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Palito (3ª Parte)

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RosaM
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(3ª Parte)

 

Palito

 

15

Esa mañana se despertó ansiosa, con la única idea de volver al estanque del otro lado de la montaña. Obvió que la propiedad fuera privada, diciéndose que, si había sido invisible para unos, bien podría pasar inadvertida para otros. 

Ya, decidida, y sabiendo como sabía que a los pájaros parlanchines la música no les hacía ninguna gracia ―y que, presumiblemente, tampoco volvería a ver tantos pajaritos como los del muro del estanque―, dejó el radiocasete donde estaba. No volvió a salir del alfeizar de la ventana.

En su lugar metió en la mochila la toalla de playa que ya usaba algunas mañanas para tomar el sol en el patio, y uno de los tres libros que su madre le había comprado como tarea para las vacaciones, aún intactos sobre la mesita de noche.

Mientras el jilguero se acercaba a las aguas del estanque, Palito se dirigió a la arboleda, al mismo punto del día anterior. Para su sorpresa, ni uno más ni uno menos: allí estaban el verderón, el mosquitero y el pinzón. Al verla aparecer, se miraron entre ellos y guardaron silencio.

Después de saludarlos con un gesto, apartó las ramas del suelo frente al árbol, sacó la toalla de la mochila y la extendió sobre las hojas secas. Luego se tendió boca abajo, de cara al estanque.

Al instante, el verderón se plantó delante de ella.

―¿Decías algo?

―No ―respondió seca, sin levantar la vista.  

―Ni ayer entendiste una sola palabra.

―De un liante como tú, desde luego que no ―contestó. Y aunque solo dijera media verdad, no significó que mintiera―. Es más, si lo sabes todo, no sé qué haces aquí.

Mientras hablaba, rebuscó en la mochila y sacó el libro.

―Vaya… esas alas sí que son lustrosas ―comentó el pinzón, acercándose sin quitar ojo al libro.   

―¿De qué hablas? ―preguntó Palito.  

―De las alas que tienes entre las manos.

―¿Tú crees?

―¿Qué si lo creo? ¡Lo sé! ―afirmó el pinzón.

―No es que me guste leer… ―comenzó a decir ella.

―¿Yo he dicho algo de leer? ―la cortó.

―Porque leer, lo que se dice leer… siempre se nos queda más lo oral ―intervino el mosquitero―. Es decir, lo práctico.

―Siempre que lo oigas muchas veces ―replicó Palito―. Lo que se oye una sola vez es puro aire.

―Ni falta que hace ―dijo el pinzón―. Lo importante es el lenguaje, lo que se mueve.  

―A Palito no le atrae el vuelo ―manifestó el jilguero al llegar.

―¡A todos los críos les gustaría volar! ―saltó el verderón.

―Tampoco soy tan cría ―protestó ella―. Y además, volar es solo un medio de transporte. Nada más.

―Lo que prima es el movimiento, querida. En todo. ―repuso el verderón.

―Habló el maestro ―dijo Palito, mirándolo con recelo.

―A lo mejor acaba apostando por la ciencia ―comentó el mosquitero.

―Un poco locos sí que están ―confirmó Palito, mirando al jilguero.

―A ti te lo oigo ―masculló el verderón―. Aunque quedaría mejor decir ociosos Y tú tampoco te quedas corta.

―Vamos, que sois unos loros ―dedujo Palito.

―¡Y tú una tortuga! ―fingió el verderón.

―No es más que representar un papel ―intervino el mosquitero.

―Es lo que tienen los críos ―añadió el pinzón―. No hay especie que no intente matar el tiempo. Es decir, vivir.

―Pero también aprendemos a ponernos en la piel ajena ―dijo Palito―. Aunque el verderón no se entere.

―¿Acaso no te vale la tuya? No me vengas con pamplinas, niña ―replicó.

―Ponerse en la piel no es lo mismo que representar un papel ―insistió ella.

―En el fondo son lo mismo ―dijo el jilguero.

―¿Cómo va hacer lo mismo? ―lo miró, molesta―. ¿Dónde queda lo que sentimos?

―Quizá sea la diferencia entre la risa y el llanto ―respondió él―. Avatares.

―Entre fingir y actuar ―zanjó el pinzón―. Es decir, entre lo que nos concierne y lo que no.

―Tampoco suelo pensar lo que digo… ―intentó arreglarlo Palito.

―No tienes por qué disculparte ―le dijo el pinzón.

―¡No lo hago! ―replicó sin amilanarse―. Quería decir lo poco que sé.

―Nosotros tampoco pensamos lo que decimos ―añadió el mosquitero―. No vayas a creer lo contrario.

―A mí lo que me gusta es aprender ―dijo Palito.

―No hay de lo que no se aprenda ―concluyó el verderón―. De todo se aprende. Y mirándolo bien, importante, lo que se dice importante… no hay nada.

Desde entonces, las mañanas de Palito, después de su sustancioso desayuno, se convirtieron en una excursión diaria al estanque del otro lado de la montaña. Pajarillos había muchos, claro, pero no siempre para conversar, discutir o simplemente contemplarlos.

A veces le asombraba la cantidad de pájaros que había por todas partes. En su barrio los oía trinar, sí, pero de ahí a verlos… había que fijarse mucho entre los árboles. Algo que había hecho alguna vez con sus amigas, sin prestarles demasiada atención.

Verlos corretear así, por el campo, nunca.

 

 
Respondido : 08/02/2026 11:59 am
RosaM
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16

Para su sorpresa, en una de sus visitas a la tienda de comestibles, Palito vio a Miguel al otro lado del mostrador. 

―Tenía que haberlo pensado ―se dijo, contrariada―. ¿Cómo no se me ocurrió?

Bastó una mirada de la madre para hacerlo desaparecer.

La tienda, además, estaba más concurrida de lo habitual. De las que en la ciudad llaman de aceite y vinagre, Palito tuvo que esperar su turno. Mientras tanto, observó cómo la tendera despachaba a un par de clientas, al tiempo que su marido atendía por el lado opuesto.   

Cuando por fin le tocó, la mujer fue directa a ella. Cordial y correcta como siempre, no dejó de hablar ni un instante: se interesó por su abuela, comentó el calor, y aun ya de espaldas, a punto de salir Palito del establecimiento, le envió recuerdos y le deseó buena tarde.  

Apenas dio unos pasos fuera, distraída, quitándole el envoltorio a un caramelo, reapareció Miguel. Abrió de golpe una de las ventanas del segundo piso, haciendo ruido a propósito.

El efecto fue inmediato.

―Sabemos lo que haces ―dijo, y cerró tras de sí.

Las palabras no le causaron impresión alguna. Aun así, Palito echó un vistazo alrededor, por si alguien más miraba.

―Como si yo fuese ciega ―pensó.

Claro que los chicos son más atrevidos, más valientes que las niñas. Pero eso no les añade valor alguno. Muchas veces, incluso, el efecto es contrario de lo que esperan.  

Sin más, se apresuró a salir de la aldea por la ruta del estanque, sorteando los obstáculos de aquella parte del barranco.

El jilguero ya le había contado que los demás habían emigrado barranco arriba, hacia los estanques de la parte alta. En verano, los niños los usaban como campo de juegos, y no podía decirse que fueran muy amables con los pájaros.  

El único pájaro con el que solían encontrarse era el petirrojo, con quien Palito compartía el gusto por lo dulce.

Sin que mediara magia alguna, por arte, en pleno vuelo se les acercó el mismísimo comediante.

―Me pareció verla por la aldea… princesa.

Oírlo alegró a Palito.

―Por eso estamos aquí ―le respondió.

Se deshizo de la mochila, la apoyó en una piedra y se acomodó en el suelo, colocándosela sobre el regazo. Sirvió agua al jilguero y al petirrojo en la tapa de la botella de aluminio, y luego bebió ella.

No se le olvidaba el agua, por insistencia de la abuela, que siempre repetía que allí, sin nubes ni brisa, el sol achicharraba a cualquiera. 

―Has traído lo muy, muy… ―dijo impaciente el petirrojo.

―Y lo menos también ―contestó Palito, riendo, mientras abría una bolsa de patatas saladas.

―Aparte de princesa, eres toda una artista… ―musitó complacido.

Al petirrojo también le gustaba lo salado.

―Y tú un zalamero ―dijo ella con gracia.

Palito se dio cuenta de que también le atraía que la llamaran de formas distintas. 

―Y tú, la flor más bella ―insistió el petirrojo.

―¡Oh, muchas gracias!

―A mandar, princesa.

―¿Aún te quitan el sueño? ―intervino el jilguero.

―Como si no lo supieras… ―dijo Palito―. Sabes que con lo de las flores usé palabras de la abuela.

―¿Por bonitas?

―O por lo que nos gusta oír ―responde―. Qué más da.

―Eso te honra ―dijo el jilguero.

―¿Me qué?

―Que no te dejas llevar… ―insinúa el petirrojo.

Y al instante deseó no haber dicho nada.

―Que sigues tus instintos ―aclaró el jilguero.

―Vamos, que no te falta agudeza ―añade el petirrojo.

―Lo puedes decir, amigo ―lo animó el jilguero.

―Pero, ¿de qué habláis? ―preguntó Palito.

―Nada que necesite respuesta, pequeña.

―Yo solo sé que lo paso muy bien con vosotros.

―Me temo que no somos nosotros quienes te abramos la vista ―dijo el petirrojo―. Sin embargo, tus amigos… y aquellos que no lo son tanto, quizá lo hagan.

―Eso es cierto ―apuntó el jilguero.

―Nunca se sabe ―respondió Palito.

Después de dar buena cuenta de las golosinas y de satisfacer sus pequeños caprichos, juntos retomaron el camino del estanque.

 

 
Respondido : 09/02/2026 1:11 pm
RosaM
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17

―No estará contando las ramitas… ―susurró Palito, curiosa.

―Juegan a los palillos ―contestó el jilguero.

―¿Jugar? ¿Solo una?

―¿No has jugado nunca a los palillos?

―¿A un juego de pájaros? ―dijo muy seria―. Todo juego que se precie es de contar.

―Sobre todo por ser un juego de los humanos ―repuso el jilguero―. ¿Es eso lo que insinúas?

―No puede ser. Imposible.

―Pregúntales a las tórtolas ―recomendó―. No las va a espantar.

Sorteando las dificultades del barranco, Palito se salió del sendero y se sentó en una piedra cercana, muy cerca de las tórtolas.

―Buenas tardes, guapa ―dijo una de ellas, levantando la vista.

―¿Cómo estás? ―preguntó la otra.

―Bien, muchas gracias. ¿Y vosotras?

―Jugando ―respondieron a la vez.

Palito les preguntó si era verdad, si estaban jugando, y si aquel juego se llamaba los palillos, como le había dicho el jilguero.

―Adaptado a nosotras, claro ―respondió una―. Las ramas son lo nuestro. 

―¿No conoces el juego? ―preguntó la otra, con cierta duda.

―No. Pensé que el jilguero me gastaba una broma ―repuso Palito―. Ni sabía de su existencia.

―Pues es algo vuestro ―aclaró la tórtola.

―Eso dice él ―contestó Palito.

―Pero muy antiguo… ―añadió la otra.

Palito no sabía, de tan iguales, a cuál de las dos dirigirse.

―Lo asombroso es veros jugar ―murmuró, tímida―. Me pareció que solo jugaba una.

―Es un juego de habilidad ―intervino el jilguero.

Las tórtolas recogieron con el pico el haz de ramas que tenían junto a ellas y las dejaron caer al mismo tiempo sobre la piedra, en medio de ambas. Luego se quedaron inmóviles. 

―Así se inicia el juego ―explicó una.

―¿Y quién ganó la partida anterior? ―preguntó Palito.

―La destreza ―respondió la otra.

―Pero… ¿cómo se juega? ―insistió, no muy convencida.

―La regla es sencilla ―dijo una de ellas.

―Se tiran las ramas al azar, como están ahora, y se retiran por tumos. Sacamos las ramitas una a una, procurando que las demás no se muevan. El turno no termina hasta que eso sucede. Cuando otra rama se mueve, el turno acaba ―concluyó la otra.

―Pues sí que es fácil ―dijo Palito―. Así cada una sabe cuántas ramas ha retirado.

―Ya te dije que era un juego primitivo ―repuso la tórtola―. Incluso para los pájaros…

―Nuestros juegos de mesa son más modernos ―dijo Palito, orgullosa.

―No me cabe la menor duda ―respondió una de ellas.

―¿Te apetece jugar? ―preguntó la otra.

―Son demasiado frágiles para mí ―respondió Palito, sonriendo―. Las ramitas se partirían entre mis dedos…

Sin embargo, ya estaba pensando en los fósforos de madera de la cocina. En que aquella misma noche, cuando se retirase a su habitación, jugaría a los palillos con el jilguero.

Continuaron conversando cuando, de repente, sin haber iniciado la partida pendiente, las tórtolas recogieron las ramas con el pico y alzaron el vuelo.

―¿Y eso? ―dijo Palito, sin entender por qué habían huido.

Con lo agradables que parecían, pensó. 

―Tenemos visita ―le contestó el jilguero.

Al ponerse en pie, vio que frente a ellos tres silenciosos niños cruzaban por el paso. La saludaron a coro y se despidieron con un adiós, gesto que Palito devolvió del mismo modo.

Era lo mismo que ya hacían los demás aldeanos cuando se la encontraban. Igual que, al principio, solo hacían las personas mayores.

Aquel era el único tramo de paso hacia la parte baja del barranco, un trayecto que se bifurcaba con el barranco de la izquierda de la carretera comarcal. De los pocos lugares que aún le quedaban por recorrer, aunque al ver que otros niños merodeaban por allí prefirió regresar con su abuela y con Margarita.

Además, aquella noche ―aunque no precisamente para dormir― quería acostarse temprano. 

Al pisar la carretera por la tarde o cuando iba con la abuela a por la leche de cabra, en cada una de sus salidas ocurría lo mismo: por mucho que lo hiciera regresar a casa, Canelo no se daba la vuelta hasta llegar al borde del barranco. Y al regreso sucedía igual; llegara por donde llegara, antes de iniciar el ascenso hasta la casa del cabero, en aquel mismo punto de despedida, Canelo ya la estaba esperando.

 

 
Respondido : 10/02/2026 8:22 pm
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18

El brinco de su cuerpo la despertó. Intentó incorporarse sin saber dónde estaba y, de pronto, recordó la conversación telefónica del día anterior.

Sin darse cuenta, oyó el trinar de los pájaros en el patio. Miró hacia los pies de su cama y susurró:

―¿Jilguero, estás ahí?

Sabía que no. Como todos los pájaros, era madrugador. Cuando ella se levantaba, él llevaba horas fuera, volando por el hueco entre la cortina y el marco de la ventana. Desde la segunda noche en casa de la abuela dormía acurrucado, hecho una bolita, a los pies de su cama.

Aclaraba un dos de septiembre cualquiera de los años ochenta.

El día después de que, en principio, su madre le dijera que aquella tarde pasaría su padre a recogerla para llevarla de vuelta a casa.

Con la oscuridad todavía instalada y el silencio de la vivienda, encendió la luz de la mesilla de noche. Al ver que el despertador marcaba solo las siete y diez, la apagó de nuevo.  

Recostó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

Repasó mentalmente lo que sus padres habían acordado para mantenerse en contacto durante las vacaciones: serían ellos quienes la llamarían por teléfono, siempre a la hora del almuerzo, con la seguridad de que tanto ella como la abuela estarían en casa.  

Con su padre había hablado varias veces; llamadas que aprovechaba para hablar también con su madre. En cambio, ella solo la llamó el día que inició sus propias vacaciones. Le dijo entonces que al final viajaría sola a su tierra, que, al igual que Palito, visitaría a su familia.

La segunda llamada de su madre fue justo el día anterior, dando por terminadas las vacaciones de ambas. Por mucho que le hablara de las ganas que tenía de verla, de las cosas que le había comprado o de las novedades que traía para las dos, Palito le pidió quedarse unos días más. Hasta el nueve de septiembre, como habían quedado en un principio, le recordó.

Consciente de que no volvería a pasar unas vacaciones tan extraordinarias, le dijo que había hecho algunos amigos y que se lo estaba pasando genial. Su madre no puso inconveniente alguno: aceptó que se quedara con la abuela, aunque le advirtió que aún quedaba por preparar todo el material escolar.

Se despidieron hasta esa fecha.

A pesar de que todo le resultaba diferente, no dejaba de ser igual, se dijo así misma.

Sin poder reconciliarse con el sueño, pero tampoco levantarse ―no quería preocupar a la abuela, y menos ahora, con los pocos días que le quedaban junto a ella―, se quedó pensando en lo fácil que era estar a su lado. En lo bien que se entendían, en los buenos ratos que compartían, sonriendo con afecto y cariño.

Pensó en lo mucho que sabía su abuela de todas las cosas. En que habría sido una excelente profesora, porque nunca dejaba una pregunta sin responder. No como su última profesora, la del curso recién terminado, que cada vez que ella le preguntaba algo le contestaba que, si no estaba en el libro de texto, ella no sabía nada.

―Echaré de menos sus comidas ―dijo en voz baja.

Se dio cuenta de que era la primera vez que lo pensaba y lo decía en voz alta.  

Le alegró oír que su abuela ya trasteaba por la casa.

Y así era, se dijo. Por lo pronto, el desayuno. Después de algo más de dos meses, pensar en él antes de tiempo aún se le hacía la boca agua, como le ocurría mientras se duchaba o se vestía. Nunca había comido tan rico ni tan bien como durante aquellos meses. Ni siquiera cuando salía a comer con sus padres a algún bar o restaurante.

Desde que se sentaba a la mesa, Palito no se cansaba de halagar la comida de su abuela. Repetía en cada comida lo delicioso que estaba todo, fuera de cuchara o de tenedor. Había aprendido a disfrutar comiendo despacio, a no querer que se acabara lo que tenía en el plato; algo impensable para ella, que siempre había comido a toda prisa.

Su abuela, encantada, observaba el apetito de su nieta y repetía, una y otra vez, que volver a cocinar para dos era como volver a jugar a las casitas.

Palito se volvió a quedarse dormida. 

 

 
Respondido : 11/02/2026 11:26 am
RosaM
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19

Cuando acabó de leer el relato, Palito hizo un alto. Alejada de los pajarillos, sentada junto al segundo árbol de la arboleda, levantó la vista.

Al echarles un vistazo volvió a la realidad.

―No, no tendré otras vacaciones así ―se dijo pensando en su suerte.

En la casualidad de haber tropezado con el jilguero, hecho que dio pie a conocer a otros personajes tan peculiares.

Los pájaros seguían enfrascados en sus interminables parloteos. Parloteos dichos en voz baja, aunque a veces el tono de las discusiones se les disparaba.

Había momentos en los que Palito los escuchaba sin intervenir. En otros, simplemente dejaba de hacerlo: por falta de compresión, porque se le hacía cuesta arriba o porque se cansaba de oírlos. Aun así, reconocía que estaba aprendiendo otra forma de escuchar a los adultos.

Entonces se alejaba un poco de ellos, sacaba el libro de la mochila y se enfrascaba en la lectura.

De hecho no se creyó capaz de lograr lo que su madre le había mandado. Y, sin embargo, allí estaba: era la última de las lecturas, la tercera de las obras de su tarea.

El entorno era idóneo ―se dijo―, pero hasta que los pájaros no le enseñaron cómo hacerlo, nada de nada. Porque no se trataba solo de leer, sino de encontrar el gusto en ello. Y eso se lo debía, precisamente, a sus amigos.

El jilguero la observaba. Viéndola tan lejos, le pasó por delante de los ojos, de un lado a otro, y por primera vez se posó en su hombro.

―¿Dónde estás?

―Con un pie en casa y otro aquí ―respondió ella, con un suspiro.

―Eso está bien.

De un salto se colocó sobre la toalla.

―No es tanto el deseo como el de seguir creciendo, supongo.

―Por muy niña que seas ―dijo―, vivir otras historias provoca a la imaginación  

―También me pregunto que, siendo tan lectora como lo es mi madre, sea tan callada.

―El sedentarismo.

―¿El sedentarismo? Con alas o sin ellas, no veo que seamos más o menos sedentarios que las aves… o cualquier otra especie.

Entonces intervino el verderón.

―Tiene gracia la cría. Aunque el aire sea nuestro elemento, no nacemos precisamente en él ―le explicó―. El jilguero habla del sedentarismo mental, bonita.

―¡No seas absurdo! ―respondió muy sería.           

A Palito le vino a la cabeza lo distinta que notó a su madre por teléfono días atrás: charlatana, atropellada.

De eso no se acordó entonces, se dijo.

Sin mencionarlo, arrepentida de lo que había dicho, añadió:

―Eso me pasa por hablar de lo que no sé ―dijo, esbozando una sonrisa a verderón―. Mi madre suele decir que lo que no se compra no se come…

―¡Por Dios! ―la intimidó el verderón―. ¿Ahora hablas por boca ajena?

―No es que lo entienda ―aclaró Palito―, pero tus palabras me recordaron la frase… como mencionaste a la mente…

Sin inmutarse, terminó de abrir el libro que mantenía marcado entre sus dedos, dispuesta a embarcarse en otra aventura, a respirar otro relato. 

Para los pájaros fue lo suficiente para seguir dándole al pico. Sin moverse del lugar que ocupaba Palito.

―Siempre a imagen y semejanza ―cargó el verderón―. De ahí no salen los humanos.

―Solo hay que ver las casas de la aldea ―apuntó el mosquitero, hasta entonces callado―: caras con ojos por ventanas y una boca que es la puerta, con la que se dan en las narices.

―O la estampa del engreído Dios ―remató el verderón.

―Mientras a nosotros nos enjaulan, ellos viven inmersos con sus encerronas mentales ―continuó el mosquitero―. Abstraídos en sí mismos, sin ver lo que tienen alrededor.  

―No deja de ser otra forma de cautiverio ―reflexionó el jilguero―. De mantenerse ocupados. Quizá se deba al tamaño de la jaula y no a la jaula en sí.

―Experimentan más con las creencias que con su propia naturaleza ―añadió el verderón.

―Como si se avergonzaran de ella ―asintió el jilguero.

―Para eso nuestros nidos ―repuso orgulloso el verderón―, por poner un ejemplo.

―¿Qué pintan los nidos aquí? ―preguntó Palito, curiosa.

Como cualquier cría: capaz de estar entretenida y, al mismo tiempo, al tanto de lo que dicen los mayores.

―Muchos de nuestros nidos reflejan el hábitat terrestre ―le explicó el mosquitero.

―¿Os creéis superiores? ―preguntó Palito.

―¿Superiores a qué? ―replicó el verderón―. Siempre con la manía de que hay alguien superior… ¿a qué? ¿No lo es la naturaleza? Si es que no pasamos de ser un alimento común…

―¡No digas más tonterías! ―exclamó Palito.

Y dejando de prestarles atención, volvió a meterse entre las hojas del libro.

 

 
Respondido : 11/02/2026 9:33 pm
RosaM
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20

No fue hasta el último día de vacaciones cuando la abuela, mientras desayunaba, la sorprendió con una noticia: no habría un adiós entre ellas. Al contrario, se verían más a menudo, porque su padre iba a venirse a vivir con ella.

Palito lo sintió por su padre; sabía que no le agradaba estar allí. Sin embargo se alegró por la abuela, porque no se quedaría sola. Y también por ella misma, con la ventaja añadida de que la abuela ampliaría la casa con una habitación más.

Adecuándola a su edad, le dijo.

Aunque tuviera que mandarla construir en el propio jardín ―añadió con una risita.

Después aclaró que bastaría con reducir el salón: retirar uno de los tresillos y la enorme librería. 

La sorpresa fue mayor cuando comentó:

―Tu madre se sentirá muy orgullosa de ti ―dijo, posándole cariñosamente una mano sobre la cabeza.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Palito sin dejar de comer, con el gesto ligeramente fruncido. 

La abuela repitió las mismas palabras, aludiendo a sus salidas mañaneras. Le habló de la lectura. De que, aunque por los alrededores había muchos sitios que invitaban a ello, no podía haber escogido un lugar más idóneo.

La felicitó.

Sin mencionar en ningún momento que se trataba de un terreno privado.

Sin saberlo Palito, su abuela había estado al tanto de sus excursiones. Algo que la llevó a pensar también en Miguel: queriéndose sacar la espina de encima, dio por hecho que los demás no sabían de ella por estar con el jilguero o con cualquier otro pajarito, sino por los lugares que solía frecuentar.    

Incluso sin tener otra lectura a mano, no renunció a ir esa última mañana al estanque del otro lado de la montaña. 

No tenía intención de despedirse de los pájaros. No pensaba hacerlo; las despedidas la incomodaban. De hecho, la tarde anterior fue su abuela quien habló de su marcha en casa de Margarita. Aun así, a su manera y en silencio, dándoles otro sentido, Palito se despidió de los animales.

Sobre todo de Rocky y de su querido Canelo.

―Y ahora menos ―dijo en voz alta, al salir del dormitorio.

Después de volver a sacar de la maleta uno de los libros, meterlo en la mochila.   

Por una vez, y por última, el mirlo de la higuera también se sumó al camino del estanque.

Algo que agradó a Palito por lo conciliador que era, aunque no tanto por haberse pasado todo el verano picoteando la mayoría de los higos, estropeándolos. Frutos de los que ella y su abuela apenas pudieron disfrutar.

Con lo ricos que eran ―se le quejó más de una vez―, dando por descontado que la culpa no era solo del mirlo, aunque fuera el único con quien podía desahogarse.

Bajo la espesura de los árboles de la cabecera del estanque, al ver al mosquitero solo ―ella, que nunca lo veía sin el verderón; de hecho, los pájaros los llamaban los inseparables―, le preguntó:

―¿Dónde dejaste al verderón? 

―¡Achís!

El estornudo se oyó por encima de ellos.

Desde una rama cayó el gorrión, enterrándose en las hojas del suelo. 

―El matiz ―dijo el mosquitero.

―¿Eso se dice o se pregunta? ―rió ligeramente Palito.

―Esos tienen de amigos lo que yo tengo de flor ―dijo el gorrión, saliendo de entre las hojas.

Se refería al mosquitero y el verderón.

―Flor no, pero mariposón eres un rato ―se defendió el mosquitero―. De aquí a mayo.

―Ya empieza ―comentó el pinzón, acercándose.

―Nunca terminan ―aprobó el gorrión.

―Otro que tal baila ―replicó el mosquitero.

―Te echábamos en falta ―le dijo el pinzón al gorrión.

―Serás tú ―respondió el mosquitero.

―Y alguna más… ―añadió Palito.

―Y bla, bla, bla,… ―insistió el mosquitero―. Ni juntos valéis las hojas que estamos pisando.  

―¡Venga ya! ―zanjó el pinzón―. Cocinados con arroz, pasamos todos por lo mismo…

Y alzó el vuelo hacia el exterior de los árboles.

El jilguero, que llegaba justo con las últimas palabras del pinzón, dejó caer:

―Vaya por Dios, ahora que empezaba lo bueno…

Y, con la misma, se volvió hacia afuera, invitándolos a seguirlo.  

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Palito mientras se ponía en pie y salía detrás de él.

 

 
Respondido : 12/02/2026 12:09 pm
RosaM
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21

En la parte exterior de los árboles, sin el menor sonido, una gran bandada de cientos y cientos de pajarillos, con sus minúsculos cuerpos dibujaban sobre lo alto del estanque, con todos sus colores y matices, el esplendor de un hermoso palmeral.

Con la vista alzada, sin dar crédito a sus ojos, agrandándolos cada vez más, Palito exclama con asombro:

―¡Cielos!¡Era verdad! ―susurró, iluminándosele la cara―. Es maravilloso…

―Supongo que esto es para ti… ―le dijo el jilguero, posándose a su lado.

―Es para adultos ―reconoció el mirlo―. Tú lo eres bastante.

―No es que… ―dijo Palito.

Dejó la frase sin acabar, sobresaltada por el estrepitoso estruendo que provocaron los pajaritos con sus aleteos y sonidos. La última imagen que trazaron fue un arco iris.

Después, desaparecieron por los aires.    

―¿Y ahora? ―preguntó, fascinada.

―Se inicia el relato ―respondió el mirlo.

Palito estuvo a punto de volver a preguntar, pero se mantuvo callada. Sin apartar los ojos de lo alto del estanque para no perder detalle, se acomodó en el suelo, a la espera del relato, algo en lo que ya creía estar puesta. 

Entonces se produjo un gran estallido de luz amarilla en el aire: el brillo de una inmensa masa de pajaritos canarios. Amarillos como el sol. Una imagen que no dejaba de oscilar y moverse.

En su interior nació un punto sólido y oscuro.

―Esos somos nosotros ―dijo orgulloso el mirlo.  

La materia, ante sus ojos, se agrandaba, acompañada por un suave canto que brotaba de sus grietas, pliegues y fisuras. Haciéndose hueco, emergía un vivo color azul. Azul agua, que ascendía por y entre la materia, dando sentido a los colores.

A la par, la esfera celeste se abría como una flor.

―¡La Tierra! ―gritó Palito, incapaz de contenerse, entusiasmada ante el extraordinario espectáculo, creyendo por un momento hallarse en medio del espacio.

En continuo retroceso, el amarillo cedía espacio a ambos; a la Tierra y el Sol. Originándose el aire entre ambos, al unísono que los otros elementos, a cielo vivo, dentro de una densa aureola que, en matriz, ocasiona el día y la noche.

―¡Increíble! ―exclamó Palito, alzando aún más la vista.

Vio cómo la energía se transmitía, semejante al brillo de la luz del sol filtrándose entre las ramas y las hojas de los árboles.

Allí se coronaba el conjunto: entre la piel traslúcida de las estrellas y la densa masa amarilla de canarios, según la parte del espacio a ocupar ―irradiación o sombra―, giraban en aro las distintas fases lunares, a imagen y semejanza de la Tierra.

En sus movimientos no había desequilibrio alguno. Ningún órgano fallaba. La escena daba lugar a un único cuerpo armónico: el Universo.

―¡Es fascinante! ―gritó Palito.

Como colofón llegó el desenlace.

Desde su inicio, la energía solar formada por la gran bandada de canarios comenzó a desaparecer. Las fases lunares se difuminaron, arrasando con ellas el elemento esencial que ocupaba el aire.

Entonces, como un grifo abierto, el azul agua cayó en el centro del estanque.

El vació dio paso a una gran denotación: la materia se expandió en añicos.

―¡Ohhh! ―exclamó Palito, maravillada.

―Aún entre nosotros los hay que, incluso dándose dolor de cabeza, se entretienen en discutir sobre la materialidad o inmaterialidad de la Luna ―comentó el mirlo, despidiéndose mientras se alejaba hacia lo alto del estanque, cuyos muros estaban ahora repletos de distintas especies de aves.

―¿Tú, también lo sabías? ―preguntó Palito al jilguero.

―Difícil. Ya sabes que no soy del lugar…

De camino a casa de la abuela, Palito insistió:

―¿Entonces, ¿no es verdad que la Tierra gira alrededor del sol?

―No lo sé. Aunque no deja de ser tan interesante como la teoría humana. 

―¿Eso piensas?

―Al menos es acorde a sus reflejos.

―Que son los tuyos.

―Tal vez.

―¿Crees que el Sol nos sostiene?

―Pudiera ser…

El resto del camino lo hicieron en silencio.

Fue entonces cuando Palito empezó a preocuparse: llegaba tarde para el almuerzo. Comida que, al igual que la cena, hacía siempre con la abuela. Aunque, como chiquilla, se consoló pensando que, después de todo, ella estaba al tanto de sus andanzas.

Al tocar la mochila, se cercioró de que el libro seguía con ella.  

A las cinco de la tarde, Palito y su padre partieron rumbo a la ciudad. Satisfecha y exhausta, en cuanto el coche se puso en marcha, se acomodó en el asiento del copiloto y se quedó dormida.

Ignorando que el jilguero estaba muy cerca de ella.

 

 

El arte pone de manifiesto lo que en apariencia no se ve.
 
 
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Rosa María Alemán

 
Respondido : 13/02/2026 12:12 am
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