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Buenas tardes   Aquí dejo mi relato, espero que guste https://www.facebook.com/Me-Bonnie-Mc-Gee-110712754589114    

Anochecer en Santiago   https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=103968245389692&id=100073295499292

¡Muy buenas! A continuación os dejo el enlace de mi humilde aportación al relato histórico. https://ritmosdelaisla.blogspot.com/2021/09/el-secreto-de-ibonciecho.html Muchas gracias por la oportunidad y un saludo. Rafael Sanz Tamarit @rafatsanz

<p>Gracias Zenda, preciosa iniciativa. Aquí la dirección de mi historia.</p><p>https://historiasdejuanjo.blogspot.com/2021/09/albertdespierta.html</p>

Y aquí va una segunda historia. Muchas gracias. EL REGALO –¡Teresa, no nos vamos a marchar hasta que nos lo enseñes! Paqui hablaba tan llevada por la emoción que estuvo a punto de caerse de la banqueta en la que había tomado asiento. Al otro extremo de la mesa de la cocina, su prima Juana asentía vigorosamente con la cabeza mientras sostenía la taza de caldo que se había cogido del puchero. Teresa no respondió. Se volvió hacia la cocina, retiró la tapa con el gancho y revolvió las brasas mecánicamente, con energía: enfadada, aunque a nadie se lo pudiera contar. A los pobres se nos hacen mieles con cualquier cuento, pensó. –No hay nada que enseñar –dijo en voz alta, de espaldas a sus amigas, muy entretenida en limpiarse unas manchas de hollín del delantal –Ni ha llegado nada, ni tiene por qué llegar. –¡Qué dirás! –respondió Juana, aferrada a la taza con las dos manos –¡Si tu marido, cuando se bajó del tren, iba cargado con dos fardos enormes! –Seguro que te ha dicho que no quiere que lo luzcas hasta que salgáis de paseo los dos juntitos –insistió Paqui –Pero somos tus amigas, y te juramos que no se lo vamos a decir a nadie, ¡qué envidia, por Dios! Debes estar emocionadísima. –Seguro que sí –continuó Juana –por favor, Teresa, nos conformamos con verlo; ni siquiera lo vamos a tocar; aunque debe ser precioso, y suavísimo… –Desde luego, ¡y lo que debe abrigar! Vas a parecer una gran señora, Teresita, luciéndolo del brazo de tu marido… –Tan alto y de uniforme… –¡Vale ya, lagartas! –bramó Teresa –Lo que tengáis que ver, lo veréis a su hora. –Ay, hija, ¿nos vas a dejar así...? Teresa salió bruscamente de la cocina, quitándose el delantal sucio, que se echó delante de la cara para enjugar las lágrimas que intentaba no salieran de sus ojos. A sus espaldas, sus dos amigas hablaban en un susurro criticón. Brujas, se dijo avanzando unos pasos hacia la alcoba, procurando que el suelo de tablas crujiera lo menos posible: Julio dormía la siesta. Al fondo del pasillo, tapado con una manta junto a la bicicleta, estaba el bulto, el bulto con el que Julio había cargado y que había traído consigo en el tren.   “Frente del Este, 15 de septiembre de 1.941. Queridísima Teresita: Te escribo estas cuatro letras para que sepas que estoy bien. Muy cansados después de un viaje tan largo, pero con el ánimo elevado y dispuestos a todo (…) Espero que en el pueblo os encontréis todos bien. Este número de estafeta es provisional, espera a que te escriba de nuevo cuando tengamos un destino definitivo (…) Dales un beso y un abrazo grande a todos, especialmente a los chicos. Tranquilízales. Te quiere, Julio.” Teresa le contempló apoyada contra la jamba de la puerta. Julio dormía tendido boca abajo, respirando profunda y ruidosamente. Además de toda la ropa de la cama, se había echado encima el capote militar; parecía como si un ave gigantesca hubiera extendido sus alas sobre la colcha blanca bordada. Todas las tardes, Teresa echaba a los niños a la calle, a jugar afuera para que no le molestaran. Desde que había regresado, Julio no había sido capaz de pegar ojo. Ninguna noche.   “Frente del Este, 10 de octubre de 1.941. Queridísima Teresita, Finalmente hemos llegado a destino y nuestro regimiento ha tomado posiciones. El ánimo bien, a pesar de la lluvia y el mal tiempo. Mi número de estafeta es el 12.858. Por casualidad me he enterado de que uno de los comandantes del regimiento tiene parientes en el pueblo, los compañeros me animan a presentarme para ver si me reclama con él (…) Pasado mañana es el Día del Pilar, dale un beso fuerte a tu madre de mi parte. Todos os llevamos en el corazón, a España y a todos vosotros (…).   Teresa contuvo la respiración. Julio se había movido y pronunciaba entre gruñidos palabras imposibles de entender. Cuando pareció tranquilizarse, cerró la puerta con cuidado y permaneció a oscuras en el pasillo, escuchando el rumor de palabras que provenía de la cocina. Esas dos no tendrán nada que hacer, se dijo. Lamentaba, y mira que Julio le había dicho que no lo hiciera, haberles enseñado la última carta que él le había escrito desde el frente, antes de regresar de permiso: “P.D. Cuando llegue espero verte en la estación. Te llevo una sorpresa.” Un abrigo de marta, un abrigo de marta zibelina. Aquellas dos estúpidas se lo habían repetido tantas veces que ella se lo había llegado a creer, había soñado despierta con lucir por la Calle Mayor, con el traje de los domingos, aquella prenda maravillosa, como una auténtica señora. Habían pasado cinco días desde que Julio se había bajado del tren, cargado con su macuto y con aquel paquete enorme, y ella no pudo evitar una mueca de disgusto cuando él lo abrió y le mostró su contenido. Una máquina de coser. Una máquina de coser en perfecto estado. Julio se había quedado frío, incapaz de entender su reacción; pero es que no te gusta, es que no la quieres, con lo bien que te va a venir para la casa, le había dicho. Y ella se había tenido que tragar las lágrimas de disgusto por la vergüenza que iba a pasar con las amigas, y mira que lo tenía allí de regreso, y que estaba bien y sano. Entonces le respondió que no le pasaba nada, que era la emoción por volver a verle y que le encantaba el regalo. Al día siguiente le preguntó cuánto le había costado conseguirla. Julio miró primero a los chicos que jugaban, después a ella. Y no dijo nada.