(3ª Parte)
Palito
15
Esa mañana se despertó ansiosa, con la única idea de volver al estanque del otro lado de la montaña. Obvió que la propiedad fuera privada, diciéndose que, si había sido invisible para unos, bien podría pasar inadvertida para otros.
Ya, decidida, y sabiendo como sabía que a los pájaros parlanchines la música no les hacía ninguna gracia ―y que, presumiblemente, tampoco volvería a ver tantos pajaritos como los del muro del estanque―, dejó el radiocasete donde estaba. No volvió a salir del alfeizar de la ventana.
En su lugar metió en la mochila la toalla de playa que ya usaba algunas mañanas para tomar el sol en el patio, y uno de los tres libros que su madre le había comprado como tarea para las vacaciones, aún intactos sobre la mesita de noche.
Mientras el jilguero se acercaba a las aguas del estanque, Palito se dirigió a la arboleda, al mismo punto del día anterior. Para su sorpresa, ni uno más ni uno menos: allí estaban el verderón, el mosquitero y el pinzón. Al verla aparecer, se miraron entre ellos y guardaron silencio.
Después de saludarlos con un gesto, apartó las ramas del suelo frente al árbol, sacó la toalla de la mochila y la extendió sobre las hojas secas. Luego se tendió boca abajo, de cara al estanque.
Al instante, el verderón se plantó delante de ella.
―¿Decías algo?
―No ―respondió seca, sin levantar la vista.
―Ni ayer entendiste una sola palabra.
―De un liante como tú, desde luego que no ―contestó. Y aunque solo dijera media verdad, no significó que mintiera―. Es más, si lo sabes todo, no sé qué haces aquí.
Mientras hablaba, rebuscó en la mochila y sacó el libro.
―Vaya… esas alas sí que son lustrosas ―comentó el pinzón, acercándose sin quitar ojo al libro.
―¿De qué hablas? ―preguntó Palito.
―De las alas que tienes entre las manos.
―¿Tú crees?
―¿Qué si lo creo? ¡Lo sé! ―afirmó el pinzón.
―No es que me guste leer… ―comenzó a decir ella.
―¿Yo he dicho algo de leer? ―la cortó.
―Porque leer, lo que se dice leer… siempre se nos queda más lo oral ―intervino el mosquitero―. Es decir, lo práctico.
―Siempre que lo oigas muchas veces ―replicó Palito―. Lo que se oye una sola vez es puro aire.
―Ni falta que hace ―dijo el pinzón―. Lo importante es el lenguaje, lo que se mueve.
―A Palito no le atrae el vuelo ―manifestó el jilguero al llegar.
―¡A todos los críos les gustaría volar! ―saltó el verderón.
―Tampoco soy tan cría ―protestó ella―. Y además, volar es solo un medio de transporte. Nada más.
―Lo que prima es el movimiento, querida. En todo. ―repuso el verderón.
―Habló el maestro ―dijo Palito, mirándolo con recelo.
―A lo mejor acaba apostando por la ciencia ―comentó el mosquitero.
―Un poco locos sí que están ―confirmó Palito, mirando al jilguero.
―A ti te lo oigo ―masculló el verderón―. Aunque quedaría mejor decir ociosos Y tú tampoco te quedas corta.
―Vamos, que sois unos loros ―dedujo Palito.
―¡Y tú una tortuga! ―fingió el verderón.
―No es más que representar un papel ―intervino el mosquitero.
―Es lo que tienen los críos ―añadió el pinzón―. No hay especie que no intente matar el tiempo. Es decir, vivir.
―Pero también aprendemos a ponernos en la piel ajena ―dijo Palito―. Aunque el verderón no se entere.
―¿Acaso no te vale la tuya? No me vengas con pamplinas, niña ―replicó.
―Ponerse en la piel no es lo mismo que representar un papel ―insistió ella.
―En el fondo son lo mismo ―dijo el jilguero.
―¿Cómo va hacer lo mismo? ―lo miró, molesta―. ¿Dónde queda lo que sentimos?
―Quizá sea la diferencia entre la risa y el llanto ―respondió él―. Avatares.
―Entre fingir y actuar ―zanjó el pinzón―. Es decir, entre lo que nos concierne y lo que no.
―Tampoco suelo pensar lo que digo… ―intentó arreglarlo Palito.
―No tienes por qué disculparte ―le dijo el pinzón.
―¡No lo hago! ―replicó sin amilanarse―. Quería decir lo poco que sé.
―Nosotros tampoco pensamos lo que decimos ―añadió el mosquitero―. No vayas a creer lo contrario.
―A mí lo que me gusta es aprender ―dijo Palito.
―No hay de lo que no se aprenda ―concluyó el verderón―. De todo se aprende. Y mirándolo bien, importante, lo que se dice importante… no hay nada.
Desde entonces, las mañanas de Palito, después de su sustancioso desayuno, se convirtieron en una excursión diaria al estanque del otro lado de la montaña. Pajarillos había muchos, claro, pero no siempre para conversar, discutir o simplemente contemplarlos.
A veces le asombraba la cantidad de pájaros que había por todas partes. En su barrio los oía trinar, sí, pero de ahí a verlos… había que fijarse mucho entre los árboles. Algo que había hecho alguna vez con sus amigas, sin prestarles demasiada atención.
Verlos corretear así, por el campo, nunca.