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Palito

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RosaM
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Palito

 

1

La señora Flora es una anciana lo bastante mayor como para acordarse de todos los chiquillos que ha visto crecer, dando saltos ―y no solo saltos― en el patio de vecinos de la comunidad donde vive.

Vivienda que estrenó cuando se casó, y de eso hacía ya más de sesenta años. Desde que enviudó, para refrescarse de sus cuatro paredes, todas las tardes se desprende de su domicilio y las pasa sentada en un banco del patio de la comunidad.  

Patio en el que, dentro de sus arranques, lo máximo que se atreve a decir sobre los críos es la capacidad que tienen para hacer desaparecer hasta el cemento.

―Señora Flora, ¿sabe algo de Palito?  ―le gritó una voz infantil, separándose del grupito de niñas sin llegar a ella.

―No, preciosa, nadita de nada.

Niña que se dio la vuelta y regresó con sus amigas.    

―La pregunta iba para ti, Violeta ―le dijo la señora Flora a la chica que estaba sentada en el otro extremo del banco, el que ambas compartían.    

―Ya ―contestó Violeta con una sonrisa, apartando la vista de la revista que hojeaba―. Son varios los niños, y no tan niños, los que me preguntan por ella.

―Es lógico. Ahora vives en el piso donde vivía Palito; creerán que formas parte de su familia…

―Tampoco es ninguna molestia que me pregunten, señora Flora.

―Sobre todo los que por entonces eran muy críos ―continuó, como si no la hubiera oído―. Ellos sí que sintieron su ausencia. Al igual que la chiquita que me acaba de preguntar.

Indicó con el mentón a las niñas que habían pasado de largo, y que ahora se encontraban sentadas en un banco, frente a ellas.

 ―Crecen tan deprisa…

―Yo pensaba que solo era un nombre ―comentó Violeta―. Pero, por lo visto, no la olvidan.

―Tú la resucitaste. Antes de que ustedes se instalaran, ese piso llevaba al menos dos años vacío.  

―Como si vivir en la casa que perteneció a una estrella hace que me sienta en el centro de las preguntas.

―Sí, en cierta forma, te están haciendo partícipe de ello.

Violeta la miró directamente.

―¿Tanto se dejó querer?

―No creo que una niña sea consciente de eso. Palito era una cría como las demás, aunque era muy vivaz y hacía piña con todos. Lo cierto es que yo, cuando estoy por aquí, también la echo de menos…  

―Después de todo, son los juegos y no los juguetes los que dan vida a los niños ―dijo Violeta, como si acabara de resolver algún enigma.

Sin embargo, la señora Flora se resistía a concluir su charla.

―Y eso que ya han pasado cuatro largos años desde que nos dejó… A la misma edad que tú tienes hoy. Porque ya eres una quinceañera… ¿no es así?

―Quince años y seis meses, sí. Cuente, cuénteme algo más de ella, señora Flora...

―Siendo ya toda una mujer como lo eres tú ―continuó Flora―, hasta el último día de su marcha, y aunque fuera por un ratito, siempre y cuando estuviera por casa, Palito no dejaba de venir por el patio, de entretener a los más pequeños.

Claro que su madre se marchó definitivamente del barrio un año y pico después de que lo hiciera la hija. Y quizás ese es el motivo por el cual los niños esperan su vuelta.

―Antes de que su madre se fuera a vivir al centro de la ciudad, mandó a la niña a estudiar lejos de casa; a la península. Seguro que no quería que continuara estudiando aquí, como ella no era de las islas. A saber... También hay que decir que no era muy querida ―le confió la señora Flora―, pero no por peninsular, no vayas a pensar otra cosa, sino porque no se dejaba querer. Que la mujer no tenía por qué hacerlo. La mayoría de los vecinos la tachaban de antipática por el simple hecho de comportarse como una desconocida.

―No sabíamos nada de ella; bueno, al menos yo. Sé que trabajaba de celadora en un hospital, con turnos semanales de mañana, tarde o noche. Que saludaba a los vecinos con buenos días, buenas tardes y sus adioses cuando salía o entraba de casa, o si la tropezábamos por la calle… y de ahí no pasaba. Y nunca, que yo la viese o escuchara decir lo contrario, se acercó por el patio con su hija.    

―Recuerdo que cuando el matrimonio empezó a vivir por aquí ella estaba embarazada. Y desde el primer año de vida de Palito, con quien se la veía de la mano era con su padre. Como que fue él quien la acercó desde el primer instante al parque infantil. Y en unos añitos lo hizo ella; Palito bajaba y subía sola a casa.

 

 

 
Respondido : 13/01/2026 11:39 am
RosaM
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2

Ni Violeta intentó que la señora Flora se callara, ni Flora pensó en callarse.

―Cuando se fue a estudiar a la península, su padre ya no vivía en el barrio ―continuó―. Y es que, desde los nueve años, Palito vivía solo con su madre. Las malas lenguas solían decir que sus padres se separaron porque él trabajaba un mes y descansaba seis.

La señora Flora se encogió de hombros.

―Por estos barrios hoy no es nada del otro mundo, y este no iba a ser la excepción; cada vez son más los hombres que se ven de cháchara en las puertas de los bares o en las mismas esquinas. Bueno, esto último también lo digo por mí, porque yo no trabajé fuera de casa. Ya me hubiera gustado, pero eran otros tiempos… si bien los viejos, en nuestras añoranzas, no nos damos cuenta de que siempre son otros tiempos... 

Suspiró. E hizo una pausa antes de continuar.

―Sí, mi niña, y más a estas alturas de mi vida o más bien bajura, que solo es ver y dejar… Pero no es lo mismo para las crías; de la misma manera que les sucede una cosa, se les echa encima otra. Algo parecido ocurre en los patios de vecinos, a veces tampoco se es consciente de que hay gente mala y, sin darnos cuenta, nos creamos enemigos. Por ti sabrás que a la edad de trece años, para ciertas cosas, aún se es una niña. Y no hace falta que tengamos una u otra razón para ponernos la zancadilla; eso es propio de nosotras, de las mujeres… según la edad, vamos, o eso pienso yo.   

Violeta la escuchaba en silencio.

―¿Conoces a Amaranta? ―preguntó Flora.

Violeta asintió.

―Pues tuvo el descaro de abordar a Palito en el supermercado cuando cumplió sus trece años. De avergonzarla con el hecho de que ya era una señorita y que no debía estar todo el día con unos y con otros. Sin embargo, Palito no tenía reparos en darse o dejarse hacer con todos por igual, chicos y grandes. Sin la intención malpensada que tenemos los mayores, no, y menos aún con la intención de la Amaranta. De eso estoy segura, pues es una entrometida de cuidado. Y, aunque así fuera, ¿no era una cría? ¡Ni adulta! El hecho fue que Palito no se quedó corta y, por lo visto, le dio para el pelo del que carece desde hace mucho…

―Esto me lo contó la propia Amaranta, no vayas a pensar lo contrario. Ante su queja del poco respeto que los niños le tienen hoy a las personas mayores. Vamos, como que se dio el gusto de ponerme sobre aviso de los antecedentes de Palito. ¡A mí! Que sabrá Dios cuántos niños he visto crecer en el barrio. De lo malcriada y contestona que era desde muy pequeña. Que no entendía cómo los padres consentían que sus hijos siguieran jugando con una niña tan problemática. Y todo porque Palito le respondió que era cuestión de pluralidad y no de divisas. Y ya me dirás tú si no era para quedarse callada.

―Seguro que no solo fue el modo y el tono; actuó como era ella. Además de entrarle a la gresca con palabras más feas para que Palito le volviera a contestar al alejarse. Eso fue lo que la hizo enfurecer. A mí no me quedó otra que hacerme la sorprendida cuando me dijo que Palito le soltó, por lo bajini, que no había nada como darse y recibir en caricias; dándose la gracia de imitarla. Aunque después tronó: ¡Y se quedó tan fresca, Flora!, gritando y haciéndose la escandalizada. “¿Te puedes creer lo de esa niña?”, me decía hecha una furia.

Violeta reprimió una sonrisa.   

―En resumidas cuentas, nada más salir del supermercado se vino derecha para acá, a donde estaba yo, hecha un basilisco. Sin poner en duda que fue porque no encontró a nadie más por el camino para deshacerse de su mal humor. Aquí, hasta este banco. Sin olvidarse del supermercado, echando pestes también de él, ya que, para más inri, cuando se dirigía a las cajas a pagar se chocó de frente con uno de los espejos de las columnas del local. Delante de todo el mundo.        

La señora Flora suspiró, más calmada.

 ―Y es que, realmente, según la edad, los niños son vivarachos, faltaría más. Ellos irradian inocencia por todos lados, ¿por qué hay que hacerles creer otra cosa? Al fin y al cabo, no somos más que lo que vivimos en el momento dado, ¿no te parece?  

―Bueno, tampoco me hagas mucho caso, preciosa, lo que pasa es que esa mujer saca de quicio a cualquiera. No anda más que metiéndose donde no la llaman. Por aquí no hay quien no la conozca, así que tú ándate con ojo con ella. Es exasperante ―exhaló un suspiro, entrando en sí―. Como si no pasásemos todos por la niñez… Si es que la vida se representa en la juventud. A veces pienso que aunque parezca que solo hay un fondo, la realidad del día a día nos indica que la diversidad no siempre da más de lo mismo.

 

 
Respondido : 13/01/2026 11:23 pm
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3

Las voces que se oían acerca de Palito no venían de su primera infancia. Una niñez que pasó inadvertida, ni distinta de la de varios de sus amigos con los que aún continuaba manteniendo contacto.

Todo fue resultado del intervalo en el que sus padres la mandaron a pasar una temporada veraniega en el campo, con su abuela paterna, Pino. Cosa que, hasta esa fecha, lo más alejada que había estado de ellos era el patio de la casa, a los pies de la vivienda familiar.

No solo se podía concluir, sino afirmar, que al final de aquellas vacaciones Palito regresó al barrio con la cabeza llena de pájaros.

Sin dejar de lado su gusto por la música ―los bailes que, desde chiquita, hacía acompañar con un radiocasete junto a sus amiguitas―, comenzó a compaginarlos contando pequeños cuentos e historietas.

A esos corrillos se iban sumando, poco a poco y sin franja de edad, más oídos. También niños de otras zonas del barrio. Un acto al que no le faltaron otros participantes ni voces voluntarias.

Entre sus juegos, motivaba a sus amigas a que los padres adornaran el patio en las vísperas de algunas fiestas populares, interviniendo ellas con distintos tipos de música.

También organizaban pequeños teatrillos, incluyendo a veces a padres y vecinos; aun sin reparar en feos, los más mayores acabaron formando parte de algunas escenas teatrales. 

Tanto fue así que los árboles y las plantas de los parterres ―y los propios parterres del patio comunitario―, que de por sí estaban escaldados de tanto niño explorador, de los pelotazos, de la basura y de los desperdicios que se arrojaban en ellos, volvieron a cobrar vida.  

 

------

 

Fue la tarde de un veintidós de junio cuando el padre de Palito depositó la maleta de su hija en el portabultos del coche.

Tras mirar la hora en el reloj, se dijo que el trayecto, por muy despacio que condujera, no le llevaría más de cuarenta y cinco minutos hasta la casa de su madre.        

―¿Te parece que llevemos unos pasteles? ―preguntó a su hija.

Palito lo miró y se encogió de hombros.     

En carretera, incluso con música de fondo y sin intención de cambiar de postura, el padre sintió el silencio de su hija, siendo él, palabrero y dicharachero nato. A ratos la ponía al corriente de algunos detalles sobre la abuela; pese a que hacía pocos años que se había quedado sola, era una anciana feliz.

―Vive con y para las plantas; habla tanto con las de interior como con las de exterior ―le bromeaba―. No hace ningún tipo de diferencia entre ellas; intima tanto con las que florecen como a las que no dan ni una triste flor.

―Dices tonterías.

―Donde además ―cambiando el tono de voz y estirándose en el asiento― está el huerto, que cuenta con verduras, hortalizas, algunos frutales y hierbas aromáticas. Pero eso es harina de otro costal, porque ya sabes que con las cosas de comer no se juega…  

―Quizá lo haga yo.

Hizo un alto.

―La abuela Pino, más que de oír la tele ―que ya no tiene―, ve la radio ―le decía más adelante―. No hay rincón de la casa donde no tenga una; vamos, como que también duerme con ella ―concluyó divertido―. Podría decirse que es su actual pareja.

―¿No hay tele?

―Me temo que no. Y al igual que la abuela, no es que seas muy aficionada a ella...

―Bueno. Ni de la radio.

Y él continuó con la perorata.

―Los abuelos se fueron a vivir al campo después de la jubilación de mi padre, al término de su vida laboral. Le dio el gusto a mi madre de vender la casa de la ciudad y trasladarse a un espacio rural, adónde vamos ahora. Hecho que no le importó porque el trayecto ―como verás―, no es largo. Era un sueño de mi madre, no así de mi padre; pero él, como no tenía impedimento alguno para bajar a la ciudad cada vez que le apetecía, aceptó el cambio que le pidió su mujer.      

No faltó el instante en que aprovechó la ocasión, como uso y costumbre en él, para empalagar a su hija en relación con su nacimiento. Para hacerle la observación, sin ninguna fe en ello, de lo tardía que fue su llegada al mundo.

De que no estarían yendo hacia donde iban en ese momento si ella hubiera nacido antes, pues los abuelos nunca se habrían ido a vivir al campo; ya que, para ellos, tu llegada fue un gran acontecimiento.

 

 
Respondido : 14/01/2026 1:07 pm
RosaM
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4

Una vez en el pueblo, el padre de Palito se bajó del coche para comprar los pasteles.

―Unos kilómetros más y ya estamos ―le dijo al regresar, poniendo de nuevo el coche en marcha.     

Poco a poco, las casas y los almacenes se difuminaban entre las curvas de la carretera. En su lugar, a ambos bordes, la vegetación se volvió más espesa. Solo se veían árboles, palmeras, cañaverales altos, zarzas y alguna planta enorme que Palito no sabía el nombre.     

Ella giró la cabeza hacia su padre.

―Este lugar es nuevo para mí ―dijo―. Hemos estado muchas veces en el pueblo, pero aquí no.

―Porque a tu madre y a mí nunca nos ha gustado el campo.

―Pero sabes dónde vive tu madre, ¿no?

―Claro. He venido pocas veces y por poco rato.     

Palito insistió.

―Quizá si los recuerdo… 

―Eras muy chiquita.

―¿Y si no le gusto a la abuela?

―¿Cómo se te ocurre decir eso? ―respondió él, sorprendido―. ¿A quién no le gustan las niñas? Y menos de una como tú ―añadió zalamero―. Haréis buenas migas, pequeña. Ya lo verás.

―Vale ―contestó Palito.

Intentó tranquilizarla.

―Todo irá bien. Terminarás el verano con muchos amigos nuevos. Es eso lo que echarás de menos, ¿me equivoco?

E intentó acercarla hacía él.

―No te preocupes. Tu abuela está deseando tenerte con ella.  

Palito sabía, por su padre, que iba a pasar el verano con la abuela porque ellos se estaban separando.

Motivo por el cual su madre aceptó enviarla allí.

A diferencia de su padre, su madre hablaba poco; costaba sacarle las palabras. Era una mujer silenciosa, y aún más en sus contratiempos. Palito nunca la había visto disgustada, ni compartía sus preocupaciones con ella.

Sin embargo, por su madre supo que ese verano, durante sus vacaciones laborables, sus padres harían un viaje en el mes de agosto.

La intención ―según su padre― era salvar el matrimonio.

Palito no conocía a más miembros de su familia que a sus progenitores.

Por parte de su padre, al ser hijo único, no tenía más pariente que la abuela Pino.

Sin embargo, la familia de su madre era más abundante, pero no eran de las islas, así que difícilmente podría conocerlos, como en su momento y con una sonrisa le había contado su madre. También le había dicho que era la menor de dos hermanos varones, mencionándoles a varios de sus primos, aunque estos también vivían muy lejos.   

El padre de Palito giró el coche y lo aparcó en la cuneta de la carretera, en sentido inverso, de vuelta a la ciudad. Frente a un conjunto de seis u ocho viviendas, de una o dos plantas de altura.

Con dos coches aparcados delante de ellas y con espacio suficiente para unos pocos más; aunque el aparcamiento era de uso exclusivo para los residentes de la zona.

―El resto, a pie, pequeña ―dijo su padre―. No te asustes, la casa no se encuentra muy arriba. Bueno, un poco sí ―añadió guiándole un ojo. 

Palito miró a lo alto y se vio rodeada de montañas y vegetación. Mucha vegetación.  

Cruzaron la carretera e iniciaron el camino que se abría paso entre dos de las viviendas. Cuesta arriba, por una acusada pendiente de tierra. A poco más de media altura, el padre dobló por un recodo a su izquierda, a quien, algo más retrasada, siguió Palito.

Al inicio era un pasadizo estrecho y oscuro entre la pared de la montaña y un roque, que no tardó en aclararse. La luz dio paso a un pasillo igual de estrecho, llano y largo; eso sí, con un suelo agrietado y, por las lluvias, lleno de piedras que dificultaban el paso.

No habían caminado por aquel estrecho más de diez minutos cuando su padre se paró en seco. Volteó la cabeza y le gritó a su hija:

―Tu abuela nos saluda desde la puerta.

 

 
Respondido : 14/01/2026 11:52 pm
RosaM
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5

El padre de Palito soltó la maleta en la entrada de la casa; besó a su madre en las mejillas y dijo casi solemne:

―Ésta es tu nieta, madre.

―Ésta es tu abuela Pino, hija.   

Aunque su abuela era menuda y solo un poco más alta que ella, Palito alzó la cabeza.

―Has crecido mucho, pequeña ―la saludó, como si desde siempre hubiera formado parte de su vida.

―Hola, abuela Pino.

―Abuela, solo abuela…   

―El resto es cuanto ves ―dijo su padre, haciendo el payaso; abrió los brazos y giró sobre sí mismo.

Palito echó un vistazo al interior del hogar.

La sala, en razón de cómo se la había imaginado esa misma tarde, le pareció enorme. 

―Tiene dos salones en uno ―se dijo, viendo que era tan grande o más que toda su casa.

Mientras que su padre y su abuela seguían hablando, anclados en la entrada y sin intención de moverse, Palito avanzó hacia el fondo del salón, hasta la pared que compartía las puertas de los dos únicos dormitorios.

Allí había un aparador con un estante encima, repleto de portarretratos en ambas superficies y, hasta el mismo techo, un amplio número de cuadros enmarcados con fotografías.

De espaldas a la calle, al ver pasar a Palito hacia el interior de la vivienda, el hijo le hizo un gesto a su madre:

―A ver si me reconoces en alguna… ―le gritó satisfecho.

―Ese es mi santuario ―respondió la abuela, volviendo la cabeza―. O mejor, mi altar mayor ―apostilló.  

Palito había visto escenas parecidas en consolas de vestíbulos, mesas camilla, estanterías o lugares similares en las casas de sus amigas; menos en la suya.

En casa no existía una cámara fotográfica ni sus padres eran aficionados a ellas.

El día que le preguntó a su madre por qué no tenían fotos suyas en casa, le respondió que no eran de su agrado; que las vivencias eran para llevarlas encima y no esparcidas por cualquier lado, aunque fuera en casa. Que así no tenía que escarbar demasiado dentro de sí para recordarlas.

En ese momento también pensó que su madre conservaba una foto suya en blanco y negro de colegio medio oculta en la cartera. Y cuando estaba a punto de descubrir que en una de las fotografías del aparador reconocía el rostro familiar de su abuelo, su abuela le susurró por detrás:     

―¿Te has visto de pequeña?     

―Sí ―respondió con un hilo de voz.   

Mientras que la abuela acaparaba a su nieta, sin pasar del umbral, con un movimiento de mano el padre de Palito se despidió de ellas.

―Vamos, ven conmigo, que aún nos queda todo un verano para nosotras solas… ―le pidió, revelándole―. En el campo no hace falta que cerrar la puerta de la calle. 

Pero la cerró.       

―Y ahora, a tu habitación ―dijo después, tirando de la maleta y desviando la vista hacia el paquete de pasteles que Palito había dejado sobre la silla junto a la puerta.

―Son del pueblo ―añadió Palito.

No fue hasta que depositó la maleta de su nieta encima de la cama para facilitarle el trabajo a la hora de deshacer el equipaje, cuando le comentó:

―Luego te pondrás con ella, tranquila. Ahora daremos buena cuenta de los dulces que no es bueno juntar la merienda con la cena, porque esas dos son capaces de hacer estragos en nuestros estómagos.   

Y fue a descorrer la cortina de la ventana. 

Mientras tanto, Palito, de espaldas a ella, se deshacía de la mochila que aún colgaba de sus hombros. Ensimismada, la dejó caer sobre una butaca del dormitorio y, entretenida, sacó de ella su pequeño radiocasete, cuando oyó que su abuela volvía a hablar, diciendo algo acerca de la parte trasera de la casa.

Al darse la vuelta vio que ya separaba las hojas de cristal de la ventana, dejando al descubierto el hueco del muro.

―Te decía que aquí tienes espacio suficiente para bailar, que sé lo mucho que te gusta…

―A ver… ―dijo Palito mirando hacia afuera. De un salto apoyó los brazos en el alfeizar, colgando la cabeza al exterior.

―¿Qué te parece? ―pregunta su abuela.

―¡Es un patio enorme!

―Un jardín ―rectificó orgullosa su abuela―. Y ahora me voy a la cocina.

―¿Qué lo hace jardín?

―No tardes, pequeña ―le recomendó desde la puerta de la habitación.

 

 
Respondido : 15/01/2026 12:27 pm
RosaM
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6

Con el runrún de la radio, la abuela la esperaba sentada a la mesa de la cocina.

―Toma antes un sándwich… ―le dijo al llegar, destapándolos de la servilleta con la que los cubría.

Sin tomar asiento, Palito alzó el vaso con zumo de naranja que estaba junto a un plato y los cubiertos preparados para ella.

 Desvió la cabeza y fijó los ojos en la puerta trasera de la cocina.

―¿Puedo salir? ―preguntó, ausente.

―Estás en tu casa ―respondió la abuela y, viendo que su nieta no tenía intención de sentarse, insistió―. ¿Y un pastel?         

Pero Palito ya depositaba el vaso vacío en la mesa del jardín, debajo de un árbol robusto. 

Al girarse, de cara a la vivienda, se fijó en que la casa no concluía en la cocina.    

―Tienes razón ―observó la abuela Pino, saliendo detrás de ella―. Esto es un patio.

―Si tú lo llamas jardín, es un jardín. 

Y avanzó hacia el hueco entre la pared de la cocina y de la ladera.

―¿Qué hay ahí detrás?

―Más macetas, la escalera de la azotea y, al fondo, la cancela que da al exterior.

―Ah…―dejó escapar, con decepción.

―¿No te gustan las plantas?

―Sí, pero solo son plantas.

Con un brazo apoyado en la baranda de la escalera, preguntó:

―¿Puedo subir?

Y, sin esperar por respuesta, corrió escaleras arriba.

La azotea estaba desprovista de cualquier cosa. Impoluta.

Después de dar varias vueltas, de bailar y de apoyar los brazos por los cuatro costados del muro, se sentó en la parte que daba al frontis, justo encima del huerto. 

La huerta era un terreno situado por encima del nivel del suelo, acondicionado para el cultivo.

Un antiguo muro de piedra la delimitaba, y a uno y otro lado de las laderas se extendían espacios de agricultura abundante.  

Entonces escuchó una voz sobre su cabeza:

―No irás a saltar ―le dijo un jilguero.

―¡Eh!

El pájaro se posó a su lado.

―¿Por qué iba a hacerlo?

―Tú sabrás ―le respondió el jilguero.

―Volar tampoco ―dijo ella, al darse cuenta del balanceo de sus pies, que levantó y cruzó bajo el cuerpo.

―Oh… ―expresó el jilguero.    

―¿Mejor?

―No del todo.

Palito se encogió de hombros y no dijo nada. 

Pensó que desde allí no podría caerse a menos que alguien la empujara, porque, mirándolo bien ―se decía―, el muro era bastante ancho. Incluso dando un salto no habría peligro, siempre y cuando no cayera en la zanja, que desde arriba se veía como un pasaje estrecho entre el huerto y la casa. Aunque, por supuesto, nunca se le ocurría experimentar tal cosa.

Aun así, antes de volver abrir la boca, miró detrás de ella.  

―¿Qué motivo me invitaría a saltar?

―Correr peligros innecesarios, por ejemplo.    

―Ninguno, que yo sepa o deje de saber.

―Eres una niña lista.

―Gracias.

―No hay de qué, pequeña.

―¡Me dicen Palito! ―replicó con voz poco amigable. “Pequeña” solo se lo llamaba su padre, y esa tarde ya era la segunda vez que lo oía salir de otras bocas.

―¿Ese no es un nombre de chico?

―Yo no he dicho que sea mi nombre. Pero si quieres, me pongo de pie.

Pues no estaba poco contenta ella con su sobrenombre como para que ahora viniera un pájaro a decirle, como si fuera una gran cosa, que Palito era nombre de chico, como si eso tuviera la menor importancia.  

Y volvió hablar. Rompiendo el silencio.

―Y hasta donde yo sé, tú eres un pájaro. Y si hablas es porque repites lo que dicen los humanos.

―¿Eso crees?

―Claro. Los hombres lo saben todo ―respondió molesta.

―Eso es mucho decir.

―Para ti, sí.

―Quizá la gracia está en no adueñarse de nada.

―¿Hay algo que no tenga dueño?

―Desde luego, nuestra naturaleza.

―Ah, bueno. Eso es cosa de los adultos.

―Crecer no tiene nada que ver con la altura ni con los años ―la corrigió el jilguero―. Está en el desarrollo que genere cada cual.  

―Pues eso.

―Eso qué ―replicó el jilguero.

―Que tampoco es de buena educación corregir a quien no se conoce ―le regañó.

―¿Y tú? ―protestó el jilguero.

―Lo mío fue para que no te dieras en confianza.

―Vaya con la niña… ¿De dónde sales, bonita?   

En ese momento, desde la parte trasera de la casa se oyó la voz de su abuela, llamándola.         

Salvada por la campana.

―¿Ves? Ni a mi abuela le importa cual es o deja de ser mi nombre ―insistió―, solo cómo me llaman.

―A mandar ―zanjó el jilguero, inclinando el cuello hasta rozar el pico con el muro―, su señoría…

Pero, cuando levantó la cabeza, Palito ya había abandonado la azotea.

 

 
Respondido : 16/01/2026 10:47 am
RosaM
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7

―¡Estoy aquí! ―gritó Palito a mitad de la escalera.

En el rellano vio a su abuela embutida en un impermeable amarillo con capucha y unas altas botas de agua negras. Al imaginarla en la cubierta de un barco, bajo el ojo de una tempestad, no pudo aguantar la risa. 

―Estás muy graciosa.

―Ven, sígueme, voy a enseñarte algo.

―¿Vamos al huerto?

―Al otro extremo del jardín ―le contestó con un gesto de cabeza, indicándole que la siguiera.

En fila de dos, Palito se encaminó detrás de ella. Cruzando por delante de los muebles de terraza, le insistió:

―¿Entonces, adónde vamos?

En lugar de contestarle, la abuela repitió, sin soltar prenda:         

―Quiero que veas algo.

Siguieron por un pasillo largo sin parra; ocupada por trepadoras, enredaderas, jardineras y macetas que no dejaban hueco ni a la propia tierra. Al final de esta, tuvieron que agacharse para pasar por debajo de una hiedra enmarañada que se entrecruzaba cubriendo un cuarto de madera. Aquel pasillo las llevó al otro extremo de la casa.

El claro la cogió por sorpresa.

―Guau, qué buen escondite… ―articuló, evocando a sus amigas―. Quién lo diría…  

―No tardarías en descubrirlo ―le confesó su abuela―, y me apetecía verte la cara… 

―Esto es más que un jardín… ¿Por qué lo ocultas?

―¿Yo? No, pequeña. Se ha hecho a sí mismo… o ya no soy la que era. Bueno, ambas cosas.

―¿Mi padre sabe que existe? ―preguntó Palito, preguntándose a su vez por qué él no se lo había mencionado.

―Para nada, criatura. Si pisó esta parte de la casa fue cuando la compramos, y de eso ha llovido mucho…

―Más escondido, imposible.

―Tampoco es para tanto… ¿Qué te parece?

―Un bosque. En miniatura, pero un auténtico bosque ―dijo adelantándose unos pasos―. Claro que más alegre, con más colores.

―Me satisface oírte. No voy a negar que también me gusta: me consuela pensar que ahora las plantas viven a su aire ―dijo, disponiéndose a abrir el cuarto de las herramientas.

Mientras su abuela preparaba la manguera para regar, a Palito no se le escapaba el trinar de los pájaros. Se dio cuenta de su diversidad cuando se posaban o pasaban volando; sin embargo, ninguno daba muestras de saber hablar.

Después se interesó por los dos enormes bidones de agua que la superaban en altura, en los que cabrían al menos seis personas dentro ―le comentó a su abuela―. Esta le respondió que se utilizaban para almacenar el agua de la lluvia que recogían de la azotea.          

―Este invierno pasado no, pero ha habido años en que el agua les rebozaba.

―¿Tanto llueve aquí?

―Y más. A diferencia de la ciudad, en el campo las estaciones se dejan sentir. Y, como siempre, el calor ya aprieta...

―¿Me dejarás hacerlo? ―preguntó Palito, acordándose de los parterres del patio de su casa y de lo encantada que se quedaba viendo cómo los regaba el vecino encargado de ellos.

Al ver que su abuela guardaba silencio mientras terminaba de instalar la manguera insistió:

―¿Me la dejas usar a mí, por favor?

―Te pondrías perdida. Además, voy a empezar a regar por las macetas del patio. Aprovecha y da un paseo; hay flores extraordinarias: calas, esterlicias, rosas, gladiolos…

Palito siguió su consejo con la ilusión de volver a ver al jilguero, pero en medio de aquella selva, por lo tupido del jardín, no le parecía posible.

Muchos de los setos tenían más altura que ella, y el poco margen de espacio entre ellos le obstaculizaba el paso.

Aunque, como le había dicho su abuela, había flores maravillosas que desconocía, no dudada en apartarlas para avanzar, como si fueran malas hierbas, junto a las ramas que se interponían en su camino.

Le disgustaban más los rasguños en brazos y piernas que la usencia del jilguero, que no hacía acto de presencia.

Cuando volvió cerca del punto de partida, escuchó el sonido del agua corriendo por la manguera.

―Por favor, abuela, ahora déjame a mí ―le rogó.

―Por arriba ―le indicó acercándose―, solo se trata de refrescarlas.

Su abuela no solo le entregó la manguera, sino que además fue a deshacerse del impermeable y de las botas con las que había iniciado el riego; no le quedaba otra que bajar a la altura de su nieta. 

Y aunque los días eran más largos, entre juegos de “ahora yo” y “ahora tú”, y sin darse cuenta de que la noche se les echaba encima, acabaron caladas hasta los huesos.

 

(Primera parte)

 

 
Respondido : 17/01/2026 2:11 am
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