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Últimas respuestas del foro

“El Niño” Entré tarde en la universidad. Casi de puntillas. Como un intruso o como un héroe, según se mire. Aquel que aprovecha la vida, igual que el hermano pequeño la ropa del mayor. No quería que mis metas fueran siempre líneas de salida y me tiré a una piscina llena de dudas. Me vi rodeado de chicos y chicas. Algunos parecían adolescentes. Me senté en la última fila. Vestía de oscuro para mimetizarme con mi inseguridad. Había dejado espacio en mí para guardar los comentarios, quizá las risitas, y una deseada indiferencia. A mis cuarenta y dos años, un chaval en el mundo, un viejo en un aula de una universidad, era ya un alumno más. Nunca fui de los primeros en entrar a clase y sí de los primeros en salir. No formaba parte de los corrillos en los que se hablaría una lengua que no sería capaz de descifrar. El profesor de Derecho Romano tendría unos treinta años, quizá, pero aparentaba veinte. Era cercano con el alumnado y quería conocernos. Nos invitó a presentarnos. Una galopante vergüenza se estaba apoderando de mí. Pero ya no podía escapar. Todos los ojos se posaron en mi persona como un grupo de palomas en medio de una plaza llena de migas. “Me llamo Ulises”. Obvié la edad. El muchacho me hizo alguna pregunta neutra y sin más me deseó suerte. Pronto el turno pasó a mi compañero y el foco se posó en él. Los días pasaban y mi rutina se mantenía a flote. No me apasionaba el Derecho Romano pero Juan, “El Niño” como yo le había bautizado, consiguió que esa asignatura me llegara a interesar. Su manera de contar las cosas te transportaba a una clase de arte dramático, y así empecé a apasionarme. Me gustaba ese mundo universitario al que poco a poco me estaba adhiriendo. Había sentido cierto recelo hacia mis compañeros por su juventud, pero lo que me encontré fue una camaradería que me convirtió en uno más. ¡Malditos prejuicios! Entre el trabajo, la familia, a veces, me sentía apurado y mi demonio particular me soltaba que para qué narices estaba estudiando si ya tenía una vida hecha. Y después de los primeros exámenes y ante los resultados obtenidos me vine abajo como si hubiera cogido el ascensor hacia el fracaso. Me senté en un banco de uno de los pasillos de la facultad, en un rincón tranquilo. Pensamientos vestidos de oscuro me rodeaban susurrando: “¿Por qué pierdes el tiempo?, no vales para esto, eres demasiado mayor”. Estaba permitiendo que esas reflexiones decidieran el futuro por mí. Juan se me acercó y se sentó a mi vera. Me preguntó qué tal estaba y me transformé, entonces, en un chico de veinte años que hablaba con un colega. Así me hizo sentir. No era Juan gato viejo pero sí sabio. Intuyó que las cosas no me iban bien. Y con pocas palabras pero las adecuadas y ante mi sorpresa, me espetó: “Haz el favor de recoger esa toalla que acabas de tirar y si no lo haces tú lo haré yo”. Hizo el ademán de coger algo del suelo y me lo devolvió. Se levantó y con una sonrisa me dijo: “Te espero el martes en clase”. Me quedé algo desconcertado pero al poco, como si tuviera un muelle en las nalgas, me levanté y decidí que valía la pena volverlo a intentar. Hoy, esta historia, os la cuenta un abogado que acaba de salir de un juicio. Gracias Juan. https://www.facebook.com/helena.olivella

Hola, buenas tardes, Dejo mi participación para el concurso "Mi mejor maestro", según sus bases, en estas respuestas. Es un relato titulado "Don Andrés y mis redacciones", que he publicado en mi blog: https://rociodiazgomez.blogspot.com/2021/01/don-andres-y-mis-redacciones-relato-de.html Muchas gracias. Un saludo,

https://www.facebook.com/helena.olivella/

¡Hola! Este el enlace a mi relato #MiMejorMaestro: Dejó su huella Suerte a todos y un saludo PUA