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Palito

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RosaM
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Palito

 

1

La señora Flora es una anciana lo bastante mayor como para acordarse de todos los chiquillos que ha visto crecer, dando saltos ―y no solo saltos― en el patio de vecinos de la comunidad donde vive.

Vivienda que estrenó cuando se casó, y de eso hacía ya más de sesenta años. Desde que enviudó, para refrescarse de sus cuatro paredes, todas las tardes se desprende de su domicilio y las pasa sentada en un banco del patio de la comunidad.  

Patio en el que, dentro de sus arranques, lo máximo que se atreve a decir sobre los críos es la capacidad que tienen para hacer desaparecer hasta el cemento.

―Señora Flora, ¿sabe algo de Palito?  ―le gritó una voz infantil, separándose del grupito de niñas sin llegar a ella.

―No, preciosa, nadita de nada.

Niña que se dio la vuelta y regresó con sus amigas.    

―La pregunta iba para ti, Violeta ―le dijo la señora Flora a la chica que estaba sentada en el otro extremo del banco, el que ambas compartían.    

―Ya ―contestó Violeta con una sonrisa, apartando la vista de la revista que hojeaba―. Son varios los niños, y no tan niños, los que me preguntan por ella.

―Es lógico. Ahora vives en el piso donde vivía Palito; creerán que formas parte de su familia…

―Tampoco es ninguna molestia que me pregunten, señora Flora.

―Sobre todo los que por entonces eran muy críos ―continuó, como si no la hubiera oído―. Ellos sí que sintieron su ausencia. Al igual que la chiquita que me acaba de preguntar.

Indicó con el mentón a las niñas que habían pasado de largo, y que ahora se encontraban sentadas en un banco, frente a ellas.

 ―Crecen tan deprisa…

―Yo pensaba que solo era un nombre ―comentó Violeta―. Pero, por lo visto, no la olvidan.

―Tú la resucitaste. Antes de que ustedes se instalaran, ese piso llevaba al menos dos años vacío.  

―Como si vivir en la casa que perteneció a una estrella hace que me sienta en el centro de las preguntas.

―Sí, en cierta forma, te están haciendo partícipe de ello.

Violeta la miró directamente.

―¿Tanto se dejó querer?

―No creo que una niña sea consciente de eso. Palito era una cría como las demás, aunque era muy vivaz y hacía piña con todos. Lo cierto es que yo, cuando estoy por aquí, también la echo de menos…  

―Después de todo, son los juegos y no los juguetes los que dan vida a los niños ―dijo Violeta, como si acabara de resolver algún enigma.

Sin embargo, la señora Flora se resistía a concluir su charla.

―Y eso que ya han pasado cuatro largos años desde que nos dejó… A la misma edad que tú tienes hoy. Porque ya eres una quinceañera… ¿no es así?

―Quince años y seis meses, sí. Cuente, cuénteme algo más de ella, señora Flora...

―Siendo ya toda una mujer como lo eres tú ―continuó Flora―, hasta el último día de su marcha, y aunque fuera por un ratito, siempre y cuando estuviera por casa, Palito no dejaba de venir por el patio, de entretener a los más pequeños.

Claro que su madre se marchó definitivamente del barrio un año y pico después de que lo hiciera la hija. Y quizás ese es el motivo por el cual los niños esperan su vuelta.

―Antes de que su madre se fuera a vivir al centro de la ciudad, mandó a la niña a estudiar lejos de casa; a la península. Seguro que no quería que continuara estudiando aquí, como ella no era de las islas. A saber... También hay que decir que no era muy querida ―le confió la señora Flora―, pero no por peninsular, no vayas a pensar otra cosa, sino porque no se dejaba querer. Que la mujer no tenía por qué hacerlo. La mayoría de los vecinos la tachaban de antipática por el simple hecho de comportarse como una desconocida.

―No sabíamos nada de ella; bueno, al menos yo. Sé que trabajaba de celadora en un hospital, con turnos semanales de mañana, tarde o noche. Que saludaba a los vecinos con buenos días, buenas tardes y sus adioses cuando salía o entraba de casa, o si la tropezábamos por la calle… y de ahí no pasaba. Y nunca, que yo la viese o escuchara decir lo contrario, se acercó por el patio con su hija.    

―Recuerdo que cuando el matrimonio empezó a vivir por aquí ella estaba embarazada. Y desde el primer año de vida de Palito, con quien se la veía de la mano era con su padre. Como que fue él quien la acercó desde el primer instante al parque infantil. Y en unos añitos lo hizo ella; Palito bajaba y subía sola a casa.

 

 

 
Respondido : 13/01/2026 11:39 am
RosaM
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2

Ni Violeta intentó que la señora Flora se callara, ni Flora pensó en callarse.

―Cuando se fue a estudiar a la península, su padre ya no vivía en el barrio ―continuó―. Y es que, desde los nueve años, Palito vivía solo con su madre. Las malas lenguas solían decir que sus padres se separaron porque él trabajaba un mes y descansaba seis.

La señora Flora se encogió de hombros.

―Por estos barrios hoy no es nada del otro mundo, y este no iba a ser la excepción; cada vez son más los hombres que se ven de cháchara en las puertas de los bares o en las mismas esquinas. Bueno, esto último también lo digo por mí, porque yo no trabajé fuera de casa. Ya me hubiera gustado, pero eran otros tiempos… si bien los viejos, en nuestras añoranzas, no nos damos cuenta de que siempre son otros tiempos... 

Suspiró. E hizo una pausa antes de continuar.

―Sí, mi niña, y más a estas alturas de mi vida o más bien bajura, que solo es ver y dejar… Pero no es lo mismo para las crías; de la misma manera que les sucede una cosa, se les echa encima otra. Algo parecido ocurre en los patios de vecinos, a veces tampoco se es consciente de que hay gente mala y, sin darnos cuenta, nos creamos enemigos. Por ti sabrás que a la edad de trece años, para ciertas cosas, aún se es una niña. Y no hace falta que tengamos una u otra razón para ponernos la zancadilla; eso es propio de nosotras, de las mujeres… según la edad, vamos, o eso pienso yo.   

Violeta la escuchaba en silencio.

―¿Conoces a Amaranta? ―preguntó Flora.

Violeta asintió.

―Pues tuvo el descaro de abordar a Palito en el supermercado cuando cumplió sus trece años. De avergonzarla con el hecho de que ya era una señorita y que no debía estar todo el día con unos y con otros. Sin embargo, Palito no tenía reparos en darse o dejarse hacer con todos por igual, chicos y grandes. Sin la intención malpensada que tenemos los mayores, no, y menos aún con la intención de la Amaranta. De eso estoy segura, pues es una entrometida de cuidado. Y, aunque así fuera, ¿no era una cría? ¡Ni adulta! El hecho fue que Palito no se quedó corta y, por lo visto, le dio para el pelo del que carece desde hace mucho…

―Esto me lo contó la propia Amaranta, no vayas a pensar lo contrario. Ante su queja del poco respeto que los niños le tienen hoy a las personas mayores. Vamos, como que se dio el gusto de ponerme sobre aviso de los antecedentes de Palito. ¡A mí! Que sabrá Dios cuántos niños he visto crecer en el barrio. De lo malcriada y contestona que era desde muy pequeña. Que no entendía cómo los padres consentían que sus hijos siguieran jugando con una niña tan problemática. Y todo porque Palito le respondió que era cuestión de pluralidad y no de divisas. Y ya me dirás tú si no era para quedarse callada.

―Seguro que no solo fue el modo y el tono; actuó como era ella. Además de entrarle a la gresca con palabras más feas para que Palito le volviera a contestar al alejarse. Eso fue lo que la hizo enfurecer. A mí no me quedó otra que hacerme la sorprendida cuando me dijo que Palito le soltó, por lo bajini, que no había nada como darse y recibir en caricias; dándose la gracia de imitarla. Aunque después tronó: ¡Y se quedó tan fresca, Flora!, gritando y haciéndose la escandalizada. “¿Te puedes creer lo de esa niña?”, me decía hecha una furia.

Violeta reprimió una sonrisa.   

―En resumidas cuentas, nada más salir del supermercado se vino derecha para acá, a donde estaba yo, hecha un basilisco. Sin poner en duda que fue porque no encontró a nadie más por el camino para deshacerse de su mal humor. Aquí, hasta este banco. Sin olvidarse del supermercado, echando pestes también de él, ya que, para más inri, cuando se dirigía a las cajas a pagar se chocó de frente con uno de los espejos de las columnas del local. Delante de todo el mundo.        

La señora Flora suspiró, más calmada.

 ―Y es que, realmente, según la edad, los niños son vivarachos, faltaría más. Ellos irradian inocencia por todos lados, ¿por qué hay que hacerles creer otra cosa? Al fin y al cabo, no somos más que lo que vivimos en el momento dado, ¿no te parece?  

―Bueno, tampoco me hagas mucho caso, preciosa, lo que pasa es que esa mujer saca de quicio a cualquiera. No anda más que metiéndose donde no la llaman. Por aquí no hay quien no la conozca, así que tú ándate con ojo con ella. Es exasperante ―exhaló un suspiro, entrando en sí―. Como si no pasásemos todos por la niñez… Si es que la vida se representa en la juventud. A veces pienso que aunque parezca que solo hay un fondo, la realidad del día a día nos indica que la diversidad no siempre da más de lo mismo.

 

 
Respondido : 13/01/2026 11:23 pm
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