• Miguel Angel Román
    Participante

    13 abril, 2022 a las 10:15 pm ver respuesta

    CALAMANDA CERRO el 22 de marzo, 2019 a las 17:47

    cala nevado‏ @CalaNevado 8 minHace 8 minutos  #unahistoriadeespaña y en Facebook

    A la chatarra

    Todos dormíamos en dos tristes camas sobre  la humedad  de dos desgastados y hundidos  colchones a las doce de esa noche, un frio veinticuatro de diciembre en casa de mis abuelos,  menos mi padre. Fuertes golpes continuados e impacientes nos despertaron. Unas cuantas culatas aporreaban la puerta cerrada de la calle que al fin reventó por alguna parte. Los inquietos y sonoros ruidos se comían hasta el mismo sueño y sobresaltaban al silencio de la madrugada y a nosotros; niños indefensos y mujeres solas con  el único apoyo masculino de mi abuelo. Cuatro guardias armados con pistolas  y con la mirada hinchada de odio,  nos arrancaron de las sábanas,  nos sacaron  del único dormitorio, y nos empujaron hasta el pasillo  dónde nos doblamos como un junco de miedo y escalofríos.

    Preguntamos que querían y nadie hizo caso, aun adormilados comprendimos que aquel era un ruidoso y oscuro espectáculo. Las niñas chicas lloraban, mi abuela dio un grito sollozante, y otro, y otro, y otro, hasta que la detuvieron con un duro manotazo en la boca. Mi madre, cada vez más sudorosa, se atascaba al preguntarles, en un vano esfuerzo por conocer la finalidad de aquella intromisión, y hablaba de carrerilla y sin empuje en la voz. Mi abuelo les ofrecido unas naranjas del frutero que él mismo había recogido esa misma tarde del árbol del patio; en vez de tomarlas le dijeron que se las diera a los cerdos o se las comiera con una corteza de pan duro. Yo les iba a preguntar si nos tapábamos con el cobertor de la cama pero no podía, transfigurado por los temblores de las bajas temperaturas parecía un manojo de nervios delgado y roto junto a mis hermanos más pequeños y mi familia   en mitad del pasillo.  Insultaban, gritaban y nos dijeron que aguantara porque seguramente nos iban a dar un paseíto fuera.

    A pesar de andar desfigurados por la violencia no sabían que hacer allí. Nuestros enseres se veían sin necesidad de mucho mirar: una mesa y cinco sillas muertas de risa en el comedor, una minúscula cocina con el fuego de la chimenea mortecino, varios cacharros con agua a su alrededor y un par de sartenes y algunos platos desconchados de porcelana en una alacena sencilla y antigua.   Dos sábanas de la dote muy usadas en los cajones de la cómoda de mis abuelos y un par de manteles  a  cuadros. La ropa interior de todos apenas si ocupaba medio cajón, un pantalón y unos monos de trabajo de mi padre,  algunas batas de mi madre y de la abuela, vestiditos ajados de las niñas,  pantalones y jerséis  de mis tres hermanos y míos en el tercero.

    En una locura sin sentido, los hombres no andaban con cuidado y tiraban las sillas al suelo,  su  constante ir y venir, cerrando y abriendo puertas con multiplicada sonoridad, se  perdía   por todos los rincones de nuestro humilde hogar; con silbidos interminables, y llamándose unos a otros a gritos,  manoseaban los visillos,  las tres macetas,  las paredes que estaban cercas de su mano, los cristales de las dos ventanas, alguno rompieron, los tres cajones cerrados los abrían y desenvolvían bromeando, la pequeña imagen de cartón de la Virgen del Carmen puesta sobre la cabecera de la cama; querían descubrir entre ellas un exquisito tesoro o un imperio de cosas materiales que a nosotros nos extrañaba, por no poseerlas,  y a ellos su búsqueda los ponía cada vez más violentos y exigentes.

    – ¡Ladrones, moveros!, tu. Dijeron a mi madre, saca los papeles de la máquina de coser. Vamos acompáñame, busca por ahí. Eh, y vosotros dos, registrar lo demás.- repetían una vez y otra, y otra, y otra.

    Esa noche, nuevamente, el temblor surgió en mi madre mientras les mostraba una hoja de papel amarillento escrita por un lado y muy gastada. - Han comprobado la factura otras veces y saben que está pagada, mi marido me la compró de recién casados-¡cállate! Le gritaban desbaratándola y sembrando en ella la vacilación y un temblor nervioso de cabeza. –Esa  máquina es mi medio de vida y la forma de sacar adelante a mi familia numerosa y a mis padres, y poder enviar algo de comida a mi marido a la cárcel,  sin  mi ayuda hubiera muerto ya; y sin mi trabajo  no podría ganarme   el pan que es el sustento de mis hijos y de los que estamos aquí-

    - ¡Tu marido!, ¿sabes dónde está, verdad, y por qué? Donde todos los que traicionan a La Patria.-

    - No, él no es un traidor,- dije con un chorro vivo de voz y la boca muy abierta. -Es honrado. A mi padre, hace  cinco años lo detuvieron y no había hecho nada malo, le tendieron una trampa unos vecinos. Confió y dijo algo de que todos tenemos  el mismo derecho a comer.  Daba por hecho que el mundo podía ser  más justo.-

    -Jajá- rio estrepitosamente el que parecía el jefe, intentando sacar una sonrisa a los otros,  y me zarandeo con toda la velocidad que pudo hasta que me apareció el llanto y una bola en la garganta. Mientras tanto dos de ellos sacaron la máquina de coser a la calle, chocaron  sus  botas contra ella y la  golpearon  para hacerla rodar  cuesta abajo como una sandía.  Oímos crujir el mueble  y saltar la maquinaria en su carrera, cada vez más viva, por las piedras del suelo oscuro. Escuchamos como las culatas apaleaban los trozos mayores de la  estructura de carpintería que  rodaba y chocaba contra las aceras. Se rompió nuestro corazón con ella y la esperanza de nuestra pobreza.

    -¡A la chatarra con todo esto!- Resonó en la noche fría de la venganza, tras varios tiros y un portazo.

     

     

     

     

     

     

     

    Buenisimoo

    Miguel Angel Román
    Participante

    13 abril, 2022 a las 10:13 pm ver respuesta

    Muy interesante