No sé qué hacer con tus ojos
cuando vienen hacia mí
con esa claridad de quien no teme
haber llegado en una edad distinta.
Me miras
y hay algo en mí que se estremece,
algo antiguo que todavía responde
cuando pronuncias mi nombre
con ese aliento nuevo.
No voy a mentirte:
me halaga tu mirada.
Hay una pequeña vanidad,
una tibia alegría,
un secreto estremecimiento
en saberse deseado
después de tantos años
en que uno aprende
a no esperar que nadie espere.
Y tú esperas.
Lo sé por la forma
en que prolongas las conversaciones,
por el silencio que dejas
antes de despedirte,
como si quisieras decir algo
y confiaras en que yo
tuviera el valor de adelantarme.
Pero entre tú y yo
no hay solamente un deseo.
Hay años.
Años que no se ven
cuando sonríes,
pero que están ahí,
sentados entre los dos,
mirando fijamente.
Yo podría decirte
que la edad no importa,
que el corazón no sabe contar,
que hay encuentros que llegan
sin pedir permiso
y que sería hermoso
dejar que ocurriera lo que ocurre.
Podría.
Y acaso una parte de mí
quisiera hacerlo.
Pero otra parte —más vieja,
más cansada,
quizá más lúcida—
me pregunta en silencio:
¿Qué derecho tengo
a convertir tu admiración
en una historia
que todavía no sabes
cuánto va a doler?
Porque yo conozco
algunas estaciones que aún tú desconoces.
Sé que el tiempo
no es una palabra abstracta.
Sé lo que significa despertar
con menos futuro que memoria.
Tú todavía tienes delante
muchas puertas.
Yo conozco ya
el ruido de algunas al cerrarse.
Y sin embargo,
cuando te alejas,
no siento alivio
solo condena por quererte
y no poder amarte.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.