Ella era más que hermosa.
Era casi etérea,
era como la tierra,
como la curva de las manos.
Yo, que no tenía miedo a casi nada,
tuve miedo de perderla.
Iba a decirle que la amaba:
pero antes de que mi voz
terminara de pronunciarla,
se desvaneció con la brisa;
sólo quedó el aire,
llevándose lentamente
el perfume de su ausencia.
Desde entonces la busco.
No sé dónde.
Busco su rostro en los cristales,
entre calles, sombras y amaneceres;
su voz entre las ramas,
su sombra en las habitaciones vacías.
Qué extraño perderse así:
yo, que parecía tenerlo todo,
no sé siquiera
qué dirección toma la brisa
de una mujer cuando se va.
Y mientras, perdido, sin remedio
busco su aroma
por todas las calles del mundo.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.