Hay un pájaro de ceniza
picoteando el cristal
mientras pronuncia tu nombre.
No sé si eres tú
o la forma que inventó mi hambre
para saciar este vacío.
A veces mi corazón
se desprende de mí
y camina descalzo
por un pasillo de cuchillos.
Regresa siempre
con las manos llenas
de una luz que no existe.
He aprendido
que la esperanza tiene el olor
de las flores olvidadas en agua:
la belleza exacta
del comienzo de la corrupción.
Si dijeras mi nombre,
tal vez el mundo no ocurriría.
Quedaría suspendido,
como un vaso antes de romperse,
como un animal
que todavía ignora
la misericordia del disparo.
Pero callas.
Y tu silencio
es una casa donde todas las puertas
conducen a la misma habitación:
yo,
sentado frente a una silla vacía,
preguntándole a la sombra
si alguna vez tuvo tu rostro.
Amarte
ha sido dejar abierta una herida
para que la noche
aprenda a respirar.
Ahora ya no sé
si te espero a ti
o al último pedazo de mí
que salió a buscarte
y ya nunca volvió.