• 7 octubre, 2020 a las 1:34 pm ver respuesta

    Zenda el 6 de octubre, 2020 a las 10:47

    Escribe una historia rural, ambientada en nuestro tiempo o en cualquier otro tiempo, en el campo, en un pueblo, en la naturaleza, real o ficticia,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso, con el que queremos rendir homenaje a Miguel Delibes, en su centenario.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 18 de octubre.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias rurales deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 6 de octubre de 2020 al domingo 18 de octubre de 2020 a las 23:59. El miércoles 21 de octubre publicaremos en Zenda una selección con las 10 historias que optan a los premios. El viernes 23 de octubre de 2020 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premio de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasrurales en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

     

    Querid@s amig@s,

    Estoy encantada de participar en vuestro concurso con este relato. Aparece en mi blog "Escritura". Muchas gracias.

    https://www.blogger.com/blog/post/edit/preview/2971739926143755172/7209158020409271827

    UNA NUBE EN RAINHILL
    El pueblo de Rainhill, en el condado de Berckshire, se hallaba en el camino del parque de Frogmore, a los pies del Támesis. Rainhill era el lugar más maravilloso del mundo para vivir. Las gentes del pueblo eran justas y bondadosas tanto que, su juez de paz, a falta de trabajo, daba clases de apoyo en la escuela infantil. En la última década no había habido ni una sola denuncia a la policía. Bueno, si exceptuamos la desaparición de Miss Ruttle, claro.
    Rainhill era un jardín flotante sobre el río Támesis, deliciosamente habitado por centenares de ranas y quién sabía qué otros seres maravillosos que escapaban a nuestra percepción. Es cierto que llovía demasiado en Rainhill, pero sólo entre la una de la madrugada y las seis. Casi nadie recuerda una lluvia a otra hora. Las hayas numerosas, los deliciosos castaños y los frágiles olmos eran frondosos y centenarios y, a sus pies, florecían cientos de campanillas de invierno que lograban sobrevivir hasta la primavera. Todo era como debía ser en Rainhill: la navidad era blanca. el verano azul, y las personas una gran familia.

    Sin embargo, aquel anochecer me encontraba cansada y aburrida. Llevaba dos horas mirando al horizonte. Sentada en mi cama, podía determinar, segundo a segundo, cómo el día se hundía sin remedio mientras mis ojos se llenaban de un sol en miniatura. ¿El motivo de mi aburrimiento? Me encontraba confinada en mi habitación mientras Jim, mi padre, y tía Flora, charloteaban sin tregua. Aquélla era una tarde Brown, así denominaba papá las visitas de su hermana, vete a saber por qué, porque, en realidad, se apellidaban Grey. Hasta mi madre había decidido irse de pesca. ¿Por qué no habría ido con ella? Claro que solo de pensar en esas pobres boquitas heridas...

    En fin, llevaba horas mirando como caía el sol, esperando que la noche se llevase a mi tía Flora y trajera a mi madre de vuelta. Es lo que pasaba siempre. Primero oscurecía y, después, el vozarrón de mi padre me llamaba para despedirme de mi tía, ésta me daba una propina, un beso en la frente, y murmuraba: “qué chica más atolondrada”, vete a saber por qué decía aquello. Pero me daba igual. La alegría se apoderaba de mí cuando tía Flora se alejaba más allá de la valla de nuestro jardincillo, rozando las amapolas salvajes y olisqueando las siemprevivas recién regadas. “¡Adiós tía Flora! ―añadía yo con fingida emoción―, hasta otra”. Finalmente entraba ella, Mía, mi madre y sufrida esposa de mi padre Jim. Como si hubiese estado esperando escondida tras un matorral, Mía aparecía en la lontananza con su atuendo de pesca.

    ―¿Has pescado algo, cariño? ―preguntaba Jim.

    Mi madre negaba con la cabeza y enseñaba la cesta vacía con una media sonrisa.

    ―Prepararé la cena ―decía siempre mi padre como si quisiera compensarnos por haber pasado una tarde bochornosamente aburrida.

    A partir de ahí todo se recomponía de nuevo. Volvíamos a ser una familia y, poco a poco, regresaba la diversión. Sin embargo, aquella noche algo no sucedió como debía. Llamaron por teléfono y luego hubo un silencio que me paralizó el corazón. Creo que nunca había oído un silencio semejante. Luego, tía Flora se marchó sin despedirse, sin rozar las amapolas ni oler las siemprevivas recién regadas. ¡Qué extraño! Entonces me asomé yo.

    ― ¿Qué pasa, papi? ¿Os habéis enfadado?

    ― Nada, nada, guapita. Jim se secó las manos con un delantal de paño gris que le había regalado por su santo. Nunca se lo ponía, pero siempre se secaba las manos con él. Jim parecía algo indispuesto.

    ―Cielo, asómate a ver si encuentras a tu madre, ¿quieres? Enseguida estará lista la cena.

    Salí al jardín. La noche había transformado nuestro entorno, apacible y bello, en una jauría de ruidos aterradores. El cielo azul era ahora una noche tétrica que miraba hacia el infinito. Mi madre estaba por allí, en algún lugar cercano más allá de la valla. Podía respirar su perfume a Moschino y la oía farfullar entre dientes..

    Cenamos casi en silencio. Jim sirvió las tortillas. Mi padre hacía las mejores tortillas del condado y las saboreábamos hasta que ya no podíamos más. Sin embargo, aquella noche las tortillas estaban quemadas, el pan rancio, y nadie quería conversación.

    ―La...bueno, nada ―dijo mi padre.

    ―¿Cómo? ―preguntó mi madre.

    ―¿Qué qué? ―dije yo.

    ¡Madre mía, cómo estaba el patio! Cogí un pastel de nata y me largué a mi habitación. Mañana será otro día, ¡Jesús! Y, ahora, volvía a mirar por la ventana. Era noche cerrada. Ninguna fuente de luz se interponía entre mis ojos y el jardín. La mansión de Miss Ruttle se elevaba sombría y misteriosa. Tan sólo interrumpía la oscuridad una extraña luz que acababa de iluminarse en la parte trasera de la mansión. Enfoqué un poco más los ojos y vi algo parecido a un coche. Apenas podía entreverlo porque se había apostado entre dos tristes álamos que se retorcían siniestros en el descuidado jardín de la anciana señora. Justo cuando conseguí distinguir de qué se trataba ‒un coche de policía‒, Mía llamó a la puerta. Mi madre tenía esa sombra en la cara, esa falta de luz en los ojos de las ocasiones tristes o decepcionantes de la vida. Se sentó a los pies de mi cama y me tomó de las manos. Miré al cielo: la luna parecía una media sonrisa trágica.

    -Lara, ha ocurrido algo malo ‒Mía señaló hacia la mansión de Miss Ruttle‒. Han encontrado a la anciana señora en el bosque. Está muerta, cielito.

    Mamá me abrazó y lloró débilmente procurando contener un llanto más poderoso. Me giré hacia la casa de Miss Ruttle; luego alcé la vista. Una nube enorme atravesó el horizonte y pude percibir cómo la tristeza, por primera vez en mucho tiempo, se apoderaba de Rainhill, el pueblo más dichoso del mundo.