Como quien vuelve de un país lejano
—o de la infancia, que es lo mismo—,
traigo el cansancio de saber que el mundo
no se detiene cuando uno para.
Ella no está. Y los que estaban cerca,
los que juraban calor en las tabernas,
han ido deshaciendo su silueta
con una habilidad que yo desconocía.
No preguntan. No llaman. No se acercan.
Es un don natural: saber ausentarse
justo cuando la ausencia se hace enorme
y el hueco pesa más que la persona.
Yo creía que éramos compañeros de viaje.
Pero el viaje era suyo, y yo solo el paisaje.
Gente de paso, sí. Con buenas palabras
y una prisa invisible que ahora entiendo.
La vida no es un sueño, me decían.
Y tenían razón: es esta habitación vacía
donde nadie golpea la puerta un domingo,
por si acaso el que abre, aún respira.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.