Hay días
en que el aire no entra:
se queda apoyado en los árboles
esperando a que alguien
le recuerde su camino.
Trae en los bolsillos
el polvo de las puertas que cerré,
la sombra tibia
de las manos que una vez
supieron construir un hogar
con apenas un gesto.
Respirar una vez más
no es llenar tan solo los pulmones.
Es dejar que el mundo
encuentre un rincón
donde quedarse al fin,
sin hacer ruido.
Cada aliento
levanta una ciudad diminuta
sobre las ruinas de la anterior.
Las piedras no protestan.
Conocen el oficio secreto
de sostener incluso
aquello que ya no existe.
La noche,
que nunca aprendió a olvidar,
va sembrando constelaciones
en los huecos de la ausencia.
Y uno descubre
que las pérdidas también iluminan,
pero de otro modo:
como una lámpara encendida
en una casa ya vacía.
He visto al tiempo
cambiar de piel
igual que los árboles
cuando el invierno
les pide un acto de fe.
Nada desaparece del todo.
Lo que amamos
se vuelve viento,
y el viento,
obstinado,
insiste en pronunciar
los nombres que la tierra
finge haber perdido.
Entonces respiro.
No para vencer al miedo,
sino para ofrecerle
una silla junto a la ventana.
Que mire conmigo
cómo amanece.
Porque toda luz
empieza siendo
una respiración
que todavía no sabe
que algún día
quizá será horizonte.