• Miguel Torres
    Participante

    13 junio, 2021 a las 12:36 am ver respuesta

    https://www.facebook.com/lauromiguel.torresencalada/

    En otra ocasión.

    Cuando terminó de leer sus versos, la concurrencia eufórica se levantó de sus asientos y prorrumpió en sonoros y prolongados aplausos. El joven hizo la reverencia al jurado y salió de la platea. Una dama del jurado: joven, bella y elegantemente vestida, no le quitaba los ojos de encima; dentro de sí bullía la pretensión de levantarse del estrado de honor y correr detrás del joven para abrazarle y felicitarle.

    El siguiente participante subió al palco mientras las exclamaciones y los murmullos del público presente aún permanecían en el ambiente; Luciano, evidentemente emocionado por la complacencia que su poema había causado en los presentes caminó, embriagado y tambaleante como borracho por los halagos recibidos, hasta el sitio donde le esperaba Rosalía; ella se le acercó y la estrechó en sus brazos. Mientras permanecían abrazados, ella percibió el brillo de una lágrima asomando en los ojos de su amigo; delicadamente y sonriéndole apartó su cuerpo de él, aunque hubiera querido permanecer así por el resto de su vida. Rosalía, con la mirada, la felicitó, asegurándole que ya el premio le pertenecía.

    Ubicados cerca de la puerta de ingreso escucharon las ponencias de los demás participantes. Ninguna de las declamaciones posteriores produjo en el público tanto alborozo ni frenesí como el que había provocado Luciano. Una vez que el último participante declamó sus versos, el jurado se retiró a deliberar su veredicto. Luciano tomó la mano de Rosalía, y ella sintió un leve temblor y un cálido sudor. Susurros de los presentes al evento lírico llegó hasta los oídos de los amigos que denotaban que debería ser, él, el ganador de la presea. Pero no debía abrigar falsas esperanzas: consideró prudente esperar a escuchar el dictamen definitivo del tribunal. El tiempo se hizo eterno esperando la sentencia; con la ansiedad desbordando su alma, Luciano, se remontó hasta el día en que escribió su poema. No lo hizo de un solo tirón. No. Lo había tomado varios días encontrar las rimas y el ritmo con el cual debía leerse cada uno de los versos. Y no le hubiera salido tan perfecto si no hubiera contado con la ayuda y colaboración de Rosalía. Eso le hacía pensar que si ganaba el concurso el triunfo les pertenecería a los dos.

    Todo había comenzado cuando, al salir de clases en la universidad, observó un cartel, recientemente colocado en el papelógrafo de uno de los pasillos. Se detuvo, y leyó ligeramente el contenido. Muchos de los anuncios pasaban desapercibidos para los estudiantes, muy pocos se frenaban para leer con detenimiento. Pero, con sólo mirar el titular le hizo quedarse un tiempo más. “Concurso literario”. Desde hace algún tiempo atrás que había estado buscando una oportunidad. Anotó los detalles de las bases de la convocatoria, la fecha de presentación de los escritos, la de la aceptación, y el día en que se llevaría la final literaria con la lectura y la declamación de los trabajos que llegasen hasta ésta parte. Esa misma noche rebuscó entre sus recuerdos el tema para su poesía. Al día siguiente, en su encuentro acostumbrado con Rosalía luego de su jornada en la fonda, le contó sobre el concurso y lo que ya tenía en mente escribir. Rosalía conocía del talento de Luciano, y se entusiasmó por la participación de su querido amigo. Aunque, Rosalía, no puso ningún interés en el estímulo económico que recibiría si resultaba ganador; en cambio, le auguró que alcanzaría un buen sitial en esta lid. De todas maneras. le preguntó cuáles serían los premios que recibirían los triunfadores. Sólo en ese instante, Luciano, recordó que no había prestado la debida atención a las recompensas. Así que, le prometió enterarse la próxima vez que pasase por el cartel y ya le contaría al detalle al respecto. Nunca lo hizo.

    Desde esa fecha, cada tarde, al reencontrarse con Rosalía, Luciano le leía lo que había compuesto en ese día. Rosalía le sugería modificar algunas palabras o, a veces, todo un verso. Luciano nunca rechazaba los comentarios; aceptaba las sugerencias con respeto y humildad. Luego, lo volvían a leer y, juntos, notaban la transformación de la estrofa: los sentimiento eran más profundos y había más fuerza en lo que deseaba expresar. Mientras leía los versos, Rosalía también intervenía, haciendo que su amigo module la dicción de mejor manera en ciertas palabras, para que éstas sonaran con la verdadera emoción del interior de su ser y lograrán calar hondamente en el alma de los oyentes. Más que un trabajo, la construcción de los versos fue una alegre diversión. Cuando alcanzaban la expresión precisa, reían a carcajadas.

    El jurado regresó al estrado. Y desde la concurrencia empezó quedamente a murmurarse el nombre de Luciano. En poco tiempo era un solo grito ensordecedor: ¡Luciano, Luciano, Luciano! El presidente de mesa de jueces, sonrió y levantó su mano derecha rogando un poco de silencio. —Ruego un poco de compostura a los presente —dijo en voz alta— tengo en éste sobre, el veredicto del jurado.

    Luciano y Rosalía, ambos nerviosos, se tomaron de las manos. Temblaban por la emoción contenida. El ambiente que reinaba en el recinto se volvió tenso. La expectativa en el público crecía con cada segundo que el jurado se tardaba en dar la noticia. Poco después, la sala, quedó convertida en una tumba, reinaba un silencio profundo y total. Podría decirse que se escuchaba el pasar de la saliva por las gargantas de los presentes.

    Y el ganador es…

    No. No pronunciaron el nombre de Luciano. Un muchacho, ubicado un poco más allá de dónde estaban ellos, levantó alborozado los brazos y salió brincando hacia el estrado.

    La multitud empezó a abuchear.

    Rosalía miró a Luciano y le pasó suavemente la mano por su cabello. Ahora, los ojos de ella brillaban: una lagrimilla empezó a recorrer por sus mejillas. Él la abrazó, y le dijo: —¡Vamos! Ya habrá otra ocasión en que será nuestra la victoria.

    l.m.t.e.

    Miguel Torres
    Participante

    16 enero, 2021 a las 11:01 pm ver respuesta

    Zenda el 14 de enero, 2021 a las 12:30

    Escribe sobre tu mejor maestro y participa en el nuevo concurso de  Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El certamen comienza hoy y terminará el 28 de enero, día de Santo Tomás de Aquino, patrón de las universidades, de estudiantes y profesores.

    ¿Cómo recuerdas a tu mejor maestro, a la mejor profesora o profesor que has tenido en primaria, en infantil, en EGB, en párvulos, en BUP, en la ESO, en Bachillerato, en COU, en la FP, en la Universidad, en una academia,...? Participa en el nuevo certamen de Zenda, patrocinado por Iberdrola.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Los relatos deberán ser originales e inéditos. Para poder participar en el concurso será necesario escribir en Internet un cuento, real o ficticio, en el que aparezca una persona dedicada a cualquier tipo de enseñanza. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar desde el jueves 14 de enero de 2021 al jueves 28 de enero de 2021 a las 23:59. El miércoles 3 de febrero publicaremos en Zenda una selección con los 10 relatos que optan a los premios. El viernes 5 de febrero de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premios de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #MiMejorMaestro en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu relato!

    Mis maestros de escuela,

    Hoy los recuerdo, tal vez un poco tarde. Nunca se han ido de mi mente porque están grabadas en mi memoria como si las hubieran esculpido en piedra, como si algún día las hubiera moldeado en arcilla y las hubiese cocido al fuego. Sus figuras han permanecido intactas en mi mente pues se alojaron en mi corazón cuando llegaron a mí vida. Y hoy, sin querer, salen a flote aquellos recuerdos. Sin embargo, qué ingrato es el cariño, a los que más se les ha querido, con el pasar del tiempo, se nos ha olvidado el nombre. Pero aquí, en mi ser íntimo, están las reminiscencias de lo que fueron: sus gestos severos y tiernos, el tono de sus palabras, la sapiencia de sus consejos, su manera de ser dentro clase y las risas en los pasillos con sus colegas. Y también sus enojos cuando driblábamos las enseñanzas escritas en el pizarrón, y los castigos recibidos por desobedecer sus mandatos. En mi mente asoman las imágenes de la profesora Pérez y de las señoritas Avelina Suarez y Mery Jane, mis maestros Gilberto Vásconez y Rubén Pinos… Hoy acuden a la memoria aquellas figuras queridas cuando ya tengo una edad mucho mayor que cuando ellos fueron mis respetados maestros. No sé dónde estarán ¿vivirán aún? ¿Soportarían la pandemia? Y no sé si ellos se acordarán de mí… Aunque, ¿qué hice de graciosos y notable para que no me olvidaran? Sus años de noble profesión y de distinguidos educadores, de seguro, habrán pasado. Me viene a la mente sus inmensas ganas de enseñar y mis pocas ganas de aprender. De su afán de explicarnos qué significa el PI y de su relación misteriosa con la circunferencia; de enseñarnos a diferenciar cuál es el verbo y cuál el sustantivo de una oración, y qué define al adjetivos y a los adverbios; tratando incansablemente que comprendiéramos los complicado números quebrados y los números primos, y cómo se realizan los cálculos para obtener la raíz cuadrada; de escuchar con paciencia, a todos los estudiantes del grado, la tabla de multiplicar; de insistir incansablemente que nos grabemos los nombre de las hoyas y nudos de nuestra cordillera andina; y repetir, una y otra vez, los nombre de los países del mundo y sus capitales… De inculcarnos el amor a la lectura de los cuentos y los poemas de Amado Nervo y Pablo Neruda. De estimularnos la agilidad mental en los concursos de matemáticas… Y, también, recuerdo con nostalgia las lágrimas recorriendo por sus límpidos rostros cuando alcanzábamos un logro deportivo o escribíamos una poesía a la madre. Veo sus mejillas rojas de emoción y sus ojos felices pero anegados de llanto, escuchando respuestas inverosímiles de nuestra inocencia infantil: que los burros vuelan por tener unas orejas muy grandes y que nuestro amigo se había comido un ají picante pensando saborear una dulce cereza…

    Hoy los recuerdo; no sé dónde estarán, pero, en mi corazón vivirán hasta el día en que me vaya a su encuentro. ¿Me estarán esperando para guiarme en los caminos celestiales?

    l.m.t.e.

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    Miguel Torres
    Participante

    29 diciembre, 2020 a las 12:03 am ver respuesta

    Hola!!!

    Les dejo mi segundo cuento.

    Sin cuento de Navidad. Dos.

    Apresuradamente salí de la casa y me dirigí hacia el centro de la ciudad. Miré mi reloj de pulsera, marcaba las once con dieciocho minutos, y aceleré mis pasos temiendo que la procesión estaría por culminar. Al llegar al sitio de concentración, respiré aliviado observando que en la calle Simón Bolívar aún se conservaba la multitud; la gente caminaba lentamente por la calzada adoquinada: cientos de niños deambulaban disfrazados con los trajes típicos de los pastores del mediterráneo; otros, iban engalanados con las vestimentas de nuestra serranía: polleras de colores chillones bordadas con figuras policromáticas en sus faldas; un poco más allá, se confundían varios papás noeles con las yeguas atiborradas de frutas y caramelos; parejas de esposos con los bebes en sus brazos simulando a la pareja que había huido luego del censo romano; mulas llevando en sus lomos a hermosas niñas trajeadas con vestimentas exóticas; carros alegóricos con escenas rememorativas del natalicio: el arribo inesperado de los magos de oriente, la visita angelical de seres celestiales cantando villancicos, la cruel matanza de los inocentes por mandato del gobierno imperial, la posada pobre resguardando a la sagrada familia de las inclemencias del tiempo y de la contaminación ambiental. Toda una amalgama de culturas foráneas y nativas, confundiéndose y mimetizándose las tradiciones paganas con las religiosas en un solo propósito: acompañar el advenimiento del niño a la tierra. Sin embargo, todo esto era solamente el preámbulo de lo que vendría. Y para eso había venido a la pasada del niño: a postrarme ante la imagen del divino crío, para adorarle y darle gracias por la vida, para rogarle que sane la enfermedad gravísima de la abuela, a suplicarle que auxilie a mi hermano para que no se pierdan en la frontera, que no lo descubra la migra y que no lo deporte… Esperaba ansioso a que llegará y pasase por mi lado. El sol canicular me calcinaba la piel, pero debía ser paciente. Valdría la pena este pequeño padecimiento a cambio del beneficio que me traería. Cuando la muchedumbre se aglomeró alrededor del prioste, supe que pronto pasaría por mi lado. Me embargaba una emoción muy grande, casi no podía sostenerme de pie. Quise arrodillarme, alzar los brazos y alabar su nombre. Pero lo que vi enseguida me sorprendió. Entre en pánico, el pavor y terror me heló la sangre. Quise huir del lugar destrozando todo lo que se encontraba a mi paso. El sacerdote acomodado en una poltrona lujosa llevaba sentado en sus piernas al niño. El inocente infante miraba fijamente al vacío, no decía nada. Una mano se cernía debajo de su traje.

    Miguel Torres.

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    Miguel Torres
    Participante

    28 diciembre, 2020 a las 11:58 pm ver respuesta

    Hola!!!

    Les dejo mi cuento.

    Un cuento de Navidad.

    No había acabado de contarle la historia inventada que ya se había quedado dormida. La miré, y pude percibir la serenidad, la placidez y el sosiego que presentaba su rostro. Caminaba sobre el pasto, recién reverdecido por las lluvias acaecidas en días anteriores, sin embargo sus pies no rozaban el suelo, parecía que volaba; levantaba sus manos queriendo alcanzar las aves que cruzaban por el cielo, su pelo se agitaba con la brisa fresca y susurraba palabras que sólo los duendes de ese mundo podían escucharle. Tuve curiosidad y quise acercarme para indagar qué hablaba con esos hombres pequeñitos que aparecieron, repentinamente, de la nada; y, cuando estuve a punto de hacerlo, me arrepentí, era mejor no inmiscuirme en sus deseos. De pronto, se volteó y me dijo: papi, es mejor que salgas de la escena; ésta me pertenece y la quiero vivir sola, y con intensidad. Cumplí su deseo y me alejé un poco apenado. Ella se fue lejos con aquellos mágicos hombrecitos, y se perdió tras el bosque. Me levanté calladamente, sentí temor que mis movimientos pudieran despertarla. Pero, no. Ni siquiera se movió de su puesto. Apagué la luz de la habitación, cerré la puerta y me alejé. Caminé lentamente a mi dormitorio y me asomé a la ventana. Las luces multicolores, recientemente encendidas en la ciudad, me decían que había llegado la nochebuena. Alcé la vista y en el negro cielo divisé una sola estrella. Pedí un deseo. Tantos años habían pasado desde que ella, mi niña, había salido de casa. Al despedirme me abrazó y prometió visitarme en la Navidad. Se iba al extranjero a culminar sus estudios especializados en la universidad. Regreso a la recámara de mi hija: enciendo la lamparita de su buró y ella continúa durmiendo. Su rostro conserva la misma confianza y quietud de aquellos años. Sonrío y despacito cierro la puerta. La dejo que siga en sus sueños.

    Miguel Torres.
    Concurso de cuentos en una Navidad Diferente-Zenda.

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