• 24 enero, 2021 a las 2:33 am ver respuesta

    Pues aquí tenéis mi relato:

    https://www.facebook.com/benitais/posts/10219231143031158

     

    Espero que os guste y que gane.

    8 enero, 2021 a las 1:03 am ver respuesta

    #unaNavidaddiferente

    Aquí está mi cuento: LA VERDAD, SOLO LA VERDAD: https://www.instagram.com/p/CJwi7uvj8ot/?utm_source=ig_web_copy_link

     

    7 enero, 2021 a las 10:10 pm ver respuesta

    Zenda el 15 de diciembre, 2020 a las 12:11

    Escribe un cuento navideño, ambientado en esta Navidad tan diferente,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 8 de enero de 2021.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Los cuentos navideños deberán ser originales e inéditos. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 15 de diciembre de 2020 al viernes 8 de enero de 2021 a las 23:59. El lunes 11 de enero publicaremos en Zenda una selección con los 10 cuentos que optan a los premios. El miércoles 13 de enero de 2021 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premios de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #unaNavidaddiferente en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu cuento!

    En este enlace podéis leer mi cuento:  https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10219102504415273&id=1286259703

    Cuento de Navidad
    El silencio de la nieve creía que lo había despertado, por eso y solo por eso, saltó de la cama y se fue a mirar la calle, pero no, no había nevado. Todo estaba seco, parecía verano, las ventanas y balcones de las demás casas estaban con los postigos abiertos y las persianas subidas. Hacía mucho calor, tenía mucho calor.
    En el cuarto de baño se echó agua fría, gélida le pareció, en las muñecas, en la nuca y se miró en el espejo. Tenía barba, larga y suave, bien cuidada. Unas ojeras enormes como dos charcos de barro debajo de cada ojo y la boca seca, casi sin saliva.
    Miró y en las baldas, en el mueble de aseo, en los cajones y en los estantes no había nada, ni su espuma de afeitar, ni las colonias que sus hijas le habían regalado por Navidad, ni siquiera ese peine de púas delgadas que tanto bien le hacían en su cabeza de caspa grasienta.
    Todo, todos los accesorios (qué nombre para un champú, para un gel, qué nombre mas tonto) habían desaparecido.
    Volvió a la habitación y no podía creer lo que estaba viendo. No había cuadros, ni ropa colgada en las perchas, en las mesitas de noche habían desaparecido las fotos, el vasito del agua, la radio, la lamparita rosa y la de media luna, el despertador, los libros que estaba leyendo, todo salvo los muebles.
    Tenía mucha calor y sintió mucha necesidad de tomar el aire fresco, salir del dormitorio, apoyar el cuerpo en el alfeizar del hueco que da a la calle, pero no pudo abrir la puerta del cuarto, no pudo abrir las de las ventanas. Se ahogaba y no entendía qué estaba sucediendo.
    Su pijama le llevó directamente a recordar la noche anterior, la Nochebuena pasada, cuando, muy airado y enfurecido, se encerró en el baño, se ducho y se lo colocó. Cuando salió al salón, todos habían abandonado la casa. Lo habían dejado solo y decidió terminarse la botella de ron. Sentado en la butaca verde del salón siguió bebiendo hasta dormirse.
    Sentado ahora en el borde izquierdo de la cama, donde duerme "su" mujer, desde hace treinta y cinco largos años, recordó con detalle todo lo ocurrido antes de la ducha; la que se armó cuando el alcohol y la pandemia hicieron estragos en las seis personas que se habían juntado a cenar. Lola y Margarita, sus hijas, con Andrés y Gonzalo, sus maridos, él y Marisa. La que había preparado unos langostinos al brandy y unos picantones en salsa de almendras que toda la mesa alabó. Trajo a su memoria cuando empezaron a cantar villancicos, ya todos sin mascarilla, borrachos de vermut , de cervezas, de vinos, de cava, de licores y hasta de copas largas, algún que otro cigarrillo aliñado...
    Recordó, con la nitidez de la cercanía en el tiempo, pues no habrían pasado ni diez horas, según él de todo aquello, que a Marisa le dio por cantar también todas sus infelicidades, sus infidelidades y sus imbecilidades, las de ella y las de él. Que de la risa al llanto y del llanto a la bronca, a los reproches y al tú menos, yo más...
    En esos recuerdos estaba, cuando el pijama limpio y raído por el tiempo le provocó un ovillo de preguntas enredadas unas con otras y todas sin respuestas. Qué día era, por qué su pijama nuevo de ayer estaba tan viejo, por qué no podía abrir la ventana, por qué no podía gritar, por qué todo era silencio, por qué el frío se salía del cuarto, por qué sentía fuego en su interior, por qué estaba en ese cuarto impoluto, higiénico, sin adornos, sin vida...
    Toda la maraña de preguntas se iban a resolver en poco tiempo, pero antes todavía tendría que pasar una última prueba, la definitiva, esa hazaña que cada cual pasamos como buenamente podemos, en el día a día, y es saber qué quieres de la vida, que quieres hacer para vivir.
    Se tumbó en la cama, cerró los ojos y pensó: Ahora si esto no fuera una pesadilla, saldría de aquí y buscaría a Marisa, a mis hijas, a mis amistades, a mi madre, a la tía Carmela, a Encarna, la vecina de mi infancia, y les pediría que me amaran, que me quisieran, que me permitieran quererlos, quererlas sin pedir nada... ¡Ay!
    Sentía en su cuerpo el peso de una edad que no le correspondía y los 63 años cumplidos en abril pasaron revueltos, sin orden, sin cronología, a pisotones unos con otros, pero agrupados por sensaciones: alegría, felicidad, peligro, satisfacción, orgullo, esperanza, miedo, riesgo, amor, amistad, sinceridad,...
    Y a pesar de todo, nunca jamás había tenido esta paz interior que ahora tenía, esa intuición de que todo va a ir bien, abrió los ojos, miró al techo y comprobó que no estaba solo, que alguien al otro lado de la cámara lo observaba.
    Se alisó la barba con la mano derecha y dijo: Venid.
    A la habitación acudieron sus dos hijas y su nieto Antonio. Era la mañana del 25 de junio de 2025, dos años y dos meses de aquella trágica "nochenobuena" de 2020.
    #UnaNavidadDiferente

    13 octubre, 2020 a las 11:18 pm ver respuesta

    Zenda el 6 de octubre, 2020 a las 10:47

    Escribe una historia rural, ambientada en nuestro tiempo o en cualquier otro tiempo, en el campo, en un pueblo, en la naturaleza, real o ficticia,  y participa en el nuevo concurso de Zenda, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. Aquí te explicamos cómo participar en este concurso, con el que queremos rendir homenaje a Miguel Delibes, en su centenario.

    Manda tus historias aquí, en este foro, hasta el 18 de octubre.

    El jurado de este concurso lo forman los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

    El primer premio está dotado con 1.000 €. El premio para la dos historias finalistas es de 500 € para cada uno.

    A continuación te explicamos cómo participar.

    1) Las historias rurales deberán ser originales e inéditas. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres y la máxima, de 1.000 palabras. Cada concursante podrá participar con un máximo de dos textos.

    2) Debes publicar tu historia en internet, como entrada de un blog, como una anotación en Facebook, en Twitter con un tuit o un hilo, o en Instagram mediante una publicación o una historia destacada.

    3) Después, si aún no estás dado de alta debes registrarte en este foro de Zenda y escribir una respuesta al final de esta misma entrada. En la respuesta, incluye la dirección donde has publicado el texto. No es necesario publicar aquí el texto completo, basta con la URL (la dirección web).

    4) Calendario del concurso: puedes participar del martes 6 de octubre de 2020 al domingo 18 de octubre de 2020 a las 23:59. El miércoles 21 de octubre publicaremos en Zenda una selección con las 10 historias que optan a los premios. El viernes 23 de octubre de 2020 se difundirán los nombres del ganador del primer premio de 1.000 euros y de los ganadores de los segundos premio de 500 euros.

    Y podrás divulgarlo con la etiqueta #historiasrurales en las redes sociales.

    En este enlace puedes consultar las bases del concurso.

    ¡Participa y escribe tu historia!

     

    Esta es mi segundo relato:

    https://www.facebook.com/benitais/posts/10218520996277933

     

    Y lo dejo aquí también:

    Una tarde de verano
    Llegué tarde aquel día, el camino al cortijillo de "La Zarzuela" se presentó con margaritas de manzanilla, tallos de hinojo y amapolas que yo quería coger, con piedras y chinas que se metían por entre las sandalias con calcetines y con algún tropezón que me marcó las rodillas y las palmas de las manos, con una tierra grumosa y áspera, como la parte de arriba de un "Cola Cao" en leche fría. Un camino de dos líneas serpenteantes y anchas, perfiladas por macizos desiguales de hierbas muy secas, que transcurría entre minifundios de cereales y fincas de olivas.
    Mi abuelo ya tiraba de la mula que tiraba del trillo, que arañaba la cosecha del trigo recogido en el amanecer y dejado en la era al sol. Luego cuando empezaba la brisa de la tarde se aventaba. Él tuvo que interrumpir la faena para montarme en Lumera, que era el nombre que mi abuela le había puesto.
    Las tareas del cortijo las tenían repartidas a partes iguales y ni si preguntaban ni hablaban, cada cual se encargaban de lo que mejor hacía y se pedían ayuda cuando algo les sobrepasaba. Era lo contrario a mi madre y a mi padre, que hacíendo la misma faena discutían sobre la estrategia, el resultado o cualquier otro tema que se cruzara.

    Me gustaba ir con mis abuelos, porque allí se vivía en paz: mientras yo montaba en Lumera, la abuela recogía tomates y habichuelillas, mi madre regaba los frutales al ritmo de "Qué fresquita va el agua del avellano", mi hermana jugaba a saltar la acequia que recorría la finca, desde la alberca hasta las higueras.
    El sol empezó a caer por detrás de la loma y con una cesta de mimbre llena de hortalizas y frutos recogidos, una docena de huevos y unas cuantas espigas, volvimos al pueblo, las tres cantábamos coplillas infantiles, recitábamos acertijos y adivinanzas y nos alertábamos de los conejos o las perdices que veíamos.
    Al llegar a la casa, la calle olía a tierra recién regada a cubo y palmeta y las vecinas colocaban sillas bajas y de enea formando semicírculos, para luego salir a tomar el fresco. Mi hermana y yo nos lavamos con abundante agua en un barreño de zinc, mi madre preparó una cena de ensalada de tomate fresco con un huevo cocido, unos taquitos de atún de lata y mucho aceite para mojar con pan que había sobrado del almuerzo. De postre mi madre y mi padre tomaron unos melocotones en vino y mi hermana y yo los nuestros a bocados y dejamos limpio y preparado el hueso que se convertiría en un silbato.

    Era muy feliz.

    Las noches en mi calle transcurrían entre tertulias del calor que hacía, risas, carcajadas, secretos, pequeños chismorreos, alguna rodilla ensangrentada y regañinas de madres.
    Faltaba poco para las once, la hora tope para que las muchachas volvieran a casa, desde la plaza del pueblo, donde se habían encontrado con los zagales, cuando oímos a Lucía gritar y la vimos desvanecerse y su puerta llenarse de gente. La chiquillería no entendíamos porqué se echaban las manos a la cabeza, porqué gritaban y porqué nos apartaban. Imaginé que algo horrible había pasado, los gritos se volvieron movimientos improvisados para resolver lo que les había provocado tanto horror, tanta tristeza. Mi padre y mi padre se fueron con un grupo de personas mayores y mi vecina Lola y su hija Mercedes se vinieron a mi casa. Las explicaciones fueron mínimas y las tres niñas dormimos abrazadas hasta que el sol entró por la ventana. Cuando quisimos darnos cuenta ya se había organizado el funeral de Angelita, la hija de Lucía.

    El novio, un gañán escondido en carantoñas y celos, la acosaba desde hacía meses y se la llevó a la alberca de la Zarzuela para comprobar si era o no recatada. La joven se desnudó para bañarse con él, y viéndola sin ropa, la llamó puta, ramera, que se entregaba al primero que pasaba, la zarandeo y ,sin querer o queriendo, la estampó contra la pared encalada, allí se quedó quieta, con los ojos abiertos y con la cabeza rajada como una sandía.
    Me contaron que mi abuelo oyó los quejidos, pero cuando llegó a donde yacía, poco pudo hacer por ella, aunque estaba viva. Llamó a mi abuela, como pudieron la vistieron, la vendaron, la subieron a la mula y la trajeron al pueblo. Al llegar a la plaza, con ella ya muerta, todos se hicieron eco de lo que había pasado, lo que ocurrió después cada joven lo cuenta de una forma, las amigas de la asesinada la recordaban totalmente enamorada y las viejas del moño en la nuca se preguntaban qué hacía Angélica a esas horas en la alberca y los viejos de boina calada se lamentaban con un "a dónde vamos a llegar".
    Lo cierto es que todo nos cambió, nos trastocó las rutinas y lo cotidiano. Nos hizo sentir inseguridad, más irascibles y la falta de sosiego nos llenó el día a día de malas palabras, de peores gestos y de una insensibilidad a la ternura y a la belleza.
    Al novio días más tarde lo detuvieron, lo interrogaron y a los dos años lo condenaron por homicidio imprudente, pero la condena peor fue para la familia de Lucía, que se tuvo que ir a Sevilla y para mis abuelos que abandonaron el campo y se vinieron al pueblo, a vivir con nosotros.
    Las discusiones entre mi madre y mi abuela, entre mi madre y mi padre, las miradas y los respingos, con cualquier tema fuera o no conflictivo, se convirtieron en el pan nuestro de cada día.
    Y los veranos tardaron muchos años en ser veranos con tertulias, de risas, carcajadas, secretos, pequeños chismorreos, alguna rodilla ensangrentada y regañinas de madres.
    Desde aquella tarde que fui tan feliz, nunca jamás lo he sido tanto, nunca jamás.

    13 octubre, 2020 a las 1:51 am ver respuesta

    Hola, buenas noches:

    Este es uno de mis relatos para el concurso:

    https://www.facebook.com/benitais/posts/10218517483150107

     

    y he visto que además se está copiando y pegando aquí, pues ahí va:

     

    HOJAS ROJAS
    Y para ser de pueblo nunca me preocupé por lo que me hacía sentir así, de pueblo, de mi pueblo; jamás me interesó la jara, ni la oliva, ni el zorzal, ni la cabra, ni su leche. No me interesó el frío que se cuela por la bufanda y enrojece la cara, ni me pareció oportuno distinguir una chicharra de un grillo, ni si la harina de candeal y la de centeno eran idóneas para el pan. Me angustiaba ver a Paco Martínez Soria o esas películas de paletos con boina, me producía salpullido todo lo que sonaba a aldea, todo lo rural me parecía rancio.
    Fui a la escuela como si huyera de todo lo que me rodeaba, para aprender a leer historias que me hiciesen viajar a lugares cosmopolitas, llenos de gente que se cruzan, que se desconocen, que no se paran en el medio de la calle a charlar sin prisa. Por eso, si cuando leía un libro, un poema, un cuento y este no me hacía salir del pueblo, lo cerraba y le hacía la cruz. Leer entonces, para mí, era abrir la puerta al viento que me hacía volar lejos, a una ciudad con mar, con calles, con semáforos, con tiendas y escaparates...
    ¡Ay!
    En 1978 me vi enterrando a mi padre, vendiendo la casa de cal y añil, huyendo del pueblo a Madrid y no sé si la pena, el desierto de afectos que había sembrado en mis veinte años de vida, sin una madre, sin una hermana, sin una vecina y con esa desolación que provoca no tener nombre para las flores que ella cortaba, cuando yo era pequeña, y ponía en el jarrón, el no haber probado su comida de habas con hierbabuena, ni la ropavieja, no saber de qué tela de paño era la que cubría la mesa camilla, el no tener sustantivos para lo cotidiano, para los olores, los sonidos, las canciones y las retahílas, para los colores, las luces y las sombras, los sabores y las sensaciones, no sé si todo esto o sus ausencias me hicieron entrar en una profunda depresión que me dejó casi sorda, casi muda, casi ciega, casi manca y casi inmóvil.
    Me encerré en la pensión Mandarín, cerca de los Cines Luna y Sol y después de dos semanas sin salir del cuartito, salvo para ir a asearme y para recoger las tres comidas que servían en el comedor, encontré entre los cachivaches que se acumulaban en un mueble-bar, un libro de Miguel Delibes: La hoja roja.
    Un libro de un anciano, Eloy, que vive en Madrid y de su criada: Desi. Y Desi se hizo mi amiga y me ayudó a buscar la luz, el camino de regreso a mi pueblo, al olor a viñas y a olivos, al ajoharina, al pañito de ganchillo y a los sonidos del invierno que mueven los plataneros y los nogales del Paseo. Aprendí a quererla y a quererme a mí misma.
    Desi, un sencillo personaje femenino, que había perdido, como yo, al padre y que había huido a la ciudad, me descubrió que me tendría que hacer cargo de mi propia vida y de cómo conseguir mi sustento, porque todo apuntaba que me estaba quedando sin herencia, sin vida, sin ganas de vivir.
    Decidí buscarme un trabajo que me permitiera algún día volver a mi pueblo y comprar mi casa e instalarme en ella... En los anuncios del ABC, en la página 65, en la esquina izquierda, encontré un trabajo de escribana, en las Bodegas Ardosa; un empleo para empezar a construir el puente que me llevaría al futuro y que me reconciliaría con mi pasado.
    Hoy, treinta y cinco años después, estoy volviendo a Fraila y empiezo a ponerle nombre a todo lo que me encuentro, a las hierbas secas, a los pampajaritos, a las nubes alargadas, a los dichos, “borreguitos en el cielo, charquitos en el suelo”, a las uvas blancas, a la aceituna de cornezuelo, al gorrión que canta y al olor a otoño recién nacido.
    Estoy segura que en mi pueblo podré escribir muchas, muchas historias que hagan salir de sus aldeas, de sus poblados, de sus pueblos a las niñas que se quedan huérfanas de madre, antes de que le venga la regla y se crían en la soledad de los afectos, en las hojas rojas de las emociones muertas.