Eran los Devoradores de Mundos, pero aquel día parecían otra cosa: perros apaleados buscando un rincón donde lamerse las llagas. Angron, esa bestia con corona de cables que el destino había encajado como padre, no conocía la piedad ni la buscaba. Para él, la guerra no era política ni imperio; era un hambre que no se saciaba nunca. Había dado una orden de relojero: treinta y una horas para someter un mundo. Por un puñado de minutos, por un retraso en el barro de las trincheras, exigía la decimación. Diez hombres para que uno muriera a manos de sus hermanos. Una infamia que solo se le ocurre a quien ya ha muerto por dentro.
—No —dijo Mago.
Se hizo un silencio de esos que cortan la respiración, un silencio de acero frío. Mago, capitán de la decimoctava, se plantó con la pesadez de quien ya no tiene nada que perder porque lo ha perdido todo en mundos de cuyo nombre ni se acuerda.
—¿No? —rugió Angron. Se acercó a él desprendiendo ese olor a ozono y matanza que lo acompañaba siempre. Tenía la boca manchada de una sangre que no era suya.
Mago no dio un paso atrás. Hay una dignidad última que solo se encuentra en el borde del abismo. Miró a los ojos de aquel monstruo que los trataba como a gladiadores de tercera categoría.
—En Quadra no tardamos ni un día —escupió Mago, y cada palabra era una bofetada de realidad—. En Brujo, en Hola, en Cestus... nuestras espadas están negras de tanto matar a los nuestros para que tú duermas tranquilo. Se acabó la paciencia, padre.
—Se derramó sangre porque fallaron —replicó Angron con esa risa seca, de lija contra piedra, que le salía de las entrañas.
—¡No fallamos! —el grito de Mago retumbó en la sala como un disparo—. Conquistamos esos mundos bajo una lluvia de fuego que te volvería loco si no lo estuvieras ya. El Imperio come gracias a nosotros. ¡No más!
Angron se quedó mirándolo. Era la mirada de un carnicero que aprecia la calidad de la res antes de degollarla.
—Me gustas, capitán. Tienes ese valor suicida que tanto escasea —dijo Angron, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Khârn, que observaba la escena con la cautela del que sabe que el rayo está a punto de caer—. Por eso te voy a dejar elegir. Escoge quién muere primero.
—Somos tus hijos... —balbuceó Mago, y esa palabra, "hijos", sonó extraña en aquel matadero.
—Si son mis hijos, que aprendan la ley del padre —sentenció la bestia—. Decimación.
Entonces apareció Salicar. Un muchacho, casi un crío si es que un Astartes puede serlo, con la cara deshecha por el hierro de lance pero con los ojos limpios. Se arrodilló con esa parsimonia de quien acepta que la vida es un mal negocio. "Por la legión", dijo. Y en su voz no había odio, solo una resignación infinita.
Angron sonrió. Fue una mueca obscena, de esas que te persiguen en las pesadillas. Mago sacó el cuchillo, con la mano temblándole por primera vez en un siglo de batallas. "Por la legión", respondió, intentando convencerse de que aquello tenía algún sentido.
—No —intervino Angron, saboreando la crueldad—. Con las manos, capitán. Hazlo con tus propias manos. Siente cómo se le escapa la vida. Así se forjan los soldados de verdad.
El cuchillo cayó al suelo con un estrépito de campana fúnebre. Mago miró a Salicar, miró al monstruo que lo engendró y sintió que el universo entero era una broma de pésimo gusto.
—No más, padre... —susurró, con la voz rota de quien acaba de entender que el honor es un lujo que no pueden permitirse los esclavos.