• Ana Benosa Lalagua
    Participante

    13 marzo, 2022 a las 1:25 pm ver respuesta

    Zenda el 2 de marzo, 2022 a las 11:30

    Ponte en la piel de una persona nacida en Ucrania. Eres un niño, una anciana, un joven, un padre, una madre. Y quieres contar tu historia. Para solidarizarnos con las víctimas de la invasión de Ucrania, Zenda organiza el concurso de relatos #VocesdeUcrania, dotado con 2.000 euros que serán donados a las organizaciones humanitarias que elijan el ganador y los dos finalistas.

    Este concurso, patrocinado por Iberdrola, cuenta con un jurado formado por los escritores Margaryta Yakovenko, Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez. Puedes participar desde hoy, 3 de marzo, hasta el domingo 20 de marzo.

    1) Los textos deberán ser originales e inéditos. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu relato en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar desde el jueves 3 al domingo 20 de marzo de 2022 a las 23:59. El miércoles 2 de febrero publicaremos en Zenda una selección con los 10 relatos que optan a los premios. El viernes 25 de marzo de 2022 se difundirán los nombres del ganador y de los dos finalistas.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #VocesdeUcrania en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu relato!

    Mi participación en el concurso:

    https://www.instagram.com/p/CbCyRgWsMv4/?utm_medium=copy_link

     

    La quinta estación

    Laura mira a Mykola y no puede contener su orgullo, la satisfacción se desparrama por sus ojos, por sus mejillas, por todo su cuerpo que se expande ante los halagos que recibe su hijo por parte de una amiga de la familia. El chico es blanco, tan blanco que parece estar siempre acatarrado, ojos azules transparentes, semblante duro que se hace dulce cuando habla. Están conectados por un hilo invisible desde el día en el que bajó del avión en Zaragoza. Le cogió de la mano en la parte de atrás del coche y no se la soltó hasta llegar a Huesca. Una hora haciendo manitas, recuerda Laura con ternura. Ángel  conducía con cuidado, despacio, por si el niño se dormía después del largo viaje. Miraba de reojo por el retrovisor. Por primera vez llevaba a un chiquillo en el coche, nunca hasta entonces alguien tan valioso había entrado en sus vidas.

    “Mykola, que guapo eres, tienes cara de ruso”, le dijo un día la amiga de su madre española. El joven, un poco azorado, sonrió y aclaró que en realidad él era ucraniano. La mujer lo miró perpleja. “Es parecido”, comentó en perfecto castellano. “Ya, como los chinos y los japoneses, que nos cuesta distinguirlos”, se justificó la mujer, algo perdida en Geografía y rasgos étnicos.

    El joven lleva varios años viviendo en España y hoy, por primera vez, le duele explicar que no es ruso. Una pequeña diferencia que se hace un mundo. Su voz se quiebra cuando le preguntan por la familia que lo crió en Ucrania después del orfanato, por el pequeño Mark, al que imagina acurrucado con los otros junto a la chimenea de una casa de campo en un pueblo perdido lejos de la capital. Las horas interminables, sin hacer nada, calculando y racionando los víveres en su cabeza. Y sobre todo esperando, ansiando que el frente avance, que los deje atrás y puedan retroceder hasta la frontera polaca. La madre no se atreve a salir del pueblo, está aterrada, sola con nueve niños y una furgoneta, no es capaz de tomar una decisión. El padre ha tenido que volver a Kiev a cuidar de los ancianos que quedaron desatendidos ante la huida general.

    Días atrás le entrevistaron en una televisión autonómica. Habla con acento ruso y entonación aragonesa. Su padre español a un lado, callado, atento a su vástago, sosteniendo sus miedos. No es para menos. Mykola es prudente, habla lo justo, contesta a lo que le preguntan, nombra a sus amigos, todos ellos con las maletas preparadas para salir huyendo, al refugio o adónde sea; él no sabe, se encoge de hombros, nadie imaginaba unos días antes la brutalidad de lo que vendría a continuación.

    Hace un tiempo soñaba con viajar a Ucrania, los dos juntos, quería hablar ruso y ucraniano para ella. A Mykola le gustaría enseñarle a Laura el metro de Kiev. Cuando estaba en el orfanato y tenían la tarde libre, se divertía correteando por los pasillos cubiertos de mosaicos curvados en los que descubría príncipes y ángeles dorados, casi tan lujosos como los de Moscú.

    -¿Ángeles dorados? -pregunta Laura-. ¿Estás seguro? ¡Sí eras muy pequeño!

    -Sí, Laura, míralo en internet, hay lámparas de iglesia en el techo, pero no una, sino muchas, así, en fila –asegura, exagerando el gesto con los brazos-. Y galerías enormes con estatuas en las paredes.

    Ahora Ángel no le permite que vea el metro en televisión; el lugar con el que quería deslumbrar a su madre española se ha convertido en una cueva sucia, atestada de gente asustada y cansada.

    Se sienta delante de los apuntes aunque le cuesta concentrarse. La Fitopatología, con esos hongos de nombres imposibles se le hace muy cuesta arriba si no está Laura a su lado para consultar el diccionario. De repente cierra la libreta, coge el móvil, teclea con rapidez, cambia el teclado al cirílico e intenta bromear con Mark. “¿El Dynamo?, y también el Huesca: fieles siempre sin reblar”, recuerda el lema del equipo local para unirse a su hermano que lleva dos años sin venir por la pandemia. Los libros han sido su salvación, un visado de estudios, el poder eludir la guerra, se siente aliviado a la vez que culpable. Imagina un futuro cercano que para él ya es cierto. Terminará el ciclo de Agricultura, aprenderá a llevar el tractor de Ángel, a distinguir los herbicidas, a escoger la simiente para siembra, a cosechar el trigo, la cebada, o cualquier grano que se le ocurra, eso es lo que le dice Laura. Y que lo único que ella sabía de ese país antes de que él llegara era lo de “Ucrania, el granero de Europa”. Él se ríe de nuevo, siempre se ríe.

    El estudio es su salvavidas pero el breakdance es su pasión, lo que su corazón anhela. Se sabe ágil: espigado, piernas de alambre, es el mico que trepaba por las señales de tráfico cuando llegó a España mientras buscaba la admiración de los otros niños. A sus nueve años y sin conocer el idioma, competía con ellos en destreza y flexibilidad. A pesar de que entonaba perfectamente, no podía cantar las letras de La Quinta Estación, y los niños se reían de sus balbuceos. Sin embargo nadaba como un renacuajo al tirarse a la piscina mientras los otros se agarraban al flotador.

    Al poco tiempo quiso vestirse como su padre español, jersey marino de cuello de pico, pantalones de loneta blancos y mocasines oscuros. En las fotos, imitaba su forma de posar, las manos en los bolsillos, los pies ligeramente separados. Un doble, un calco de Ángel. Quería ser como él, soñaba cómo parecérsele. Pero esta noche sueña en amarillo y azul, recorriendo los vagones celestes del metro de Kiev, buscando desesperado a su hermano en todas las estaciones y recorriendo las galerías llenas de rostros ateridos que le piden ayuda, y entonces añora a esos padres que le quitaron el frío de su otra vida.