(2ª Parte)
Al terminar su desayuno, y no encontrarse con su abuela, Palito recogió la mesa y dejó la cocina como si allí no hubiese ocurrido nada.
Una comida que, por su novedad y gusto, había degustado entusiasmada, despacio, muy despacio.
―Ya está todo ―le dijo a su abuela al cruzarse con ella justo cuando salía de la cocina.
―¿Qué has hecho, criatura?
―También lo hago en casa.
―Aquí estás de vacaciones. ¿Qué tal el desayuno?
―Todo estaba muy rico, abuela.
―Supongo que sigue en pie lo de esta tarde, ir a por la leche de cabra...
―Sí, claro. Y el gofio, el queso, las aceitunas verdes...
―Así conocerás a mi amiga Margarita, la promotora del huerto, que, como ya sabes, es la mujer del cabrero. Y no olvides que te muestre dónde se ubica la aldea… que a veces soy algo olvidadiza.
―También me puedo hacer cargo de la compra, abuela.
―De eso se encarga la tienda, pequeña, aparte de alguna cosa que ya me alcanza Margarita… ―dejó escapar un suspiro―. No sé qué haría yo sin ella. Pero ahora venía a por ti y por una cesta de mimbre.
―¿Ahora?
―¿No me preguntabas ayer por el huerto?
―Sí.
―En este tiempo hay que ir temprano, antes de que el sol le dé de lleno.
Palito se alegró por fuera, no así por adentro.
Ya salía por la puerta de atrás, la que daba a la azotea. No podía rechazar la oferta de su abuela, aunque le resultaba imposible sentarse frente al huerto como la tarde anterior; lo más probable era que desde allí viera la azotea.
Así que acabó diciéndose que tendría tiempo de confirmar si el encuentro con el jilguero había sido real o solo producto de su imaginación.
―Vamos entonces, que necesito unas acelgas ―dijo su abuela, haciéndose con una cesta de mimbre plana y otra para la fruta de uno de los muebles de la cocina.
―Cuando quieras.
Al alcanzar los tres escalones del huerto, a su abuela no se le ocurrió otra cosa que quedarse plantada justo debajo del mismo tramo del muro de la azotea en el que ella había estado con el jilguero.
Se entretuvo hablándole de las hierbas aromáticas plantadas en el borde del huerto: cortando alguna ramita, retirando hojas secas o brotes ajenos que intentaban abrirse paso por la tierra.
Por mucho que se aplicara en poner al día a su nieta, Palito solo tenía ojos para los aleteos del entorno y para lo alto de la azotea.
Intentó repetir lo mismo con las verduras y las hortalizas, pero no tardó en darse cuenta de que hablaba solo para ella; Palito llevaba rato sin pronunciar una sola palabra.
―¿Palito, te preocupa algo?
Ella negó con la cabeza, pero aun así le preguntó:
―¿Puedo salir por ahí, a pasear por el campo…? ¿Se dice así?
―Era eso… ―se tranquiliza la abuela. Conocía las licencias que le daban sus padres y pensó que ella no iba a ser menos―. Corretea por donde desees. Solo te pido que vayas con cuidado, porque por aquí no corres más peligro que el daño que te puedas causar tú misma.
A continuación, por si ascendía por lo alto de la casa camino de la montaña, aprovechó para ponerla al tanto de los pocos vecinos que residían en la loma y le recomendó que no dudara en acudir a ellos si en algún momento lo necesitara.
―¿Y el camino que sigue después de tu casa?
―Ese pasaje no tiene más vida que la de acabar en un estanque. El resto es intransitable. No sucede lo mismo a la inversa, por el camino que llegaste hasta aquí.
―¿Iremos por ahí?
―Esta tarde, cuando vayamos a por la leche. Y me retiro, que aún tengo que poner la comida al fuego.
Antes de marcharse volvió a interesarse por ella:
―¿Estas segura de quedarte sola?
―Sí, abuela.
No había dado más de tres pasos cuando se volvió de nuevo y le recordó:
―No olvides de hacerte con la escalera si vas a coger fruta.
Tras coger de los pocos árboles frutales repartidos por el huerto unas cuantas naranjas y limones, dejó la cesta en la tierra, y se acercó al margen del huerto para ver si desde allí se divisaba la carretera donde había aparcado el coche su padre.
Pero no era más que ladera.
Y al fondo, en la otra pared de montañas, se extendía un ancho barranco con tierras de cultivo escalonadas, por lo que acabó diciéndose que la carretera debía de encontrarse justo debajo, a la derecha del barranco.
De regreso a la casa, se entretuvo pensando que, al igual que su padre, su abuela hablaba hasta por los codos. A excepción de su madre, le parecía que la mayoría de los adultos eran así… y aunque creía que siempre decían la verdad, esta se desdibujaba en cuanto se quedaba sola.
9
Estaba a punto de abrir la verja para entrar en casa por el patio, cuando desde una larga rama de la higuera incrustada en el pedregoso suelo lleno de malezas y matorrales que colindaba con el huerto de la abuela, la sorprendió el jilguero.
―¿No olvidas algo? ―preguntó sin moverse del sitio.
―El amigo jilguero… ―se le escapó de los labios.
Palito retrocedió y volvió al huerto.
―Mmm… Este era el olor tan rico que me llegaba ayer en la azotea ―dijo, señalando la higuera―. ¿Vives aquí, en ella?
―Aquí, ahí, allá, ahora,… en arreglo a lo que llames vivir. No suelo permanecer mucho tiempo en un mismo sitio ―le respondió el jilguero.
―Me gusta lo que dices. Quizás algún día yo también pueda hacerlo.
Se dirigió a los dos palos largos con cuatro tacos atravesados para subirse a la higuera.
―El peligro te gusta, ¿eh? ―insinuó, mientras ella escalaba.
―Lo mismo que a ti te gusta hacer de ángel de la guarda.
―¿Cómo es eso?
Ya acomodada, en una gruesa rama.
―Sí, porque ayer evitaste que me hiciera daño ―dijo, mostrándole los rasguños de los brazos y de las piernas―. ¿Los ves?
―Y… ¿dónde?
―En el jardín secreto de la abuela.
―¿Secreto?
―¿No te gustan los jardines?
―Pshsss.
―¿A qué viene ese Pshsss?
―A que son más de lo mismo.
―¿Y las flores?
―Pshsss.
―¿Vas a seguir?
―Las flores son para las abejas.
―Hablo de sus aromas, de los colores, las formas… ¿No es la belleza?
―Por supuesto. También hay belleza en ti.
―Bueno.
―¿Bueno, qué?
―Que no estás diciendo nada.
―Estando donde estamos, qué hay para decir ―expresó el jilguero.
Mientras daba pequeños saltos entre las frondosas ramas de la higuera.
―¿No puedes hablar en serio? ―le gritó Palito.
―¿Por decir que hay que dar al César lo que es del César?
―No, porque no dices nada del otro mundo.
―Entiendo.
―¿Significa que no tienes interés?
―Que el mundo que yo conozco es aquel al que los niños le dan patadas.
―Eso es un balón.
―Igual o lo mismo, preciosa.
―Aunque los niños dan patadas a todo lo que se les pone delante. Pero te estás riendo de mí… ―se queja Palito.
―Vamos, que solo tú puedes decir lindezas.
―Temía que no fueras verdad.
―Haber empezado por ahí. ¿Y qué otra cosa podía ser?
―¿Imaginario?
―Y si hubiera sido así, ¿qué pensarías?
―Ahora nada. De todas maneras lo hubiera dado por válido. Y yo también juego al fútbol.
―¿No dices que bailas?
―También hago deportes. Y muchas otras cosas.
―No te engañes, pequeña.
―Que no me engañe, ¿de qué?
―Lo que digo es que no eres risueña ni una niña triste; después de todo, eres como los chicos: despreocupada y resuelta.
―Pues mira que bien. ¿Contento?
―Si tú lo estás, yo no tengo inconveniente alguno.
―Pero, ¿a qué viene eso?
―Que si quieres algo de este lugar tendrás que ganártelo.
―¿Y dónde juegan los niños al balón, si se puede saber…?
―En una de las charcas del barranco.
―¿Con agua?
―Y con patos ―rectificó―. No, tonta, de charca solo le queda la forma.
―Uy, que mi abuela me espera para comer… ―dijo bajando de la higuera.
―Pues andando.
Antes de marcharse, Palito lo puso al corriente, ya que no quería volverlo a perder.
―Esta tarde voy a salir con la abuela, y me dirá dónde está la aldea. ¿Estarás por aquí?
―Estaré ―concluyó―. Ve a por la cesta…
Llevándose la escalera consigo, Palito pensaba en cómo le gustaba aprender, así como en lo difícil que se lo ponían los adultos.
10
―De cuento de hadas… ―susurró Palito, alzando la lechera.
No sabía si era por las recientes novedades o por el aspecto del artilugio que la sacó de la bolsa que había preparado su abuela. Se dio el gusto ―y la importancia― de llevar la pequeña lechera de aluminio en la mano, como si fuera algo suyo.
Lo verdaderamente gracioso fue cuando su abuela le contó que, en su infancia, en la ciudad también tenían leche en casa. Y no era otra cosa que una cabra en la azotea.
―¿De verdad? ―preguntó Palito, incrédula, abriendo los ojos como platos.
―De la buena, hija.
―No me imagino el barrio con cabras en las azoteas.
Le sonó impensable.
―Claro, en aquella época todas las casas eran bajas ―añadió la abuela―. De una o dos plantas, como mucho.
―Ah… Ya me parecía a mí.
Salieron de casa pasadas las cuatro de la tarde.
―Hoy el camino parece otro ―comentó Palito, mirando alrededor.
―Y mira que yo voy como un rehilete… ―dijo la abuela, animándola a seguir.
Esta vez el suelo no se le resistía. Quizás porque la excitación podía más que el cansancio y la pedregosa tierra: estaba a escasa distancia del jilguero. Lo imaginaba revoloteando a su alrededor mientras su abuela continuaba hablándole de cosas de su pasado más reciente.
―Nunca he estado en una granja, abuela.
―Es solo una casa cueva. No tienen más animales que las cabras y unas pocas gallinas. Y, claro, los dos perros: Canelo y Rocky.
Tras dejar atrás el recodo que conducía a la casa ―hasta donde había llegado con su padre y que su abuela llamaba camino principal―, siguieron cuesta arriba, hacia lo alto de la montaña.
No tardaron en torcer de nuevo, esta vez hacia la derecha. Desde aquel punto, Palito ya distinguía algo de la carretera asfaltada que había perdido de vista. La misma que la había llevado hasta allí.
También se la iban los ojos, una y otra vez, a la hendidura del barranco que cortaba la montaña y la carretera.
―¿Y ese olor? ―preguntó, iniciando el descenso.
―Es de los animales del cabrero ―respondió la abuela―. ¿Te molesta?
―No, no… solo preguntaba.
Antes de doblar la primera curva pronunciada, en bajada, y justo donde vivían los amigos de su abuela, un perro salió a su encuentro entre ladridos. Era Canelo.
Los ladridos no cesaron hasta que recibió una buena ración de caricias.
―Es un buen perro, ¿verdad, Canelo? ―dijo la abuela, rodeándolo con los brazos, sin olvidar a Rocky―. Rocky era igual, pero ya no puede ni con su alma.
Palito se agachó para acariciarlo.
―Son como personas.
Detrás de Canelo apareció Margarita.
―Pero bueno, Pino… qué callado te lo tenías.
―Esta nieta mía es de tu escuela, Margarita ―dijo la abuela, mirando a Palito y dando por hecha la presentación.
Palito le devolvió la mirada, interrogante.
―No irás a…
―Pues yo te veo muy buena cara… ―intervino Margarita, sin soltar a Pino.
―Es una forma de hablar ―se defendió la abuela.
―¿Y tú qué dices, preciosa? ―saludó Margarita, tomándole la cara― ¿Te gusta esto?
―Está recién llegada… ―apuntó la abuela.
―Tu abuela aún no me perdona que le dijera que la gente del campo tenemos verde a todas horas y en todas las comidas ―rió Margarita, abrazándose a ella.
Palito se adelantó unos pasos. El espacio que se abría ante ella la dejó quieta.
Desde allí veía con claridad la carretera comarcal, el desvío vecinal en la ladera de enfrente, perdiéndose dentro de la aldea, y varias viviendas dispersas por el entorno.
También una vía de tierra que cruzaba el barranco y ascendía hasta la casa del cabrero.
―Ayer mi padre pudo aparcar aquí.
―Tu padre es tu padre, hija ―respondió la abuela a su espalda.
Y cambió el tema, poniéndola al corriente de la escasa actividad del lugar.
―La aldea aún está de siesta ―le cuchicheó cerca del oído.
―El lugar parece muerto… ―dijo Palito, al no ver ni un coche en circulación.
Con los ladridos de los perros había tomado conciencia de lo silencioso que era el campo. O, al menos, aquella parte donde vivía su abuela.
―Por aquí te será fácil encontrar niños de tu edad… ―añadió la abuela, dirigiéndose al contenedor de basura, el único del lugar, que retiraban tres veces por semana.
Pero Palito ya tenía los ojos puestos en el barranco. Mucho más profundo y atractivo que el que veía desde la casa.
En cuanto se abrió un claro, avisó a las dos mujeres de que se acercaba a los corrales y se separó de ellas.
Miró divertida los movimientos del jilguero.
―¡Vamos a la charca!
11
Tenía claro que, como en su barrio, los niños no hacían siesta. Aunque, para su propia tranquilidad, a esas horas los padres no los dejaban salir de casa. Por eso no le extrañó oír voces infantiles al otro lado de un cañaveral.
Tampoco le sorprendió ver a chicos sin camisa, como lagartos, tomando el sol sobre unas rocas. Ni a un tercer grupo de niños y niñas que no dio muestras de haberla visto.
―Seguro que en la charca también hay chiquillos ―dijo, muy segura de sí.
El jilguero se lo confirmó con un leve aleteo.
Desde lo alto, la charca le pareció un pequeño estadio de fútbol. Aunque el fondo estaba completamente pelado, a su alrededor ―desde aquella altura hasta casi el pie―las altas hierbas de florecillas blancas y amarillas parecían una grada repleta de espectadores.
Las porterías no eran más que montículos de piedras, con redes imaginarias.
―Voy a bajar…
Pero el jilguero ya volaba al centro de la charca.
Palito se detuvo un instante a observar a los cuatro niños que jugaban al fútbol. Sin protección alguna en las porterías, competían dos contra dos, entregados al juego.
―Lo bueno ―pensó mientras descendía― es que parecen de mi edad.
Al ver que ningún niño reparaba en ella, se sentó al borde de la hierba, donde calculó que terminaba el área de juego.
Pasó un rato. Ni una mirada.
Defraudada, y armándose de valor, se levantó y entró directamente en el terreno. Sin dudarlo, se colocó en medio de una de las porterías, la más cercana, franqueado la entrada como si siempre hubiera estado allí.
Pero los niños seguían jugando de un lado a otro del campo, sin prestarle atención, sin tirar una sola vez a la portería que ella defendía, como si fuera invisible.
Sin poder dar más de sí, Palito, decidió marcharse.
Fue entonces cuando algo ―o alguien― pareció escucharla. El mayor de los niños cogió el balón con las manos y se dirigió hacia ella.
―Las niñas no juegan al fútbol ―le dijo, sin rodeos.
―¿Lo dices tú?
―Sí. Miguel.
―Será aquí, porque en la ciudad sí jugamos.
―Pues vete a jugar a la ciudad.
―Estoy de vacaciones.
Carlos se colocó junto a Miguel.
―Tu eres la nieta de la señora Pino.
―¿Cómo lo sabes?
―Aquí todos sabemos quién entra y quién sale de la aldea ―aclaró Miguel.
―No hay nada que no se sepa ―añadió Carlos.
Palito negó con la cabeza.
―En eso te equivocas. Mi abuela no vive ahí ―dijo, señalando hacia la aldea.
―También de las laderas de los alrededores ―remató Carlos.
―Yo juego igual que un chico.
―¿Quién lo dice? ―le pregunta Miguel.
―Palito
―Eso salta a la vista ―rió Carlos.
―¿Cómo dices que te llamas? ―insistió Miguel.
―Palito.
―Eso no es un nombre ―sentenció, muy serio.
―Eso solo se le ocurre a la gente de ciudad ―continuó Carlos, riendo.
―Tampoco es para que te rías como un cosaco ―le reprochó Palito.
―No es reírse; es beber como un cosaco ―la corrigió Miguel.
―Da lo mismo.
―¿Es lo mismo beber que reír? ―preguntó Miguel, frío.
―Exagerar ―respondió sin dudar.
―¿Por qué no te largas de una vez? ―la encaró Carlos.
Palito lo sostuvo con la mirada.
―Pues a mí me gusta mi nombre. Y mucho. No sé a qué viene tanta risa, cuando mi abuela se llama Pino Y no solo es el nombre de la Virgen del pueblo: también es la patrona de la provincia.
―Los del pueblo también son unos mequetrefes―soltó Carlos.
Miguel lo agarró del brazo y lo separó de Palito.
―Y tú una listilla, como todos los de la ciudad ―dijo Miguel, ya a cierta distancia.
―No menos que tú ―replicó ella.
―¿Por qué no la dejas jugar? ―intervino Alberto, su hermano―. Hoy somos pocos.
―¡Cállate, mocoso! ―le gritó Miguel.
―Venga, por lo menos déjame intentarlo ―insistió Palito.
―¡Vámonos, chicos! ―concluyó Miguel.
Se alejaron entre la hierba.
―¡Cobarde! ―les gritó Palito cuando ascendieron la charca.
El jilguero se posó a su lado.
―¡Tú no tienes qué decir! ―le soltó ella, todavía alterada.
―A mí que me registren ―se defendió el jilguero, aleteando.
12
Con los días, Palito y el jilguero volvieron a media mañana por la charca. Aunque no encontraron ni un alma no dejaron de regresar esa misma tarde.
Y fue entonces cuando la sorprendió un buen puñado de niños jugando al fútbol. Esta vez con porteros incluidos. Y, por supuesto, la pandilla compuesta por Miguel, Carlos, Alberto y Chano.
Sin pensarlo, bajó hasta el terreno de juego. Se quedó de espectadora, igual que la vez anterior, y sin prestar atención a la alineación de los equipos, empezó a ponerle voz al partido. Cada vez que alguien tocaba el balón, animaba por su nombre a los jugadores que ya conocía.
Desde la hierba, el jilguero le dijo:
―Te vas a desgañitar.
―Por intentarlo que no quede.
―Tú sabrás.
―Si supiera, no estaría aquí sentada, si no en medio del campo ―respondió sin apartar la vista del balón.
El jilguero la observó un instante.
―¿No se te ocurre otra cosa?
―¿El qué?
―Bah, déjalo...
Pero casi de inmediato añadió:
―Podríamos ir al estanque que hay por encima de la aldea. Bueno… la Palito que yo conozco no lo dudaría ni un momento.
Ella sabía que allí no tenía nada que hacer y que ya había visto cuanto tenía que ver. No se le ocurrió nada mejor.
―¿A qué esperamos? ―dijo al vuelo.
―También podemos ir de vuelta, y acercarnos al estanque del otro lado de la montaña.
―¿Tienes amigos allí?
―Depende de cómo se mire.
―¿Qué hacéis en los estanques?
―¿Qué podemos hacer? Refrescarnos.
Cruzando el interior de la charca, entre los supuestos espectadores, hacia la parte que daba a la aldea. Palito ascendía a paso lento. Iba arrancando ramitas de las hierbas que se le cruzaban en el camino, trenzándolas hasta formar una corona de florecillas blancas y amarillas.
Cuando alcanzó la cima, se la colocó en la cabeza. Sonrió al paisaje y, sin volver la vista atrás, se prometió no volver a pisar aquel estanque.
Luego se giró hacia el jilguero.
―¿Corremos hasta la aldea? ―preguntó, arrancando a correr.
Llevaba días con la intención de ir a la tienda de comestibles. Más que nada por su abuela, por su interés constante. Porque aunque le decía que se la veía entusiasmada, no dejaba de preguntarle durante las comidas cómo le iba en sus salidas.
―¿Correr? ―le inquirió el jilguero, desde lo alto de su cabeza.
―Me temo que lo tuyo no es el deporte ―gritó Palito sin dejar de correr, mientras ascendía hacia la carretera.
―Como para ti la contemplación ―replicó él.
La aldea era una sola calle, con casas a ambos lados de la carretera. Sin más artificio que una ermita con su pequeña plazoleta.
A su paso, los mayores que estaban sentados al fresco, a la vera de sus casas, la saludaban con una inclinación de cabeza. Ella respondía alegremente, aunque no podía evitar preguntarse si eran los únicos con potestad para saludar o hablar con desconocidos, aunque estos fueran niños.
La tendera tampoco fue menos amable. Le dio la bienvenida, elogió la corona de florecillas y se interesó por su abuela ―detalle que no la sorprendió, pues sabía que era clienta habitual―. Incluso la invitó a pasar por la plazoleta donde jugaban las niñas. A las que Palito, ya había saludado, pero ellas la miraron como si fuera un bicho raro… o una perdiz.
La mujer no se despidió sin mandarle recuerdos y desearle buena tarde. Le indicó además que el reloj marcaba las siete, aunque quedaban dos largas horas de luz.
Poco después de dejar atrás la civilización ―como la llamó el jilguero―, mientras Palito vertía agua de su botella en el hueco de una roca, él bebía cuando un petirrojo se posó junto a ellos para hacer lo mismo.
―¿De dónde sale? ―preguntó al jilguero.
―De la chistera ―respondió el jilguero―. ¿De dónde va a salir? De una botella.
―Digo la princesa, que no soy ciego.
―¿Prince… qué? ―preguntó sorprendido.
―¿De qué habláis? ―intervino Palito, acercándose.
―¿De qué vamos hablar? ―replicó el jilguero―. De ti.
―Eh, que yo pregunté primero ―dijo ella, satisfecha.
Después de beber, el petirrojo dio un salto y se posó en el suelo, picoteando las migas que caían de las galletas de Palito.
Ella también se sentó. Rompiendo más galleta y se la ofreció en la mano.
―La corona no le hace justicia, no… ―le susurra el petirrojo al jilguero.
13
Saltó del alfeizar de la ventana al interior de la habitación y, sin apagar el radiocasete, lo metió en la mochila. Fue a la cocina a por agua y, en nada, ajustándose la mochila sobre los hombros llegó a la verja.
―¡Nos vamos! ―le gritó al jilguero desde el paso, sabiéndolo en el ramaje de la higuera.
Y siguió avanzando por la prolongación del camino de la casa de su abuela, en dirección al estanque del otro lado de la montaña.
―¿Y eso? ―le preguntó el jilguero, aludiendo a la música que sonaba de su espalda.
―Me apetecía. ¿Te molesta?
―En absoluto.
Antes de terminar de bordear la pronunciada curva que daba al otro lado de la montaña, el paisaje cobró otra vida: la vegetación se hacía más rala y los árboles perdían altura.
―¿Por qué los niños no salen solos de la aldea? ―volvió a interesarse el jilguero.
―De la aldea no sé, pero yo estoy aquí.
―¿Lo estarías sin mí?
―Supongo. La abuela dice que no hay peligros. Además, ¿para qué están los amigos? Para jugar, ¿no?
―Y para hacer cosas que cuando se está solo, no tiene la menor gracia. ¿Es así?
―¿Lo dices por el baile?
―Solo te vi hacerlo el día de tu llegada.
―En la azotea me desperezaba.
Se detuvo para darle la vuelta a la cinta de casete. Al hacerlo, vio que el camino descendía. No era una gran pendiente, pero sí lo suficiente para descubrir, desde allí arriba, el espectacular rectángulo del estanque, escoltado en su cabecera por una larga hilera de árboles.
―También para hacer lo que solos no se atreven ―apuntó un gorrión, dando brincos al salirles al encuentro.
―Si lo dices por las travesuras de los niños, siempre han existido ―defendió Palito.
―Desde que la tierra es tierra ―observó el jilguero.
―No he dicho lo contrario ―apuró el gorrión―. Solo señalé un matiz que solemos olvidar.
Y, abriéndose en vuelo, se despidió rumbo a las aguas del estanque.
El camino concluyó en una alfombra de ramas y hojas secas.
Dejando el estanque a su izquierda, hundiendo los pies en la tierra blanda, Palito se internó en la sombra, bajo la espesura del primero de los árboles alineados.
Se quitó la mochila y la apoyó en el troncó.
Luego hizo lo mismo con ella. Sacó el radiocasete de su envoltorio y lo colocó bajo los pies.
Al instante se le acercó un verderón.
―Se acabó la buena vida.
―¿Qué te ha hecho la cría? ―replicó un mosquitero, posándose a su lado―. Ni siquiera la has dejado llegar…
―Son muy ruidosos ―insinuó el verderón, con tono airado―. Y detrás vendrán los demás. Nunca falla.
―Él sabe que los niños no vienen por aquí porque se lo tienen prohibido ―aclaró un pinzón―. Aunque más de una vez le he oído decir que no vienen porque este lugar es sagrado…
―Pues a mí no me lo han prohibido ―confesó Palito, intentando tranquilizar al verderón―. No es más que música. Cantada, sí, pero música.
Aun así, terminó apagando el radiocasete.
―No tienes por qué hacerlo ―le dijo el jilguero.
―A los maestros les molesta casi todo. Y a verderón, la música lo que más ―les reveló el mosquitero.
―¿Maestro? ―preguntó Palito, con curiosidad.
―De todo y aprendiz de nada ―respondió socarrón el pinzón.
―Para verderón, como el canto es innato, ya no es nada. Ha llegado más lejos que la mayoría de nosotros ―explicó el mosquitero.
―Bobadas ―replicó el verderón, quitándose importancia.
―Maestro aéreo ―ironizó el pinzón―. O del espacio, si lo prefieres.
―¡Anda ya! ―exclamó Palito― ¿Y eso qué es?
―Y qué lectura tiene ―añadió el jilguero―. Nunca he oído tal cosa.
―Usar a los demás pájaros para montar sus numeritos en el aire ―precisó el pinzón.
―No es frecuente, pero yo he visto algunas de sus acrobacias ―apuntó el mosquitero.
―¿Podemos verlas nosotros? ―pidió Palito―. A mí me encantaría.
―No es para los hombres, y menos aún para los mocosos ―respondió el propio verderón.
―Qué tontería ―le lanzó Palito―. Entonces, ¿para qué te tomas la molestia de enseñar?
Sin prestarles más atención, con la intención de bordear el estanque, Palito volvió a encender el radiocasete y lo guardó en la mochila. De un salto se puso en pie y salió de la espesura.
Al momento se le acercó el jilguero.
―¿Qué haces?
―Esos están locos… ¿A ti te gustan?
―Tampoco es cuestión de hacerles mucho caso. Lo bueno es pasar ratos… nada más lejos del momento dado.
―A nosotros, en la ciudad, lo prohibido nos dura lo que el día. No creo que por eso dejen de venir los niños por aquí.
―No siempre depende de ellos, siendo como es una propiedad privada.
―¿Ves lo mismo que yo? ―preguntó al ver acercarse al estanque una gran bandada de pajarillos
―El calor ―dedujo el jilguero.
Pero cuando ella miró con atención, supo que no era eso. Porque los pájaros ya posados sobre el muro, sin emitir sonido alguno, movían las patitas y sacudían las alas al ritmo de la música que ella llevaba a la espalda.
14
Plantaba unas semillas cuando, al alzar la vista en busca del jilguero, sus ojos se toparon
con unos pies. Eran de Miguel, plantado en lo alto de los peldaños del huerto, rígido, como un mástil, esperando ser visto.
―Hola ―la saludó alzando la voz mientras se acercaba.
―¿Hace mucho que estás ahí? ―preguntó Palito sin dejar de remover la tierra.
―¿Me puedo sentar?
Sin esperar respuesta, se sentó frente a ella y le tendió la mano para ayudarla.
―Gracias, pero si lo haces tú me quedo sin nada ―dijo Palito―. Además, me gusta hacerlo.
Miguel asintió, incómodo.
―Quería pedirte perdón.
―¿Por?
―Por nuestras groserías.
―Pues sí que te has dado prisa… ―replicó ella―. Aunque por eso no se pide perdón.
―Pues mis disculpas.
―Te pega mejor la chulería ―lo pinchó.
―Ahora no viene a cuento.
―En cambio yo sí te doy las gracias, mira tú por dónde. Aunque, la verdad, hace días que lo hice.
―Si me las hiciste llegar, no me enteré.
―Fue para mí. Porque, en realidad, jugar al fútbol no es tan divertido.
Miguel soltó una risa corta.
―Estás diciendo tonterías.
―Para lo que sirve…
―Nosotros jugamos con las niñas a otras cosas.
―¿Y tú me vas a decir a mí a lo que tengo o no que jugar?
―Nadie te lo dice.
Palito se encogió de hombros.
―De todos modos has perdido el tiempo. Igual que yo con vosotros… aunque no del todo, porque algo aprendí.
―Si tú lo dices… ―murmuró Miguel, y añadió―. ¿Se lo dijiste a tu abuela?
―¿A mi abuela? ¿Ella qué tiene que ver? ―se detuvo un segundo y se respondió sola―. No, no me lo digas. Aquí todo se sabe, ¿no?
―Mi madre dice que las formas me pierden.
―Como para estar dándole vueltas a lo mismo… ―Palito sonrió―. Eso ya lo hace un balón, ¿me equivoco?
―El fútbol es mucho más que un juego.
―Ya. Por eso, igual que yo, mi abuela no se entretiene con esas majaderías. Que se despreocupe tu madre.
―Ella me dijo que viniera a disculparme.
―¿Y cómo lo supo?
―Por mi hermano. ¿Por quién si no?
―En mi barrio pasa igual. Los chismes no distinguen entre ciudad y pueblo.
―Yo no soy un pueblerino. No te equivoques.
―Qué más da.
―Mi madre lo dijo por quién es tu abuela; que no estuvo bien lo que hicimos.
―Hiciste lo que te nació y punto.
Palito recordó entonces las palabras de su madre sobre el bien y el mal, aquellas que le dijo tras una pelea con Begoña, la que desde entonces ―y hasta ahora― seguía siendo su mejor amiga.
Como Miguel guardaba silencio, retomó:
―¿No crees que eres lo bastante mayor para saber qué está bien y qué está mal? ―y, sin darse cuenta, imitó el tono de su madre―. Lo importante es pensar por uno mismo. Tú, solo tú, eres responsable de tus actos.
―Lo que no creo es que tengas que comerme la oreja.
―Entonces no podrás contarles a tus amigos lo listilla que soy.
―¿Vas a seguir? ―gruñó.
―Vaya, yo que iba a decirte que debiste venir con Carlos… pero te manejas bien solo.
―Pues claro.
―Tampoco es cuestión de seguir al pie de la letra lo que nos dicen los padres. Hay cosas que deberían quedarse entre nosotros.
―Lo dudo.
―La próxima vez le dices a tu madre que sí, que pediste perdón, y santas pascuas. No va a enterarse de nada de lo que no pasó. Porque, dime, ¿pasó algo?
―Claro que no.
―Pues eso. Dices que sí y luego haces lo que te dé la gana.
―Dices cosas raras.
―Bah. Las cosas de los adultos no son como las nuestras. A mí nadie me convence de lo que ya sé. Así que te podrías haber ahorrado el viaje. Bueno, dos viajes… porque ayer vi a Carlos merodeando por aquí, estirando el cuello por el muro.
―Está con mi hermano por ahí afuera.
―¿No les gustó lo que hacía en la higuera?
―El que te vio fue él. Dijo que hacías cosas raras.
―Si canturrear es raro… ―respondió Palito, mientras hablaba con el jilguero y un mirlo que revoloteaban cerca.
―Es la tercera vez que venimos.
―No me dais pena. Y si ayer no entrasteis fue porque no quisisteis ―añadió, recordando cómo, después de almorzar, ella se entretenía en el huerto mientras su abuela dormía la siesta con la radio encendida.
Miguel dudó.
―Si quieres, podemos…
―Ni te molestes ―lo cortó ella.
Se levantó, sacudiéndose la tierra.
―Bueno, me voy.
―Adiós. ―dijo Palito sin mirarlo―. Y saluda a los de ahí afuera.
―De tu parte.