Génesis
Capítulo 1
La materialización del cuerpo
Apunto de salir de casa como estaba, el cartero no necesitó llamar dos veces para que al instante le abriera la puerta. Lo extraño fue escuchar de su boca mi nombre. A mis recientes ―y desde aquella mañana estrenados― dieciocho años, nunca había recibido correo alguno.
Con el entrecejo en gesto interrogante firmé la nota del certificado.
―No solo llega de lejos, de muy lejos… Además, tiene la característica de ser única por estos pueblos… ―dijo, guiñándome un ojo al tiempo que se despedía.
Era un sobre mediano, grueso y de color naranja. Y aunque por el reverso mostraba la naturalidad de un matasellos en el extremo derecho y, debajo, los detalles de mis datos, carecía de remitente.
Al cerrar la puerta tras de mí, con los nervios a flor de piel, comencé a abrir lo que parecía ser un libro, cuando el interior del sobre se iluminó.
Con las manos temblorosas, al abrirlo, salió un destello de luz. Sin soltarlo di un respingo, de puro acontecimiento. Antes de que mis dedos acabaran de extraer por completo lo que resultó ser una tablet, su pantalla resplandecía igual que en las noches en que miramos el firmamento.
Con la tablet entre mis manos, la imagen se volvió gris; ahora no había más que un mar triste y embravecido, golpeándose contra un pequeño horizonte, del cual emergió, hacia mí, un minúsculo pez.
―¡¿Un pez sireno?! ―grité en alta voz.
Ante mi estupor y sonrojo, el sonriente medio hombre, y medio pez, con una leve inclinación de cabeza y sin decir palabra, de un salto se posa en mi pecho y, con otro, en mi oreja izquierda.
Mientras mi vista luchaba con lo que veía, aún sin salir del asombro, sentí que clavaba los dientes en el lóbulo de mi oreja.
―¡Ay! ―exclamé, descolgándolo y sujetándolo con la mano.
Deslizándose, se enroscó en uno de mis dedos.
―¿Me soñabas? ―me preguntó.
―¡Hablas!
―¿No lo haces tú?
―¿Soñar con pendientes o con vampiros?
―¿Vampiros?
―¡Me has mordido la oreja!
―¿De qué hablas, chica? No he hecho nada que no te hayan hecho antes ¿Qué es vampiros?
―¡Son! ―lo corregí―. ¿Qué pretendes, tomarme el pelo?
―¿Tomar? Yo soy un mandado, a tu disposición, princesa... ―dijo posándose en mi mano e inclinando de nuevo la cabeza.
―¿Por qué? ¿Soy manca, boba o coja? ―le increpé―. Y si lo fuera, ¿qué?
―¿Vampira?
―Naa… unos seductores de talco, que vivían a su propia merced y a costa de las mujeres. El tópico de don juan, pero con las condiciones de la noche.
―¿Me ves tal cosa?
―¿En un pez? Aunque nunca se sabe... Que yo sepa, no eran del sabor de los sueños; muy al contrario. Además de solícitos, eran unos especialistas en el asedio. Vamos, unos aprovechados. ¿Y tú, aparte del sobre, de dónde sales?
―¿Aprovechados?
―¡Sí! A-pro-ve-cha-dos. Lo inverso a un hombre, vamos.
―¿Inverso a un hombre?
―Unos llorones, digo. Claro que, según dicen, lo de llorar siempre ha sido buen oficio.
―¿Qué dices, chica?
―¡Ya! Los donjuanes eran personajes ficticios, relacionados con la condición humana de la época.
―Reverencio tus oídos…
―Provocación no te falta, señor pez. Pero aún no ha dicho tu nombre…
―¿Nombre?
―Sí, nombre. Supongo que lo tienes, ya que los nombres son la base de materializarnos. Luego vinieron entre otras cosas, como los oficios… hasta el mismo vampirismo.
―Desde siempre sabían lo que se hacían. No menos que tú.
―¿Yo? ¿Qué quieres decir?
―De tu sueño, princesa, de tu sueño…
―¿Mi qué?
―Aparte de hablar, sé otras cosas… Que de riegos y lisonjas somos domésticos.
―¿Dónde está la gracia?
―En ti, princesa, en ti…
―Uf, qué cansino.
―Acabemos, que no quiero cansarte, por el momento...
―Sí, pero sigues sin decir tu nombre.
―Según tú, no lo necesitas ¿Me equivoco?
―¡Ea, pues no se hable más! ―añadí con falso enfado.
―Y ahora sé buena y ponme otra vez en tu orejita… ―dijo el pez.
―¿Buena? Mmm, eso no va conmigo. Y tú solo pareces moco de condena, pero me gustas…, y tanto que me gusta, ¿Pez?
Y lo colgué de sus dientes en el lóbulo de mi oreja izquierda. Pero esta vez me produjo un leve y dulce cosquilleo.
―El nombre de Pez te queda bien, que muy bien… ―dije con un leve mareo.
―Mmm…
―Traga, traga cuanto quieras.
―Mmm…
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Capítulo 2
Con Pez fuera de juego, volví a la tablet que reposaba sobre el aparador de la entrada de casa.
La imagen mostraba ahora un mar resplandeciente. A continuación se desplegaron otras panorámicas, tan vivas como la anterior, tan majestuosas que parecían ensordecer mis oídos: gigantescas vegetaciones multicolores; aguas abiertas en bocas yerras; extensiones de tierra aún desérticas; acantilados descomunales. Explanadas de árboles que tocaban el cielo. Kilométricas espumas ribeteadas al guiño. Indomables bosques. Irreverentes cordilleras. Vertiginosos collares de agua cayendo en complacencia. Dunas rubias y morenas, cortas y en melena; corrientes fulgurantes en vena,…
Mientras tanto, Pez, colgado en mi oreja, se mantenía rígido, sin existencia. Entusiasta, como si de un pendiente se tratara, le daba algún que otro aleteo con mis dedos.
Con la aparición de las distintas especies animales, mi expresión cambió de color. El asombro dio paso a la incredulidad ante aquellas jaulas que acaparaban todos mis sentidos. No daba crédito.
―¿Gente? ¿Yo? ―me pregunté―. ¡Pez! ―grite.
Volvió a morderme la oreja.
El mordisco cedió a un hormigueo dulzón, indescifrable, que se expandió por la cabeza.
Ese gusto que antecede y vaticina la correspondiente pérdida de conocimiento. Igual a los que me suceden cuando, tras algún golpe o contratiempo físico, el mareo me deja fuera de juego.
El leve cosquilleo provocado por la mordida de Pez dio paso al inminente y absoluto abandono del cuerpo. Me derrumbé sobre el suelo.
Cuando cobré el sentido, solo me respondían la cabeza y los ojos; la oscuridad y el silencio eran absolutos. Aún Aturdida, sentía levitar mi cuerpo.
Paralizada, sin el menor movimiento, intenté recordar un solo desvanecimiento que, al despertar, no hubiera resultado satisfactorio, revitalizante. Sin embargo, este era distinto. Me sentí perdida, sola, desprotegida.
Sin intención de moverme, volví a cerrar los ojos. Tumbada de lado, como estaba, permanecí inerte hasta que los saltos de Pez ―que apenas recordaba― sobre el brazo que tenía libre me devolvieron al mundo. Le pregunté en voz baja:
―¿Dónde estoy?
―Estás…
―Lo volviste hacer.
―Sí, pero…
―¿Dónde estamos? ―insistí.
―Deberías…
―Di lo que tengas que decir.
― Venga, chica...
―¿A qué la gravedad?
De una sacudida me puse en pie, percatándome de que estaba completamente desnuda.
―¿Y mi ropa? ―lo interrogué―. ¿Y mi casa?
―Sé tanto como tú, princesa.
―¡Qué dices!¡Ni princeso!
Clavada como una estaca, como estaba, sin otra cosa que aquella negrura, volví a pensar que era imposible que aquello tuviera la mínima existencia. Claro que, si mi vista hubiese estado a la altura de la excelente temperatura de lugar, no habría dudado de lo perfecto que habría sido estar de vacaciones. Celebrar mis dieciocho años en alguna playa paradisiaca, y no en otro planeta.
Y no sé por qué razón, al igual que el ambiente ―agradable―, sucedía lo mismo con los sonidos: no había nada que pudiera oír con claridad, ni siquiera pequeños ruidos medianamente reconocibles.
Ante aquella oscuridad, sin poder moverme, volví al suelo. Me senté con los pies cruzados, con la intención de esperar a que amaneciera sobre aquel suelo rugoso. A pesar de que Pez dijera que eso no iba a suceder, que allí no llegaba luz alguna. ¿Cómo lo sabía? No dio más explicación que la de largarse, dejándome hablar sola. Sin otro consuelo que pensar que, donde me encontraba, por lo peligroso del terreno, de poco valía saber nada.
Luego, como si mi vista estuviera tomando conciencia, empecé a advertir imperceptibles ojos rondando alrededor. Pequeñas luces, extraños movimientos claros dentro de aquella horrible oscuridad.
Y allí seguí largo rato. No me moví del sitio hasta que Pez no regresó diciendo que, después de indagar por los alrededores, había visto una hilera de flechas luminosas incrustadas en la superficie del suelo.
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Capítulo 3
El peso del mecanismo
―¿Flechas? De salir corriendo… ―articulé.
―Cuestión del terreno, supongo ―dijo Pez.
―Qué dices, chico.
―Una vez en el anzuelo, ¿qué importancia tiene un sitio u otro?
―¿Lo dices por ti?
―Y por cualquiera ―dedujo.
―¿Qué insinúas? ¿Que bailamos al son de algo?
―Solo soy tus ojos, princesa.
―Pero no aquí. ¿Es eso lo que pretendes afirmar?
―Que no corres peligro.
―Si al menos me hubieran dejado las bambas puestas… Ni el coletero, que no llevaba en ese momento…
―Si quieres te dejo el mío… ―dijo Pez, levantando los brazos hacia la parte posterior de su cuello.
Sin darle tiempo, lo cogí para enganchármelo en la oreja; aunque, en el último instante, volví a dejarlo en el hombro.
Pez no volvió a prenderse de mi oreja ni a ocupar otro sitio en mí. Muy al contrario, se daba el gusto de merodear de arriba abajo, de abajo arriba, por mis brazos y por lo que no eran mis brazos. Saltaba y acampaba a sus anchas por el largo y ancho de mi cuerpo desnudo.
A la intemperie no había cosa qué hacer ni lugar adonde ir que no fuera seguir la dirección que indicaban las flechas. Aun así, no me atreví a dejar que mis pies se valieran por sí solos, a confiar en que se sortearan con facilidad sobre aquel suelo, por mucho que Pez insistiera en que no había peligro alguno. Además, no aceptaba aquellas apariciones que deambulaban por los alrededores.
Parecía que caminaba del revés, como si ahora las estrellas estuvieran bajo mis pies. La lentitud era palpable y cada paso, un esfuerzo. Incluso con Pez de lazarillo, temerosa de perder el equilibrio, avanzaba tan despacio que apenas progresábamos.
El terreno ascendía y, con él, se intensificaba la iluminación. No tardé en ver que, ante nosotros, las flechas terminaban coronadas con un arco de focos. Pero hasta que no estuvimos justo debajo no se hizo visible la boca de una gruta. Y aunque, por las películas, aquello me recordara a algo medieval, la sensación era la misma que estar en otro planeta… o cualquier lugar completamente desconocido para mí.
La cueva nos adentró en pasadizo amplio y alargado, con una hilera de apliques iluminando ambos lados de las paredes.
Aunque el aire estaba algo enrarecido, el suelo era firme, estábamos bajo techo y la iluminación componía un escenario distinto. Como si restara importancia a que la luz se volatizara a nuestras espaldas, mientras el avance quedaba amenizado ―y custodiado― por una música turbadora que, poco a poco, fue contrarrestada por un siseo incesante. A medida que avanzábamos, el sonido aumentaba de volumen, provocándome una alarma difícil de contener.
El zumbido ya era ensordecedor, pero también distinguía lo que parecía ser un final resplandeciente del camino. Convencida de que al otro lado ya sería de día, aceleré el paso.
Todo quedaba lejos. Y aunque la claridad no desmerecía a la del día, no guardaban relación alguna.
Hasta donde me alcanzaba la vista, ante nosotros se extendía una colosal gruta. De igual envergadura, varios metros por debajo, nos cruzaba un inmenso canal, bordeado a izquierda y derecha por un estrecho pasaje protegido por una baranda.
Dentro de la fosa, como una auténtica marea ―como si hubieran sido paridos allí―, se albergaba una gran multitud humana hablando al mismo tiempo.
Repartidos en pequeños grupos, sin que se les moviera un solo músculo de aquello que los animaba, formaban círculos independientes de seis u ocho individuos. Algunos empuñaban o mantenían entre sus brazos inventos, objetos, símbolos o artilugios que, aunque alcanzaba a distinguir los más cercanos, en su mayoría no lograba reconocer.
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Capítulo 4
Los susurros del engranaje
―No eres única.
―Ni más ni menos que tú ―mascullé, adelantándome hasta la baranda.
―No hasta ese punto ―afirmó.
―Y estos seguro que no llegaron por cuenta propia… ―le insinué―. ¿Es eso lo que intentas decirme?
Se lanzó entonces hacía mi cara con el mechón de pelo del que se columpiaba.
―A mí no me mires, chica.
―No me dejas hacerlo… ―lo reté.
Soltándolo del pelo y dejándolo en la palma de mi mano, volví a los hechos.
―La mayoría traen presentes.
―¿Carnes de un mismo queso?
―No pensarás que debo bajar ahí, ¿eh? ―ladeé la mirada hacia mi espalda, al lado opuesto de él―. Además, olvidé las cuerdas.
―No creo que te esperen, princesa. Esos no esperaron por nadie. .
―Pues ya me dirás qué hago aquí ―inquirí.
―Anda, ¿y yo?
―¿No lo sabes?
―Ni hacer callar a esta marabunta.
―¿Qué hacemos ahora?
―No sé lo que harás tú, pero yo… ―dijo, sin acabar la frase.
De un salto se situó en la baranda izquierda del mirador de la fosa y, a pequeños brincos, comenzó a alejarse por ella.
Antes de que, mirando por enésima vez el gentío, pudiera reaccionar:
―¡Espera! No tan aprisa ―grité, sabiendo que no serviría de nada.
Me apresuré a seguirlo. Corrí tras él.
El aire se volvió aún más denso cuando sentí un repentino deseo de cubrirme, de tapar mi intimidad. La sensación me llegó de frente y duró apenas un instante, pero, sin dejar de avanzar, ya había perdido a Pez de vista.
Lo que temí no tardó en presentarse. Unos metros más adelante, al doblar un recoveco, me franqueó el paso un hombre en silla de ruedas, trajeado, con una mano apoyada en el mentón. Me miraba sin desenfreno ni pudor, sin apartar los ojos de mí.
Sostuve la mirada, sin recato.
Permanecimos así hasta que él decidió bajarla. Intentó entonces hacerse a un lado para dejarme pasar, pero de un solo tirón la gruta se lo tragó.
―Gracias a Dios que no levantó polvo ―dije en voz alta―. Claro que, por falta de él mismo, no por otro motivo.
Fue entonces cuando, además de apagarse la iluminación, cesó también todo sonido de la cueva. Como si se hubiera extinguido cualquier otro signo de vida que no fuera el mío.
La oscuridad y el silencio volvieron a envolverme.
No creí tener otra salida que la avanzar hacia quién sabe qué. Así que, en lugar de continuar por la baranda, me aseguré a tientas a la pared de la gruta y seguí avanzando pegada a ella.
La pared, desnuda, en su hueso, estaba surcada de grietas por las que Pez bien podría haberse escurrido, pensé. Sin embargo, ya no tenía certeza de que siguiera allí. A tientas, mientras avanzaba, buscaba una abertura por la que colarme.
De vuelta a la oscuridad ―una vez vaciados mis ojos y oídos―, en el silencio comencé a escuchar el sonido del agua al otro lado de la pared. Como si auscultara, me movía con una oreja pegada a ella. El aire era ahora más fresco.
No sé si la encontré yo o si fue ella quien me halló a mí. Más que una grieta, era un agujero; y de no ser por lo pelada y lastimosa de la piedra, habría dicho que aquello que me arrastraba hacía abajo era una madriguera.
Cuando logré ponerme en pie, en la estrechez, quedé completamente de lado. Prisionera entre dos paredes, me vi como un habitante más del lugar: como el agua misma, en busca de una salida que, aun sin mostrarse, devolvía sentido a mi olfato y afinaba mi oído.
El agua era ahora mi guía. En aquel laberinto de roca, de tanto escucharla, la pensé como un ser de mirada transparente, que solo habla en el momento justo y en el sitio preciso.
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Capítulo 5
El latir del vientre
Cuando abrí los ojos, en la estrechez del laberinto que transitaba, una sutil luz me desvió hacia otra rendija. Un hueco suficiente para que mi cuerpo avanzara de frente y sin tropiezos, en el que ya saboreaba el sonido del agua.
A la salida me hallé suspendida, a dos metros de altura, en el filo de otra gruta.
Allí también estaba el agua. Aún lejos de mi alcance, pero frente a mí. A algo más de altura de la que yo me encontraba, caía en cascada hacia una piscina natural ―de donde provenía la escasa iluminación de toda la cueva― que, en su rebozo, alimentaba pequeños charcos que vegetaban a su alrededor. La corriente, metros más abajo, desaparecía por alguna hendedura.
Con dificultad bajé el pequeño tramo que me separaba del agua, acercándome a la charca inmediata para beber de ella y refrescarme, sobre todo los rasguños de las rodillas y pies. En ella acabé sumergida.
―Has tardado, princesa ―me sorprendió la voz de Pez.
Voz procedía de la piscina, aunque yo ya recreaba la vista en la cálida y acogedora gruta.
―Así cualquiera ―reconocí.
―Vamos, entra… ―dijo después.
Estaba en el borde de la tanqueta cuando la luz de su interior cobró vida y comienza a dar saltos por encima del agua.
―¡Culebras! ―grité.
―Peces, chica.
―¿Estamos locos?
―No son distintos a mí.
―En mi tierra se dice que con uno que disfrute es suficiente… ―respondí, retrocediendo―. ¿Culebrillas?
―Que su carne sea incolora no significa que no la tengan.
―Y la mía, ¿también es invisible para ti?
No podía saber lo que él veía, aunque, en verdad, aquellas eses lumínicas en movimiento no eran más que esqueletos de pescado.
―No son muy diferentes a ti… ―insistió.
―Mejor ―repliqué―, así evito sus finas y afiladas miradas.
―Son ciegas ―añadió Pez.
―¿Cómo yo?
―E inofensivas ―concluyó.
―Igual que yo ―afirmé―. ¿Y sus resplandecientes espinas, cómo vos?
―Vamos, princesa, no seas descortés…
―¿Gracia de la que ellas carecen? ―le pregunté, acercándome otra vez al borde.
―¿A qué viene ese humor?
―Humo; aquí solo hay humo, ¿amo Pez? ―dije, sin tranquilizarme del todo.
―Qué dices, chica.
Pero fue imposible resistirse: lo sentía como una bocanada de aire fresco.
Reconocía que, cuando sabemos una cosa, esta deja de tener influencia sobre nosotros.
Con ese pensamiento me dispuse a disfrutar del baño, a darme el gusto de pasar por debajo de la cortina de agua, por donde caía con más fuerza.
Las culebrillas ya no se movían, pero estaban allí, como si me observaran desde el interior. Aun así, no me faltó jugar, como una niña, con Pez y con el agua. El hombre renace del hombre no admitía duda ni fórmula alguna, pensé. ¿Y el agua?
Salía del agua cansada, con solo un pie fuera de la piscina, cuando emergieron de nuevo las culebrillas. No sé de dónde surgían tantas, pero cada vez eran más, de diferentes grosores y tamaños. Se daban piruetas, se disparaban como puntales, se entrecruzaban, saltaban entre las charcas.
El encanto duró lo que un estruendo: desde lo alto de la cueva, sin darme tiempo a levantar la vista, cayó sobre mí una gran tromba de agua.
Agua que, cuando saqué la cabeza a la superficie, pasó de dulce a salada.
Inconsciente de cómo había llegado hasta allí, y sabiendo que la oscuridad es lo habitual de cualquier profundidad, sin intención de desfallecer, continúe nadando.
Ahora, más que un mar, era una balsa de aceite.
Intentar alcanzar una orilla pisando el fondo era un espectáculo: mi pies se hundían en lo que parecía ser fango ―algo inexistente en las playas, pensé; al menos en las que yo conocía―, hasta que, sin poder moverme y con el fango ya por las rodillas, algo me levantó por la espalda.
―A tus pies, princesa. ―dijo Pez, superando con creces mi altura.
A quien había dejado atrás y de quien, no hacía nada, pensé que se había vuelto a rajar.
―¡Eres un chico! ―acerté a decir.
―Pez. Solo Pez.
Lo último que le escuché decir, antes de quedarnos dormidos, fue que era imposible caer más abajo; que, a partir de ese momento, solo podríamos ascender. Claro que también estábamos tumbados, como perros flacos, sobre la áspera roca que nos recibió, de vuelta en el inicio.
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Capítulo 6
El maquillaje de lo uniforme
―¡Ayyy! ―grité sobresaltada, restregándome las nalgas mientras, medio dormida, intentaba ponerme en pie―. ¿Se puede saber…?
―¡Se debe! ―me cortó una voz desde lo alto.
―¿El qué? ―solté, contrariada.
Con disgusto miré hacia donde provenía la voz. Eché un vistazo alrededor: seguía sin haber nada reconocible, pero el sobresalto terminó de despertarme.
―¿No ven que amanece? ―rezongó otra vez.
Cosa que dudé. No por las ganas que tenía de ver la luz del día, que las tenía, sino porque la enmarañada planta que nos rodeaba no dejaba espacio ni siquiera para mirar el suelo.
―¿A qué la aversión? ―protesté por el latigazo que me había propinado.
La voz resultó pertenecer a una flor gigante. Flor que, por lo que pude deducir, formaba parte de la planta donde Pez y yo estábamos acostados. Vamos, en la que habíamos dormido.
Me sentí aún más molesta.
―Ahora dirás que eres la luna, que te veo así porque estas de incognito ―continué, irritada.
―Anda, lo mismo pudiera ser ―respondió, cambiando el tono, mientras sacudía parte de su ramaje―, Pues si los parásitos pueden hablar… o debería decir, gusanos…
A su lado no éramos más ni menos, desde luego. Distaba mucho de creer que aquello, aunque hablara, fuera a aclararme algo de lo que pudiera preguntarle.
En forma de semicírculo, la flor que había tenido sobre mí sin verla aún era cinco o diez veces mayor que yo. Sus hojas, duras como eran, ni siquiera mugían ni crujían con el movimiento de mi cuerpo, Así pues, ¿qué daño había en acostarse sobre ellas?
Dejé de interesarme por descender de la planta: Pez aún no daba señales de vida.
Lo que hice fue acomodarme en otra de las hojas, una que casi alcanzaba mi tamaño.
―¿Descansaron los señores? ―sugirió de nuevo la pomposa flor. De vuelta a empezar.
―Oh, la dama de las camelias, disculpe usted… ―le respondí solícita, mientras volvía a incorporarme y, con una leve inclinación de cabeza, pregunté―. ¿El honor, mi señora?
―Vencido ―dijo rotunda, y volvió al ataque―. ¿Siempre dormís tanto?
―No es de principio la voz, no. ¿Débil con esas raíces y dientes?
―¿Tragas cuanto ves?
―¿Vos? No, por favor, faltaría… Menos usted, que pintó música, ¿a carboncillo?
―Las paletas nunca fueron mi fuerte, querida ―respondió, imitando empolvarse la nariz con dos hojas de sus incontables ramas.
―De jurar…
―¡Cierra el pico! ―gritó, dejándome con la palabra en la boca―. Ahora haz el favor de decirle al flemático con el que dormías que deje libres mis hojas. No tengo todo el día, y menos aún para estar de cháchara contigo.
―Pues sí que nos creció la dama ―susurré.
Para mi error, el día aclaraba muy deprisa. Deseosa de ver la luz, sí, pero la fuerza con la que llegaba era más fuego que calor. Como para no extrañarme el armazón de su cuerpo, de crudo color ceniciento. Menos aún que aquello en lo que estaba subida formase parte de flora alguna.
Luego, alzando la voz, le dije a Pez:
―¿La estas escuchando?
Pero continuó como si aquello no fuera con él. Y así era.
La planta abrió su flor cual esfera, como una torta, se mostró redonda y plana. Vaya con la plantita ―me dije―: era tan voluminosa que, a su lado, éramos meros señuelos.
El único color que la salvaba era el amarillo del interior de la flor ―o de su boca―, rodeada de largas espinas, que hacían las veces de dientes. Espinas que también se dispersaban por las ramas y el tallo, tan oscuras como sus raíces sueltas.
Claro que despuntaba el día, pero la planta no solo tenía la facultad de que la flor fuera la voz cantante de todo su ramaje. También poseía dos ojos que, desorbitados, colgaban a modo de antenas desde la parte superior de la flor. A la que bien podría llamar cabeza, ya que se trataba de una planta de una sola flor.
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Capítulo 7
Del espacio y la esfera
―Dejémosla en su espacio ―dijo Pez, al pisar tierra firme.
No entendía para qué buscarnos la lengua. ¿Acaso no existimos?, pensé.
―¡Qué espacio ni belén dormido! ―-farfulló Flor―. ¿Os visteis? ¿De dónde habéis salido?
―Ahora es cuando nos lo va a explicar ―-le dije a Pez ―. Ya verás.
―La ocurrencia y la curiosidad se llevan puestas, querida. Así que ahórrate las palabras; lo notorio es llevar el cuerpo por delante… ―zanjó. Flor.
Volviéndose hacia el otro lado, en su derroche de ramas se irguió cual armatoste de traje carnavalesco, alcanzando tres o cinco pisos de altura. Separó las raíces, como si fuesen patas, y se alejó a grandes zancadas.
―El espacio no le guardó sitio ―dije aún en el suelo, dentro de la confusión de sus atrevimientos conmigo.
Me había vuelto a tumbar con una de sus raíces.
―¿Facilidad con la que desaparece aquello que no trasciende? ―dijo Pez.
Sin mediar palabra, Pez y yo dimos la espalda al camino por donde se marchó Flor, con intención de seguir en dirección opuesta.
No habíamos avanzado ni unos metros cuando Flor golpeó el suelo delante de nosotros con una de sus raíces. Al volvernos, sus ramas depositaron enormes frutas sobre la superficie; frutas desconocidas para mí, que hizo pedazos de un solo golpe.
―¿A dónde creéis ir? ―interrogó.
Fue también la primera en romper de nuevo el silencio.
―¡Qué! ¿Están verdes? ―preguntó, al ver que no reaccionábamos.
―Vaya, intelectual y todo ―respondí.
―No porque vosotros estéis apetitosos ―dijo, posando su gran cabeza en el suelo.
―«Hay a quienes la necesidad les viene servida; a otros, en cambio, nos cuesta la vida», le dijo un pelícano a otro… ―repliqué.
―Los rezos hacia dentro, muchacha ―regañó, Flor.
―A lo que el otro replica, con tirantez reprimida: «Hablar por lo que nos anima no atiende a instinto ni a medida; por sabido doy que no es luz todo lo que ilumina» ―continuó Pez, muy serio.
Luego se entregó a las apetitosas frutas, a las que acompañé de muy buena gana, y de las que dimos buena cuenta.
―Y ahora, en marcha ―dijo Flor―, no podemos estar aquí cuando brame el sol. Os achicharrareis antes de volver abrir esas bocas, sin que de vosotros quede una simple miga.
Y con la misma, asiéndonos a la par con dos de sus ramas, nos depositó en el interior de su flor, cerrándonos dentro.
Tumbados, sellados, sin salida, obligados a agarrarnos al vaivén de los saltos y a sus enrejadas espinas.
―Gigante, carnívora e independiente ―dije frustrada―. ¿Se puede pedir más?
―Segura como una alfombra voladora, princesa. ―musitó Pez, irrisorio.
―No soy de las convencidas ―señalé.
―Eres muy ligera e ingenua, muchacha ―intervino Flor.
―Sobre todas las cosas ―afirmé.
―La debilidad cae siempre por donde se cierne el astro ―remarcó Flor.
Al rato estábamos encantados de viajar a aquella altura. Dominaba más la grandeza del espacio que lo que pudiéramos distinguir dentro de él.
Flor avanzaba como una autómata; parecía un robot de animación. Salvo por algunas grandes matas y árboles gigantescos, aferrados a las grietas de las rocas, el suelo era puro pedrusco, desvestido de tierra y vegetación, con apenas signos de vida. Todo compartía el color ceniciento de Flor, que, junto al tamaño, era lo único que tenían en común con la planta carnívora.
―¡Dinosaurios! ―exclamé, maravillada, al ver un grupo en un oasis de vegetación salvaje―. ¡Estamos en la Tierra!
―Qué esperabas, princesa ―dijo Pez―. Pero ascender, vaya si ascendemos…
―Olvida eso, muchacha ―subrayó Flor―. Ya os dije que este sitio no es para vosotros.
―¿Adónde nos llevas? ―pregunté.
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Capítulo 8
La verticalidad del medio
El terreno continuaba siendo llano y de roca volcánica. Pero, aunque tuviese la vista fija en el exterior, ya no le prestaba atención. Aún menos después de ver la pequeña manada de dinosaurios ―incluso en sus dimensiones―, vistos y no vistos. Admitiendo que, con las grandes zancadas de Flor, las imágenes corrían muy deprisa.
Lo que me dolió fue no tener el apoyo de Pez, al que había dado un codazo con la intención de que hiciera algo. Hasta ese momento era lo único que me habría chiflado de verdad. Y lo dejamos atrás… Seguro que en el mundo no existe playa paradisiaca que lo supere.
Instante en que un desconocido y escabroso ruido se hace oír.
―Ya está aquí ―apuró Flor, e inclinó la cabeza, para meterla en una hendidura del rocoso suelo.
La cubrió con el resto de sus ramas y raíces, y a nosotros con ella.
―¿Qué está aquí? ―pregunté.
―Nada que le interesen a tus ojos. ¿Qué otra cosa puede ser? El astro ―alegó Flor.
Hacia bastante rato que había aclarado el día. No entendía por qué ahora. Si aún no se habían dado señales de vida sería por la nubosidad, me dije. Aunque, a decir verdad, sentía el espacio delante de mí. Pero mi cuidado lo cubría el suelo.
Abriendo ligeramente la boca, nos suelta por una ranura, por el hueco más interno de la grieta.
―¡A qué tanto miedo! ―protesté―. ¿Desde cuándo el sol hace daño? ¿Debo pensar que ese estruendo lo es?
―¡Déjate de bobadas! O debo decir... ―dijo Flor, uniendo sus ojos ante mí―. Como si tuvieras en tu casa…
―Es lo que declama el espacio ―aclaró Pez.
―¿Y tú qué sabes? ―le grité.
―Que ascendemos, princesa, pero no tanto… ―respondió―. Porque las mareas aún no ha crecido lo suficiente para llegar a tu altura.
―Vaya con el maestro… ―rezongué―. También, como Flor, dirás que ese ruido es del sol.
―Tú eres la única que lo escuchas, ya que naciste en otro ambiente ―me aclaró, Pez.
―¿Y qué tiene de malo? ―insistí.
―¿Malo?
―¿De vuelta a empezar?
―Digo que cada uno habla desde su distancia ―determinó Pez.
―Pero bueno… ¿Te pones de su parte?
―¿Parte? ―masculló Flor―. A ver si crees que el color y la crudeza de mi cuerpo es para ir a un baile de disfraces.
Me senté a tomar aire. Sentía que la cabeza me daba vueltas, que los ojos, a punto de lagrimar, se me escapaban de la cara.
―Igual que la naturaleza, sin exagerar, es diez veces mayor ―o más― a la natura en la que tú naciste. Porque la atmósfera se va engendrando a la par que las aguas, y aún no son suficientes para alcanzar el nivel que tú conoces ―fijó, Pez.
―Me estas insinuando que ahora las dimensiones son todas descomunales, ja ―dije haciendo muecas―. ¡Y veinte veces, ja!
―Eres escasa en las formas ― aseveró Flor.
―¿Extraviaste la condición? Bien podría hacértela llegar; una lástima no ser de acá… ―dije ahora con calma.
―Que estemos aproximadamente a mitad, por debajo, del espacio terráqueo del que provienes, significa que la existencia de la vida, para llegar a tu tiempo, no haya tenido que seguir su propio proceso. Igual que los peces no resueltos de las culebrillas… ―continuó Pez en su perorata―. El ambiente y el terreno van acordes con sus tiempos.
Acudió a mi pensamiento la fosa, aún muy lejos de asimilarla.
―Al final, no es más que permanecer en la oscuridad… ―me consolé―. Qué será lo siguiente. ¿El meteorito?
―De qué hablas, princesa.
―No has crecido lo suficiente, muchacha ―dijo flor, de vuelta al ataque.
―¡Sobre todas las cosas!
Desde que despertamos encima de Flor, hasta allí, ¿habrían pasado cuatro, seis horas? Pero claro, ¿podía estar segura de eso? Sin haber visto nada conocido, y sin saber de algo que me indicara lo distinto, me cerré en banda.
Luego escuchamos oír decir a Flor.
―¡A qué esperáis! Haced lo que mejor sabéis hacer los dos. ¡A dormir!
―Siempre es para mejor, princesa ―concluyó Pez.
―Vaya un consuelo. ¿Mejor, a qué? ―quise saber.
Vaya un consuelo, me repetí. Ya me cansaba la frasecita hecha de Pez: Siempre es para mejor. Cuando ese siempre no era más que correr: no daba el momento para estar en mí. ¿Cuántas noches habían pasado desde mi cumpleaños? Y yo que me sentí orgullosa cuando escuché de la boca del cartero:
―¿La señorita Clarisa?
Génesis
Capítulo 9
Desde lo piramidal a lo sustancial
Hasta que no cesó la tormenta de sol no salimos del agujero. Fue entonces cuando Flor retiró parte de sus matas, dejando pasar la luz. Guiados por ella, salimos al exterior a pie. La claridad ni ganaba ni desmerecía a la que había antes de meternos en la grieta.
Si en verdad fue el sol lo que nos pasó por encima, estaba remotamente fuera de mi alcance, como cualquier visión que me obligara a mirar hacia lo alto. No alcanzaba a ver más allá de la profundidad en la que estaba metida. La oscuridad me parecía interminable.
Después de servirnos frutas, Flor rompió el silencio.
―Y ahora, a casa ―expuso.
Su tono de voz era otro.
―¿A casa? ―me interesé mientras comíamos.
―El mar ya no está lejos. Ya os dije que este lugar no es para vosotros.
―¿Por qué el mar? ―pregunté, mirando a Pez, y añadí―. ¿En qué parte de nosotros ves las escamas?
―No es la primera vez que las lluvias escupen marrajos similares a vosotros.
―Pues sí que somos molestos ―comentó Pez, guiñándome un ojo.
Sin decir una palabra más, Flor nos alzó con sus ramas y nos volvió a encajar en su boca.
Durante el trayecto, entre matas inmensas dispersas y sin nada que me enturbiara la vista, más allá de los buenos saltos de Flor por los tramos escalonados del terreno, aferrada a sus enrejados dientes, volví a la carga.
―Tenemos tanto de peces como tú de vegetal.
―¿Estas segura?
―¿Qué te hace pensar lo contrario? ―quise saber.
―La intuición no piensa, muchacha ―articuló―. Ejecuta.
―Y la tuya, por lo visto, la tienes enrocada ―la provoqué.
―Ni tan siquiera sé qué tenéis de cierto ―respondió sin inmutarse―. En eso no somos tan distintas...
―¿Tú no tienes nada que decir? ―pregunté a Pez.
―Que nos movemos, princesa… que nos movemos.
Y tanto que nos movíamos. Ahí estaba el inconveniente: no parábamos.
―De todas formas, con esas carnes tan blandas y lo canijos que sois, no llegaríais muy lejos ―dijo, parándose en seco―. Ahora podéis marcharos.
Entonces, abriendo su flor en toda su circunferencia, inclinó hacia abajo la parte inferior de su cabeza. Así, tendidos cómo estábamos, nos asomamos al vacío.
―¿Desde aquí? ―grité, aferrándome con fuerza a una de sus púas―. ¿Qué pretendes?
Sin más, ladeó la cabeza y nos depositó en el suelo.
―Iros de una vez. Volved a casa.
―¿Escucho dilatar tu nariz? ―le dije a Pez.
Qué felicidad la suya. A Pez no le afectaba nada. Incluso dormido no se le borraba la sonrisa de la cara. Era pez en el agua, allí donde se encontrara.
Sin embargo, para mí aquella altura era descomunal. No entendía por qué no nos dejaba ir, simple y llanamente.
―De vértigo ―murmuré.
―¿Flaqueas? ―me retó Pez.
―¿Quién te crees? ―protesté―. Sabes que es imposible saltar desde aquí. Que la vulnerabilidad nos puede.
Me acordé de mamá, que ante mis dificultades infantiles solía decir: “No hay mal que dure una luna”.
―¿A qué esperáis? ―se impacientó Flor.
Pero fue ella quien, sin darnos más tiempo ni ocasión, volvió a enredarnos entre sus ramas y, arrastrándonos con ella, se lanzó al vacío, perdiendo parte de su cuerpo en la caída.
En pocos días, Flor se malogró por completo. De ella, su flor nos quedó como balsa; algunas hojas que, hechas cascarones, nos cubrieron de las lluvias que nos acompañaron en el trayecto.
En una de las pausas del tiempo inclemente, le dije a Pez:
―Vaya un arrojo el suyo...
―Es parte del movimiento, princesa ―respondió―. Caer es parte de las simientes de la vida. Eso lo sabes.
―Pero así, sin más…
―En el mundo, la elección de las emociones no dejan de ser particular.
―Quieres decir que la acción formó parte de su lenguaje.
―Dentro del mundo de las ideas; entre los espacios y el ambiente por el que te muevas, princesa ―respondió Pez.
―Imposible seguirte…
―Piensa que hasta las tierras de cultivo también son fósiles.
―¿Insinúas que para vosotros la distancia del tiempo es nada? ―pregunté.
―Ni los excesos… ―concluyó, tirando de mí.
Días en los que, ajenos al medio, nos deleitábamos en las aguas templadas, tanto en las del cielo como en las del mar. Permitiéndonos, a Pez y a mí, recrearnos, envolvernos con ellas, descubriéndonos entre juegos.
Génesis
Capítulo 10
El abrigo del suelo
Desperté al amparo del techo estelar. A resguardo entre unos peñascos, en tierra firme y en un lugar seco. Con un cielo sin luna, aunque las estrellas ―algo más lejanas de como las vi en el mar― seguían siendo enormes respecto a las qué conocía. Más grandes o más pequeñas, la iluminación era tan impresionante que pensé en la contaminación lumínica.
Aunque sin Pez, para culminar el momento, el oído me sorprendió con el sonido del agua. No será más que un salto, me dije. Saberla dulce ya me deleitaba. Además, fue bajar al suelo y sentir tierra bajo mis pies. Por primera vez no lo hacía sobre peladas y porosas rocas. Sin resistirme a la tentación, me agaché y, cogiendo un puñado, la respiré.
―Ascendemos ―me escuché decir, tomando prestadas las palabras de Pez.
Aunque todo aquello me parecía tan abismal como etéreo.
Pez llegó cuando me bañaba en una poza.
―Nos esperan, princesa ―dijo a mi espalda, dentro de la misma.
―¿Las cosas del comer? ―pregunté, sin ganas de sobresaltos.
No estaba el lugar para prestarme a otra cosa que no fuera lo propio.
―Lo único que nos salva ―aclaró él.
Bajamos ladera abajo hasta adentramos en la espesura de un bosque; en el qué acaparada por los olores, me tomaron ventaja.
Nos situamos detrás de unas rocas, donde Pez me previno de la existencia de animales merodeando por la zona; de la importancia de agacharnos cuando nos asomáramos al otro lado.
En esa postura vi un pequeño claro, despoblado de vegetación. Un espacio que asentaba una especie de campamento, con una hoguera como figura central del escenario, trabajando a pleno pulmón.
En torno a ella había un grupo de salvajes alborotados; entre críos y adultos, como Dios los trajo al mundo. Serían una veintena o alguno más, dando saltos, correteando, engullendo o apareándose.
―Adiós comida ―dije.
―En algún momento tendrán que dormir.
En medio de las palabras de Pez, escuché que por encima de nosotros nos olfateaban; no estábamos solos. Algo parecido a un lobo; para mi gusto más grande, más feo y con el pelo más largo.
Aferrada al asombro de mis ojos, le di a Pez un toque con el pie, y me atreví a decir:
―Tenemos compañía.
―De aquí no nos mueve nadie ―murmuró Pez, sin inmutarse.
―No sé qué os lo impide ―respondió el lobo, dándose por aludido.
―También habla.
―Ni siquiera en campo abierto ―insistió el lobo.
―¿Qué intentas decir? ―repuso Pez.
―No intento nada.
Con la misma, se alejó hacia el descampado. Después se acercó a la fogata y arrancó con los dientes un generoso trozo de carne de una pieza de asado. De regreso al lugar donde nos encontrábamos, lo plantó sobre nuestras cabezas, en la piedra desde la que observábamos.
Si en algún momento se me ocurriese pensar que aquel animal era un burro, lo habría desechado al instante.
―Aquí nadie ve a nadie ―explica después.
―Este es de los míos ―repuse.
―Come, niña ―añadió, dirigiéndose a mí―. Si quieres más, compruébalo por ti misma. No tengas reparo en ir a por otros víveres.
Con eso, nos pusimos en pie. Desechando la postura del acecho y dando por válida la acción del lobo, fui la primera en tirar de la carne y partir un pedazo con los dedos.
―El fuego es lo que provoca la encrucijada. Es la conexión de los cuerpos; en unión o ruptura ―apuntó el lobo.
―Base de un elemento mayor ―dijo Pez, y prosiguió―. Donde solo somos nutrientes.
―Los hechos no los borra ningún discurso ―aprobó el lobo.
―Las llaves tampoco son infranqueables ―añadió Pez.
―¿Por qué no habláis en cristiano? ―pregunté, alejándome.
Imposible seguirlos. Mi cabeza no contaba con el conocimiento necesario para saber de qué hablaban, así que, sin pensarlo dos veces, me encaminé hacia el campamento.
Quizá por desconfianza y a la vez por obtener la aprobación de Pez, antes de llegar al fuego me di la vuelta con intención de localizarlos con la vista. Al volver a girarme, choqué frontalmente con una de las bestias. Sin incidente alguno. El único impacto fue la risa de Pez.
Al mirar hacia atrás otra vez, vi que avanzaba subido en el lomo del lobo.
―¡Me traspasó de pies a cabeza! ―grite― ¡Somos invisibles!
Acomodándonos como si formáramos parte de los salvajes, nos hicimos un hueco alrededor de la hoguera, sirviéndonos a gusto y forma.
Génesis
Capítulo 11 (último)
Lo intangible del papel
―Que sus sonidos naturales cedieran a las vocalizaciones, acoplando toda una masa de energía… ―le insinuó el lobo a Pez, señalando con los ojos a los salvajes.
―Los unió la necesidad de comunicarse ―musité.
―Sí, pero hablo de algo anterior ―continuó el lobo―. De esa gran masa invisible, no compacta, que se concentraba en los cerebros cuando interactuaban. La comunicación es la materia; tanto en sentido como en motivo.
―Entre ambas se forjó el primer elemento ―dijo Pez―, que en su esencia es la mente.
―¿Entre ambas? ―pregunté.
―Entre la energía del cerebro y la materia de la vocalización ―respondió el lobo―. La mente intermedia. Ahí se concentra la esencia. Por separado, no serían muy distintas a lo que ocurre en otros mamíferos.
―Y sin dejar de fluir ―añadió Pez―, al unísono, los demás elementos dieron lugar a que, con el tiempo, la lengua se estructurara.
―La lengua es una creación humana ―continuó―. De ahí el resto del mundo y su diversidad. Tú eres la prueba de ello, princesa.
―¿Yo?
―¿No eres invisible? ―rió Pez.
―Pero…
Sin dejarme terminar, se inclinó hacia adelante, me tomó del brazo y tiró de mí.
―No, tonta. Ven. Acércate más… ―dijo en voz baja―. No hablo de ti por ser tú. Hablo de la mujer. En la materia es donde se manifiestan los elementos, donde se originan las simientes. Donde se da a luz.
―¿Hablas de la lengua o de la Tierra? ―pregunté.
―De ambas ―respondió el lobo―. El sistema de la lengua no deja de ser un reflejo del sistema estructural del sol.
―¿Hablas en serio?
―Entre el cerebro y el habla intermedia la mente ―dijo Pez―. Entre el sol y la tierra, la atmósfera.
Regocijados, echados como al calor de una lumbre, escuchaba sin poder apartarme.
―¿El sol como energía y la tierra como materia?
―Sin adornos ―respondió Pez―. Es el único sistema que conocemos.
―¿Y la Luna?
―La Luna no deja de ser un elemento del sistema ―añadió―. Gira entre la atmósfera y la energía del sol. De ahí sus fases… y que esta noche no esté.
―Entonces… ¿el primer sabor de la palabra es la fantasía?
―Lo has dicho tú, princesa. No yo.
―Por eso la realidad es un producto mental ―apuntó el lobo.
―Y cuando se dice que Dios creó el universo ―dije ―, ¿los hombres rechazaron su naturaleza?
―Tú sabrás ―respondió Pez.
―Naturaleza que no deja de ser un ente vivo ―añadió el lobo―, igual que la lengua.
―El lenguaje amplía los sentidos al habla ―continuó Pez―, y el habla los agrega a la lengua. De ahí las controversias. La palabra es la elevación de lo humano… aunque el tiempo tiende a tumbarla. Es autosuficiente para fantasear.
―La dualidad humana es desordenada ―dijo el lobo―. Instinto por un lado, ideas por otro. Y al final, más que explorarse, se explotan.
―¿En qué nos explotamos? ―pregunté.
―En el motivo ―respondió Pez―. Tan necesario como lo fue el primer intento de comunicación. Como en la naturaleza, la diversidad del habla es inmensa.
―Las celebraciones ―añadió el lobo― casi siempre nacen de lo que falta, no de lo que sobra.
Pensé que para ellos era fácil decirlo: no cargaban con exceso alguno más allá del instinto.
―Ahora iba a por ti, princesa ―dijo Pez, colocando un brazo sobre mis hombros.
―¿Por mí?
―Nada cuenta más ―o tiene más cuento― que lo que no se escucha ―dijo―. O lo que, aun cantando, pasa de largo.
―Qué facilidad tenéis para hablar ―murmuré.
―El sistema en el que nacemos y la lengua en la que nos movemos ―dijo Pez― son universos paralelos.
―Nuestro Universo ―afirmó el lobo.
―Que no es poco… ―susurré.
―¿Quién dijo lo contrario? ―sonrió Pez.
Amanecía cuando, a lomo de Lobo, Pez y yo emprendimos camino hacia el mar.
No es de mañana volver
Rosa María Alemán