaba sus manos. Hacía tres años que había empezado a perder palabras, números, recuerdos. Pero a ella, nunca. A veces la llamaba “Luiso”. Otras, “chana”. Las más, se dirigía a ella tatareando melodías que se perdían en las suturas del tiempo. Y ella, cansada, cabreada por momentos con la vida y contra él,  se dejaba mecer por la ternura de unos ojos que le devolvían el calor del verano en que lo conoció.

     

    Una humedad asfixiante obligaba a dejar abiertas las ventanas en aquellos días. Luisa zurcía con todo cuidado esas medias que a regañadientes le había conseguido la Paca de estraperlo. La calima hacía la empresa aún más complicada y ganas tenía de claudicar cuando una musiquilla la hizo animarse de nuevo. No reconoció la canción, aunque le recordó una de esas historias de amores trágicos que tanto le gustaban. No pudo evitar asomarse. Ni ruborizarse. ¡Qué buen mozo!, pensó, aunque ella bien podría darle algo más de brío a ese traje entallando las costuras. Sintiendo su mirada, el muchacho alzó la vista sin parar de silbar. Y sonrió a la vez que le guiñaba un ojo. Ella hizo con que se escandalizaba y por si hubiera podido cometer algún pecado, se puso a rezar una estación, que no tenía cabeza para rosarios.

    Con la fresca, en la plazoleta, no se hablaba de otra cosa. Santiago, el hermano de la Milagros, la del militar, se quedaba por allí. Había vuelto de la guerra después de un año en el hospital. Su madre había muerto, su hermano mayor era un rojo de esos que ni sabían dónde andaba, así que Milagros se había ofrecido a instalarle en su casa.

    Luisa no perdía hilo de lo que decían mientras hacía como que seguía cosiendo, como si hubiera conseguido olvidar esa mirada pícara y divertida que la había obligado a rezar la estación menos devota de su vida. Como si ignorase que un momento puede cambiar una vida. Y así, como si no imaginara que se lo encontraría en la verbena el próximo sábado, se pasó la semana rematando las costuras de un vestido viejo. Donde había volantes, ella puso pliegues, aligeró levemente el escote y cambió el corte de las sisas. Él nunca supo se esos cambios, pero al verla, no dudó en pedirle que bailaran una vuelta. Ella callaba. Él intentaba vencer la resistencia que le imponían los brazos de ella -más fuertes de lo que aparentaban-  a base de requiebros. “Zalamero”, le increpó a modo de reproche. Pero él siguió. Y ganó los centímetros justos para que sus cuerpos se acompasaran al ritmo del baile.

     

    Entre baile y baile se sucedieron los paseos, demasiado castos antes de la boda, los arrumacos cariñosos de los recién casados, las complicidades de quienes hacen del tacto su refugio, un hijo raro, una niña alegra que se convierte en el centro de la casa, ruido de disonancias políticas que llega hecho murmullo a la provincia, noches sin dormir vendiendo entradas de cine, domingos sin desayuno para despachar la temporada taurina, los abrigos de Santiago convertidos en uniformes para los niños con un invierno de retraso, la alegría de los primeros nietos, el entusiasmo de la última, las primeras vacaciones, los primeros achaques, la casa que cambia entre las manos de Luisa. Unas manos casi transparentes en su juventud que van arraigando maneras con los años hasta torcerse como las ramas de un árbol que ha vivido mucho.

     

    Unas manos enfundadas hoy en un plástico que no impide el cariño. Unas manos que se enhebran en las de ese Santiago que ya no es exactamente el mismo, pero que la mira y rescata de entre las pocas palabras que le quedan, un “guapa”.

    -       “Calla, coplero, que a punto has estado de irte al otro barrio y dejarme más sola que la una”, le reprocha.

    Él seguramente no ha entendido nada, pero alarga su mano intentando acariciar el gesto recio que siempre fue capaz de ablandar con su sonrisa. Y de su boca, vuelve a salir un tatareo que los devuelve a la pista de baile.