Lo supe una noche
mientras aún dormías conmigo.
Te miré de espaldas,
respirando despacio,
y algo en mí comprendió
que tú ya estabas lejos.
No había sucedido nada.
Y, sin embargo,
el amor tenía esa quietud
que tienen las cosas
justo antes de morir.
Desde entonces te miré
como se mira una casa en llamas
desde el otro lado de la calle:
sabiendo que aún quedan habitaciones,
pero sin encontrar la puerta.
Quise sacudirte.
Decirte que despertaras,
que miraras cómo ardíamos,
que todavía quedaban palabras
capaces de salvarnos.
Pero ¿cómo se salva a alguien
que aún no sabe que se está yendo?
Yo recogía los restos
de cada silencio,
los escondía bajo la almohada,
y al amanecer
volvía a quererte
como si no hubiera visto nada.
Qué extraño es perder a alguien
que todavía te abraza.
Qué cruel descubrir
que el adiós puede comenzar
mucho antes de la despedida.
Tú aún estabas aquí.
Yo ya estaba aprendiendo
a vivir entre tus ruinas.
Y quizá ésa fue mi condena:
amarte con todas mis fuerzas
cuando el amor,
en tus manos,
ya era apenas
una luz que se escapaba.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.