Partimos al amor
sin conocer la orilla,
con lo perdido a bordo
y un sitio guardado en el costado.
Éramos jóvenes aún
cuando el agua empezó a llevarnos.
Traíamos nombres, promesas,
y el peso de alguna despedida.
Cada cual guardaba entre las manos
algo que el tiempo había roto
y que seguía siendo suyo.
El agua fue borrando nuestros mapas.
Hubo días en que llamamos destino
a la dirección del viento;
otros, bastaba una mano en el timón
para sentir que lo elegíamos.
Mirábamos la costa, tan lejana,
mientras envejecían nuestros rostros.
¿Quién llegaría al final del viaje?
¿El que partió,
o aquel que nació en la travesía?
Una noche alguien temblaba
y le acercamos una manta.
El mar siguió siendo oscuro,
pero pudimos habitar aquella hora.
Quizá el alma comenzara allí.
Todavía ignoramos dónde acaba el agua.
Hay sitio entre nosotros:
lo hacemos al dejar alguna carga.
Y cuando otro se sienta a nuestro lado,
sentimos que la última orilla
aún puede esperar.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.