Te quise con locura, y aun sabiendo
que había entre los dos una muralla,
te seguí deseando, y te seguí queriendo,
porque el querer así nunca se calla.
Quise fundirme en ti, ser tu contorno,
entrar en tu silencio y en tu ausencia,
y me quedé en la orilla, siempre en torno,
mordiendo la dulzura de tu ausencia.
Porque el amor es eso: abrir los brazos
y encontrar un cristal donde hay un beso,
y golpear el cristal hasta ser pedazos,
sin poder traspasar nunca ese hueso.
Y aunque sé que tu alma está cerrada,
te digo que te quiero todavía,
y me quedo a tu puerta, en la alborada,
con la muerte del amor, por compañía.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.