(2ª Parte)
Al terminar su desayuno, y no encontrarse con su abuela, Palito recogió la mesa y dejó la cocina como si allí no hubiese ocurrido nada.
Una comida que, por su novedad y gusto, había degustado entusiasmada, despacio, muy despacio.
―Ya está todo ―le dijo a su abuela al cruzarse con ella justo cuando salía de la cocina.
―¿Qué has hecho, criatura?
―También lo hago en casa.
―Aquí estás de vacaciones. ¿Qué tal el desayuno?
―Todo estaba muy rico, abuela.
―Supongo que sigue en pie lo de esta tarde, ir a por la leche de cabra...
―Sí, claro. Y el gofio, el queso, las aceitunas verdes...
―Así conocerás a mi amiga Margarita, la promotora del huerto, que, como ya sabes, es la mujer del cabrero. Y no olvides que te muestre dónde se ubica la aldea… que a veces soy algo olvidadiza.
―También me puedo hacer cargo de la compra, abuela.
―De eso se encarga la tienda, pequeña, aparte de alguna cosa que ya me alcanza Margarita… ―dejó escapar un suspiro―. No sé qué haría yo sin ella. Pero ahora venía a por ti y por una cesta de mimbre.
―¿Ahora?
―¿No me preguntabas ayer por el huerto?
―Sí.
―En este tiempo hay que ir temprano, antes de que el sol le dé de lleno.
Palito se alegró por fuera, no así por adentro.
Ya salía por la puerta de atrás, la que daba a la azotea. No podía rechazar la oferta de su abuela, aunque le resultaba imposible sentarse frente al huerto como la tarde anterior; lo más probable era que desde allí viera la azotea.
Así que acabó diciéndose que tendría tiempo de confirmar si el encuentro con el jilguero había sido real o solo producto de su imaginación.
―Vamos entonces, que necesito unas acelgas ―dijo su abuela, haciéndose con una cesta de mimbre plana y otra para la fruta de uno de los muebles de la cocina.
―Cuando quieras.
Al alcanzar los tres escalones del huerto, a su abuela no se le ocurrió otra cosa que quedarse plantada justo debajo del mismo tramo del muro de la azotea en el que ella había estado con el jilguero.
Se entretuvo hablándole de las hierbas aromáticas plantadas en el borde del huerto: cortando alguna ramita, retirando hojas secas o brotes ajenos que intentaban abrirse paso por la tierra.
Por mucho que se aplicara en poner al día a su nieta, Palito solo tenía ojos para los aleteos del entorno y para lo alto de la azotea.
Intentó repetir lo mismo con las verduras y las hortalizas, pero no tardó en darse cuenta de que hablaba solo para ella; Palito llevaba rato sin pronunciar una sola palabra.
―¿Palito, te preocupa algo?
Ella negó con la cabeza, pero aun así le preguntó:
―¿Puedo salir por ahí, a pasear por el campo…? ¿Se dice así?
―Era eso… ―se tranquiliza la abuela. Conocía las licencias que le daban sus padres y pensó que ella no iba a ser menos―. Corretea por donde desees. Solo te pido que vayas con cuidado, porque por aquí no corres más peligro que el daño que te puedas causar tú misma.
A continuación, por si ascendía por lo alto de la casa camino de la montaña, aprovechó para ponerla al tanto de los pocos vecinos que residían en la loma y le recomendó que no dudara en acudir a ellos si en algún momento lo necesitara.
―¿Y el camino que sigue después de tu casa?
―Ese pasaje no tiene más vida que la de acabar en un estanque. El resto es intransitable. No sucede lo mismo a la inversa, por el camino que llegaste hasta aquí.
―¿Iremos por ahí?
―Esta tarde, cuando vayamos a por la leche. Y me retiro, que aún tengo que poner la comida al fuego.
Antes de marcharse volvió a interesarse por ella:
―¿Estas segura de quedarte sola?
―Sí, abuela.
No había dado más de tres pasos cuando se volvió de nuevo y le recordó:
―No olvides de hacerte con la escalera si vas a coger fruta.
Tras coger de los pocos árboles frutales repartidos por el huerto unas cuantas naranjas y limones, dejó la cesta en la tierra, y se acercó al margen del huerto para ver si desde allí se divisaba la carretera donde había aparcado el coche su padre.
Pero no era más que ladera.
Y al fondo, en la otra pared de montañas, se extendía un ancho barranco con tierras de cultivo escalonadas, por lo que acabó diciéndose que la carretera debía de encontrarse justo debajo, a la derecha del barranco.
De regreso a la casa, se entretuvo pensando que, al igual que su padre, su abuela hablaba hasta por los codos. A excepción de su madre, le parecía que la mayoría de los adultos eran así… y aunque creía que siempre decían la verdad, esta se desdibujaba en cuanto se quedaba sola.