Ya las puertas no hacen ruido.
Se quedaron entornadas hacia adentro,
como si el corazón aprendiera
la gramática de las mareas;
fingiendo despedirse mientras inauguran
un país imaginario
donde nadie pronuncia aún mi nombre.
El amor,
ese animal que insiste en volver
con el barro de tus pasos pegado a los ojos,
todavía duerme en alguna silla,
todavía confunde el reloj
con las promesas incumplidas.
No he dejado de quererte.
He dejado de ofrecer mi sangre
a las espinas que aprendieron tu egoísmo.
Qué extraña ceremonia:
abrazar la ausencia
para que el cuerpo recuerde
que también fue construido
con madera capaz de sostener ventanas.
Durante mucho tiempo
creí que salvarme
consistía en naufragar contigo,
como si el agua premiara
a quienes olvidan respirar.
Pero hay un instante,
pequeño como una llave
encontrada en un bolsillo ajeno,
en que el miedo se cansa
de llevar mi rostro.
Entonces comprendo
que marcharse
no siempre es el verbo de la derrota.
A veces es la primera sílaba
de un idioma donde las heridas
dejan de conjugarse en presente.
Y el amor,
terco, luminoso, incompleto,
no desaparece:
cambia de habitación.
Se queda detrás,
doblando con paciencia
las cartas que nunca enviará,
mientras yo salgo
sin cerrar la puerta de golpe,
porque incluso las sombras
merecen un último gesto de silencio.
Camino.
No hacia el olvido,
(esa oficina donde archivan los milagros rotos)
sino hacia una mañana
que todavía no sabe mi historia.
Quizá el final
era solamente un espejo
mirándose demasiado tiempo.
Quizá el comienzo
siempre estuvo esperándome
del otro lado de mi propio nombre,
allí donde el dolor
ya no puede confundirse
con tu narcisismo disfrazado de pasión.
Respondido : 03/08/2026 9:47 pm