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El fantasma

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RosaM
(@rosam)
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El fantasma

 

―¿Vas a ir algún otro sitio? ―dejó caer mi padre.

Me extrañó la pregunta. Sin intención de responderle, giré la cabeza de un lado a otro sin llegar a mirarlo. Recogí el bolso que había dejado colgado de una silla y me dirigí hacía la puerta.

A la salida.

Después, sin voluntad, le dije:

―No volveré en lo que resta de año.

Nos despedimos sin añadir una palabra más.

Segura de mi misma, bajé las escaleras con más ganas que nunca.

En la calle respiré profundamente. Desde que mamá decidió no levantarse más de la cama, unos años atrás, fui alargando las visitas. Ahora, con el traslado laboral, en una semana estaría lejos, muy lejos de ellos.

Me marchaba de lo que había sido mi vida hasta entonces.

No tenía nada en particular ser hija única, desde luego. Pero, al habérseles muerto el hijo varón el mismo día en que nací yo, fue como si hubiera llegado al mundo ya convertida en un cadáver para ellos.

El parto se le adelantó a mi madre en la misma clínica. Su único hijo, hasta ese momento, había enfermado de repente.

Unas horas después de que el hijo los abandonase, llegué yo.

Durante los primeros años no entendía nada. Poco a poco fui comprendiendo el motivo de la aversión que sentía hacia mi madre. Hoy ya no tiene importancia. Ella seguía viviendo para su hijo muerto, viendo en mí lo que él nunca podría llegar a ser. Los santos, las oraciones y su recuerdo formaban una misma devoción.

Nunca conocí a mi madre fuera de casa. Mi padre era quien se ocupaba de todo lo que había más allá de las cuatro paredes, aunque su silencio no era menor que el de ella. Crecí cargando con esa cruz: celebrando el aniversario de un fantasma, junto a mis negados cumpleaños.

En mi adolescencia no hubo cambios, salvo la absoluta indiferencia y desinterés que nos profesábamos. No sé en qué momento, mamá dejó de hablar y, un tiempo después, decidió no abandonar la cama.

No sabía de sus vidas anteriores, a no ser por los pocos comentarios de los vecinos cuando me detenían para preguntarme por ella. Yo siempre respondía lo mismo:  

―Bien.

Cuando me fui a vivir sola, la indiferencia era ya tan grande que ni siquiera recuerdo haberlos echado de menos.

No, desde luego que no los necesitaba para vivir. Tampoco para creer en los ideales de nadie. Después de todo, había heredado el aislamiento de mi madre, aunque no su fe ni su necesidad de esconderse tras la familia. Por fin rompía la cadena. Ni si quiera me importó mentirle a mi padre: no pensaba volver a aquella casa, ni siquiera para visitarlos.

 

 

 
Respondido : 13/07/2026 8:02 am
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