Aversión a los espejos
Esa vez que alguien hostiga
un espejo que se demora enfrente
con ojos impartidos cómo lanzas,
recuerda esa vez aquella otra de cada año,
riela ese espejo la expresión ceñuda
que tanto conviene en hora todavía
de acechar la próxima arruga o decantar
aquella que nace bajo esa piel cosida.
Arrodíllese el hambre de apreciar lo nimio,
amartíllese el carácter todavía vencido,
discreta reyerta de quién se enfrenta a sí mismo
y duda y recrea que sería perder de momento
en aras de conseguir una victoria absoluta.
Tal vez arriesgue una cordura tensa y tal vez logre
asistir apenas a ese instante lúdico
que permite atraer su atención a lo que importa;
la piel lisa no fuera paliativo a esa soledad
que se cierne incluso cuándo estás con alguien,
la espera constante de inferir qué rayos pasa
que no consigues ese aumento.
Parte de lo que hará quién se detiene
tal vez ilumine un pozo ceñido a su espacio íntimo.